Fragmento:
Vivía en el piso diecisiete de un edificio antiguo y vasto, y cada noche, cuando el reloj marcaba las dos, bajaba a la terraza común, atraída por el rumor de la ciudad infinita y por el humo de cigarrillos, tibio, flotando en el frío nocturno. Allí se sentaba, envuelta en la bata de satén, las piernas desnudas temblando a la intemperie, sintiendo cómo el asfalto la miraba, y buscando entre las ventanas iluminadas esa secreta promesa que a menudo la hacía enrojecer bajo la luna.
Duración: 09:06
El bullicio de la ciudad se filtraba a través de las persianas, una especie de murmullo espeso que era, a la vez, banda sonora y telón de fondo. La calle se extendía bajo la ventana de Élise como una arteria repleta de luces rojas y destellos de neón, cuerpos solitarios y parejas que se entrelazaban en portales y taxis, ajenos a la obsesión sedienta que la recorría.
Vivía en el piso diecisiete de un edificio antiguo y vasto, y cada noche, cuando el reloj marcaba las dos, bajaba a la terraza común, atraída por el rumor de la ciudad infinita y por el humo de cigarrillos, tibio, flotando en el frío nocturno. Allí se sentaba, envuelta en la bata de satén, las piernas desnudas temblando a la intemperie, sintiendo cómo el asfalto la miraba, y buscando entre las ventanas iluminadas esa secreta promesa que a menudo la hacía enrojecer bajo la luna.
Aquel jueves, el ascensor subía y bajaba con su queja mecánica, pareciendo anunciar un desenlace mucho antes de materializarlo. Élise había dejado la cama deshecha, apenas cubierta su cintura por la seda roja, y el pelo recogido en un moño descuidado. Al cerrar la puerta tras de sí notó, sin ver, que no estaba sola en las alturas. Había alguien más en la terraza, un hombre — lo supo antes de distinguirlo en la penumbra—, que se recostaba sobre la barandilla de hierro forjado, como si el vértigo fuera su amante íntima.
Élise fue hacia la baranda, a dos pasos de distancia de aquel hombre. El aire olía a lluvia, y a algo más: humo, cítricos, promesa.
—No suelo encontrar compañía a estas horas —dijo ella en voz baja, como si temiera despertar el hechizo de la noche.
Él se volvió despacio. Era alto, de barba oscura y los párpados pesados por el cansancio o algún placer, el tipo de hombre que siempre parecía tener un secreto en la boca.
—No podía dormir. La ciudad me llama cuando nadie la mira, ¿a ti no? —contestó. Había algo en su voz: la aspereza de otros idiomas, una nota extranjera, como si viniera de todas partes y de ninguna.
Se miraron con esa quietud expectante que precede al movimiento. Élise pensó en los cuerpos que se despiertan uno al lado del otro, en la piel pegajosa por el sudor, la sábana hecha un nido y la respiración pausada del después. Pero esto era el antes, el instante en que el deseo era todavía una moneda lanzada al aire, sin caer del todo.
No sabía su nombre, y aunque la pegajosa rutina del edificio dictaba prudencia, nada en su cuerpo obedecía esa noche.
El hombre le ofreció el cigarro, Ella aceptó, aspiró el humo de los labios ajenos todavía en el filtro. Élise sintió que esa noche la ciudad era una amante abierta y que ella misma era su bemol, su nota suelta, lista para enredarse en algún acorde agudo.
—¿Vives aquí? —preguntó él.
—Arriba. Piso diecisiete. ¿Y tú?
—Solo paso —y la miró en ese instante, más con los ojos que con el cuerpo, con una especie de hambre sutil.
La conversación, como el humo, flotó ligera, imprecisa; hablaron del metro a medianoche, de taxis fantasmales y de todos los cementerios dispersos en la ciudad, donde el deseo y el miedo a veces comparten cama.
Élise le observó cuando lanzó la colilla al abismo, lucía taciturno a pesar de la media sonrisa clavada en su boca.
Decidió probar su propio abismo.
—¿Quieres subir? —preguntó, la voz apenas un susurro.
Él asintió, y hubo algo en la rapidez de su respuesta que la estremeció. Entró delante de él en el ascensor. Sus reflejos se multiplicaban en los espejos que la envolvían por dentro, y sintió que todo el cuerpo le palpitaba. Miró hacia su lado: él también la observaba, despacio, recogiendo cada gesto, como si grabara la escena para después incendiarse al recordarla.
Las puertas se abrieron, y ella lo condujo hasta su apartamento, la llave girando con torpeza, el temblor ligero e ineludible abriéndole la piel. Él cerró la puerta detrás, y entonces, por fin, se disiparon las fronteras.
El ruido de la ciudad subía como un oleaje; el resplandor de los faros dibujaba geometrías cambiantes en sus paredes. Élise dejó caer la bata al suelo. Bajo la luz cruda, apenas cubierta por la ropa interior negra, era un mapa de piel pálida y pecas, una promesa que pedía origen y destino.
