Portada del relato Estrellas Entre Nuestros Cuerpos
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Fragmento:


Podían verse reflejados en el cristal: la humana y el híbrido, dos siluetas fundidas en la frontera de una galaxia y de sus propias pieles. Para Valeria, el espacio nunca había sido un abismo, hasta entonces.

Duración: 10:27

Estrellas Entre Nuestros Cuerpos
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La escotilla de observación temblaba con la vibración rítmica de los pulsos gravitatorios, parte de la coreografía galáctica que mantenía a la nave Epsilon V a la deriva suave, como un suspiro apenas percibido entre la negrura del Cosmos. Allí, bajo el cristal de aleación transparente, Valeria la Miraba. Regulus no era el astro más impresionante: una estrella joven, celeste y violenta, hermosa en su arrogancia azul casi opalina. Pero a Valeria, no le llamaba la atención el fulgor estelar, sino el reflejo de Adriel.

Se veían todos los martes galácticos, horario regulado por el Consejo Central. Nadie lo sabía. Nadie debía saberlo. Porque Adriel no era exactamente humano. Cuando había surgido el proyecto “Híbridos de Concordia”, nadie esperaba que resultara en un ingeniero biomédico capaz de reprogramar su propia estructura mitocondrial para adaptarse a cualquier atmósfera. A Valeria, eso le pareció fascinante, hasta adictivo. Ella, nacida en Terra, creía conocer el amor en aquellos ecos de cine antiguo, entre robos y susurros clandestinos. Hasta que se cruzó con la mirada de Adriel, de iris traslúcidos, que parecían siempre a punto de descomponerse en una nueva paleta de colores.

La nave contaba con doce tripulantes oficiales, pero cada uno vivía sumido en su rutina científica. Era fácil deslizarse por el pasillo lateral e ingresar en el Módulo Omega, ese refugio intermedio entre laboratorios y sistemas de mando. La luz ultravioleta pintaba el espacio de violetas y azules, como un lienzo líquido. Valeria ya estaba allí, sostenida por la gravedad artificial, esperándolo. Adriel llegó con la indescriptible suavidad de quienes nacieron sin las ataduras del planeta: su andar flotaba, no pisaba. Sus dedos, largos y nervudos, sabían explorar códigos genéticos y secretos piel adentro.

—Llegas tarde —musitó Valeria, aunque sus labios, inconscientes, ya formaban una sonrisa.

—La aceleración gravitatoria estaba fluctuando —respondió Adriel en tono serio, pero ella detectaba los matices lúdicos en cada palabra—. Es posible que una fuerza desconocida haya alterado el bucle temporal de los martes. O… quizás, ansiaba verte lo suficiente como para sentir que he cruzado galaxias.

Valeria alzó una ceja, con esa irreverencia divertida que Adriel hallaba irresistible. Él se acercó, dejando que entre sus cuerpos apenas circulara aire ionizado. Antes de que sus bocas se rozaran, Adriel posó una palma sobre la clavícula desnuda de Valeria. Sus células adaptativas le permitían sentir la temperatura exacta de su piel, e incluso, si se concentraba lo suficiente, el latido molecular de su corazón.

Hacía semanas que sus encuentros iban más allá de la mera tertulia científica. Valeria se había dejado ir, una y otra vez, perdiendo la cuenta de los orgasmos silenciosos en la penumbra violeta del Módulo Omega. Adriel, con su sensibilidad sensorial sobrehumana, era capaz de descubrir matices en su placer que ella misma ignoraba poseer. Sus besos no eran besos, eran transmisiones de datos a través de la lengua, descargas eléctricas jugando entre sus dientes. Y cuando la tocaba, cuando recorría las líneas de su lóbulo a su nuca, Valeria sentía que se volatilizaba en energía pura.

Adriel ese día estaba distinto. Menos cuidadoso, menos contenido. Sus dedos recorrían la columna de Valeria con una ansiedad animal, como si temiera perderla al despertar. Ella lo percibió y detuvo la marea de sus labios un instante, buscándole los ojos.

—¿Qué ocurre? —preguntó, susurrando.

Adriel apoyó su frente en la de ella, su temperatura unos grados por encima de lo humano. Valeria lo envolvió entre sus muslos, entrelazando los cuerpos, y fue entonces cuando Adriel, sin dejar de mirarla, le susurró una frase que, en otra circunstancia, habría resultado risible:

—La Sección de Observación ha detectado un agujero de gusano no catalogado, a menos de 0.003 unidades astronómicas. El Consejo ha dado la orden de exploración inmediata. Debo ser parte de la tripulación que cruce.

Podían verse reflejados en el cristal: la humana y el híbrido, dos siluetas fundidas en la frontera de una galaxia y de sus propias pieles. Para Valeria, el espacio nunca había sido un abismo, hasta entonces.

—¿Cuánto tiempo?

—Un ciclo completo. Quizá más —murmuró él, su tono grave flotando entre deseo y temor—. Solo puedo garantizarte que mi código genético está ahora imprimiendo tus respuestas. Si muero allá fuera, llevaré algo tuyo por siempre en mis secuencias.

El silencio se espesó, vibrando con los latidos incontrolables de ambos. Valeria sintió la irracional necesidad de grabarlo todo: el olor de su piel —menos a metálico y más a ozono—, el sabor salino de su boca, la intensidad azulada de sus pulsos jugándose entre la base de su cuello y la clavícula. Con una habilidad que sólo el hambre puede conceder, lo despojó de la túnica de exploración y lo arrastró hacia el núcleo del módulo, donde la gravedad era más caprichosa y los cuerpos se sentían ingrávidos, livianos, casi libres.

