Portada del relato Murmullos en la penumbra
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Fragmento:


Él asintió y en silencio la desnudó, el vestido resbalando con la levedad de una promesa incumplida. La admiró, demorándose en cada curva y en la cicatriz fugaz en el vientre, la belleza de la piel recorriendo el tiempo juntos. La besó nuevamente, trazando con los labios el contorno de sus pechos hasta que sintió el estremecimiento suave en su vientre. Isabella jadeó bajo la atención de su boca, las sienes titilando de dulzura y fuego.

Duración: 06:56

Murmullos en la penumbra
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Afuera la ciudad zumbaba y destellaba tras los ventanales, confinada a la distancia por el espesor de la noche y la quietud de aquella suite. El reloj marcaba las once cuando Isabella bajó del taxi, un destello de sombra roja en la acera. La contraseña aquella tarde era simple: un mensaje escueto, una cita en aquel hotel antiguo, a salvo de miradas y del juicio de quienes no entendían que el deseo y el amor pudieran fundirse bajo las reglas de la despedida.

Deslizó la tarjeta y, tras la puerta, halló el añorado refugio. Poca luz; apenas lo suficiente para que el brillo del vino tinto sobre la mesa iluminara los contornos de un rostro muy esperado. Samuel aguardaba junto a la ventana, silueta recortada, la espalda inconfundible y los blancos mechones en las sienes casi plateados bajo la lámpara. Al oír su entrada, giró levemente, y la combinación de sonrisa nostálgica y deseo contenido la hizo vacilar y luego avanzar, como si un universo contenía el inevitable impulso hacia él.

Isabella dejó oscilar su abrigo sobre la butaca y lo observó un instante, tragándose el temor de las palabras no dichas. Samuel tendió la mano y, cuando sus dedos se trenzaron, el mundo volvió a encajar. No pronunciaron las razones profundas, ni las heridas acumuladas en meses de distancia. Solo fluyó el latido firme de los cuerpos sanando el tiempo, la promesa callada de que esta sería la última vez, o tal vez la primera en otra vida. Todo, sin necesidad de explicaciones.

Él rozó sus labios primero, buscando entre las sombras la certeza de que todavía existía salvación en un beso. La besó despacio, lento, aunque el deseo reptara apremiante. Isabella respondió arqueándose en busca de su sabor, la boca abierta al murmullo de la despedida, su lengua y la de Samuel cruzándose con la urgencia de quien teme olvidar. No era el vértigo voraz de una primera vez, sino la pasión grave de aquellos que ya conocen el abismo y van danzando hacia él, sin temor a incendiarse.

Se sentaron en el borde de la cama, iluminados solo por el ámbar susurrante de la lámpara. Sam deslizó el tirante del vestido color ladrillo, descubriendo el hombro de Isabella, y su boca descendió en caricias delicadas, en pequeños mordiscos que movían el pulso entero de la noche. Ella dejó que él explorara, que se demorara en la piel tibia, obteniendo de cada rincón la vibración antigua y familiar del deseo.

—No digas nada —suplicó ella, temiendo que cualquier palabra pudiera quebrar el hechizo.

Él asintió y en silencio la desnudó, el vestido resbalando con la levedad de una promesa incumplida. La admiró, demorándose en cada curva y en la cicatriz fugaz en el vientre, la belleza de la piel recorriendo el tiempo juntos. La besó nuevamente, trazando con los labios el contorno de sus pechos hasta que sintió el estremecimiento suave en su vientre. Isabella jadeó bajo la atención de su boca, las sienes titilando de dulzura y fuego.

Samuel la tumbó despacio, cubriéndola, y ella le devolvió la caricia desnudándolo, pasando los dedos por los botones de la camisa, deshaciéndolos con fruición, empapando el ambiente de una delicada ansiedad. Le besó la clavícula, el pecho, y cuando le bajó el pantalón, Samuel gimió muy bajo al sentir la caricia de su mano y el calor de su boca.

Se buscaron, primero con lentitud, como dos náufragos hallándose en costas conocidas. Isabella arqueó la espalda al recibirlo, rodeándole la cintura con las piernas, y juntos establecieron un ritmo suave, profundo. Las lágrimas picaron en los ojos de ella antes de que finalizara el primer encuentro, lágrimas que él besó sin pedir explicación, captándolas con la lengua en un silencio que lo decía todo. La noche avanzó así, en oleadas de deseo y ternura, en la dualidad de la pasión vehemente que sabe que sólo tiene esa vez, y el desgarrador temor de que el reloj acabe con lo que deben decirse con el cuerpo.

Tendidos uno junto al otro, respiraciones acompasadas, Isabella mantuvo la mirada fija en la ventana empañada:

—¿Sabes? Cuando pienso en nosotros, pienso en esto. No en las discusiones, no en la distancia. En esta exacta sensación de estar en casa, aunque el resto del mundo se derrumbe.

Samuel le besó la frente, su barba rascando suavemente la piel.

—Tal vez algún día el resto del mundo no importe tanto, y nos demos otra oportunidad, lejos de todo.

Isabella acarició el pecho velludo de él, buscando el latido, su anclaje. El reloj acechaba, pero aún los devoraba la sed. Se acercó, besó su cuello, bajó por el torso, deleitándose en observar cómo el deseo reacudía urgente en el cuerpo maduro de Samuel. Él jadeó su nombre, la sostuvo por la nuca mientras ella lo reclamaba con la boca, saboreando y provocando, regocijándose en la manera en que él se abandonaba bajo su control.

Samuel la alzó, colocándola de rodillas sobre él, atrapando sus caderas, y la penetró despacio, sus cuerpos fundiéndose con precisión y amor. Isabella gimió, la sensación abrumadora mientras cabalgaba en él, entregando la última pelea, la última rendición. El placer era tanto físico como emocional, un sabor de consuelo y adiós, un nudo de ansias y liberación. Se movieron juntos, sudorosos, las manos de él moldeando sus senos, los muslos temblando, uniendo los gritos ahogados en una cadencia interminable.

Cuando la oleada los arrancó de sí mismos, Samuel se arqueó, encajando el rostro en su cuello, mordiendo suavemente la piel. Isabella se dejó caer sobre él, lágrimas mudas otra vez, pero esta vez de alivio y plenitud. Permanecieron abrazados mucho tiempo después, acariciándose en silencio, el reloj una amenaza constante pero lejana, suspendidos en la bruma entre la realidad y el sueño.

Cuando Samuel susurró: “Siempre recordaré esto”, Isabella solo pudo asentir, consciente de que las palabras, aunque hermosas, nunca bastarían para domeñar el temblor exacto de ese último beso, esa última vez. Rodaron juntos, envueltos en las sábanas y la inminencia del alba, tocándose, explorándose por última vez, memorizando con el tacto cada línea, cada pequeño gesto.

Isabella se incorporó finalmente, desnuda, y observó el reloj. El amanecer asomaba apenas, un velo azul tras los visillos. Vistiéndose en silencio, Samuel la observó desde la cama, los ojos ardiendo con todo lo no dicho. Se acercó, la cubrió con el abrigo, la besó en los labios con la reverencia de un adiós tan hondo que solo podía pertenecer a ellos.

—No digas adiós —murmuró ella.

—No aquí, no ahora.

El beso final fue breve y, a la vez, fue eterno, almacenado en la memoria de la piel. Isabella se marchó, los labios todavía ardiendo, el corazón desbordado y pleno, sabiendo que esa noche, entre susurros y caricias, el amor no había desaparecido sino mutado, convertido por siempre en un eco imborrable, una última caricia en la penumbra, la huella intensa y dulce de su último beso.

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