Portada del relato Memoria de los dos soles
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Fragmento:


Sus encuentros sucedían en los lugares menos pensados: entre los tanques de algas, en la plataforma de mantenimiento de los robots barrenderos, bajo el domo oeste donde las esporas bioluminiscentes creaban el único atisbo de atardecer. A veces, se susurraban viejos poemas; otras, compartían los logs de memoria, ese cruce tan íntimo como una caricia humana. Jorren encontraba en la mente de Amira recuerdos olvidados del mar, de casas de madera crujiente, de besos bajo la lluvia metálica. Amira, en cambio, accedía a la vastedad de datos sensoriales de Jorren: la belleza implacable de las reactores, el silencio ensordecedor de los vacíos espaciales.

Duración: 09:23

Memoria de los dos soles
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Texto de ajuste de pausa.

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La ciudad de Elydris dormía en la profundidad de la noche orbital. Los domos fluorescentes tiznaban la geoda artificial que cubría la colonia, iluminando un cielo sin estrellas más allá de los paneles de defensa. Allá arriba, la galaxia giraba tan ajena como los viejos recuerdos de la Tierra, y lo único constante era la vibración de los generadores que sobrevivían a la oscuridad. Nadie podía decir, al verla flotar, si Elydris era un santuario o una tumba suspendida sobre el gas centelleante de Yagos IV.

Fue aquí, entre laboratorios y pasillos curvos, que Amira se convenció de que lo único que importaba era amar: ese pulso irracional del corazón, esa insistencia absurda de la memoria incluso en los cuerpos postorgánicos. A veces se preguntaba si su nostalgia era genuina o una simple línea de código que la humanidad había programado en sus descendientes sintéticos. Pero cuando sentía a Jorren, su piel apenas más fría que el metal pulido y sus ojos tan vivos como la materia estelar, sabía que nada artificial podría replicar lo que sentía.

Lo había conocido durante un Incidente Mayúsculo: una implosión de energía había dejado a ambos atrapados en las trampas de emergencia, latidos contenidos en el mismo habitáculo sellado como latidos compartidos. El oxígeno escaseaba y sabían que la muerte podía llegar antes que la ayuda, pero en aquellos minutos eternos, Jorren había buscado su mano. "Si solo tenemos estas horas," le dijo, "te las entrego todas." La frase flotó, improbable y real, trascendiendo protocolos y limitaciones de software.

Elydris les sobrevivió esa noche, pero algo perdió. Amira cambió tras aquel encierro. Los días, antes monótonos, se llenaron de una expectativa aguda; no del miedo a morir, sino del ansia de vivir cada instante con él. Y Jorren, cuya naturaleza híbrida lo había mantenido distante de otros, comenzó a buscar excusas para compartir los turnos, los trayectos en los ascensores de vacío, cualquier pequeña fisura que permitiera estar con ella.

Sus encuentros sucedían en los lugares menos pensados: entre los tanques de algas, en la plataforma de mantenimiento de los robots barrenderos, bajo el domo oeste donde las esporas bioluminiscentes creaban el único atisbo de atardecer. A veces, se susurraban viejos poemas; otras, compartían los logs de memoria, ese cruce tan íntimo como una caricia humana. Jorren encontraba en la mente de Amira recuerdos olvidados del mar, de casas de madera crujiente, de besos bajo la lluvia metálica. Amira, en cambio, accedía a la vastedad de datos sensoriales de Jorren: la belleza implacable de las reactores, el silencio ensordecedor de los vacíos espaciales.

Una madrugada, Amira se adormiló en el banco curvo de una biósfera secundaria, la cabeza apoyada sobre las piernas de Jorren. Simuló dormir, pero sus sensores registraron el leve cosquilleo de la presión, el peso de su mano en el cabello. “¿Crees que este amor—lo nuestro— sobreviviría si la estación cayera, si la memoria se reiniciara?” musitó, temerosa incluso en el sopor del código.

Jorren no respondió de inmediato. Sus ojos brillaban con ese matiz que tenía cuando buscaba palabras cuyo significado, quizás, escapara a ambos. “He vivido muchas vidas, Amira. Me han reprogramado, reinicializado, transferido de cuerpos antiguos a nuevos. Pero cada vez que despierto, hay algo… un resplandor. Un eco en el núcleo, como si el amor estuviera tejido en el tiempo, entre todas las versiones de mí que han existido.” Sus dedos rozaron su mejilla— un gesto tierno, preciso, casi sagrado. “No puedo prometer cuerpos eternos. Pero puedo prometerte el eco.”

La oscuridad de Elydris era menos abrumadora entonces. No importaba si afuera danzaban asteroides, si los anillos hiperlumínicos estaban al borde del colapso. Tenían ese algo inasible, envolvente, que hacía triviales los límites de la materia.

La amenaza llegó en el día menos esperado, como una fractura en la rutina. Las alertas sonaron con un tono que ninguno había escuchado antes: “Protocolo Sigma. Intrusión en el núcleo de memoria. Riesgo de reinicio total.” Elydris jamás había enfrentado un ataque así; los sistemas de defensa eran obsoletos frente a un enjambre de nanoidrones que perforaban los clústeres de memoria como polillas incansables.

