Portada del relato Puente de Cristal Líquido
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


—Porque el deseo tiene peso —bromeaba Zoia, pero ninguna advertencia encubría el hecho: Zoia no era solo una antropóloga de la otra colonia. Zoia era su obsesión.

Duración: 09:49

Puente de Cristal Líquido
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Tanis creyó en la imposibilidad durante años, igual que había creído, de niña, en el principio de lo inevitable y lo milagroso. Pero el tiempo en las colonias artificiales de Hyperion enseñaba que cualquier milagro venía cargado de fracturas. Veía el puente cada mañana: una estructura esbelta, como un hilo de plata azul suspendido un kilómetro sobre el abismo gaseoso, solo visible a intervalos, como si la atmósfera caprichosa lo borrara y lo regresara a su anhelo. El puente era la razón por la que la colonia existía, y era la única puerta a Zoia.

Tanis llegaba hasta el borde, dejaba que el módulo gravitacional se pegara a su tobillo, y caminaba hasta el portal del cruce. Allí se activaba el escudo, y durante tres minutos de trayecto apenas veía cielo y partículas de luz ionizada; a mitad de camino, sin embargo, siempre escuchaba su voz. No la de la IA que gestionaba el paso seguro. Sino la de Zoia.

—Vas tarde hoy —susurraba, en la cadencia grave, deslizándose a través del canal cuántico privado que solo ellas conocían—. ¿Me extrañaste al despertar?

El primer roce de voz de Zoia era un filamento eléctrico directo al centro de Tanis. —Conté los minutos. ¿Por qué ser tangible lo hace tan lento? —respondía, sonrisa involuntaria a pesar de la tensión.

—Porque el deseo tiene peso —bromeaba Zoia, pero ninguna advertencia encubría el hecho: Zoia no era solo una antropóloga de la otra colonia. Zoia era su obsesión.

La obsesión no se forja de la noche a la mañana, pensaba Tanis mientras cruzaba. Se destila: una primera mirada durante una asamblea virtual, una risa taimada durante un intercambio de datos sobre la flora nativa, una iteración emocional creciente mediante mensajes codificados que escapan la vigilancia de los Comités. Pero aquí, en el puente, la obsesión era física: la gravedad artificial vibraba bajo su piel, y cualquier error podría hacer caer a alguien hasta la estratosfera interior, borrarlo de la existencia con la exactitud implacable del gas venenoso.

La primera vez que se vieron en persona —dos años atrás, tras cinco mil horas de interacción digital—, fue el tiempo quien tembló. El abrazo torpe, la sensación de realidad reconstruyéndose en torno a un deseo que se había convertido en arquitecto de su universo: Tanis recordaba el olor incandescente de la piel humedecida bajo el domo de filtración, las palabras casi inhumanas que Zoia susurró mientras la besaba.

—No somos solo cuerpos aquí —Zoia dijo—. Nos conectaron por accidente. Pero quiero ser la causa de tu desvío.

***

Aunque sus encuentros debieron ser científicos, Tanis abandonó el método casi de inmediato. Aprendió la piel de Zoia como se aprende un idioma prohibido: explorando los matices, memorizando las palabras que duelen, los gestos que invocan catástrofes. Zoia tenía cicatrices—inscripciones de nanocircuitos bajo el omóplato, herencia de una intervención quirúrgica para mejorar la resistencia atmosférica. Tanis se aficionó a trazar esas líneas con el pulgar, arrastrando los dedos hasta que la otra soltaba una risa nerviosa, de esas que prometen tormentas.

En la plataforma suspendida al final del puente nunca había suficiente tiempo. Allí compartían minutos robados hasta que el sol helado de Hyperion cambiaba de ángulo y la IA central les ordenaba regresar. El contacto físico era raro y peligroso, pero la necesidad se les volvía adictiva, y Tanis comenzó a desear más que lo permitido. El amor, pensó, es una variable peligrosa en la ecuación tecnológica de la supervivencia.

Un anochecer, después de uno de esos encuentros, Zoia deslizó la mano bajo la camisa de Tanis y dijo con voz teñida de ansiedad:

—Podríamos cruzar el puente durante la tormenta ionizada. Nadie lo haría. No podrán rastrear la comunicación.

Tanis la miró, incrédula y asustada. La tormenta era mortal para las redes; todo lo que pasara en ese limbo quedaría sin registro. Un paréntesis en la memoria de las máquinas… y en la suya.

—¿Quieres perderte conmigo? —preguntó Zoia.

El peligro despertó algo furioso en Tanis. Asintió, y durante las siguientes horas se besaron con la certeza febril de los astronautas a punto de quemar la nave.

***

El día elegido, la tormenta arrasó las capas medias de la atmósfera artificial. Rayos de energía líquida cortaban el puente, la pasarela era una difuminación en los sensores externos. Tanis programó su módulo de cruce a la frecuencia clandestina. Entró entre los zumbidos, notando cómo todo a su alrededor se desvanecía en un mar de electricidad azul.

En la mitad exacta del puente, el corazón le latía tan rápido que parecía querer escapar de su pecho, y entonces la vio: Zoia, envuelta en el campo de dispersión, radiante y peligrosa, los ojos encendidos con mil píxeles de deseo.

