Portada del relato Bajo la Luz de la Medianoche
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Fragmento:


El carruaje se detuvo entre la bruma plateada del amanecer, encallando en el lodo de un camino solitario. Lucy Ashcroft, aún envuelta en los abrigos de viaje, sintió cómo el mundo enmudecía más allá del vidrio mojado. La lluvia, persistente, tejía su letanía sobre la madera y el cuero, como si el cielo mismo intentase ocultar su llegada a Willowmere Hall.

Duración: 08:46

Bajo la Luz de la Medianoche
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Texto de ajuste de pausa.

El carruaje se detuvo entre la bruma plateada del amanecer, encallando en el lodo de un camino solitario. Lucy Ashcroft, aún envuelta en los abrigos de viaje, sintió cómo el mundo enmudecía más allá del vidrio mojado. La lluvia, persistente, tejía su letanía sobre la madera y el cuero, como si el cielo mismo intentase ocultar su llegada a Willowmere Hall.

El cochero, tras un breve forcejeo con las ruedas, se acercó para abrirle la portezuela, y Lucy descendió con la elegancia de todo aquello de lo que había huido. Era una dama, sí, pero llevaba meses ansiando no serlo. La quietud del campo tras la tormenta tenía una promesa: aquí no corría el susurro envidioso de Londres, ni la implacable vigilancia del decoro. Solo el viento, solo el olor fértil de la tierra mojada.

El padre de Lucy, el Vizconde Ashcroft, la había enviado a Willowmere fingiendo preocupación por su delicada salud, aunque ambos sabían la verdad: su reputación colgaba de un hilo y allí nadie podría verla desfallecer por un escándalo reciente. Su supuesta dolencia era tan solo un pretexto para alejarla de las miradas inquisidoras. Pero para Lucy, aquel exilio era una evasión, una oportunidad para redescubrirse lejos del yugo de las expectativas.

Al cruzar la entrada principal de la mansión, su corazón se encendió con ese pálido fuego que precede a lo desconocido. La única compañía sería la imposibilidad. Pero la imposibilidad tenía nombre y una sonrisa fácil: Raphael Sinclair, primo lejano y apuesto administrador de la propiedad, encargado por su padre de velar por su bienestar.

Raphael era de esa estirpe de hombres que parecían haber nacido para ser amados, e irremediablemente sufridos en su propia piel. Alto, de cabello oscuro y ojos cuyo color cambiaba con el humor del día, Raphael le inspiraba la peligrosa certeza de que, si el deseo quisiera, ningún obstáculo podría ser verdaderamente prohibitivo.

Su primer encuentro fue accidental. Lucy, en exploración de los jardines detrás de la casa, se refugió bajo una glorieta justo cuando Raphael regresaba cubierto de lluvia tras inspeccionar los daños del temporal en el invernadero. Ella lo observó justo antes de que él advirtiera su mirada. El agua deslizándose por sus cabellos, la camisa pegada a la piel, el pecho agitado por la carrera—era un hombre, y sólo eso, y en ese momento a Lucy le importó escandalosamente poco el linaje.

"Parece que ambos hemos sentido atracción por la tormenta, señorita Ashcroft", dijo Raphael, su voz grave y templada como el vino añejo.

"Me parece que la tormenta nos ha atraído, en verdad", respondió ella, invitando en su timbre cierto matiz desafiante.

Ambos rieron, aunque bajo la superficie algo más profundo vibró, una cuerda invisible tensada al máximo entre dos almas que recién se reconocían. Lucy se percató de que la brisa parecía recorrerle el vestido como una caricia y se estremeció, consciente de la atención de Raphael sobre cada uno de sus gestos.

Los días siguientes siguieron una especie de rito tácito. Caminaban juntos al atardecer, se encontraban en los pasillos cuando la mansión dormía, compartían miradas furtivas y silencios prolongados, tan llenos de significado como de peligro. Lucy aprendió a buscarle en cada rincón, y Raphael no parecía más capaz que ella de resistirse.

Aquella noche específica, el aire olía a lirios y a tormenta eléctrica. Lucy no podía dormir, atormentada por sueños de caricias prohibidas y labios rozando su piel. Se aventuró a la biblioteca—un refugio sombrío y cálido de maderas y volúmenes antiguos—y allí lo encontró a él, sumido en la lectura. Él alzó la vista y la invitó a sentarse. Hablaron sobre la belleza de las palabras, del amor y de las tragedias de Shakespeare, y cada uno de esos temas era una danza que apenas encubría sus verdaderas intenciones.

La tensión creció como la llama en una lámpara al borde de extinguirse. Sin pensar, Lucy se acercó al estante donde él fingía examinar un libro, tan cerca que pudo oír el ritmo de su respiración. Raphael dejó caer el tomo. Sus miradas se fundieron; la distancia se volvió intolerable.

