Portada del relato Luces y Sombras del Deseo
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Fragmento:


Entonces oí pasos ascendiendo la desvencijada escalera; mi oído se agudizó espontáneamente, como si el cuerpo supiera algo que el pensamiento aún no quería reconocer. La puerta se presentó ante una mano menuda y blanca, que se demoró una fracción de segundo antes de empujarla suavemente. Y allí estaba ella: Eleonora. Habitualmente tímida, ahora estaba envuelta en un vestido color ciruela ceñido a la cintura como un anhelo reprimido. Sus cabellos, oscuros y ondulantes, caían desordenados sobre los hombros y por alguna razón, un temblor sutil recorrió mi espina dorsal.

Duración: 09:08

Luces y Sombras del Deseo
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Texto de ajuste de pausa.

La cámara era pequeña, y a ella sólo llegaba la luz opaca de la luna filtrada por los visillos de lino, antiguos, deshilachados en los bordes, testigos de otros cuerpos y otras noches. En la calle, el bullicio de Hamburgo dormía su mitad de vida, ajeno a los murmullos apenas pronunciados en la buhardilla donde me hallaba. Estaba solo, aún, leyendo mecánicamente un libro de Petrarca, y el olor tenue a humedad y madera vieja me acariciaba por igual los sentidos y la melancolía.

Entonces oí pasos ascendiendo la desvencijada escalera; mi oído se agudizó espontáneamente, como si el cuerpo supiera algo que el pensamiento aún no quería reconocer. La puerta se presentó ante una mano menuda y blanca, que se demoró una fracción de segundo antes de empujarla suavemente. Y allí estaba ella: Eleonora. Habitualmente tímida, ahora estaba envuelta en un vestido color ciruela ceñido a la cintura como un anhelo reprimido. Sus cabellos, oscuros y ondulantes, caían desordenados sobre los hombros y por alguna razón, un temblor sutil recorrió mi espina dorsal.

—Heinrich... —musitó, y nunca mi nombre sonó con tanta posibilidad.

Me levanté, mínima distancia entre nosotros, y la llamé en silencio, invitándola más allá del umbral. Ella no cruzó del todo. Durante un instante nos miramos, dos piezas de ajedrez que, sabiendo ya el desenlace del juego, se rehúsan a ofrecer la victoria demasiado pronto. Noté que sus respiraciones eran cortas, que la noche estaba impregnada de esa electricidad que sólo el deseo desalojado de pretensiones puede aportar.

Ella avanzó entonces, no hacia mí sino hacia la única ventana, posando una mano en el marco envejecido. Imaginé sus pensamientos, tal vez tratando de hallar en la distante ciudad una excusa para no arrojarse de inmediato a la vorágine de nuestra intimidad. No hubo palabras, sólo ese silencio resonante, poblado de posibilidades infinitas.

Me acerqué por detrás, despacio. Tomé un mechón de sus cabellos entre mis dedos —con la misma reverencia con la que uno acariciaría el lomo de un libro venerado— y lo llevé hasta mi rostro, absorbiendo su aroma. Ella no se apartó, y el leve temblor de su respiración denotaba su expectación.

—¿Sabes? —dije apenas contra su oído—. A veces pienso que la noche se hizo para esto: para descubrir cuerpos bajo la piel de la sombra, lejos de la mirada de los dioses.

No respondió. Pero su mano buscó la mía y la sostuvo, apretándola entre las suyas, cálidas y ansiosas. Deslicé mis dedos por su antebrazo, lento, descendiendo hasta su muñeca, en la que sentí el ritmo acelerado de su corazón. El vestido era delgado, cedía ante la presión de mis dedos, y la intuición de la piel que acariciaba bajo la tela era más poderosa que el contacto mismo.

Lentamente, la giré hacia mí. Sus ojos brillaban con la promesa antigua de los encuentros clandestinos. En ese instante no había poesía, ni patria, ni otros nombres— sólo el peso suave de mis labios buscándolos suyos. El beso fue breve, primero, un adagio apenas sostenido; pero después nos devoró el hambre acumulada de semanas, la certeza de sabernos finalmente solos, impunes.

Ella tembló, y yo supe que era un temblor de entrega más que de temor. Mis manos buscaron la línea de su espalda, descendiendo con avidez medida, afirmando el terreno de su deseo. La tela resbalaba bajo mis caricias y pronto, con sus propios dedos, Eleonora desanudó la lazada de su vestido. El susurro de la tela al caer fue apenas audible, pero supe que lo recordaríamos siempre como una sinfonía secreta.

Ante mí quedó sólo su cuerpo, envuelto ahora en una camisa fina de lino y una enagua leve, traslúcida en la oscuridad. La luna, cómplice, bañaba su piel en tonos azulados lo que la volvía una estatua tallada en la fragilidad del deseo. Mi aliento le erizó la nuca cuando besé su cuello, degustando la sal apenas insinuada, el perfume mezclado de azahares y sudor.