—El tiempo está roto aquí —dijo Zoia, el sonido temblando en la línea privada.

—Que no vuelva nunca. —Tanis llegó a ella y se abrazaron fuerte. El contacto era salvaje y urgente, como si ambos fueran a desintegrarse si se soltaban.

Zoia la llevó hacia un recoveco entre los nodos estructurales. Allí, lejos de los sensores, la presión era distinta y el aire chisporroteaba de peligro. Zoia apretó la boca contra la de Tanis. Se besaron como lo habían hecho solo en sueños: vorazmente, sin freno. Las manos de ambas recorrieron los cuerpos sudorosos, los sensores de los trajes deshabilitados. Tanis sintió la lengua de Zoia bajar por su cuello, encender cada terminal nerviosa hasta sentir vértigo.

—Eres la anomalía que quiero sufrir —susurró Zoia—. Quiero que me atravieses. Quiero el abismo contigo.

Tanis respondió quitando el conector de gravedad de la cadera de Zoia. Flotaron, bamboleándose en la ingravidez parcial del puente, con los cuerpos pegados piel a piel, imitando lo que sabía prohibido: el sexo en el vacío, atados solo por la voluntad y la electricidad. Los dedos de Tanis buscaron, exploraron. La sintió mojarse, vibrar, gemir muy bajo.

Era imposible distinguir si estaban vivas o si simplemente se habían dadod a la desintegración total. Tanis perdió la noción de su propio cuerpo, fundiéndose tras el placer, el sudor y el temblor. Cuando el éxtasis se quebró, ambas flotaban, exhaustas y vulnerables, las pieles iluminadas por el resplandor azul del relámpago.

—Nadie va a saberlo nunca —dijo Zoia, la voz ronca, satisfecha, en el instante previo a que el miedo se reinstalara.

***

El amor obsesivo tiene sus propias leyes físicas. Cuando Tanis cruzaba el puente para retornar, sentía que una fuerza la arrastraba hacia el centro, hacia el lugar sin coordenadas donde Zoia la había poseído. Ya no podía evitarlo: al dormir y al despertar, la huella de la otra mujer era el núcleo de su conciencia; sus deseos, una vibración constante, la promesa de transgresión.

La obsesión devora lo racional. Pronto, Tanis comenzó a soñar con Zoia incluso cuando permanecía despierta; la veía detrás de cada red espectral, sentía su tacto en la ausencia. Los mensajes de la otra se hacían cada vez más crípticos, azuzados por la paranoia de ser descubiertas. Las Colonias estaban a punto de escindirse, los protocolos de seguridad reescribiéndose en pánico.

Una noche, Tanis se deslizó por el canal cuántico: —¿Todavía me deseas?

La respuesta tardó un minuto y medio. —No sé si amo tu cuerpo o el peligro que encarnas. Tal vez ambas cosas.

***

El clímax llegó como una ecuación simplemente irresoluble. Los Comités descubrieron un cortocircuito emocional en el registro de salud de Tanis. Sospecharon un funcionamiento anómalo, aislaron a ambas para evaluación psicológica. Zoia fue encerrada en su colonia, Tanis en la suya. El puente quedó sellado. Las horas eran ahora eternas; la separación dolía, física y mentalmente.

Durante semanas, Tanis intentó eludir a sus vigilantes, hasta comprender que debía elegir. O la memoria de Zoia, grabada en sus nervios, o la supervivencia en solitario. El amor obsesivo era su virus y su elixir: un deseo inextinguible, una hemorragia sutil que la resistía todo.

El día de la reclusión final, Tanis vulneró el sistema de acceso. Activó todos los protocolos de emergencia, desató un síndrome artificial de vacío en la colonia, obligando a una evacuación. Sabía que el puente solo abriría para traslados de emergencia. Se deslizó por pasadizos, enloquecida por el deseo. Incorrecto, imprudente, brutal.

Del otro lado, Zoia hizo lo mismo. El pánico cundía, pero ambas sabían que solo importaba encontrarse en el centro del puente, por última vez, suspendidas sobre el abismo gaseoso de Hyperion.

Cruzaron por entre una marea de alarmas y desintegraciones programadas. El camino temblaba bajo sus pies; todo el mundo era inútil en esa franja ínfima de azar. Cuando se encontraron en el centro, más allá de cualquier protección, Tanis le sujetó el rostro y lloró. Pero Zoia, febril, la besó.

Se abrazaron con furia y ternura, mientras el colapso de la red tejía en torno un silencio de muerte. —Hasta que no exista nada —dijo Zoia al oído de Tanis, ambos cuerpos empapados de sudor y lágrimas—. Hasta que no quede más que el pulso de esta luz.

En el eco final de la fractura, el amor —exagerado, irracional, puro— atravesó el último umbral. Fueron borradas del puente por el haz letal del cierre de emergencia. Nadie supo cómo sucedió. Solo que, en los registros, durante un microsegundo, la banda cuántica privada saturó los canales, uniendo para siempre dos conciencias en un mismo destello azul.

La obsesión encontró causa, sentido, y fin. Y el puente quedó vacío, titilando a la deriva, con la memoria embalsamada en el plasma, como un susurro inextinguible en el corazón frío de Hyperion.

Copyrights © 2025 Complicidad.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.