Portada del relato Luces en el Horizonte
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Fragmento:


El recuerdo destelló entre ambos: manos temblorosas, labios que no supieron contener el eco de un beso robado entre chisporroteos de electricidad y promesas tácitas.

Duración: 10:55

Luces en el Horizonte
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Texto de ajuste de pausa.

El eco de los motores de la nave retumbaba suavemente en el piso de metal, un zumbido constante que siempre ponía nerviosa a Catriona Elan. Había crecido en la Luna, rodeada de silencio interrumpido solo por su respiración tras el visor; todavía le costaba acostumbrarse a la presencia palpable de la nave Artemis-17, surcando el espacio profundo sin más escudo que unas cuantas capas de acero y los campos electromagnéticos más avanzados que la humanidad había concebido.

Se encontraba sola en la sala de mando, absorta en la miríada de pantallas holográficas que flotaban ante ella, cada una desplegando datos de viaje, lecturas biológicas de la tripulación y flujos de comunicación con los planetas-colonia. Era la comandante, a cargo de veintisiete hombres y mujeres seleccionados para la misión de mayor importancia en una generación: establecer el primer contacto duradero con la civilización del Sistema Zhara.

Salvo por el ingeniero principal, surgiendo silencioso de las sombras como siempre.

—No deberías estar aquí sola a estas horas, comandante —dijo una voz profunda, casi burlona—. Sabes lo que dicen sobre la fatiga cósmica.

Catriona giró levemente en su silla de comando, mirándolo por sobre el hombro. Sael Kiora era una figura alta, de piel oscura donde la luz del tablero se reflejaba en irisados matices azulados. No era humano, aunque sus rasgos eran tan familiares que cualquiera habría jurado lo contrario de inmediato. Sus ojos, de un verde electrizante, parecían ser capaces de ver justo detrás de cada capa que ella usaba para protegerse.

—No eres mi médico —dijo con un amago de sonrisa.

Él se acercó más para mirar los paneles de controles, con la elegancia de quien conoce cada parte movible de la nave, cada runa digital que parpadeaba como corazón invisible.

—El comandante puede considerarme amigo, si lo prefiere —susurró Sael, con ese tono que hacía temblar la coraza electromagnética alrededor de la sangre de Catriona.

Sabía que era peligroso permitirse sentir. En Artemis-17, las relaciones debían ser anotadas, declaradas, analizadas en busca de riesgos. Pero entre ella y Sael existía una tensión subterránea desde el primer encuentro, una fuerza que sólo parecía aumentar cuanto más tiempo pasaban juntos en la soledad contenida del espacio interestelar.

—¿Sabes que tan cerca estamos ya? —preguntó él, deteniéndose casi a su lado, suficiente para que pudiera sentir el calor apenas perceptible que irradiaba de su piel alterada genéticamente.

—A dos días de las órbitas internas —contestó, suprimiendo el deseo de poner aún más distancia entre ambos y a la vez, de acortar los centímetros que los separaban—. Nadie ha cruzado la línea del perímetro de Zhara en mil años.

—Los de mi pueblo cruzaron muchas líneas antes que eso —replicó Sael con voz baja—. ¿Crees que la humanidad está preparada para lo que hallaremos allá?

Catriona lo miró fijamente. Como embajador de la Tierra, su función era abrir puertas, calmar sospechas y, de ser necesario, tender puentes incluso con seres que desde el origen del tiempo habían preferido la distancia al contacto. Sin embargo, en el caso de Sael, la puerta nunca había dejado de estar entreabierta.

—Tienes miedo —concluyó él.

—Tengo… respeto —se corrigió ella. No mintió. Lo que sentía por él era mucho más complejo que eso, una maraña entre respeto, deseo y una curiosidad inextinguible.

Por un breve instante, el silencio entre ambos fue llenado solo por el pulso de los monitores y el leve silbido del soporte vital. Luego Sael apretó la mandíbula y preguntó:

—¿Y también respeto lo que sucedió aquel día en el compartimento de ingeniería?