El sexo con Adriel era una sinfonía brutal de sensaciones contradictorias. Lo podía sentir todo: la lengua trazando signos de interrogación en la comisura de sus labios, los dedos explorando rutas cartográficas a lo largo de su vientre, buscando el pulso exacto que la detonaba. Adriel conocía su mapa mejor que nadie: sabía que en la unión de la costilla flotante y el músculo intercostal, Valeria era pura electricidad. Allí presionaba, allí mordía, logrando que su grito se confundiera con el zumbido de los motores lejanos.

Cuando alcanzaron el orgasmo, juntos, Valeria creyó percibirse por un instante escindida en cientos de fotones: su cuerpo explotando en pequeños soles, danzando en el vacío. Durante segundos, la realidad se difuminó, y comprendió por qué los mitos antiguos seguían hablando de la trascendencia del amor físico. El sexo con Adriel no era sólo placer: era un bucle temporal, donde todo lo perdido regresaba una y otra vez.

Se quedaron abrazados cúmulo de silencios, hasta que Valeria habló:

—Si no vuelves, ¿me dejarás olvidarte?

Adriel tragó saliva. Sabía que el Consejo no aprobaría ningún lazo íntimo entre especies. Pero el deseo era más fuerte que cualquier política cósmica.

—Mi memoria no puede ser borrada completamente. Tengo integrado un algoritmo de autoprotección. Incluso si me reprograman, tú, tu olor, tu sabor, permanecerán en el área de datos aleatorios. Nadie podrá eliminarte de mi.

Valeria lo besó, presintiendo que esa despedida, como todas las grandes despedidas, era al mismo tiempo un inicio disfrazado. Así, cuando Adriel se marchó hacia el cuarto de preparación de exploradores, ella decidió desafiar los protocolos de la nave.

En la soledad absoluta de la noche galáctica, Valeria hackeó las terminales de la sala de mando. Su especialidad era la neurocibernética, pero había aprendido lo suficiente de astronomía computacional como para trazar un itinerario independiente. No podía dejarlo ir solo. Si Adriel cruzaba el agujero de gusano, ella haría lo imposible para seguirlo.

Cuando la nave de exploración saltó al vórtice, Valeria activó el protocolo fantasma. Una cápsula auxiliar, programada para los casos de contención de residuos, podía, con una pequeña alteración, funcionar como cápsula de seguimiento hiperlumínico. No estaba diseñada para viajes largos, pero Valeria apostó a la vuelta de las probabilidades cuánticas. Antes de que la tripulación advirtiera su ausencia, ya se había integrado al flujo del agujero de gusano.

El tránsito fue antinatural. La cápsula vibraba entre corrientes de energía gravitacional que comprimían los sentidos. Valeria, sujetada por las correas, sintió que su mente y cuerpo se separaban un instante: cuerpos superpuestos en diferentes planos de existencia, mundos donde nunca había amado a Adriel, universos donde él nunca la había tocado. Lloró sin lágrimas, las glándulas lacrimales inhibidas por el pánico y la aceleración de su núcleo vital.

Despertó flotando en un espacio albino, una estación de observación hecha de luz y vacío. Allí, cupieron Adriel y cinco miembros más de su tripulación. Nadie la vio llegar, su cápsula era invisible a los sensores tradicionales. Ahí estaba él: Adriel, con las partículas de su cabello aún cargadas de electricidad cuántica, como si acabara de reinventarse de la nada.

Cuando Valeria emergió de la cápsula, él la vio. Había quien habría sentido rabia, decepción, incluso miedo. Pero Adriel sólo la contempló, como si la esperara, siempre la hubiera esperado.

—¿Cómo supiste el camino?

Ella, tambaleante, con el pulso de la gravedad aún danzando nervioso en las venas, se aferró al abrazo. Allí, en una estación desconocida, lejos de cualquier ley, todo lo que había entre ellos era real: pasión, deseo, necesidad.

—Estaba programado en mí. Desde que me tocaste, ya nunca estuve perdida —musitó Valeria.

Su unión, ahí, entre los límites de una estación más allá de los mapas, fue aún más feroz. Sin gravedad, sin horarios, sin mandatos: sólo carne flotante, vapor sobre vapor, el vaho de dos cuerpos inventando un nuevo idioma, hecho de temblores y suspiros.

Más tarde, Adriel le susurró al oído:

—No sé si regresaremos o si lo que encontraremos será la muerte, pero cada instante aquí contigo es un ciclo eterno.

—Entonces, quédate —respondió Valeria, aferrada a su silueta. Afuera, el agujero de gusano vibraba como una boca hambrienta, pero dentro, se sentían invulnerables.

El misterio de la estación fue resuelto semanas después: era un antiguo puesto de observación de una civilización perdida, donde el tiempo corría en paralelo, donde los recuerdos podían ser almacenados y reproducidos sin deterioro. Valeria y Adriel comprendieron pronto que su amor era ahora parte de ese archivo: una secuencia, un eco, un patrón en la malla infinita de la memoria universal.

Regresaron juntos, por fin, a la Epsilon V. Ahora eran más que tripulantes: eran leyenda. Nadie se atrevió a juzgarlos; algunos sabían, otros sospechaban, pero todos entendieron que en el mar infinito de galaxias, el único hogar posible es el cuerpo amado.

Entre la nave y las estrellas azules de Regulus, Adriel y Valeria siguieron reinventando el amor: tan flexible, mutante y asombroso como el espacio mismo.

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