Fue él quien desafió las reglas primero; su mano se posó en la mejilla de Lucy, el pulgar acariciando suavemente la línea del pómulo. El mundo se redujo al calor de ese contacto. Los labios de ella buscaron los suyos con la certeza casi desesperada de quien ha esperado toda una vida por ese instante.

El primer beso fue suave, casi casto, como si ambos temieran quebrar el embrujo. Pero después, el hambre oculta se desató. Raphael la apretó contra sí, una mano en la cintura, otra enredándose en el cabello espeso de Lucy. Ella respondió con ardor, explorando con manos temblorosas la espalda y el cuello de Raphael. Los cuerpos separados por la ropa, pero unidos por el pulso volcánico del deseo.

"Lucy…", murmuró él, como si pronunciara una oración prohibida.

Ella no respondió. No podía. Solo lo arrastró consigo detrás de la cortina pesada que cubría el ventanal. Allí, al amparo de la oscuridad, envueltos apenas por la débil luz de la luna filtrada, los sentidos se agudizaron, cada roce era explosivo.

Raphael le desabotonó el vestido con dedos torpes de anticipación, besando la piel conforme quedaba expuesta: el cuello delicado, la clavícula, el inicio de los senos. Lucy sollozaba suavemente, perdida entre el recato aprendido y el instinto voraz que la encendía.

Fue ella, la recatada hija de la nobleza, la que atrevió a deshacer el nudo de la corbata de Raphael y deslizar la camisa de sus hombros. Su torso desnudo irradiaba calor y una fuerza contenida. Tomó las manos de Lucy y las posó sobre su propio pecho. Ella sintió el latido—fuerte, indomable—y un estremecimiento la recorrió entera.

La lluvia afuera se hizo más intensa, martillando como acompasada con sus corazones. Raphael la levantó en brazos y la posó suavemente sobre la alfombra, desparramando su cabello sobre la tela como un abanico oscuro. Él la contempló un momento, adorando el cuerpo femenino y sus curvas ocultas y la penumbra de la biblioteca prestó su complicidad.

Sus labios recorrieron cada rincón del cuerpo de Lucy, desde la frente hasta el pliegue de los muslos. Lucy se arqueó bajo él, atrapando un gemido que la aterraba tanto como la exaltaba. Raphael bajó los tirantes de su camisón y sus manos encontraron los montículos suaves de sus pechos, los acarició mientras sus bocas se buscaban nuevamente.

La sensualidad de los primeros roces dejó paso a un deseo más urgente. Raphael, siempre cuidadoso, preguntó en cada movimiento si lo deseaba, y Lucy respondía con susurros y caricias, palabras entrecortadas, la respiración entrecortada por la expectación.

Cuando por fin él rozó la entrada húmeda de su sexo, Lucy cerró los ojos y le permitió enseñarle el placer que solo compartían los que se arriesgan a amar sin máscaras. Con suavidad, Raphael la sostuvo para no herirla y juntos, tras un instante de dificultad y sublime dolor, se encontraron plenamente el uno en el otro, convirtiendo el escándalo y la represión en sólo un murmullo lejano.

El vaivén fue lento primero, marcado solo por el ritmo de la lluvia sobre el cristal. Lucy se entregó, y la sensación desconocida la llevó de la mano por un sendero de sensaciones que ninguna doncella confesaría jamás. Raphael murmuraba palabras dulces junto a su oído, nombres y promesas y confesiones que jamás diría ante nadie más.

No supieron cuánto tiempo duró aquella unión, solo que cuando acabó, ambos estaban exhaustos, semicubiertos con la manta rescatada de un sillón cercano, sus cuerpos enlazados y sudorosos. Lucy lloró suave, no de tristeza, sino de una alegría tan pura como indomable. Raphael la acarició, besando su frente, y le prometió—entre susurros de amante conquistado—que nada en el mundo volvería a separarlos.

Días después, la mansión seguía respirando silencio y deseo. Los encuentros furtivos, ahora teñidos de la certeza de quienes ya se saben capaces de perderlo todo por un instante de dicha, se multiplicaron. La pasión entre Lucy y Raphael dejó de ser un secreto y se tornó en lo esencial, lo único real.

Ni el escándalo que en algún momento llegaría, ni las consecuencias futuras, tenían peso alguno frente a lo que habían descubierto: que el amor y el deseo, entretejidos, podían convertirse en la única verdad a la que una dama y un caballero debían lealtad.

Y así, entre la bruma, la lluvia y el murmullo de las hojas en Willowmere Hall, Lucy Ashcroft se encontró a sí misma no como una figura más en el tablero de la sociedad, sino como la heroína de su propia pasión prohibida. Porque bajo la luz de la medianoche, se había atrevido a amar y, al hacerlo, transformó su exilio en libertad, su escándalo en redención y su soledad en la más sublime de las compañías.

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