El recuerdo destelló entre ambos: manos temblorosas, labios que no supieron contener el eco de un beso robado entre chisporroteos de electricidad y promesas tácitas.

—No tenemos espacio para distracciones —dijo ella, desviando la mirada hacia la sólida línea del horizonte estelar.

—No somos máquinas —contestó él, con una intensidad que hizo que todo lo demás desapareciera—. Y tú lo sabes.

En ese momento, un ligero temblor recorrió el fuselaje, alterando la gravedad artificial apenas lo suficiente para recordarle a Catriona que nada era estable allí. Ni sus emociones, ni sus expectativas, ni el futuro inmediato de la misión entera.

***

Era medianoche cuando abandono el puente. Recorrió sola los pasillos revestidos de luces suaves, sintiendo que el eco de cada paso la comprometía más de lo que cualquier informe podría hacer. Entró en el pequeño jardín hidropónico —el único lugar de la nave donde las paredes no parecían cerrarse, el lugar donde la vida insistía en retar el vacío exterior. Cerró los ojos y respiró, sintiendo la humedad artificial y el aroma de hojas tibias.

Pero no fue la primera; ya Sael estaba allí, inclinado sobre una de las plantas exóticas, la luz esmerilada delineando los músculos bajo el uniforme técnico.

—¿No puedes dormir tampoco? —preguntó él, sin moverse.

—La nave… la misión… tú —confesó ella al fin, dejando salir las palabras como una exhalación.

Sael rio con suavidad y, al erguirse, Catriona sintió como si todo su cuerpo vibrara en la misma frecuencia que el de él. Sael la alcanzó en dos pasos, tomándola de las manos con una delicadeza que desmintió la fuerza latente bajo su piel alterada.

—Sabes —dijo, sus dedos acariciando la parte interna de su muñeca—, los de mi especie leemos patrones bioeléctricos. Quizá es trampa, pero puedo sentir cuando mientes.

Catriona apartó la mirada, pero él no la soltó.

—¿Te asusta sentir, Catriona? ¿Temes lo que puede pasar si bajamos la guardia… juntos?

El pulso de ella se aceleró. Sí, claro que tenía miedo. Ellos no eran iguales: él era un mestizo de origen humano y zharante, fusionado a través de ingeniería genética prohibida en algunos sistemas, nacido de una embajada moribunda y una madre decidida. Ella era comandante, criada bajo la estricta disciplina de los programas lunares. Pero el deseo no atendía razones ni linajes.

—Me asusta perder el control —admitió, apenas un susurro.

La respuesta de Sael fue bajar la cabeza y rozar sus labios, primero con prudencia, luego con creciente hambre. El beso hizo tambalear la gravedad y la razón y, aunque ambos sabían que la nave podía requerirlos en cualquier segundo, ninguno quiso apartarse. Las manos de él recorrían lentamente las líneas de sus brazos hasta hundirse en su cintura, mientras los dedos de ella se aferraban a su nuca, perdiéndose entre los rizos suavemente azulados.

El jardín flotó en otro tiempo, borrando la alianza interminable de protocolos a la que ambos servían. Hubo palabras en bajo susurro, promesas tejidas entre respiraciones agónicas y una ternura salvaje, nostalgia de aquello que la vida en las estrellas rara vez concedía.

—No quiero esconderlo más —susurró Sael, presionando su frente contra la de ella—. Si la nave entera debe saberlo, así será.

Pero Catriona sacudió la cabeza. La realidad caía sobre ellos como una sombra inevitable.

—No ahora. Primero la misión. Después… después veremos si queda algo nuestro.

***

Cuando iniciaron el descenso hacia la luna de Nira, su objetivo diplomático, la tensión podía cortarse en el aire reciclado. Catriona se vestía con la formalidad estelar de la embajada terrestre: mandil metálico, insignias de rango, peinado ajustado para que nada se revele salvo la eficiencia implacable. Sael, de espaldas a ella en la cámara de salto, llevaba el azul de los zharante y el gris de los humanos, recordatorio viviente de una alianza que durante generaciones apenas había existido.