Él no la tocó enseguida. Caminó despacio a su alrededor, acercando sus manos sin llegar aún a rozarla, y entonces, como si se permitiera finalmente rendirse al vértigo, pasó los dedos por su clavícula, rozando la piel con apenas presión.
—¿Hace cuánto…? —preguntó él, pero no terminó la frase.
—Mucho —dijo ella, y hubo en ese eco una confesión, la de un corazón en espera, latiendo al ritmo turbio de la ciudad.
Las manos de él eran firmes y sabias. Rodearon su cintura, la acercaron, apretaron el pequeño hueco de su espalda baja. Élise exhaló, y la noche se llenó de ese suspiro, una súplica muda. Los labios de él bajaron al cuello, dibujando constelaciones tibias. Al morder la curva de su hombro, todo lo que en ella era contenida, la mujer sola en las alturas, se disolvió.
Su lengua bajó, lenta, hacia los pechos que asomaban por el encaje. Él los liberó, primero con los ojos y luego con la boca, succionando, mordiendo suave, mientras sus dedos trazaban caminos ardientes siguiendo la ruta de los huesos y el temblor.
Élise lo atrajo hacia la cama sin soltar su boca de la suya, sin freno. Bajaron juntos, entrelazados, limpiando el rastro de dudas a fuerza de roce y de saliva. La ropa cayó en un silencio trémulo; él la despojó de su ropa interior, ella le bajó el pantalón y dejó que la gravedad hiciera el resto.
El cuerpo de él era otra ciudad, oscura y densa, un compendio de calles por explorar. Élise paseó lenguas y dedos por su vientre, rozando el sexo erecto, sintiendo la pulsión que crecía debajo de sus dedos, deliciosa y húmeda. Lo besó entre las piernas, lo sintió temblar, y ese poder la embriagó.
Él la tumbó sobre la cama, abrió sus piernas y la miró, pero antes de tomarla, le acarició el muslo, subiéndolo hasta la cadera, acercando su boca al centro más íntimo de su deseo. La lamió al principio con suavidad, y después con un ritmo que se acoplaba al zumbido lejano de la ciudad: frenético, inagotable, envolvente. La lengua giraba, los labios succionaban y los dedos de él se hundían en la piel tibia, arrancando gemidos que no pertenecían a nadie más que al momento.
Cuando Élise llegó al orgasmo, fue un temblor eléctrico, una médula de placer que la partió en dos, conectando el cielo de neón con todos los subterráneos ocultos de su cuerpo.
Él la penetró entonces, fuerte, pero con la lentitud del que quiere saborear el largo túnel de la noche. Cada embestida era una conversación secreta con la ciudad: el crujir del somier, el roce de sus sudores, el eco de los gemidos que iban y venían, como las sirenas lejanas atravesando avenidas interminables.
Se movieron juntos, jadeando, respirando al mismo ritmo, cuerpos pegados y despeinados, corriendo sin apuro hacia la cima. La piel sobre la piel, lenguas y dedos, adentrándose hasta lo más profundo, acariciando detrás de las rodillas, los costados, los pezones duros.
La ventana abierta dejaba entrar fogonazos de luz, y por un instante, ella pensó que cualquiera podía verlos desde la calle. La idea la excitó aún más, imaginó ojos anónimos observando el vaivén de sus cuerpos, deseando ser ellos, desear siendo ellos.
Cuando terminaron, exhaustos uno sobre el otro, la ciudad seguía ahí, palpitante. Élise quedó tendida junto a él, la cabeza sobre su pecho, escuchando el latido sincronizado al que se había rendido.
No hablaron durante un largo rato. El aire estaba tibio, olía a cuerpo y a deseo consumido, y en la cama revuelta la ciudad no era ya su enemiga ni su sombra, sino una cómplice.
Él la abrazó, y ella, sintiendo la humedad entre sus piernas, pensó en lo fugaz de ese encuentro, en la posibilidad de no volver a verlo, y comprendió que la ciudad tenía exactamente ese sabor: el de lo que no se repite.
—¿Mañana? —preguntó él al fin.
Élise sonrió sin abrir los ojos. Afuera, la metrópolis seguía rugiendo, gigante y anónima, llena de otros cuerpos que acaso, en otras terrazas, tejían su propia noche de tránsito. Ella recordó su nombre al recorrerle la piel con los dedos, paladeando el silencio, esperando la repetición impensada de aquello que, tal vez, solo la ciudad puede armar: un encuentro sin promesas, pero ardiente como todas las primeras veces.
—Quién sabe —susurró, y la noche pareció aprobar, cómplice en el secreto de los amantes que, por una vez, se atreven a ser también parte del paisaje.
Una ambulancia cruzó la calle, chillando en el aire. En ese instante, Élise supo que siempre que bajara a la terraza, jamás lo haría buscando, pero que el deseo —como el tráfico abajo— jamás termina de apagarse; solo cambia de esquina, listo para el próximo incendio.
Y la ciudad, cálida y despiadada, les dio cobijo una vez más, envolviendo sus cuerpos desnudos en el mapa inabarcable de luces, susurros, y deseo.
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