Portada del relato El Secreto de la Oficina 314
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Fragmento:


La oficina 314 es uno de esos espacios transitorios, poco transitados, usados para citas rápidas o charlas privadas. Adentro, Lucas la espera, inclinado sobre el escritorio mientras el sol se cuela en líneas oblicuas detrás de las persianas. No hay nadie cerca, lo cual incrementa la tensión.

Duración: 09:25

El Secreto de la Oficina 314
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Texto de ajuste de pausa.

El reloj de la sala marcaba las tres de la tarde cuando Julia Robles sintió el pulso tamborileando en sus muñecas. No era culpa del café ni del sobreesfuerzo de la mañana, ni siquiera del crujir de papeles que se superponía al constante arrullo de teclas en el despacho compartido. Era otra cosa: la expectativa, la ansiedad de un secreto que late con más fuerza cuando el cuerpo comienza a claudicar.

El cuarto piso de Ventura&Assocs no era especialmente glamuroso. El pasillo olía a tóner y a madera vieja, un universo de carpetas que ocultaban historias más picantes que cualquier novela barata. Pero ella sabía, lo sentía, que alguien la observaba. Los cristales ahumados reflejaban solo una imagen borrosa al pasar, pero las miradas se deslizaban entre las rendijas, en especial la de él: Lucas Bertrán, gerente de proyectos, sonrisa de lobo y ese andar seguro, displicente.

La jornada había arrancado como tantas otras. Julia tecleó informes, proyectó gráficos en la pantalla y masculló cifras con el ceño fruncido. Pero muy adentro, bajo el orden meticuloso de su mente, crecía una llama oculta. El mareo volvió, leve pero persistente. Julia tragó saliva y forzó una sonrisa para esquivar cualquier pregunta. Había aprendido a camuflar su debilidad, incluso los temblores en las piernas, pero Lucas parecía percibirlo todo, como si la analizara no solo con los ojos, sino con ese tipo de tacto que a veces roza los pensamientos más íntimos.

Un mensaje ilumina la esquina de la pantalla.

«Oficina 314. Cinco minutos».

No necesitas más para saber que Lucas quiere verte. Las reuniones improvisadas a esa hora suelen ir sobre pendientes de trabajo, pero hace semanas que notaste el voltaje en esos encuentros. Sabes, y no puedes evitarlo, que la enfermedad te ha hecho más audaz. Cuando el cuerpo te traiciona solo queda vivir sin miedo.

Reacomoda su blusa, se repasa el lápiz labial y cruza el pasillo. Toca la puerta con suavidad y entra tras oír la invitación en un susurro grave.

La oficina 314 es uno de esos espacios transitorios, poco transitados, usados para citas rápidas o charlas privadas. Adentro, Lucas la espera, inclinado sobre el escritorio mientras el sol se cuela en líneas oblicuas detrás de las persianas. No hay nadie cerca, lo cual incrementa la tensión.

Él la diseca con la mirada, lento, como si quisiera tatuar cada curva con sus pupilas.

—Llegaste pronto.

Esa voz profunda es un chal que recorre la piel. Julia siente cómo el corazón tamborilea. Reprime un escalofrío, ignora el rápido parpadeo de los síntomas que la persiguen estos meses: respiración entrecortada, el sudor frío en la nuca, el leve entumecimiento en las manos. No puede preocuparse por su cuerpo cuando Lucas está tan cerca, cuando el perfume amaderado de su cuello roba la poca cordura que le queda.

—Pareces cansada —observa él con una mezcla de preocupación y deseo.

Ella finge descuido, pero sus dedos traicionan el temblor. Lucas los cubre con los suyos, cálidos, firmes.

—Deberías descansar más.

Julia esboza una sonrisa tensa.

—Y perderme esto contigo… —murmura, sintiéndose más valiente de lo habitual.

El silencio es un puente colgante entre los dos. Él se acerca, lo bastante para oler el jazmín tenue en el cabello de Julia. Pasa su mano por la mejilla, la examina, atento, sin pervertir la ternura del gesto.

—No quiero que te exijas.

—No puedo evitarlo —responde ella—. No después de conocer lo que se siente estar… viva. De verdad.

La frase brota sin filtro, resbalando entre la verdad y el anhelo. Júlia observa cómo los ojos de Lucas se oscurecen, brillando con una mezcla de deseo y dolor.

Su boca se posa sobre la de ella, primero suave, apenas una caricia de alas, después más firme, contundente, reclamando territorio perdido. La lengua de Lucas explora el contorno de sus labios, busca entrada mientras la hoja de los informes se desliza al suelo. No hay más mundo que la humedad de la boca ajena, esa conexión primitiva que opaca el caos de la oficina.

Julia gime suave, sintiendo cómo se ablanda de las rodillas. Lucas la sostiene, fuerte, con la determinación de alguien que ha esperado demasiado. Ella tiembla bajo sus manos, no solo por la enfermedad, sino por la carga erótica de la escena: el peligro de ser descubiertos, la certeza de que ese encuentro podría ser el último.

Él la alza hasta sentarla sobre el escritorio.

