Portada del relato Bajo la Luz Plateada
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Leo llevó una mano a su nuca y la atrajo dulce pero firme. Sus bocas se buscaron, primero con la timidez de los que temen destruir lo que anhelan, luego con la avidez de quienes ya no pueden soportar más distancia, más separación deformada por excusas. El beso se llenó de jadeos, de mordisqueos breves, de lenguas explorando territorios vedados.

Duración: 08:53

Bajo la Luz Plateada
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

La brisa nocturna pulió el jardín, colmando de misterio el aire adormecido del verano. Ariadna empujó la puerta de su cuarto con la espalda, el vestido de gasa reptando por su piel humedecida por la ansiedad. Había algo en esa noche, en esa luna llena que colgaba sobre su cabeza como un ojo brillante, que la hacía sentir distinta. Más destilada. Más real. Como si el ropaje habitual de las dudas se hubiera quedado atrapado en la verja, allá abajo, y ella flotara apenas, guiada solamente por el instinto y el deseo.

Las cortinas blancas ondeaban como neblina etérea, una invitación leve hacia la terraza. Desde ahí se divisaba el lago y la tibia mancha de faroles, apenas una lejanía luminosa. Ariadna soltó una risita nerviosa. ¿Qué esperaba? ¿Que tomara forma el delirio al que esa noche la empujaba? Cerró los ojos sólo un instante, percibiendo el rumor del agua y, más allá, la cadencia de unos pasos sobre la grava del sendero. Entonces, tan suave como un hechizo, escuchó su nombre, envuelto en la voz de quien había hecho brotar el ansia.

—Ariadna…

La voz de Leo era grave y vulnerable, atravesada por la urgencia de quien ha estado aguardando bajo mil lunares pensamientos. Ella giró apenas la cabeza, sin abrir los ojos y sin negar el leve temblor que creció en su vientre. Volvió un instante al pasado, al roce de sus dedos sobre su muñeca en la oficina, el intercambio de mensajes crípticos, el peligroso juego de miradas cuando nadie podía verlos.

Leo estaba de pie en la valla, con la camisa blanca semi desabrochada, el cabello revuelto en humedad lunar y los ojos prendidos de inquietud. Se acercó despacio, como si temiera ahuyentarla, aunque ella nunca había sido de huir. No de él. No en noches así.

—No podía dormir —dijo Ariadna, disfrazando la ansiedad en una media sonrisa.

—Yo tampoco. —La voz de Leo era apenas un roce, una caricia audible. Se detuvo frente a ella y colocó la palma sobre su mejilla. El tacto desencadenó el chispazo: la piel erizada, el pulso desesperado—. La noche pide lo que otras callan.

Ariadna exhaló despacio, abrazando la vulnerabilidad, dejando caer la máscara. Lo miró bajo el cono de luz lunar, recorriendo el trazo de su mandíbula, el recorrido natural desde el cuello a los hombros, el modo en que sus labios habían aprendido ya el territorio de sus sueños. Había esperado demasiado. Permitirse ese momento era como dejar caer todos los días de carencia.

Leo llevó una mano a su nuca y la atrajo dulce pero firme. Sus bocas se buscaron, primero con la timidez de los que temen destruir lo que anhelan, luego con la avidez de quienes ya no pueden soportar más distancia, más separación deformada por excusas. El beso se llenó de jadeos, de mordisqueos breves, de lenguas explorando territorios vedados.

—Te he esperado mucho tiempo —ronroneó Leo, pegando su cuerpo al de Ariadna, la curva perfecta de sus deseos alineándose bajo el vestido apenas cubriendo lo esencial.

—Esta noche… —musitó ella, abriendo los ojos para que los de él se hundieran en los suyos—, no quiero palabras vacías.

Leo la obedeció. Él era diestro en leer los deseos allí donde nunca los había pronunciado. Sus manos, de dedos largos y callosos, descendieron por la espalda de Ariadna trazando la columna luminosa vertebra por vertebra, hasta el nacimiento de las nalgas. Allí la sostuvo y ella se abandonó, flotando en la gravedad de la carne. El roce embriagador de la luna sobre su piel desnuda, expuesta por el vestido que se deslizó sin protestar bajo las yemas expertas.

Ariadna se arqueó. No necesitaba pudor. No con Leo. Los cabellos cayeron en cascada sobre un hombro y sus senos, desnudos en la noche, alzaron su ofrenda al deseo. Él no resistió más y se agachó, devorando con la boca la fruta enérgica de su pecho, succionando, lamiendo, mordiendo apenas hasta que ella gimió, irreprimible. El eco del placer jugaba con ellos: quien da, quien recibe.

