Portada del relato Los suspiros de la tarde
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Fragmento:


—¿Estaba segura de que vendría? —preguntó él, como si temiera que le hubiesen tendido una trampa.

Duración: 09:34

Los suspiros de la tarde
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Texto de ajuste de pausa.

Al caer la tarde, cuando ya las calles de Nueva Orleans comenzaban a arder suavemente con los reflejos rosados del crepúsculo, Clarisse Deveraux contemplaba el jardín a través de la ventana del salón. El calor adormecedor de junio parecía imbuir de languidez también al aire de la habitación, flotando entre los pliegues de las cortinas como un amante furtivo. Las sombras de las magnolias se estiraban lánguidamente sobre el césped.

La grandiosa casa familiar respiraba con los años, y sus muros guardaban secretos; pero ninguno tan insistentemente palpitante como el que Clarisse sostenía en su pecho. Sentía el perfume embriagador de las flores que subía con la brisa, y, junto con él, la memoria del tacto de las manos de Julien Devernois, el joven abogado que días atrás osó besarle la piel desnuda del hombro bajo la gloria callada de la galería. Pensar en ello le provocaba un escalofrío de placer y disgusto a la vez, pero en lo profundo del alma la inquietud vencía la repulsión, floreciendo en una sed silenciosa.

Esa tarde, como tantas otras, Clarisse aguardaba a su esposo, René, que cada día parecía volver más tarde de sus negocios en la ciudad. El reloj marcaría pronto las siete cuando la sirvienta, Lucille, le dejó discretamente una nota en el zócalo de mármol del vestíbulo: "Volveré pasada la medianoche." La caligrafía de René era seca y apresurada. Clarisse sintió el contraste entre la calidez expectante nacida en su interior y el frío que acompañaba la indiferencia de su marido, repartiéndose a partes iguales dentro de ella.

Tomó la nota y la guardó en el pequeño cofrecillo de laca sobre la mesa, como hacía con tantos objetos de su vida—cosas que prefería no mirar demasiado de cerca, no fuese a encontrar en ellas alguna verdad dolorosa. Bebió el último sorbo de té y se acercó resueltamente al vestidor. Escogió, no sin cierta vacilación, un vestido de batista blanca, uno que René detestaba por demasiado ligero pero que, paradójicamente, a ella le parecía la frontera entre la decencia y el desenfreno.

Dejó caer el cabello sobre la espalda y, descalza, recorrió el corredor en sombras, sintiendo el frescor de la madera bajo los pies. Nada importaba en ese momento—ni las normas, ni el qué dirán de las matronas, ni la mirada de su propio esposo. Clarisse parecía dejar atrás, con cada paso, una capa de su piel, un peso de su educación y su deber.

Bajó al jardín en esa penumbra dorada, segura de que nadie se percataría. El reloj de la torre dio las siete y media. Nadie la aguardaba en la fuente, sólo el murmullo del agua y los ritmos de la naturaleza. Pero después de un instante, sintió unos pasos y supo, antes de mirar atrás, que era él.

—Clarisse —dijo Julien, su nombre derramándose en la boca de él como un suspiro largamente contenido.

Ella le miró de reojo, de la manera en que las mujeres miran cuando todavía pueden elegir si caerán o no en el abismo. Pero en esta ocasión no había abismo: sólo el peligro de lo que ya casi era inevitable.

Julien era apuesto de la manera en que sólo los hombres que confían en sí mismos y en el deseo de las mujeres pueden serlo. Había en su manera de mirar a Clarisse una devoción, aunque también, en los momentos de mayor intimidad, un rastro de hambre.

—¿Estaba segura de que vendría? —preguntó él, como si temiera que le hubiesen tendido una trampa.

—Sabía que vendrías —respondió ella, y añadió, pero sólo para sí: Porque yo también lo deseaba.

Se sentaron bajo el toldo de glicinas, en un banco de hierro. El mundo era sólo los dos y el crepitar de las hojas. Las manos de Julien buscaron las suyas con la discreción de lo prohibido.

Durante varios minutos hablaron poco. Se miraban largamente, cada silencio alargando el filo del deseo hasta casi lo insoportable. Julien se atrevió a rozar, por encima de los nudillos de Clarisse, el dorso tibio de su mano. Ella respondió presionando ligeramente sus dedos.

—El crepúsculo nos protege —dijo él.

—No lo hace —musitó ella—. Pero, ¡qué importa!

La inercia de ese primer roce era demasiado poderosa para detenerla. Ella se aproximó. El perfume de su piel era el de la gardenia recién abierta. Julien exhaló el aire breve de la ansiedad en su pecho.

Cuando se atrevió a besarla, primero lo hizo con la cautela de quien recoge una fruta demasiado madura: el roce de sus labios fue ligero sobre la mejilla, luego se desplazó lenta y decididamente hacia los labios de ella. Clarisse se dejó llevar con abandono ansiado, como si desde mucho antes hubiese poseído ese mismo anhelo, y en ese solo instante reconoció por completo su deseo.

Julien se apartó apenas.

—Si alguien nos viera...

