Portada del relato Bajo la Lluvia de Magnolia
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


El calor del verano de Georgia era denso, espeso como un jarabe dulce que se adhería a la piel y obligaba a quien caminara por los interminables campos a reducir el paso, a dejarse envolver por la pereza de media tarde. Tara lucía esplendorosa; los magnolios, exóticos y robustos, decoraban los caminos, y las persianas de las ventanas abiertas de par en par ofrecían apenas un respiro de aire tibio a las damas y caballeros que aguardaban a que cayera la noche.

Duración: 08:32

Bajo la Lluvia de Magnolia
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

El calor del verano de Georgia era denso, espeso como un jarabe dulce que se adhería a la piel y obligaba a quien caminara por los interminables campos a reducir el paso, a dejarse envolver por la pereza de media tarde. Tara lucía esplendorosa; los magnolios, exóticos y robustos, decoraban los caminos, y las persianas de las ventanas abiertas de par en par ofrecían apenas un respiro de aire tibio a las damas y caballeros que aguardaban a que cayera la noche.

Scarlett O’Hara estaba cansada de repetir los gestos entrenados por su madre: el movimiento grácil con el abanico, la risueña inclinación de cabeza, las respuestas corteses que ocultaban su fuego bajo una superficie casi transparente. Pero ese verano, cuando la guerra amenazaba tan sólo como un rumor lejano, algo cambió. Algo, o debería decir alguien.

Rhett Butler había llegado esa tarde, cubierto de polvo y arrogancia. Su sola presencia hacía que el aire pareciera más pesado, que el rumor de los grillos cesara por instantes y los abanicos dejaran de agitarse con tanto decoro. Rhett, con sus botas de cuero aún relucientes, saludaba a los presentes con una sonrisa pícara, como quien contempla un tablero de juego y apenas está analizando su mejor jugada.

Desde su habitación en la penumbra del segundo piso, Scarlett le observaba. Sabía que no debía mirar tan abiertamente, que su madre le advertiría acerca de esa libidinosa curiosidad. Pero Scarlett no podía apartar los ojos del hombre que, con cada paso, parecía querer desbaratar el orden de la plantación.

La cena fue un affair contenido. Conversaciones triviales y bromas suaves, servidas junto a las mejores piezas de caza y verduras frescas del huerto. Scarlett fingía prestar atención al joven Charles Hamilton, cuya devoción transparente la aburría. Pero no podía evitar que su mirada se deslizara, de vez en cuando, hasta el extremo de la mesa. Rhett Butler la miraba también. Casi le parecía sentir la caricia de esos ojos oscuros deslizándose por su cuello, bajando, explorando los valles de su corsé, deteniéndose en sus labios.

Después del postre, con la luz de los candelabros volviéndose ámbar y los invitados disgregándose por el salón para los bailes suaves, Scarlett apenas necesitó encontrar una excusa—un suspiro, un pequeño dolor de cabeza ficticio—para escabullirse por la galería hacia el jardín. La noche era caliente, pero el perfume de las magnolias era un bálsamo excitante, aturdidor.

Fue allí, entre la maleza florecida y el susurro del viento, que Rhett la siguió. No hubo palabras; solo un crujir de ramas bajo sus pies. Scarlett se volvió, la respiración trémula, esperando una excusa, una conversación cortante. Rhett no ofreció ninguna. Más bien, se detuvo, dejó que el silencio envolviera ambos, y apenas inclinó la cabeza en un saludo burlón.

"¿Así que también prefiere la brisa nocturna a las canciones aburridas y las risas forzadas, señorita O’Hara?", murmuró Rhett.

Scarlett sintió una llamarada en su estómago. La voz de él era como ron añejo, prometía peligros y delicias. Díficil fue retenerse de responder con sequedad, pero algo en la negrura de esa noche, en el arrullo lejano de las ranas y la fragancia narcótica de las flores, le dio coraje.

"La brisa nocturna es honesta," dijo ella, "no pretende agradar a nadie".

Rhett se acercó, cada paso una amenaza velada y una promesa. "Eso es porque la noche, como algunos de nosotros, no tiene por qué mendigar la atención de nadie. Toma lo que quiere".

Hubo un instante donde Scarlett, casi sin respirar, comprendió en la médula de sus huesos a qué se refería. Sus cuerpos se hallaban tan próximos que el aliento de él le rozaba el cuello. El calor la rodeaba, subía por sus muslos, la hacía sentir envuelta en la pasión sucia de un anhelo largamente reprimido.

