Portada del relato El deseo de lady Celia
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Fragmento:


La lluvia de marzo caía con suave constancia sobre los viñedos de Ashcroft Hall, susurrando promesas húmedas a través de las ventanas. En la impresionante biblioteca, donde los lomos de los libros antiguos susurraban historias de otros siglos, lady Celia Harrington permanecía junto a una lámpara de aceite, su vestido de muselina verde delineando su figura. Los latidos de su corazón, aunque acostumbrada al silencio y la compostura, palpitaban con una expectación desconocida.

Duración: 08:47

El deseo de lady Celia
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Texto de ajuste de pausa.

La lluvia de marzo caía con suave constancia sobre los viñedos de Ashcroft Hall, susurrando promesas húmedas a través de las ventanas. En la impresionante biblioteca, donde los lomos de los libros antiguos susurraban historias de otros siglos, lady Celia Harrington permanecía junto a una lámpara de aceite, su vestido de muselina verde delineando su figura. Los latidos de su corazón, aunque acostumbrada al silencio y la compostura, palpitaban con una expectación desconocida.

Linton Ashcroft, vizconde de Ravenswood, entró sin anunciarse. Su abrigo negro caía sobre los hombros con descuido estudiado; las botas relucían tras su paseo por el pasillo mojado. Traía consigo el aroma del aire fresco y la tormenta, un delicioso contraste al cálido encierro de la sala. Lady Celia levantó la vista de su novela, una ceja arqueada en un esbozo de desafío.

—¿Esperabas a alguien más, Celia? —preguntó, con esa voz grave que parecía estar compuesta y pensada únicamente para acariciar el oído femenino.

Celia marcó la página con cuidado. No tenía por costumbre recibir a caballeros a solas, y la razón de esa excepción la emocionaba y avergonzaba en igual medida. —No esperaba a nadie —dijo, sin levantar la barbilla ni un ápice—, pero admito que su visita me resulta un tanto… intrigante.

Linton se acercó más, posando una mano enguantada sobre el respaldo de la butaca frente a ella, inclinando su cuerpo alto y moreno hacia el calor de la lámpara. Un relámpago iluminó brevemente su rostro, el mentón firme cubierto por una ligera sombra de barba, los ojos entrecerrados que destellaban con intenciones peligrosas.

—Anhelo, Celia —murmuró, y el susurro de su voz fue casi tan íntimo como una caricia—. Ese fue tu mensaje escrito en tinta, ¿o no lo niegues?

Ella se sonrojó. Hacía apenas dos días, le había entregado de forma clandestina una carta cuidadosamente codificada, en la que confesaba un deseo largamente contenido. Había temido que se burlase o, peor aún, que la desdeñase. Al contrario, allí estaba él, desafiante, dispuesto a responder lo inconfesable.

—Lo escribí —admitió ella con voz baja—. No supe cómo evitarlo.

Por un instante, el mundo se redujo al espacio entre ellos. Se escuchaba el golpeteo insistente de la lluvia, el leve murmullo del fuego, y, sobre todo, el pulso incontrolable del deseo. Linton dejó caer sus guantes y se arrodilló junto a su silla, una acción que le hizo contener el aliento.

—No tienes por qué temerme —dijo, con los dedos rozando apenas el borde de su falda—, excepto quizá en lo que pueda provocar en ti.

Celia sentía el calor irradiando de su cuerpo. Miró al hombre, su vizconde, el mito de tantos bailes y rumores londinenses, viéndolo ahora con la cruda honestidad del anhelo. Quería sentir, quería comprender qué era el escándalo y la pasión en carne propia. Alzó lentamente su mano y posó los dedos en la sien de él, explorando la piel cálida, el cabello suave como promesas nocturnas.

—Muéstrame, Linton —susurró—. No le temo al deseo.

Con un murmullo gutural, Linton tomó su mano y la besó. El tacto de sus labios encendió en Celia una chispa dolorosa de necesidad. Él deslizó la mano hacia el tobillo de ella, levantando sutilmente la falda, exponiendo la piel blanca a la penumbra dorada de la lámpara.

—Permíteme descubrirte —pidió él.

En lugar de asustarla, la petición la hizo temblar con anticipación. Linton subió lentamente la tela, su mano trazando el dibujo de su pantorrilla, su rodilla, hasta que la falda reposó en sus muslos. El aire fresco de la librería contrastaba con la incandescencia de la piel expuesta.

Linton se incorporó para besar la cara interna de su rodilla, y Celia cerró los ojos, el placer puro y leve. Irguió su espalda, los dedos crispados sobre los brazos del asiento. Sintió el aliento caliente de Linton ascendiendo por sus muslos, envuelto en gemidos apenas contenidos.

—Tan hermosa —musitó él, y subió la falda otro poco, hasta las ligas de encaje.

