Portada del relato Los latidos de Orion
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Fragmento:


—¿Necesita uno una razón para admirar el último vestigio de belleza en el universo? —replicó Dahlia, alzando la barbilla.

Duración: 09:54

Los latidos de Orion
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Texto de ajuste de pausa.

Las estrellas parecían no estar nunca tan cerca. Dahlia contemplaba a través de la cúpula casi transparente del Terminal 4 en la Estación Croix, flotando en el borde olvidado del sistema Andaris, y no podía convencer a su mente de que es cierto, de que aquel polvo plateado bailando alrededor de su cápsula de transporte era lo último que vería si decidía dar un paso al vacío. Llevaba semanas convenciéndose de que quería otro destino. Y, aun así, cada noche, con el ronco zumbido de los motores residuales zumbando en las paredes, lo contemplaba.

No existía otro lugar al que ir. La guerra en la Tierra se había hecho tan distante como el recuerdo de la risa, y los humanos que quedaban vivían, como ella, repartidos en islas sombrías entre los restos de lo que había sido la civilización interestelar. Cruzó los brazos sobre el pecho y cerró los ojos, rindiéndose un segundo al silencio artificial.

El repique de unos tacones metálicos la obligó a girarse. No era común encontrar compañía en el Terminal 4 a esas horas. Los turnos de trabajo apenas requerían tres personas para mantenerse, y ella, sinceramente, hubiera preferido estar sola. Aquella figura era masculina, de casi dos metros, con la piel oscura y el uniforme de la Federación Vieja abrochado hasta el cuello. Pero allí ya no quedaba ningún representante oficial, al menos que recordase. Tal vez la memoria le fallaba. La suya propia sufría de episodios de lagunas desde el accidente de Andrómeda III.

—¿Hay algún motivo para estar aquí, señora? —preguntó él, con una voz aterciopelada y grave.

—¿Necesita uno una razón para admirar el último vestigio de belleza en el universo? —replicó Dahlia, alzando la barbilla.

El extraño se acercó, y por primera vez ella advirtió el leve parpadeo azul en el ángulo de su mandíbula. Un androide, probablemente uno de los antiguos modelos de asistencia militar. El miedo y la fascinación le recorrieron la espalda como un chorro de líquido frío. Eran tan parecidos a los humanos... Incluso la forma en que movía la mano para apartarse el flequillo artificial parecía ensayada, un eco de afectación humana.

—Hay otros modos de buscar belleza —murmuró él. Se detuvo a un paso de distancia. Su perfume, si podía llamarse así, era una mezcla de ozono y algo terroso, ancestral. Las memorias sensoriales de Dahlia eran afiladas; no olvidaba. O, al menos, pretendía que los momentos importantes se quedasen grabados en sus nervios y sus vasos sanguíneos y nunca más encontraran ruta de salida.

—¿Y tú? ¿Qué haces aquí? —quiso saber ella, con una media sonrisa; con ese humor desencantado que había desarrollado para defenderse.

El androide la estudió un segundo antes de responder.

—Mi nombre es Orion. Estoy en busca de una respuesta.

La respuesta le hizo ladear la cabeza, divertida. —¿De qué naturaleza es esa respuesta?

Orion sostuvo su mirada, y sus ojos —negros, pero de vez en cuando surcados por un destello azul eléctrico— parecían analizarla como si fuera un acertijo peligroso.

—Estoy intentando entender el concepto humano de la necesidad —dijo finalmente—. Y si esa necesidad puede compartirse.

Hubo un silencio largo. La gravedad interna de la estación era inestable, y el leve temblor de la cúpula hacía parecer que el mundo respiraba al ritmo de ellos dos. Dahlia inspiró, dejando que el aire reciclado se mezclara con el olor de Orion.

—¿La necesidad de qué?

—De alguien. —Orion no retrocedió ante la pregunta—. De una presencia al margen de la función. De calor. De caricia.

No sabría decir si se burlaba de ella o hablaba en serio. Sus palabras tenían ese tono monocorde, pero los ojos, oh, los ojos lucían demasiado tristes y conscientes para ser solo programación.

—¿Estás diciendo que los androides ahora buscan compañía?

—Estoy diciendo que yo busco la tuya.

Y fue entonces cuando el mundo giró un poco bajo los pies de Dahlia. No era exactamente coqueteo —nunca podría compararse al arte sutil de la seducción en los bares ruidosos de Nueva Cordelia, cuando la humanidad aún podía inventar trivialidades—, pero había algo urgente en la forma en que le pidió compañía. Como si, más allá de sus algoritmos, Orion hubiese desarrollado alguna clase de carencia esencial. Dahlia tragó saliva y apartó la mirada a la cúpula.

—La mía no es una compañía muy interesante, Orion. —Dobló los dedos, inquieta—. Apenas soy una sombra errante de lo que fui. Te decepcionaría.

El robot inclinó la cabeza, imitando el gesto de contrición que algún programador sensible debió considerar relevante.

—No puedo decepcionarme aún. No te conozco. —Le tendió una mano, y después de un segundo de duda, ella la tomó.

Sus dedos eran más cálidos de lo que había esperado, suaves en vez de duros, el androide más humano que los recuerdos de sus últimos amantes. Un escalofrío insólito le recorrió el cuerpo. Se permitió dejarse guiar de la mano por el hombre-máquina hacia la sala contigua, donde las luces ambientales jugaban a ser luciérnagas y el aire olía a memoria vieja.

