Portada del relato Bajo el Refugio de Magnolia
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Fragmento:


—Quizá el calor me quita el sueño. O quizá eres tú. —La forma en la que Rhett la miraba la hizo sentir desvestida, incluso más allá de la fina batista que apenas cubría sus hombros.

Duración: 08:49

Bajo el Refugio de Magnolia
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Texto de ajuste de pausa.

El eco de las cigarras se arrastraba por los mórbidos jardines de Tara, entre las magnolias que apenas comenzaban a abrirse bajo la humedad de junio. Scarlett O’Hara paseaba por los interminables corredores de aquel gran caserón con el alma agitada por una insatisfacción tan viva como el sol vespertino que jugaba a resbalar en los ventanales. Era el tercer verano después de la guerra y Atlanta, aunque renaciente, latía con una tensión feroz: fiestas sin descanso y promesas de amor danzando sobre el polvo rojo de Georgia, promesas que a menudo se parecían más a desafíos que a esperanzas.

Scarlett no podía dormir. Retorciéndose entre las sábanas de algodón egipcio de su dormitorio nuevo, pensaba en lo que había dejado ir y en lo que no se atrevía a llamar futuro. Ashley era un eco distante, apenas una sombra que el tiempo y las pérdidas habían desvanecido, y su relación con Rhett —si podía llamarse así— ardía aún, pero echaba chispas sólo en la distancia. Habían discutido esa mañana. Otra vez. Su orgullo, el de ambos, se había tornado una muralla infranqueable. Pero esa noche caía sobre Tara cargada de promesas y deseos insatisfechos.

Agotada de sus propias vueltas y suspiros, Scarlett se levantó y caminó hasta la ventana. Afuera, la noche florecía en un mar de luciérnagas titilantes. El aire era espeso, dulce, pesado de perfumes que embriagaban. Un leve crujido en el parqué del pasillo la alertó: no estaba sola. Apenas un parpadeo y una sombra recortada contra la luz tibia que venía del vestíbulo la puso frente a un hombre de ojos oscuros y sonrisa torcida.

—¿No puedes dormir, querida? —Rhett Butler, ataviado apenas con pantalones de lino y una camisa abierta, la miró con esa mezcla exasperante de burla y adoración—. ¿O te desvelan los remordimientos?

Scarlett mantuvo la barbilla en alto, aunque su corazón palpitó más aprisa. No quería que él lo notara. No quería parecer débil ante nadie, mucho menos ante Rhett.

—¿Y tú? ¿Qué haces husmeando por la casa en mitad de la noche? —su voz era tan fría como el mármol de la chimenea.

Rhett cruzó la habitación con pasos felinos y cerró la puerta tras él. El pequeño chasquido resonó en los rincones, tan íntimo que hizo a Scarlett temblar. Quiso desafiarlo, apartarlo de su mente y su presencia, pero bajo la luz temblorosa, él parecía más real que cualquier sueño.

—Quizá el calor me quita el sueño. O quizá eres tú. —La forma en la que Rhett la miraba la hizo sentir desvestida, incluso más allá de la fina batista que apenas cubría sus hombros.

Scarlett tragó en seco. Desde que él había regresado hacía un par de días, la tensión —habitual entre ellos— crecía como una tormenta en verano. Pero en ese instante, el silencio no era amenaza: era promesa.

—No tienes derecho… —empezó, pero su voz se apagó. Rhett estaba frente a ella, tan cerca que podía oler el aroma a ron y colonia que siempre lo envolvía.

—¿A qué, mi querida esposa? —Su tono era gentil, casi abrasador.

Scarlett sintió un tirón en lo bajo del vientre, un súbito anhelo que ni quería comprender. Cuando él rozó su mejilla, ella no se apartó. Los dedos de Rhett no temblaron: estaban seguros, expertos, conocían el camino de su rostro, las líneas de su cuello. La suavidad de ese contacto encendió en Scarlett un fuego urgente, distinto al de las peleas o los celos, más profundo.

—Déjame en paz —susurró, pero sus palabras carecían de convicción.

Él la ignoró. La tomó del mentón y hundió la boca en sus labios, primero en una presión suave, luego más intensa. Scarlett se halló cediendo, perdiendo la batalla. Sus manos fueron a parar a los hombros de Rhett, y él la atrajo hacia sí, apoyando una rodilla entre las suyas, abriendo su cuerpo con una facilidad que le quitó el aliento.

—Has esperado mucho, Scarlett, y yo también. ¿Lo sabías? —murmuró Rhett entre beso y beso, mientras sus dedos bajaban despreocupados haciendo a un lado la tela suelta de su bata.

La piel de Scarlett se erizó bajo su contacto, una corriente eléctrica que la dejó rendida. Se sintió al borde de un precipicio, ansiando caer, y su resistencia se volvió lluvia sobre la seda. Los labios de Rhett buscaron el hueco de su cuello, allí donde su pulso golpeaba más fuerte. Mordisqueó la piel suave, explorando el valle entre sus pechos. Scarlett echó la cabeza hacia atrás, sintiendo cómo un gemido le subía desde el estómago.

