Portada del relato Susurros Prohibidos
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Fragmento:


A lo lejos, el ruido acompasado de la tormenta se filtraba entre las cortinas gruesas y el silencio expectante de la mansión. Lady Anna Prescott se detuvo frente al ventanal de su dormitorio, apretando los dedos contra el vidrio frío, observando cómo las gotas se precipitaban en frenesí sobre los jardines iluminados sólo por los intermitentes relámpagos. Sentía el crepitar de su piel, como si la electricidad celeste brincara en sus venas. La noche se anunciaba larga y extrañamente prometedora.

Duración: 08:59

Susurros Prohibidos
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Texto de ajuste de pausa.

A lo lejos, el ruido acompasado de la tormenta se filtraba entre las cortinas gruesas y el silencio expectante de la mansión. Lady Anna Prescott se detuvo frente al ventanal de su dormitorio, apretando los dedos contra el vidrio frío, observando cómo las gotas se precipitaban en frenesí sobre los jardines iluminados sólo por los intermitentes relámpagos. Sentía el crepitar de su piel, como si la electricidad celeste brincara en sus venas. La noche se anunciaba larga y extrañamente prometedora.

Desde que lord Nicholas Devonshire, duque de Killmere, regresara inesperadamente de su viaje a Italia, la mansión entera parecía vibrar con cierta ansiedad. Fueron tres años de silencio, cartas escuetas y promesas casi etéreas de un reencuentro que parecía que nunca llegaría. Anna había crecido, y con ella, el deseo que llevaba guardando desde la adolescencia, su secreto inconfesable; el peligroso sueño de perderse en los brazos del hombre que su propio padre consideraba una mala influencia, pero de cuya sonrisa no podía apartar el corazón.

El murmullo de risas lejanas en la planta baja confirmó que, pese a la adversidad del clima, la pequeña fiesta en honor al regreso de Nicholas continuaba. Anna prefirió escapar; su corazón latía tan apresurado que temía que, ante la sola presencia de él, sus mejillas ardieran hasta el escándalo. Y sin embargo, justamente ahí estaba ella, asomada tras los visillos, aguardando una señal.

La puerta de su dormitorio emitió un leve chirrido, y Anna se irguió, el pecho suspendido de emoción y temor. Su instinto le susurró un nombre incluso antes de girar.

—No debes estar aquí —pronunció a media voz, sin volverse.

Nicholas cerró la puerta tras de sí, apoyándose en el marco con esa sencillez arrogante que siempre la desarmaba. Los años parecían haberlo hecho más peligroso—la estampa imponente, el cabello negro alborotado que caía en rebelión sobre su frente, la sombra de una sonrisa a punto de desplegarse.

—Tampoco tú. ¿Huyendo de la fiesta, Lady Anna?

Ella recordó la última vez que lo vio: un muchacho insolente y apuesto, con olor a vino y promesas de aventuras imposibles. Ahora, sin embargo, había en sus ojos un fuego, una madurez que exudaba virilidad y experiencia.

—No me gustan las multitudes —respondió con dignidad forzada—. Mucho menos cuando estoy obligada a sonreír.

Él avanzó despacio por la alfombra, cada paso estudiado, predador. Anna reprimió el temblor que le nacía en las piernas, y en su interior ardió la certeza salvaje de lo que podía ocurrir si no se marchaba. Pero no quería irse. Era la noche de la tormenta, y Nicholas, tras tanto tiempo, estaba a solo un par de pasos.

—¿Y a qué le temes más, Anna? —preguntó él, susurrando detrás de su oído—. ¿A las tormentas? ¿O a mí?

Anna tragó saliva y el silencio fue un puente entre ambos. Volvió el rostro, y halló los ojos de Nicholas fijos en ella, oscuros y ansiosos. Su aliento se mezcló con el de él, y de pronto, los recuerdos de la niñez desaparecieron. Ya no eran una niña y un muchacho: eran un hombre y una mujer peligrosamente cercanos al abismo.

Con apenas un contacto, Nicholas le apartó un mechón de cabello del rostro, su pulgar rozando con urgencia delicada la línea de su mandíbula. Anna entrecerró los ojos, sintiendo que la boca se le resecaba de expectación.

—¿Por qué has vuelto? —murmuró ella, incapaz de sostener su mirada.

Sus labios, firmes y temblorosos, se posaron sobre la curva de su cuello, recorriendo la delicada piel hasta detenerse en la hendidura de la clavícula.

—Porque el único sitio en el mundo donde puedo respirar… eres tú —confesó en voz baja, voz cargada de anhelo y resolución.

Dejó que las palabras calaran profundamente en ella, deshaciendo las murallas que durante años erigió para proteger su corazón. No hubo distancia interpuesta: Nicholas la giró con cuidado para enfrentarla. Sus ojos brillaban de deseo, y Anna se perdió en esa marea, sin resistir el roce de sus labios. El primer beso fue un pacto, una promesa sellada con el fuego de la larga espera; el suave roce pasó a morder la duda y a llenar su boca con un hambre desconocida, primitiva.