No supo quién movió primero la mano, sólo que, de repente, los dedos de Rhett estaban en su cadera, apretando con firmeza, mientras su otra mano le sujetaba la nuca y la atraía hacia sí. El primer beso fue un choque de fuegos, la explosión de algo tan antiguo y tan nuevo como el primer trueno de la tormenta. Al principio Scarlett quiso negarse, resistirse—pero el placer era tan intenso, la sensación de vulnerabilidad y poder absoluto tan entrelazada, que pronto sus labios se abrieron para él, su lengua buscó la de él, sus manos se aferraron a sus hombros para no caer en ese abismo de deseo.

La lengua de Rhett saboreaba su boca como si fuera el único manjar servido esa noche. Scarlett gimió—apenas un sonido, pero suficiente para encender aún más la urgencia en los movimientos de él. Las manos de Rhett, audaces y seguras, recorrieron la silueta encorsetada de Scarlett, encontrando los lazos y las filas de botones, desabrochando algunos, apenas lo necesario para deslizar su palma caliente hasta la curva de su pecho.

Scarlett, abrumada por sensaciones que sólo había imaginado, lo permitió. Sintió el roce de la piel de Rhett, el latido violento de su propio corazón. Cada caricia era una transgresión, un escándalo silencioso, y sin embargo—oh, con qué terror y deleite lo supo—lo deseaba más que cualquier otra cosa en el mundo.

"Vas a deshacerme," murmuró ella, temblando, casi en sollozo.

Rhett rio, un sonido grave y rotundo. "Eso espero, Scarlett", respondió, deslizando su mano bajo el corpiño, rozando el pezón tenso, arrancando un nuevo gemido de los labios de ella.

El susurro de sus nombres se mezclaba con el rumor de las hojas. Scarlett sintió la falda alzarse, los dedos de Rhett explorando la piel tersa de sus muslos. Cuando el muslo de él se acomodó entre sus piernas y la empujó suavemente contra el tronco áspero de un magnolio, Scarlett se perdió. La dureza de la corteza, el frescor de la brisa, el calor de los dedos de Rhett conquistando terreno entre sus piernas la hicieron jadear.

"Basta", murmuró, temblorosa, pero no había certeza en su voz.

"No", respondió Rhett, "no cuando ardes así".

La mano de él encontró lo que buscaba, la humedad encubierta bajo el manto de tafetán y encaje. Lo hizo con la destreza de alguien acostumbrado a complacer y a dominar. Scarlett no supo si era el miedo o el deseo lo que la hizo más atrevida, pero buscó la boca de Rhett y la besó como si con ello pudiera poseerlo. Atrapados entre el mundo civilizado de las buenas costumbres y el salvajismo de la noche sureña, ambos descubrieron un lenguaje tácito, primitivo y apasionado.

Rhett bajó los tirantes de su vestido, besando la piel expuesta, la clavícula, los hombros, las curvas suaves que la ropa apenas cubría. Scarlett, jadeando, arqueó la espalda, buscó el roce de la boca de él en su pecho, sintió el fuego recorrer su cuerpo. El calor la envolvía, el placer la colmaba.

La respiración de ambos se sincronizó, los cuerpos se encontraron, y la pasión se volvió desbocada, irreverente, tan exquisita como prohibida. Scarlett, con los sentidos desbordados, sintió cómo la boca de Rhett descendía, cómo la lengua de él provocaba una explosión de sensaciones en los lugares más íntimos, desconocidos. El clímax la sobrevino con la intensidad de una tormenta de verano, rápida y arrasadora.

Después, temblorosos y transpirados, se sostuvieron apenas, intentando recomponer los harapos de decencia. Pero ambos sabían, sin siquiera decirlo, que nada volvería a ser igual. Que la promesa de placer, avivada por la noche y el perfume de las magnolias, los ataría con un lazo de deseo más fuerte que cualquier guerra, más indecente que cualquier escándalo jamás susurrado en los salones de Atlanta.

Scarlett, aún jadeante, sintió cómo la brisa refrescaba su cuerpo, el sudor perlaba su frente y la lujuria dejaba un rastro ardoroso en su memoria. Rhett la ayudó a acomodar el corsé, su mirada oscura y profunda, besando su frente con una ternura inesperada.

"Esto—esto no puede ser," murmuró Scarlett en voz baja.

Rhett le alzó el mentón, obligándola a enfrentarse a esa mirada imposible de desafiar. "Cualquier cosa que una noche y dos pecadores quieran que sea, querida mía."

El tamborileo de un trueno lejano pareció sellar su secreto. Scarlett, por primera vez en su vida, se permitió abandonarse a ese río impetuoso de deseo, a la certeza de que, en el refugio de las magnolias, podía ser tan indecente, tan atrevida, tan completamente suya como quisiera. Basta con una noche para que todo cambie, se dijo—y supo con terror y gozo que esa noche apenas comenzaba.

Copyrights © 2025 Complicidad.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.