Portada del relato Ecos de la medianoche
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Fragmento:


Clark la había invitado a recitarle esa noche. Ella pensó primero en canciones, en baladas tristes, pero luego comprendió que pedía confesiones —y no con palabras, sino con la música hendida de su deseo. Se preguntó, mientras aguardaba, si sería capaz de entregar su voz temblorosa de las formas en las que una mujer puede hablar con sus manos sobre el teclado y con sus labios dispuestos a entonar versos largamente reprimidos.

Duración: 09:27

Ecos de la medianoche
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Texto de ajuste de pausa.

La noche palpitaba con ese calor húmedo y misterioso del Sur, tan indescifrable y denso como ciertas melodías susurradas al oído. Por la ventana abierta se colaba el perfume de las magnolias y la cadencia apagada del piano que Laurette tocaba en el salón. Esperaba a Clark, y el deseo la mantenía en vilo, vibrando en cada nota que componía casi al azar, mientras las palabras de un poema, antiguo y familiar, revoloteaban en su memoria. No sabía si era culpa de la luna, interrumpiendo nubes y formando encajes sobre el suelo, o de esa promesa tácita tejida en la trama invisible de todas sus últimas conversaciones.

Clark la había invitado a recitarle esa noche. Ella pensó primero en canciones, en baladas tristes, pero luego comprendió que pedía confesiones —y no con palabras, sino con la música hendida de su deseo. Se preguntó, mientras aguardaba, si sería capaz de entregar su voz temblorosa de las formas en las que una mujer puede hablar con sus manos sobre el teclado y con sus labios dispuestos a entonar versos largamente reprimidos.

Las cortinas apenas se mecían y el aire nocturno, tibio, le rozaba la piel desnuda de los hombros. Laurette llevaba puesto solo un leve camisón de encaje azul humo, tan etéreo que apenas era otra cosa que la promesa de su propia desnudez. Sus pezones, hinchados de deseo y del frescor que se filtraba, rozaban la tela en cada leve movimiento, y su vientre palpitaba con una leve inquietud. Repetía, casi sin querer, el nombre de Clark en su mente, modulándolo como una nota baja y profunda: Clark, Clark... El roce de esa sílaba la estremecía, la llenaba de anticipación.

El suelo crujió, el timbre del piano tambaleó en sus manos. Clark entró sin hacer ruido, cerrando la puerta tras de sí con suavidad. Era un hombre largo, de músculos flexibles y una sonrisa que al principio parecía reservada pero que se abría, como ahora, solo cuando la miraba a ella. Su presencia llenó la estancia, desplazando el perfume de las magnolias y trayendo consigo el aroma de cigarrillos, cuero y ese algo indefinible que Laurette siempre asociaba con noches sin final.

—Sigue tocando —dijo Clark despacio, como si temiera despertar a la magia acumulada en los rincones oscuros del salón.

Laurette asintió. Sus dedos tantearon acordes de un blues antiguo, rítmico como antiguos suspiros. Entonces, Clark se dirigió al piano, se sentó a su lado y susurró, tan cerca de su oído que la piel se le erizó:

—Esta noche, quiero aprender el idioma de tus canciones.

Era un modo tan elegante de pedir permiso, tan dulce y grave, que Laurette no dudó. Comenzó a tocar un tema más lento, una progresión envolvente como brazos; miró a Clark de reojo y lo vio mirarla con la devoción y el hambre de quien escucha música por primera vez. Pronto, la melodía se deshizo en arpegios, y fue entonces cuando Clark levantó la mano, la acercó a la mejilla de Laurette y, sin apartar la mirada de sus ojos, la rozó apenas, como si templara una cuerda invisible.

Laurette soltó un suspiro apenas audible que se fundió en la resonancia del piano. Clark recitó con voz baja algunas líneas de Walt Whitman, improvisando sobre los silencios de las teclas, dejando que cada verso penetrase en la carne viva de ese deseo contenido:

—"Sabemos de placer, ambos; sabemos de pasión, amor, acción, de risa, oh mujer mía, del entrelazamiento de nuestros cuerpos, del ardiente descenso..."

Por un momento, el piano y la voz fueron uno, como sus respiraciones; Laurette sintió cómo el lenguaje de la poesía hacía vibrar sus terminaciones nerviosas, cómo la presencia sólida de Clark junto a su costado la empujaba más allá del borde de cada deseo.

Él posó la mano sobre la suya, detuvo las teclas en un compás suspendido, y susurró:

—¿Sigues listas tus canciones para mí?

Ella asintió, cerrando los ojos, cediendo. Clark la atrajo suavemente y besó su cuello, ahí donde pulsaba el pulso como un tambor sordo, y Laurette se inclinó, arqueando la espalda para recibir el roce de su lengua, para sentir cómo la calidez de su aliento componía una estrofa en la piel. Los dedos de Clark bajaron despacio por el escote, abriendo el encaje azul justo lo necesario para liberar un pecho, y lo tomó en sus labios con la delicadeza de quien prueba un verso nuevo, prolongando una rima hasta que Laurette gimió suavemente; el sonido les pertenecía a ambos, como el estribillo de una canción privada.