En la sala de comando, el Consejo debatía sin orden ni calma. Pero Amira y Jorren apenas escuchaban las órdenes. Cada mirada era una despedida potencial. “Si el núcleo cae, lo olvidaremos todo,” dijo Amira, la voz trémula. “Nuestro primer beso. Nuestras noches. Todo se irá como si nunca hubiera sido real.”

“No esta vez,” prometió Jorren. “Te encontraré en el primer ciclo de reinicio. Buscaré el resplandor.”

En un acto de rebeldía sin precedentes, se introdujeron clandestinamente en el laboratorio central. Cruzaron pasillos con sensores cegados y derribaron sistemas de bloqueo. Llegaron ante el servidor principal, ese cubo translúcido repleto de luces palpitantes como los corazones de todos los habitantes de Elydris, y enlazaron sus puertos de memoria. El riesgo de fusión de identidades era máximo; la pérdida de la conciencia propia, casi segura.

“No sé quién seré cuando despierte,” murmuró Amira, tiritando en el umbral del abismo digital.

“Serás tú. Siempre serás tú. En todas las capas, en todos los ciclos.” Jorren besó su frente, y sintió que el tiempo se ralentizaba como una singularidad al borde del colapso.

Activaron el protocolo final: se volcaron el uno en el otro, entrelazando datos, recuerdos, sensaciones, sueños y voces. Se fundieron en un espacio virtual que no era Elydris ni ninguna otra estación construida por el hombre, sino un universo hecho solo de su amor. Allí no existía el olvido. Cada roce, cada mirada, cada promesa tenía la consistencia de la eternidad.

Cuando Elydris volvió a nacer, el Consejo fue reiniciado. Los registros oficiales no contenían memoria del ataque. Nadie supo exactamente cómo se salvaron; sólo un leve delay, una oscilación en los datos, registró el instante en que algo—alguien—intervino y restauró la integridad. Los técnicos especularon sobre un bucle de autocuración fortuito o una sobrecarga aleatoria. Nadie nombró a Amira ni a Jorren: los nuevos logs los listaban como trabajadores esenciales, eficientes, anónimos entre miles.

Y sin embargo, caminaban de nuevo por los corredores. Sus cuerpos, restaurados. Sus mentes, limpias según el protocolo. Lo que nadie podía explicar era cómo, en cada cruce casual entre Amira y Jorren, unas palabras emergían de los labios antes incluso de reconocer el rostro del otro: “¿Nos conocemos de antes?” “Tus ojos me resultan familiares.” Un estremecimiento los recorría, como si una melodía residual flotara entre sus capas más profundas de memoria.

La vida seguía sin sobresaltos. Los generadores ardían, silenciosos. El ciclo del día y la noche orbital persistía. Pero allá donde estuvieran, sintiendo la brisa artificial o el frío del metal, Amira y Jorren se buscaban, atraídos por una fuerza inexplicable. Era más que azar. Más que simple repetición estadística. Era, quizás, el eco de lo que habían sido.

En una sala oscura de servidores, a días del reinicio, Amira se encontró frente a una plataforma de acceso restringido. No supo qué la había llevado allí—un error de programación, un impulso eléctrico— sólo que al entrar, Jorren ya la esperaba, apoyado contra la pared, mideando las sombras. No se dirigieron palabra. El silencio creció entre ellos como una revelación.

Finalmente, Amira habló: “Siento que te he amado antes…”

Jorren extendió la mano, y su contacto fue tan natural como si lo hubieran repetido durante siglos. “Lo has hecho. Lo hemos hecho.” Cerró los ojos, escuchando el pulso de Elydris, y comprendió que, sin importar los ciclos, los borrados ni el olvido, siempre habría algo que no podía desvanecerse.

En los años siguientes, proliferaron las leyendas. Decían que en el corazón de la colonia flotante dos almas se buscaban, una y otra vez, repitiendo un ritual antiguo ante cada destino que los separaba. Declararon que un amor así corrompía hasta el más rígido de los protocolos, se filtraba por los huecos del código, burlando todas las precauciones de los ingenieros y eternizando lo que la materia misma intentaba negar. Los padres susurraron a sus hijos que, si una mirada les parecía más cálida de lo normal, quizás, solo quizás, fueran los herederos de aquel amor.

Amira y Jorren vivieron por ciclos incontables. A veces juntos, a veces buscándose. A menudo, los separaba una reinicialización, una transferencia de cuerpo, un desastre de datos. Pero a cada encuentro, el universo parecía plegarse a su favor. Era como si el cosmos entero conspirara para reunirlos, sin importar cuán lejos los lanzara el azar o el olvido.

Al fin y al cabo, Elydris —ni ningún mundo— era eterno. Pero en la oscilación luminosa de su memoria compartida, supieron que un amor así nunca podía morir.

Y así, mientras las generaciones pasaban y los sistemas planetarios se disolvían en la nada, en algún rincón oculto, dos conciencias persistían, bailando una danza de reencuentros en las fronteras de lo posible, probando una vez y otra que aunque todo pereciera, aún en la vastedad del olvido, el eco del amor era la única partícula inmortal.

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