Portada del relato Ecos al Atardecer
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Fragmento:


Anabela sonrió, aunque no lo miró de inmediato. Se limitó a inclinar un poco la cabeza, como si estuviera escuchando un cuento contado, mientras sus piernas rozaban la barrera invisible del vértigo.

Duración: 07:02

Ecos al Atardecer
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Texto de ajuste de pausa.

La penumbra comenzaba a extenderse desde el horizonte como una promesa suave y misteriosa. El lago, liso y oscuro, parecía guardar todas las palabras no dichas, y Anabela lo observaba desde el embarcadero de madera con las manos extendidas sobre las tablas húmedas. Allí encontraba siempre la calma, lejos del trajín de la ciudad, de las miradas que la seguían por la galería como si su piel, tan blanca bajo los focos, llevara escrito un deseo que no podía leer. Pero esa noche, sintió que no estaba sola en el aire fresco de principio de verano.

A lo lejos, olía a leña. Era un aroma casi primitivo, sencillo y embriagador. Cerró los ojos y el rumor de los árboles mezclado con los latidos de su corazón fue el único sonido, hasta que unas pisadas crujieron a su espalda.

—Me sorprende que no temas las sombras, —dijo una voz baja, masculina, apenas un ronco susurro. Era Nico.

Anabela sonrió, aunque no lo miró de inmediato. Se limitó a inclinar un poco la cabeza, como si estuviera escuchando un cuento contado, mientras sus piernas rozaban la barrera invisible del vértigo.

—Las sombras sólo esconden lo que uno quiere. ¿Qué esconde Nico, cuando camina tan silencioso?

Él se acercó. Sintió antes que escuchó la vibración de su aliento, el calor breve en la nuca; luego, él se sentó junto a ella sobre la madera. Nico llevaba un suéter abierto, wranglers gastados y las manos grandes, cuidadas por el trabajo, pero con la delicadeza del que sabe no apretar demasiado.

—Quizás sólo vengo a buscar lo que no se ve en la ciudad —dijo él, con sinceridad. E inclinó la cabeza; esa forma de observarla que, en Andrea, solía ser dulce y provocadora, en Nico era reposada e irremediablemente directa—. ¿O acaso tú también escapas, Anabela?

Se miraron, la distancia entre sus cuerpos hecha de centímetros imposibles. La noche se espesaba como una cortina entre los dos y el lago, pero las brasas de sus miradas encendían otra clase de fuego.

—¿Y si te dijera que vengo a desnudar secretos junto al agua? —respondió ella, y mordió el aire cerca de su boca sin tocarlo.

—Entonces, yo vendría a ayudarte.

El ritmo del lago era pulso. Anabela lo entendió cuando Nico entrelazó sus dedos con los de ella y los llevó, lentos, hacia su propio muslo. El calor de su palma se irradió a través de la tela, tan vivo que Anabela soltó un jadeo sordo. La mano de él subió, apenas, solo el pulgar danzando por la piel expuesta entre los botones de su vestido de lino.

—Tus labios saben a promesa, —susurró él, rozando con su nariz la mejilla de Anabela.

—Y los tuyos a peligro, —replicó ella, acercándose, fundiendo sus gargantas en una nube de suspiros.

El primer beso no fue urgente: fue el roce de años de espera, el reconocimiento de un anhelo contenido. La lengua de Nico fue inquisitiva, pero paciente, jugando en la frontera entre los labios de Anabela hasta que ella, vencida, lo buscó con la boca abierta, solícita. Sus torsos se rozaban, pecho con pecho, sin prisa. Anabela apretó los muslos, y él deslizó sus manos hacia la espalda, subiendo y bajando en un ritmo acompasado con su respiración agitada.

El embarcadero crujió bajo el peso de su entrega. Nico la tumbó despacio, acomodándola con manos seguras. Su muslo rozó la parte interna de la pierna de ella, abrió espacio entre el lino y la piel hasta encontrar la humedad suave. Anabela se arqueó cuando él acarició ese pliegue secreto, dedos expertos, en círculos hipnóticos.

—Quiero verte, —murmuró contra el cuello de ella, y el tono era súplica y promesa a la vez.

No hubo palabras. Con dedos temblorosos, Anabela despidió el vestido, sintiendo el viento fresco en los hombros desnudos, el roce de la tela rodando hacia sus caderas. Nico la miró, lento, devorando cada paisaje de su cuerpo bajo la noche. Ella se dejó adorar, vulnerable, luminosa al reflejo de la luna sobre el lago.

Él bajó los labios, primero a la clavícula, luego a los pechos, y los besos fueron húmedos, precisos, lengüetazos eléctricos que arrancaban jadeos. Tomó un pezón entre los dientes, tirando apenas, y la mano de Anabela se enredó en su pelo, asida al placer. Siguió descendiendo, surcando el vientre plano, pausando en el ombligo, y ella tembló bajo su boca.

Los dedos de Nico ya no esperaron. Hundió uno, luego otro, en ese lugar húmedo y cálido, y el pulgar en el ritmo justo sobre la perla temblorosa. Anabela movió las caderas, pidiendo más, llevando el ritmo a un crescendo urgente. Él la besó de nuevo, profundo, mientras su mano la llevaba al límite; y cuando la tensión se hizo insoportable, un gemido breve rompió el silencio espeso del lago.

El orgasmo la recorrió en oleadas, y la expresión de Nico al mirarla era pura devoción.

Pero no era tiempo de pausas. Anabela, ágil, se levantó apenas, y sus manos buscaron la cintura de Nico, bajando su pantalón, liberándolo. Sus cuerpos se buscaron urgentes. Él la sostuvo, ella se deslizó sobre él, el peso de la noche arropando la danza de piel y deseo. La penetración fue lenta, reverente. El calor los consumió, y cada empuje era una declaración, cada suspiro una confesión sellada por el viento que rielaba la superficie del lago.

Las manos de Nico viajaron por la espalda de Anabela, deteniéndose en la curva de su cadera, guiando el vaivén. Los pechos de ella se balanceaban cerca de su boca, tentadores, y él lamió, succionó, mordió con ternura feroz. Anabela cerró los ojos. El placer crecía, incesante, y el olor del agua, la madera húmeda, la piel salada, era una sola esencia.

Los gemidos se mezclaban, volviéndose cada vez más urgentes. Los espasmos en el vientre de ella marcaron el inicio de la segunda ola, mientras él, rugiendo bajo, se perdió dentro del calor de Anabela.

Quedaron así, enlazados, sudorosos, respirando al ritmo del lago. Por un instante, el tiempo se detuvo. Abruptamente, una ráfaga de viento más frío los obligó a buscar abrigo. Nico tomó el vestido, cubriendo a Anabela con una ternura involuntaria. Ella lo miró, desafiante pero contenta.

—¿Y ahora qué esconderán las sombras? —preguntó en voz baja.

—Tal vez nada, —respondió él, besando la frente de Anabela—. Tal vez, por fin, sólo la verdad de los cuerpos y el lenguaje callado del deseo.

Caminaron juntos hacia la cabaña, el lago tras ellos convertido en un espejo tranquilo. La promesa de nuevas noches, de más secretos compartidos entre reflejos y caricias, flotaba en el aire. Dentro, junto al fuego, mientras los primeros grillos cantaban a la oscuridad y la madera crujía bajo el peso de la pasión recién nacida, Anabela supo que el lago no era sólo un refugio, sino un inicio.

El eco del agua, el murmullo de la piel, la invitación al riesgo. Allí, entre noches de susurros y asombro, encontraron el único secreto que importaba: el de hacer del deseo un puente hacia todo lo que aún no se había dicho.

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