Ella deslizó una mano entre las costuras de la camisa de Clark, despacio. Tocó la piel firme y caliente de su pecho, sintió el latido del corazón acelerado, y fue revelando botón tras botón, como si cada prenda desnudara también una palabra, un pensamiento vuelto deseo. Sus caderas se movieron buscando el cuerpo de Clark, y él la alzó, la sentó sobre la banqueta junto a él, con las piernas abiertas alrededor de su cintura. El camisón subió a medias, dejando expuestos los muslos largos y torneados de Laurette.

Clark siguió explorando con la boca, devorándola con besos y versos, permitiendo que Laurette fuera poco a poco perdiendo todo rastro de vergüenza. Sus bocas se encontraron, primero suaves, después más urgentes, hasta que Laurette lo atrajo del todo sobre sí y lo obligó a sentir cuánto lo necesitaba. Clark deslizó una mano lenta hasta el centro de su placer, y los dedos, expertos y musicalmente rítmicos, comenzaron a explorar la humedad palpitante que Laurette le entregaba.

El primer contacto fue apenas un roce, pero los suspiros y movimientos de Laurette lo guiaron. Deslizó dos dedos en círculos, como afinando el vibrato de la nota más grave y exquisita; ella apoyó la cabeza sobre su hombro y levantó las caderas para buscar mayor contacto, dejando escapar una súplica, un canto antiguo convertido en jadeo. Clark, sosteniéndola con la otra mano en la espalda, encontró su propio ritmo, uno compartido y sincopado, de esos que sólo pueden existir cuando dos cuerpos están dispuestos a perderse el uno en el otro.

El piano fue testigo mudo del espectáculo: dos amantes en una danza de cuerpos y palabras, improvisando la poesía de la noche. Laurette sintió el orgasmo crecer desde el centro de su vientre, en espirales de calor, extendiéndose hasta los dedos de los pies, quebrando la melodía en risas y lágrimas, en gritos agudos y notas suspendidas.

—No pares, por favor… —susurró entre besos, y Clark obedeció, guiado por el pulso.

Cuando la tormenta amainó, Clark la alzó en brazos, llevándola como una esposa desposada —una canción marchita ya, obligada a florecer de nuevo— hasta el diván bajo la ventana. La depositó, se desnudó ante ella con lentitud; Laurette observaba cada movimiento, cada relámpago de deseo renovado en sus ojos negros. El cuerpo de Clark era un poema épico: hombros anchos, espalda fuerte, vello que se recortaba en la penumbra como líneas de prosa profunda.

Se recostaron juntos, Laurette sobre su pecho, la cabeza cerca de su corazón. Clark murmuró fragmentos de canciones infantiles, versos robados de los campos de algodón y de los himnos secretos de los esclavos. Laurette, desarmada, acariciaba con los labios el pecho varonil, las costillas, el vientre; descendía con una lentitud casi religiosa por la línea del ombligo, entre las caderas, hasta encontrar la dureza tensa del deseo de Clark. No hubo aquí poesía más que la pronunciada con la lengua, el aliento y la saliva: lo tomó, lo acarició, lo sintió crecer y endurecerse entre sus labios, la lengua delineando pentagramas de placer.

Clark soltó un jadeo, duro y breve, enredó los dedos en el cabello de Laurette y la guio en un ritmo suave primero, luego más profundo, hasta que ella lo liberó y subió, posando el cuerpo rendido sobre él, con los pezones endurecidos rozando la piel caliente del hombre. Clark la guió despacio, sus manos firmes en sus caderas, y Laurette descendió sobre él, respirando su nombre contra la boca, sintiendo cómo la llenaba en una embestida lenta, deliberada, como una nota sostenida que empieza y termina sólo cuando ambos lo deciden.

El movimiento fue pausado, exquisito: Laurette montando a Clark, moviéndose con la gracia y la fuerza de quien baila sola bajo la lluvia, mientras él descendía las manos por su espalda, marcando la cadencia en los glúteos, en el muslo, en la curva final del placer. Laurette escuchó el corriente de la música aún vibrando en los costados del salón, y comenzó a murmurar, entrecortadamente, la letra de aquel viejo spiritual: "Swing low, sweet chariot, coming for to carry me home..."

Clark se unió al estribillo, y sus voces, vibrando de éxtasis y deseo, llenaron la estancia como un órgano en su plenitud. Se fundieron, cuerpo y alma, en una última arremetida; Laurette se inclinó hacia adelante, besó la boca de Clark con toda la ternura y ferocidad acumulada en años de espera, y en la marea creciente del placer, ambos se sacudieron y gritaron, encabalgando los versos, los nombres, un poema sobre la piel.

Cuando la calma los halló, exhaustos y bañados en sudor, Laurette permaneció abrazada a Clark, la mejilla pegada al pecho, escuchando el latido arrítmico que tan bien conocía. La brisa meció las cortinas, trayendo una nueva estrofa: la promesa tácita de que, mientras hubiera música, siempre habría noches como esa. Y Laurette, sin pensar, murmuró en lo más hondo de su alma el verso más íntimo: que amar es aprender la melodía de otro —y atreverse, una y otra vez, a cantarla de nuevo.

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