Celia, sobrepasando la timidez, alargó su mano para enredar los dedos en el cabello oscuro, guiándolo más arriba, sus respiraciones frenéticas sellando el destino de la noche. La boca de Linton ascendió, el roce de su lengua deslizándose como una promesa ardiente. Sintió, con un escalofrío, cómo la humedad se extendía más allá de la tela, un testimonio involuntario de la urgencia de su deseo.

Linton se apartó un instante, sus ojos fijos en ella, y con movimientos suaves pero seguros, ayudó a Celia a incorporarse y deslizarse al borde del sillón. Bajó de nuevo el rostro, esta vez decidido, explorando a través de la fina barrera de las bragas. Celia se arqueó bajo la intensidad de su caricia, el cuerpo transformado por completo en un campo de batalla entre la vergüenza y el placer.

—Quítamelas —rogó ella, apenas reconociendo su propia voz. Linton obedeció despacio, las yemas de sus dedos guiando la pieza de lencería hasta liberarla, la tela rozando cada vez más la piel erizada.

Al quedar desnuda ahí, encendida y temblorosa sobre el mueble de caoba, Lady Celia sintió que su mundo conocido desaparecía. Linton se tomó su tiempo en admirarla, su reverencia evidente, sus ojos oscuros llenos de deseo y adoración. Luego la besó desde el muslo hasta el centro de su feminidad, su lengua encontrando la dulzura y la sal de su piel. El placer la desbordó, tan intenso como inesperado; se aferró al respaldo de la silla, apenas capaz de controlar los gemidos que escapaban de su garganta.

Linton se movía con destreza, la boca firme, los labios y la lengua explorando cada pliegue, cada rincón oculto. Sus manos la rodearon, sujetándola con fuerza mientras la acercaba a su boca, como si deseara beber todo su deleite. Celia se disolvió bajo su toque, un temblor ascendiendo desde el centro de su ser hasta apoderarse de todo su cuerpo. Entonces llegó el orgasmo, dulce y salvaje, tan poderoso que la dejó sin aliento, con lágrimas de placer corriendo por sus mejillas.

Respiraron juntos en la penumbra, sus cuerpos enlazados en un abrazo de deseo satisfecho y renovado. Linton se levantó entonces, los pantalones marcadamente abultados. Ella le miró con ojos ardientes, suplicando sin palabras que no la abandonase en la orilla de aquel placer desconocido.

Él sonrió, una mueca de adoración mezclada con triunfo, y se desabrochó los pantalones con torpeza de impaciencia poco habitual en él. De entre la tela surge su miembro, erecto y palpitante, una visión que la hizo jadear de ansias. Linton la ayudó a incorporarse y la llevó hasta la alfombra ante la chimenea, donde la luz del fuego bailaba sobre sus cuerpos desnudos.

Se tendieron juntos, piel contra piel, y por un instante sólo se contemplaron, notando la vulnerabilidad y la promesa que los envolvía. Linton besó su cuello, descendiendo a los pechos, deteniéndose en los pezones oscuros y erectos. Celia se arqueó bajo el asalto de su boca, mientras él los besaba, los lamía y los chupaba con reverencia.

Luego, volvió a subir para mirarla a los ojos. —¿Estás segura?

—Nunca he estado tan segura de nada —respondió ella, aferrándose a sus hombros.

Entonces él la penetró lentamente, el calor que los envolvía envolviéndolos en una ola de placer animal. El cuerpo de Celia se abrió para él, reclamándolo, aceptándolo con gemidos y arqueos. Linton la abrazó con fuerza, comenzando un vaivén lento y profundo. Cada embestida la llevaba más al borde, el placer construyéndose en su interior hasta que el clímax la sacudió de nuevo, más intenso aún que el primero.

Linton la siguió poco después, su cuerpo tensándose sobre el de ella, el grito ahogado de su placer llenando la habitación. Permanecieron así, enlazados y temblorosos, hasta que la tormenta fuera se apaciguó y adentro sólo quedó el eco de sus respiraciones entrelazadas.

En el silencio posterior, Linton la envolvió en sus brazos, acariciando su espalda desnuda.

—Nunca creí ser capaz de tanto deseo, ni de tanta ternura —murmuró él, besando sus cabellos húmedos de sudor.

Celia, apoyada contra su pecho, sonrió satisfecha. —Has despertado algo en mí, Linton Ashcroft. Y ahora, me temo, no podrás huir de las consecuencias.

Él rió suavemente, deslizando una mano entre sus muslos, sugiriendo otra danza, otra entrega. —No deseo huir de ti. En ninguna tormenta, ni en un millón de noches.

Así, en la creciente claridad de la madrugada, permanecieron juntos, descubriéndose una y otra vez, como si el placer y el amor fuesen tierras donde nunca se acaba de explorar, y cada amanecer abre la puerta a un deseo aún más profundo y a una pasión que no reconoce límites.

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