Mis manos hallaron sus hombros, la deslicé hacia la cama baja, cubierta de sábanas arrugadas. Nos arrodillamos uno frente al otro; el ritmo lento adquirió firmeza sin perder la ternura. Ella misma guiaba mis manos, invitando, a la vez tímida y hambrienta, a descifrar sus sutiles recovecos. Los botones nacarados cedieron, uno a uno, revelando el centro caliente de su pecho. Al rozarlo, sentí cómo su agitación se transmitía a la yema de mis dedos y cada caricia era un poema no escrito.

Le besé los hombros, la clavícula, el hueco suave entre los pechos, deleitándome en el porvenir de la piel. Ella cerró los ojos, deteniéndose en el instante para sentir sólo eso: mis labios, mi lengua, la música ronca de mi respiración. Mi mano descendió, acariciando la curva de su muslo, elástico y tembloroso, hasta el límite de la ropa interior, que ya no era más barrera, sino invitación.

La besé en la boca, profundizando el reino de nuestras lenguas, y nuestras caderas se alinearon instintivamente, buscando la fricción exquisita que nos mantenía al borde de la tormenta. El lino cayó al fin, y ante mí no tuvo reservas. La admire en silencio, como se admira el éxtasis en una nota sostenida al infinito.

Su mano, tibia y certera, se deslizó bajo mi camisa, recorrió mi pecho, bajó lenta, tan lenta que el tiempo parecía diluirse hasta ser sólo presente absoluto. Sentí su respiración en mi mejilla, la intensidad feroz de cada inhalación –inmediata, sin edad ni historia. Me desabrochó la camisa, depositando besos húmedos en mis hombros desnudos, ascendiendo por mi cuello hasta mis labios, y nos fundimos de nuevo, el deseo ardiendo entre nosotros, los cuerpos aún apenas desunidos.

La empujé suavemente hacia la cama. Ella me arrastró con ella, entrelazando sus piernas con las mías, aferrándose a mi espalda como si buscara anclarme en el momento, en la eternidad breve de esa noche. La anticipación era volcán hasta que no resistimos más: mi cuerpo lacerando el suyo, su vientre caliente abriéndose bajo mí, la tensión creciente, los embates pausados, profundos, cada encuentro de nuestras pieles alimentando el incendio que se extendía desde los muslos hasta el pecho, al cuello, hasta la locura.

Nuestros movimientos eran río y marea: a veces rápidos, casi urgentes, otras veces lentos, voluptuosos, demorándonos con avidez en el abismo de cada gesto. Ella gemía apenas, un canto bajo, a veces susurrando mi nombre casi como un rezo, y otras perdiéndose en jadeos irregulares, mientras yo la recorría, la apretaba contra mí, la besaba hasta embriagarme de su ansiedad. Mis labios danzaron por su vientre, por el pliegue más íntimo de su ser, y allí ella dejó escapar un grito ahogado que llenó la pequeña buhardilla de ecos insospechados.

Cuando la notas de su éxtasis recorrieron la habitación, supe que nunca el amor volvería a tener el mismo sabor. La sentí temblar, vencida y exultante, suplicando con una dulzura feroz que la condujera de nuevo a la cumbre. Yo lo hice, complaciente y rendido, sintiendo en mi propio cuerpo el desborde, el latido interminable que nos unió en un instante de renacimiento.

Permanecimos así, sudorosos y agotados, fundidos como sólo pueden fundirse los cuerpos verdaderamente solos, verdaderamente tocados por la poesía del otro. Afuera, el mundo continuaba girando, obediente e indiferente; adentro, todo había cambiado.

La abracé, sin decir palabra. Ella apoyó la cabeza en mi pecho, sus dedos dibujando arabescos distraídos sobre mi piel. Volví a besarle la frente, los párpados, la comisura de los labios, sabiendo que toda la eternidad se concentraba ahora en ese instante. No pronunciamos promesas, pues sabíamos que las promesas son innecesarias cuando los cuerpos han dicho ya todo lo que tenían que decirse.

Nos dormimos todavía enlazados, la noche cubriéndonos con el manto piadoso de los amantes. Mi último pensamiento, antes de que el sueño me venciera, fue una plegaria sin palabras a la noche, para que su complicidad no se interrumpiera, para que cada sombra siguiera custodiando los secretos nacidos entre sábanas desordenadas y labios febriles.

Al despertar, la luz del amanecer nos inundó, menos piadosa pero aún suave. Ella seguía allí, dormida contra mi costado, la calma habitando por fin en los pliegues de su rostro. La observé, permitiéndome la licencia de la contemplación. Rozando su hombro desnudo con mis labios, susurré una estrofa apenas audaz:

“El arte del amor reside

no en el instante poseído

sino en volver a soñarlo

cuando todo parece perdido…”

Y supe, con la certeza melancólica de los poetas, que esa noche —con sus sombras, sus jadeos, sus silencios— sería para ambos un refugio y un impulso, una llama perpetua en el confín de la memoria.

La rutina de la ciudad resucitaba, y pronto nos reuniríamos con ella, con nuestros abrigos y nuestros gestos comedidos. Pero llevábamos bajo la ropa, pegada a la piel, la huella invisible de un amor forjado en la soledad de la buhardilla, bajo el atento testigo de la luna.

Y la poesía, oh Eleonora, era apenas el eco de nuestros cuerpos danzando en la noche.

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