Desabrocha su blusa, botón a botón, con lentitud exasperante. El aire se cuela entre las piezas de la camisa y roza la piel ardiente de Julia. Lucas besa su clavícula, traza un sendero con la lengua hasta el hueco de su cuello. Ella jadea, olvida el dolor, el miedo, el desgaste: solo siente. La boca de Lucas es uva madura, promesa líquida, y cuando lame el ascenso de su seno, Julia arquea la espalda en busca de contacto.

Sin perder el ritmo, él pasea los dedos por las costillas, descendiendo hasta la cintura. Julia agradece que la gravedad de la enfermedad haya agudizado su piel, que cada caricia se sienta como la primera y la última. Agradece, incluso, la vulnerabilidad, porque hace que el placer resulte más agudo, más real.

—Estás temblando —susurra Lucas, sus labios rozando el lóbulo de su oreja.

—No pares —gime ella—. No me dejes pensar en otra cosa que no seas tú.

Lucas comprende y desliza la mano entre sus muslos, apartando la tela con dedos expertos. Su aliento es tibio, paciente, es un arquitecto que conoce los cimientos del deseo. Los dedos exploran, insisten, marcan camino en la humedad creciente de Julia. Pronto, la habitación se llena del sonido húmedo de su placer y los jadeos entrecortados de ella, que siente la fiebre y el frío a la vez.

El falo de Lucas roza su trasero mientras la sostiene. Julia siente la presión, el roce; lo quiere dentro, lo necesita. Su enfermedad había mermado la resistencia, pero le ha dejado la capacidad de perderse sin reservas cuando el cuerpo responde.

No lo detiene cuando baja su propia ropa interior, lo recibe más allá del pudor, con el apremio de quien sabe que el tiempo es una promesa rota. Lucas penetra con una lentitud brutal que arranca un gemido largo del fondo de la garganta de Julia.

La oficina se convierte en una isla: aroma de sexo y de miedos compartidos. Julia se aferra a los hombros fuertes de Lucas, envolviéndole con las piernas. Siente cómo cada embestida es una súplica de ambos: él busca habitarla, fundirse con ella en una urgencia desesperada. Los cuerpos chocan, sudorosos, al ritmo de una pasión contenida demasiado tiempo. El temblor se mezcla con escalofríos de placer, una descarga eléctrica que la invade y la deja sin aliento.

Lucas jadea, su respiración atronando en la nuca de Julia. El ritmo se acelera, los sonidos se confunden con el golpeteo de la persiana contra el cristal. Julia gime más fuerte, sin importarle quién pueda escuchar en el pasillo. Por un instante, se siente infinita y frágil; poderosa y a la vez rendida a ese hombre, a ese momento.

El orgasmo la invade, un latigazo tibio que arrastra consigo los restos del miedo y del dolor. Se aferra con fuerza, arqueando la espalda, sintiendo cómo Lucas también se desploma en ella con un espasmo profundo, llenándola de calor y de entrega.

Permanecen aferrados, sin hablar, respirando el mismo aire, temblando no solo por la enfermedad, sino por la certeza de estar vivos. Julia es la primera en deshacer el abrazo, aún con la piel erizada, sabiendo que debe regresar al mundo de informes y llamadas.

Lucas recoge la ropa caída y le ayuda a recomponerse con delicadeza. Sus dedos se entretienen abrochando los botones, deslizándose ligeramente por la piel ya enfriada. La mira con una ternura grave que la desarma.

—No te lastimes —dice, y esta vez Julia nota el temblor en la voz de él.

—Quiero esto —responde ella, dejando que el silencio cierre la frase—. Aunque duela.

Él asiente, besa su frente y se despide con la promesa muda de otro encuentro.

Julia regresa a su puesto. El dolor físico vuelve, mordiendo en las rodillas, en el pecho oprimido. Pero dentro de sí, una hoguera la mantiene despierta. Sus dedos bailan por el teclado, repitiendo la nueva contraseña que Lucas le entregó antes de irse: una palabra, un recordatorio de que la pasión y la fragilidad pueden convivir en la misma piel.

Durante días, la oficina 314 será solo un número anodino en el plano de la empresa, pero Julia sabrá siempre que allí dejó una parte de sí misma: la más viva, la más valiente, la más dispuesta a perderse aun sabiendo que las horas se acaban.

Esa noche, en la soledad de su cama, Julia acaricia su vientre, recuerda el vaivén de cuerpos y recrea la escena con ojos cerrados. Quizá la enfermedad avanza, quizá mañana el dolor sea más intenso. Pero ha aprendido a arder mientras pueda, a buscar el consuelo en la carne y en la entrega absoluta.

Porque en ese despacho, bajo las lámparas frías y los archivos polvorientos, el amor fue una llamarada breve y deliciosa, y allí por fin comprendió que a veces el mayor acto de rebeldía es amar con toda el alma, sobre todo cuando el mañana es incierto.

Julia sonríe en la oscuridad. Ya no le teme al futuro. No mientras Lucas la mire de esa forma, como si cada día fuera el último pero también el primero para entregarse, confundiendo el dolor de la fragilidad con el placer obstinado de seguir amando.

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