La superficie brillaba bajo la extraña refracción de un sol doble. Desde las pantallas de la cápsula, Catriona distinguió naves zharante, esferas magnéticas que subían y bajaban formando constelaciones misteriosas, casi danza más que arquitectura.

—¿Estás lista? —le preguntó Sael, tocando apenas el dorso de su mano enguantada.

Las miradas de ambos cruzaron todo lo que las palabras no podían: miedo, deseo, duda, decisiones que sólo podrían tomarse en otra vida, o en una vida más valiente.

—Vamos —dijo ella, saliendo primera.

El recibimiento zharante era ritual, tan frío y majestuoso como se esperaba. Seres largos y gráciles descendían en procesión, sus ojos como faros de luz interior. Las palabras iniciales fueron intercambiadas con formalidad y distancia. Mencionaron pactos, mencionaron desconfianzas antiguas.

En el transcurso de la ceremonia, Catriona notó una figura empequeñecida cerca del receptor. Una niña zharante, apenas de la altura de sus caderas, los miraba con una mezcla de temor y fascinación. Sael también la vio; sus lenguas se entrecruzaron en saludos telepáticos, invisibles para los humanos.

De repente la niña se acercó, ignorando todos los protocolos, y tomó la mano de Catriona. El gesto, inocente en apariencia, era cargado de significados en la cultura de Zhara. Era una invitación. Una promesa de sanación mutua.

En ese contacto, Catriona sintió el flujo débil pero innegable de un lenguaje sensorial, imágenes de carreras por pasillos de energía pura, risas ahogadas en jardines luminosos, la idea misma de comunidad y hogar.

Meneó la cabeza, un poco aturdida. Sael le dedicó una sonrisa rara, casi tímida, como si ambos hubieran compartido un secreto infantil.

—Parece que tienes el don, comandante —susurró él.

—¿El don? —preguntó ella, sintiéndose por primera vez incapaz de fingir distanciamiento.

—El don de ser puente, no solo comandante. De amar y dejarse amar en mundos ajenos.

Ella tragó saliva. En el silencio posterior, mientras la ceremonia seguía su curso, supe que lo más peligroso de este viaje no era la política entre especies, tampoco el abismo que separaba corazones humanos y zharante, sino el abismo entre lo que uno se permitía sentir y lo que el deber imponía.

Esa noche, cuando la nave partió de nuevo en órbita, Catriona no tuvo que buscar a Sael en el jardín hidropónico. Él la esperaba en su camarote, la puerta apenas entreabierta.

Dentro, la gravedad artificial oscilaba suavemente, imitando la de la Tierra justo debajo de los sueños.

No hicieron preguntas. El uniforme cayó al suelo dejando tras de sí los miedos y los protocolos. Sael la tomó entre sus brazos como si siempre hubiera sido así, y la besó con una avidez nacida tanto de la soledad estelar como de la certeza de pertenencia. Las caricias fueron lentas, metódicas primero, hasta que el deseo se volvió urgente, desbordando toda represión. Sus pieles diferentes encontraron un ritmo propio, entrechocando, deslizándose. Sael murmuraba palabras que ella no entendía, y que sin embargo sentía en cada fibra. El placer fue como el estallido de una estrella, calidez expansionándose entre galaxias internas, y al final, cuando la nave susurraba en el vacío que aún quedaban semanas de viaje, supieron que ningún abismo sería demasiado grande.

Y así, mientras la Artemis-17 continuaba su ruta hacia territorios desconocidos, Catriona supo que, lo que fuera que viniese, lo enfrentarían juntos. Porque había aprendido que el amor —fuera de la Tierra, a través de especies, incluso contra toda ley y costumbre— era el acto más audaz y radical, la única constante verdadera en un universo de infinitas posibilidades.

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