—¡No…! —intentó protestar, pero su voz fue ahogada por la boca de Rhett, y el deseo, más fiero que nunca, nubló cualquier pensamiento.

Él la envolvió entre sus brazos, llevándola hasta la cama. Scarlett se sorprendió de su propio atrevimiento cuando sus manos se enredaron en el cabello alborotado de Rhett, acercándole aún más. La tela de la camisa de él era fresca contra su piel ardiente, sus piernas se enlazaron y Scarlett sintió cómo el cuerpo de Rhett, duro y firme, la reconocía como ningún otro nunca podría. Sintió entonces que no eran sólo amantes empujados por el deseo, sino ansias acumuladas de pasión y orgullo que finalmente cedían.

Mientras las luciérnagas cruzaban la ventana, ellos se fundían en una danza antigua. Los labios de Rhett recorrieron el límite de sus pechos, y cuando Scarlett gimió, sus pezones se erizaron bajo la caricia de su lengua. La sensación era deliciosa, salvaje. Scarlett hundió los dedos en los cabellos de Rhett, exigiendo más.

Rhett la contempló con deleite: esa mujer a la que otros tachaban de indómita, ahora se enredaba en su cuerpo con furia dulce, con una vulnerabilidad que era sólo suya. Sus manos bajaron, deslizando la bata por los hombros de Scarlett hasta descubrirla completamente. La tela cayó al suelo como una nube ligera.

—Eres preciosa —susurró, admirando sus formas bajo la tenue luz.

Scarlett sintió rubor, pero sus pezones, erectos como nunca, desmentían cualquier pudor. Cuando Rhett se deshizo de su ropa, permitió que la vista de su cuerpo masculino la azotara como una ola. Su pecho ancho, la tensión de sus caderas, el deseo manifestándose entre sus muslos. Ella tendió la mano, acariciándolo desde el pecho hasta la cintura, notando cómo él se estremecía bajo su contacto.

El deseo creció entre ellos, y Scarlett, contra todo lo que había pensado siempre, no quiso más orgullo, ni distancia. Quería todo de él. Susurró su nombre y se arqueó contra el cuerpo de Rhett cuando él bajó por su vientre, besando y mordiendo la piel suave. Sintió su lengua explorar el surco secreto entre sus piernas, el calor, la humedad. Un estremecimiento le subió por la columna, y respiró profundo cuando los labios de él encontraron su centro, provocando un chorro de placer tan intenso que la hizo gritar.

Rhett fue paciente, experto. La llevó al límite una y otra vez, jugando con sus gemidos, alentando a que su cuerpo se abriera como las magnolias de Georgia tras la lluvia. Cuando, al fin, la subió a sus caderas y la penetró de un solo empuje, Scarlett creyó que el mundo entero se desmoronaba para rehacerse en torno a ese acto.

El ritmo fue lento al principio, torturante. Rhett la sujetaba por la espalda, guiando su cuerpo, haciéndola sentir atrapada y protegida a la vez. El jadeo de Scarlett llenó la habitación, y sus rodillas temblaron a cada embestida. Se sentía poderosa, mujer completa entre los brazos de ese hombre que era suyo y de nadie más. La pasión fue creciendo, y pronto el ritmo se intensificó, desbordándose hasta que el momento final los alcanzó en una explosión de gritos ahogados y sudor compartido.

Se tumbaron exhaustos, aún enredados. Scarlett sintió cómo el calor entre sus muslos remanecía como una fogata. Su corazón latía con una violencia nueva. Se abrazó a Rhett, que le acarició la espalda con delicadeza. El orgullo, tan presente antes, se había disuelto en placer y ternura.

Permanecieron así, abrazados bajo la sombra de la noche, mientras el jardín susurraba promesas que ningún amanecer podría borrar. Scarlett soñó entonces, a salvo y amada por fin, que las guerras podían terminar, que las heridas se cerraban, y que sólo existían los cuerpos y los suspiros, ese lenguaje secreto que sólo ella y Rhett compartían.

Cuando la claridad azul del alba empezó a teñir la habitación, Rhett besó a Scarlett en la frente.

—¿Ves, mi valiente muchacha? —murmuró— Hay otras batallas que merece la pena perder.

Scarlett sonrió, adormilada y satisfecha como nunca antes.

—Quizá, capitán Butler, sólo he empezado a comprenderlo.

Fuera, las magnolias, testigos mudos, temblaban bajo la promesa de otra tormenta y otra noche. Pero entre esas cuatro paredes, Scarlett y Rhett sabían que al menos hasta la llegada del sol, ganarían juntos, una y otra vez, ese juego inagotable donde hacerlo y rendirse eran, finalmente, una misma cosa.

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