—No me importa —dijo Clarisse. Se atrevió a retirar su pelo hacia un lado y expuso sin pudor el cuello, la curva donde latía una vena apenas visible. Julien inclinó la cabeza y allí depositó un beso, luego otro, y otro más abajo.

Con cada caricia, el mundo se reducía; ya no existían calles, ni esposos, ni servidumbre, tan solo el diálogo mudo de sus cuerpos buscándose.

La tarde cayó y la penumbra se hizo cómplice. Clarisse miró a Julien con una franqueza nueva:

—Me pregunto si alguna vez podré ser saciada.

—Permítame comprobarlo —respondió él, y le tomó la mano para guiarla a un rincón del porche, entre cortinas etéreas de jazmín y la sombra de los árboles.

Allí, como si la propia naturaleza los envolviera en su velo, se acercaron aún más, apenas cubiertos por la sombra discreta de las persianas entreabiertas. Julien la abrazó con una delicadeza inesperada, paladeando en cada beso el deleite de la piel expuesta bajo el tejido suelto de la batista. Sus dedos encontraron la clavícula y la recorrieron idólatramente, explorando curvas y tibiezas. Clarisse, sintiéndose entre bisagras de placer, permitió que la bata resbalara por un hombro, quedando la piel expuesta al aire tibio de la tarde.

Él la besó sobre la curva del pecho, justo allí donde la tela apenas disimulaba la plenitud suave de su seno. Clarisse alzó la cabeza, exhalando un suspiro que tembló en el aire caliente. Sus caderas buscaban instintivamente el roce del cuerpo de Julien, y los dedos de él se deslizaron sobre la tela, encontrando el borde de la liga, acariciando apenas la blandura de su muslo.

Julien retiró con cuidado la batista, hasta dejar sus pechos desnudos a la penumbra. Los labios de él bajaron, rozando primero la piel tensada de deseo, luego hallaron el pezón, al principio con timidez, después con firmeza, lamiendo, besando, extrayendo de Clarisse un temblor instintivo del que apenas podía dar cuenta.

Bajo las cortinas, la tarde se hizo noche y el crepúsculo ardía en su piel, en las manos de Julien, que recorrían la cintura, deslizándose hacia la cadera, perdiéndose entre los pliegues del vestido hasta encontrar el borde de su ropa interior.

Ella suspiró, se tensó, luego abrió las piernas con abandono, guiando la mano de Julien hacia lo más ardiente de su deseo. El contacto de sus dedos, primero curioso, luego seguro y explorador, la hizo apartar el rostro, ocultar un gemido en la curva del brazo. Julien la observó con reverencia y hambre.

Con la diestra, él la acarició, abriéndose paso entre el encaje húmedo que apenas frenaba el fuego que crecía. Cada roce, cada lentitud entre sus dedos empapados, hacía que Clarisse sintiese que toda su piel era una sola ola, sin principio ni fin.

Julien se arrodilló ante ella, apartó con sumo cuidado la tela y besó el centro de su placer. Clarisse corcoveó, mordiéndose el labio para no gritar. Cada caricia de la lengua era un círculo, un vaivén, un fuego. El placer creció hasta convertirse en un río irresistible, un gozo punzante y hondo. Ella alzó la cabeza y, sin poder contenerse, dejó que un jadeo ronco escapara de sus labios.

Él se levantó y la tomó en sus brazos. Temblando, la llevó hasta el diván abandonado del porche, sumidos ambos en la sombra, el mundo fuera desapareciendo. Se acomodaron allí, la tela suave del diván rozando sus pieles temblorosas, y Julien tocó el borde de su propio pantalón, buscándola, guiándola; Clarisse, ya sin fuerza para contenerse, acarició la dureza tensa bajo la tela.

La impaciencia pudo más que ellos: Julien se despojó de la ropa y Clarisse, suspirando, contempló su cuerpo con la admiración única de quien está a punto de cometer una locura deliciosa. Él la besó de nuevo, largo, profundo, en la boca, aspirando su aliento como si de ahí sacase fuerzas.

Se eyaculó sobre ella al fundirse finalmente, lento al principio, hondamente después. Clarisse le envolvió con las piernas, recibiéndolo con una ansia nueva, alerta, desconocida. Cada embestida era una ola, cada gemido apenas un susurro para la noche, y al final, cuando ambos temblaban bajo el firmamento ya estrellado, Clarisse sintió que había cruzado todos los umbrales del temor y del placer.

Minutos, una eternidad, ambos permanecieron abrazados, sintiendo la humedad de sus cuerpos mezclados, el ritmo tranquilo de la respiración.

—¿Qué sucede ahora? —preguntó Julien.

Clarisse no respondió. En la penumbra, apoyó el rostro en el pecho de él, escuchando los latidos, preguntándose si alguna vez el mundo, el verdadero mundo, podría regresarles a la razón. Pero ya no importaba, porque en ese rincón del jardín, ambos existían más allá del pecado y del castigo, sólo en la verdad ardiente de sus cuerpos buscándose.

Con la madrugada llegarían las preguntas, los remordimientos, la complicidad silenciosa. Pero por ahora, sólo quedaba el dulce crepitar de la noche y la certeza secreta del deseo cumplido.

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