Sus cuerpos buscaban el ritmo de una marea antigua, ambos encendidos por la promesa no pronunciada de la luna llena arriba. Cuando Leo dejó su pecho para recuperar sus labios, los de Ariadna ya eran orilla lista para inundarse. A ella le temblaba la voz entre susurros:

—Aquí… Quiero sentirlo aquí, bajo esta luz…

Leo la liberó del vestido, arrojándolo junto a la baranda. Sus manos exploraron los caminos muslos arriba, dividiendo el deseo en ríos impacientes. Ariadna abrió las piernas con un desparpajo sin nombre, haciéndose vulnerable, invitándolo a descifrar su centro tibio. Él besó su vientre, bajo la línea invisible entre pubis y cadera, antes de dejarse caer de rodillas como quien reverencia un altar.

La lengua de Leo danzó, meticulosa y voraz. Ariadna se derritió, muslos temblorosos asidos a los hombros de su amante, el clímax amenazador palpitando entre labios y jadeos, cada movimiento ahondando el roce vital donde la vida y el placer colisionan. Se arqueó, buscando más, hasta que el orgasmo la encendió y la atravesó con el vértigo de la luna: tensa, absoluta, con el pecho jadeando y el grito ahogado entre los dientes.

No hubo tiempo para recuperar el aliento. Leo se irguió, desabrochando el pantalón, sin apartar la mirada de su rostro, como si buscara grabar la imagen exacta de esa rendición. Ariadna lo ayudó y lo despojó de la ropa, la espera había sido suficiente para ambos. Lo sintió duro y firme al abrigarse en su mano, el calor impulsando nuevas oleadas de anhelo.

—Ven —susurró ella, tirando de él para bajarlo sobre sí.

Leo la penetró despacio, en un vaivén anhelante que les arrancó a ambos un gemido contenido. Los cuerpos ensamblaron posiciones como piezas destinadas, torsos y caderas alineándose bajo la lujuria de la noche, bajo el resplandor lechoso de la luna, bajo la comunión absoluta del suspiro. Se movieron lento al principio, saboreando el roce, la fricción que prometía rendición; luego se aceleraron, piel con piel, choque de huesos, sudor con sudor. Ariadna se pegó a su cuerpo, lamiendo su cuello, arañando sus espaldas, exigiendo más. Y Leo, incapaz de resistirse, se entregó al ritmo que ella pedía, el ritmo del animal callado que sólo despierta ese instinto bajo la luna.

Se fundieron en un solo cuerpo. El mundo se redujo a eso: a la pulsión de la sangre, la marea interna elevándose hacia otro clímax. La segunda llegada de Ariadna fue un estallido silencioso, lágrimas en los ojos, la garganta incapaz de retener ningún sonido. Leo la siguió, perdiéndose en el abismo de placer, enterrando la cara en su cuello, buscando refugio en el olor de su piel, en su nombre dicho al borde de la locura.

Luego vino el arrullo, el temblor residual, el sabor a sal y a triunfo reposando en la boca de ambos. Se acomodaron juntos sobre el puf de la terraza, la brisa templando el calor salvaje que recién los cubría. Ariadna buscó la mano de Leo, con dedos entrelazados sin querer soltar ni lo vivido ni el instante después.

—Me gustaría que fuese siempre así —murmuró Ariadna, con ese tono que mezcla deseo y esperanza.

—Mientras exista esta luna, mientras estemos cerca, no tiene por qué acabarse —contestó Leo, convenciéndola con la gravedad de su presencia y la dulzura en su voz.

Durante un rato quedaron en silencio, envueltos sólo en el vaivén lejano de las cigarras y el pulso sigiloso de sus corazones. Ariadna supo entonces que algo había cambiado: ya nada sería igual después de esa noche de luna llena. No era sólo el deseo lo que los había unido, sino ese amor cercano, real, tangible. Un amor que, pese a nacer en la urgencia de la carne, ahora brillaba claro e inevitable, como el reflejo de la luna en un lago dormido al otro lado de la noche.

Cuando Leo besó su frente, Ariadna decidió apagar los miedos y dejarse mojar, honda y dulcemente, por esa marea que prometía no retirarse jamás. Porque la luna mengua, sí, pero la memoria aviva el resplandor de las noches en que el amor encontró su forma, entre cuerpos, sudor y susurros suaves. Y esa noche, bajo la luna llena, el amor era tan verdadero y tan cerca, que ningún día sin luna podría jamás separar sus pieles de nuevo.

Las horas pasaron y las palabras, antes infrecuentes, comenzaron a brotar. Ariadna, arrebatada aún por la desnudez física y emocional, buscó razones para quedarse en ese puf, al abrigo de los brazos de Leo. Él no habló de promesas eternas, pero sus caricias, su forma de tomar su mano y rozar su mejilla con la nariz, eran pactos firmados en la carne.

Ambos oyeron el aullido lejano de algún perro, y supieron que todo podía cambiar a la luz del día. Pero no importaba. Porque lo cierto, lo verdaderamente real, era ese abrazo. Y esa certeza, tan plácida en su intimidad, era más tangible—más deseada—que todo lo que la luna había visto brillar sobre la tierra esa noche.

Copyrights © 2025 Complicidad.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.