Los dedos de Nicholas exploraron la línea de su espalda, dibujando con ternura y urgencia la silueta de su vestido de fina muselina. Anna jadeó suavemente, sintiendo el calor de sus manos incluso a través de la tela. No hubo titubeo cuando Nicholas dejó deslizar los dedos en los cordones de su corsé, soltando cada nudo como si liberara años de deseo preso.

Entre relámpagos y caricias, el vestido cayó a sus pies. Anna quedó apenas cubierta por su ropa interior de encaje pálido; la piel rozando la noche, estremeciéndose bajo la mirada reverente de Nicholas.

—Eres tan hermosa, Anna… —murmuró, sus manos subiendo, acariciando su cintura, el hueco de sus costillas, hasta abarcar sus pechos. El roce, sutil y exquisito, la hizo arquearse hacia él, buscando más, anhelando más.

La llevó hasta la cama, sin romper el hechizo de la mirada, y Anna no pudo evitar temblar mientras él desnudaba su propio pecho, dejando a la vista un cuerpo esculpido por la vida y la pasión. Nicholas dejó que su piel tocara la de ella, ardiendo en el contraste entre el frío de la tormenta ajena y el calor abrasador de su pequeña habitación privada.

Anna lo recibió entre las sábanas, aún medio vestida, sus cuerpos entrelazados bajo la cortina salvaje de la lluvia. Nicholas besó cada centímetro de su piel, primero con adoración, luego con creciente hambre, explorando la curva de sus caderas, los muslos temblorosos, hasta llegar al pliegue más íntimo. Anna se mordió el labio, las manos enterradas en el cabello oscuro de Nicholas, su cuerpo estremeciendo bajo la lengua hábil, descubriéndose a sí misma más allá de la inocencia, descubriendo que ese placer no era un rumor lejano, sino una realidad tangible.

Nicholas subió de nuevo para besarla, su aliento entrecortado y sus palabras apenas comprensibles:

—Dime que es real. Dime que esto… que nos pertenecemos.

Anna lo miró, sin miedo, con el corazón desbordado.

—Te he estado esperando toda la vida.

Sus labios se buscaron de nuevo y, con un movimiento lento, lleno de ternura y dominio, él se deslizó en su interior. La unión fue al principio un incendio suave, una invasión ansiada, y luego, con la avidez contenida de los años, se volvió una danza de cuerpos y pasión. Anna arqueó la espalda, encajando sus caderas en esa promesa de eternidad, aferrándose a los hombros de Nicholas, sintiendo cada embestida como una ola de deseo que la arrastraba, la devastaba y la volvía a armar más fuerte, más suya.

Los jadeos llenaron la habitación, mezclados con el retumbar de truenos y el eco de la lluvia. Nicholas murmuró su nombre una y otra vez, como una plegaria, mientras los cuerpos se fundían en una coreografía ancestral. Anna se abandonó al placer, permitiéndose gritar cuando el clímax la recorrió. Nicholas la siguió, su sudor perfumando el aire, sus manos aferradas a las caderas de ella, temblando juntos en ese último estremecimiento donde amor y pasión son una misma cosa.

Permanecieron unos minutos abrazados, sus cuerpos aún enlazados, escuchando la calma tras la tormenta, sin palabras. Nicholas acariciaba su mejilla con la yema de los dedos, buscando su mirada, prometiéndole sin palabras que jamás volvería a huir. Anna se cubrió un poco con la sábana, y en la penumbra reparó en cómo el mundo parecía lejos, ajeno, insignificante frente a ese reencuentro.

—Te amo, Anna —musitó Nicholas, rozando su frente con la de ella—. No puedo imaginar una vida sin tu risa, sin tu aroma, sin tus ojos mirándome así.

Ella sonrió dulcemente, tocando la línea de su mandíbula, deseando guardar para siempre ese instante.

—Quédate aquí —susurró—. Hazme tuya cada noche de tormenta, cada día de sol.

El se acomodó a su lado, enredando las piernas con las de ella, y la besó largo y hondo. Después, la pasión revivió, más lenta, más profunda, como si buscaran detener el tiempo y sellar la eternidad con un nuevo cruce de cuerpos y emociones.

La madrugada los halló aún abrazados, el calor de sus pieles disipando el frío exterior. Anna, entre el sueño y la vigilia, supo lo que era la dicha. Nicholas, entrelazando los dedos con los de ella, prometió en silencio no volver a perderla, ni dejar que la distancia tejiera de nuevo un muro indeseado entre sus almas.

La tormenta menguó al amanecer, igual que la ansiedad latente que había mantenido despiertos a todos los corazones en la mansión. En la intimidad del cuarto, Anna y Nicholas descubrieron que la verdadera pasión trasciende la espera, el miedo y la tormenta, y que el amor, cuando se desata, no puede ser contenido ni siquiera por el mismísimo tiempo.

Y así, cuando los primeros rayos de sol se filtraron por la ventana, Nicholas cubrió a Anna con sus brazos y su promesa, y ella supo que la vida, como el deseo que la consumía esa noche, apenas comenzaba.

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