Corría el invierno y la tarde caía, silente y regia, sobre los tejados de Boston. El viento, helado, se colaba por entre los postigos de la casa de la familia Merriweather, revolviendo cortinas y pensamientos por igual. Corina ajustó el chal de seda sobre sus hombros, contemplando, desde la ventana entumecida, la figura que cruzaba la verja con resolución. Sabía, aún antes de que la puerta del vestíbulo anunciara su llegada, que era Julian. Siempre sabía cuándo él venía y cuándo él se iba, tan parte de su sangre se había vuelto su presencia. Había algo indeciblemente peligroso en ese vínculo, algo que la desmoronaba dulce y lentamente.
La puerta se abrió con un chirrido apenas audible, y la madre de Corina, resignada, lo condujo al salón, donde el té humeaba sin esperanza. Él se sentó frente a la chimenea, la mirada expectante y voraz. Había algo en Julian, en su forma de moverse, de tocar el vaso —ni con rudeza ni con ternura, sino como si cada objeto le fuera concedido por un capricho de la fortuna que podría revocar en cualquier instante— que hacía temblar a Corina de placer y miedo.
La conversación, como era habitual, versó sobre libros y partituras, pero los ojos carmesí de Julian rara vez se desviaban de la boca de Corina. Le ponía nerviosa. Le gustaba. Cuando la madre se excusó, el silencio entre ellos creció denso, arropándolos como un sudario. Julian se inclinó hacia ella, y Corina sintió el corazón encogerse, aspirando el aroma metálico de la noche que traía consigo.
“Sabes por qué vengo”, dijo él finalmente. Su voz era baja, aterciopelada, una corriente secreta bajo el hielo. Corina no respondió. No necesitaba hacerlo.
Cerró los ojos un instante, reconociendo el vértigo y la sumisión en la inclinación de su deseo; una palabra que siempre la hacía sentir a la vez victoriosa y derrotada. Cuando volvió a abrirlos, la oscuridad del salón se había cargado de un fulgor expectante.
“¿Quieres ir conmigo esta noche?” preguntó Julian, casi susurrando.
Ella asintió sin pretexto, sin argumentos. El hogar la asfixiaba, y Julian era su grieta, su ventana, aun cuando supiera —con la lucidez del condenado— que esa grieta no la llevaría a la libertad, sino al abismo. Se vistió con un abrigo grueso y, tras un segundo de observación, él tomó su mano, llevándola fuera, hacia la calle oscura.
No caminaban juntos. Julian siempre iba un paso delante, como si la arrastrara con un hilo invisible atado al corazón. Sus dedos sobre la suya eran posesivos, tirando apenas cuando notaba vacilación. Así cruzaron media ciudad, hasta el barrio en que las farolas eran más escasas y los rumores más densos. Corina sentía, en el roce de cada esquina, la promesa de algo prohibido.
En la casa baja y sombría a la que llegaron, Julian la guió a través de habitaciones que olían a madera y especias. Finalmente abrió la puerta de una alcoba estrecha, donde la luna llenaba de plata el canto de la cama. Allí, el ambiente era apenas más cálido que el exterior, pero eso no la detuvo. Julian se apartó el abrigo y la contempló largamente, como si decidiera con la mirada a qué parte de su alma empezar a devorar.
Cuando se acercó, Corina tembló, no del frío sino de la certeza de estar perdida. Sus manos eran grandes, seguras, envolviéndola con una firmeza que bordeaba la arrogancia. La besó despacio, primero apenas rozando, como si deliberara si merecía el contacto o debía castigarse con la carencia. Luego, los besos se hicieron más hambrientos y, al mismo tiempo, más crueles.
Julian la arrojó suavemente sobre la cama, y durante un instante, la habitación giró sobre sí. Se sentó junto a ella, la piel de ambos fría bajo las prendas, urgentes por despojarse de todo. Nunca era tierno —nunca lo había sido— pero en su pasión había una ternura extraña, como si al poseerla intentara arrancarla de su propia voluntad. Corina sabía, en lo más hondo, que le pertenecía más cuanto más dolor sentía en el goce.
La mano de Julian recorrió su muslo bajo el vestido, y ella jadeó suavemente, mezcla de anhelo y nerviosismo. La tela casi crujía entre sus dedos, y los labios de él buscaban su cuello, mordiendo a veces, dejando la huella que la hacía suya. Corina vaciló, recordó la voz de su madre, los modales enseñados, y los dejó caer al suelo con cada prenda. Se sorprendió rogando palabras de afecto que él nunca respondía, solo respondía mordiendo, besando, apretando hasta el dolor —y ella, en ese dolor, hallaba su medida de amor.
Pronto, los dos estaban desnudos sobre las sábanas ásperas. Julian la cobijó bajo su cuerpo, pesado y ardiente, y la penetró con brusquedad, entra y sale y entra de nuevo, cada vez más rápido, hasta que fue imposible saber dónde acababa su piel y comenzaba la de él. Sus uñas le arañaban los hombros hasta sangrar un poco, y Julian sonrió entonces, y su sonrisa era la de un hombre que saborea tanto el castigo como el placer.
“¿Me amas?” musitó ella entre jadeos.
“¿Hace falta decirlo?” repuso él con voz helada, mordiendo su lóbulo y bajando, su aliento sobre los huecos secretos del cuerpo de Corina.
El orgasmo llegó con violencia, denso como un trueno. Y cuando el placer remitió, se sintió más sola que nunca, más dependiente de él, más hueca. Julian se apartó sin pronunciar caricias, sin prestar atención al temblor que agitó el rostro de Corina. Buscó una copa de brandy a la luz de la ventana, contemplando la ciudad, y sólo entonces se volvió.
“Vendrás mañana también”, le dijo. No era pregunta. Era mandato.
Ella abrazó sus rodillas, observando la espalda de Julian bajo la escalofriante claridad de la luna. Ella quería decir que no, afirmarse, hallar una razón para alejarse. Pero en el dolor de su carne, sentía la marca viva de su deseo: un abismo dulce, una cadena seductora y mortal.
Corina se vistió despacio, sintiéndose usada pero también, de una forma tortuosa, necesitada y esperanzada. Como si cada encuentro la corrompiera, haciéndola menos ella y más de él. En el umbral, dudó. “¿Algún día me querrás?”, preguntó.
Julian la miró con ese destello cruel que tenía el acero bajo la lengua.
“Quizá mañana, quizá nunca”, replicó. “Ven, y lo veremos”.
Así salió Corina, de vuelta a la noche, el abrigo todavía impregnado del olor y del sudor de Julian. Las calles parecían más frías, y sin embargo su pecho ardía. Se preguntó si el amor era eso: una fiebre que consume, un virus hermoso. Sabía que no podía —ni quería, en verdad— salvarse.
Esa noche no durmió, anhelando, temiendo, deseando el nuevo día y ese roce que la hacía existir, aunque la destruyera. Pensó en las cartas no enviadas, en las palabras de su madre, en promesas idas, en la fatalidad de amar —como se debe amar, o como se debe doler—. Cada noche, bajo las hiedras del invierno, Corina aguardaba por Julian: por sus besos viles y sus caricias exquisitas, por esa cruel belleza de sentirse, al menos por un instante, la única mujer en el mundo que jamás sería salvada.
Y al amanecer, cuando el frío volvió a invadir la cama, Corina supo que no importaba las veces que muriera en sus brazos: mientras Julian la llamara, ella acudiría, dulce y dócil, obedeciendo la orden callada del amor que la encadenaba.
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