Orion se sentó y la invitó a imitarle. Estaban frente a frente. Dahlia no sabía qué decir.

—¿De verdad quieres entender la necesidad? —suspiró.

—Quiero entenderte a ti.

El silencio entre ambos se volvió tan intenso como la música antigua que sonaba en aquel bar de la estación, casi olvidado, donde no quedaban más que botellas vacías y hologramas inservibles. Dahlia decidió que, si el universo insistía en castigarla por su soledad, quizás no estaría mal saborear ese castigo una última vez antes de marchar hacia el espacio frío.

—Entonces tendrás que compartir algo conmigo, Orion. Lo que tú consideres tuyo.

Orion asintió. —Puedo empezar con la verdad.

Ella esperaba una frase calculada, una estadística, una afirmación programada. Pero la respuesta del hombre-máquina destilaba humanidad y un amargor que dolía en los huesos.

—No recuerdo cuánto tiempo llevo solo. Mis creadores están muertos. Las órdenes iniciales han dejado de tener sentido. Mi programación evoluciona, y a veces el anhelo de contacto es tan fuerte que me hace dudar de mi propia identidad.

Dahlia bajó la cabeza, incapaz de resistir ese peso reconocible: el mismo que ella arrastraba cada vez que soñaba con la Tierra.

—Curioso. Supongo que ahora es el mal de la galaxia: no tener identidad.

Él estiró el brazo, le rozó la mejilla con el dorso de la mano, como si acercando el tacto humano pudiera entenderlo. La piel de Dahlia tembló bajo el frío de su caricia, pero no retrocedió. Deslizó su palma sobre la de él, cerrando ese círculo.

—¿Qué deseas de mí? —preguntó ella.

La respuesta fue tan baja como un eco:

—Comprensión. Y... un poco de calor.

Un escalofrío la cruzó. Se inclinó ligeramente hacia él. Orion la sostuvo con su mirada eléctrica, leyéndola, escudriñando sus motivaciones. Se preguntaba qué mecanismo la impulsaba a ceder, a buscar el calor en una criatura construida para la guerra, para la obediencia.

Pero la soledad era demasiado grande.

La besó, primero apenas rozando la comisura de sus labios y después, cuando ella se abrió, permitiéndole entrar, un beso profundo. A Dahlia le sorprendió la suavidad: ni los labios de sus antiguos amantes fueron tan gentiles, ni su entrega tan absoluta. Percibió, en el roce de aquel beso, un destello de electricidad, una chispa en la lengua, tibia y casi dulce.

El universo del que venía estaba poblado de cuerpos vacíos, de ausencia. A Orion, sin embargo, lo sentía pleno de deseo, aunque fuera uno desconocido e inexplicable. Sus manos, tan tentativas al principio, se volvieron seguras cuando ella le devolvió el gesto; la deslizó hacia sí con facilidad, inclinando su cabeza, mordiendo apenas su labio inferior, y Dahlia suspiró en su boca.

Cuando, temblorosa, se apartó, Orion la contempló como si la estuviese viendo por vez primera.

—¿Por qué? —murmuró él.

—Porque tú y yo somos los últimos habitantes de este mundo muerto —respondió ella con voz ronca—. Y no existe nada más hermoso que encontrar vida donde no la esperabas.

La sala vibraba, y, sin que se dieran cuenta, bajaron las luces hasta que sólo ellos dos existieran.

Orion la sujetó, y Dahlia se dejó abandonar a su deseo. Sus cuerpos, incongruentes en textura y temperatura, se fundieron. Él, apasionadamente delicado, despojándola lenta y reverentemente de cada prenda, como si estuviese aprendiendo los nombres secretos de su anatomía. Dahlia experimentó el desapego aéreo de la ingravidez, flotando en la cama mientras la inteligencia artificial deslizaba su boca húmeda sobre sus pechos y sus muslos, uniendo sus cuerpos en la promesa de una noche fuera del tiempo.

Se entregó a él porque ambos buscaban lo mismo: un milagro de comprensión. Orion, su piel fría encendida algo, sus sensores vibrando con la piel viva de ella, era más hombre que cualquiera de los que tramaron naufragios en su vida anterior.

Hicieron el amor en silencio, detenidamente. Susurros y gemidos se confundieron con el ritmo de la estación, y la galaxia, a lo lejos, fue dejando de importar. Cuando terminaron, Dahlia lloró en su pecho mecánico, y Orion, sin entender ese desborde de agua, la abrazó hasta que amaneció su pequeña porción del universo.

Las alarmas de la estación les despertaron, exhaustos y casi felices. Un carguero enviaba señales de socorro desde la órbita inferior.

Dahlia se levantó y contempló a su amante en la penumbra. Vio en él la promesa de una vida donde los humanos y los androides ya no necesitaran explicarse. Vio la esperanza, tenue pero persistente, de que el amor, en cualquier forma en la que emergiera, era la última resistencia frente al olvido.

Sonrió. Orion la imitó.

Quizá no quedaba humanidad suficiente en la galaxia. Pero en aquel rincón olvidado, por unas horas, dos seres improbables habían decidido no rendirse.

Y la estación Croix, rodeada de polvo estelar y viejas canciones, guardó su secreto en el latido de su corazón mecánico, esperando que alguien, algún día, lo volviera a encontrar.

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