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La nave flota a la deriva sobre un telón de nebulosas violetas. Desde el mirador principal, Daria contempla el fulgor azul de Akka, un planeta prohibido cuya atmósfera burbujea, inabarcable, más allá de las parcas luces del sistema estelar. Ella siempre lo observó con un anhelo inexplicable, como si los genes modificados de su cuarta generación recordaran algo que su mente racional había olvidado.
Solo hay silencio en la nave. Las pantallas muestran lecturas estables y la IA, Arpis, murmura en su tono neutro desde las paredes. Daria se siente, por primera vez en muchos años, verdaderamente sola.
Hasta que escucha los pasos.
No es posible. ¿Las rutas galácticas no reciben visitas? Su misión es solitaria. Ella ha estudiado los protocolos de interacción extraterrestre, pero se supone que… bueno, nadie iba a abordarla. Reluce bajo la puerta del taller una línea dorada y tenue —un chisporroteo de algo no del todo humano. Daria se aproxima despacio, con el pulsómetro corriendo bajo la piel.
La puerta se abre. El aire se curva y allí está él. Un hombre —¿un hombre?— iluminado por la fosforescencia de la propulsión. Su piel es levemente traslúcida, como el cuarzo; su cabello se mueve como líquido. Pero lo que la paraliza son sus ojos plateados, brillantes, fijos en ella como si buscaran su rostro desde siempre.
—¿Quién eres? —pregunta Daria, la mano en el panel de mando, dudando si activar el protocolo de defensa.
El extraño sonríe. No hay amenaza en su postura, sólo una melancolía antigua.
—Vengo del Horizonte —responde, su voz envuelta en una música alienígena—. Buscaba a quien llama en sueños a mi especie.
Ella estremece. Sabe que eso no tiene sentido. No recuerda sueños, solo insomnios envueltos en el frío sideral. Sin embargo, algo en su pecho responde con un pequeño temblor de reconocimiento.
—¿Por qué yo? ¿Por qué aquí?
Él se acerca. La nave parece respirar con cada paso de la figura imposible.
—Tienes dentro de ti un fragmento del horizonte. Un pedazo de mi mundo, fundido en tu sangre por la ciencia antigua. Tu corazón… late en la misma frecuencia que el mío.
Daria se echa atrás, el miedo enroscándose en las fibras de su cuerpo.
—Eso no es posible. Soy humana.
—¿Lo eres? —dice él, con suavidad—. Tus ancestros escaparon de mi planeta y se escondieron entre los tuyos. ¿Nunca has sentido que no encajabas?
Ella recuerda las largas noches en la Tierra, cuando el océano se teñía de esmeralda y ella se sumergía para escuchar un eco, un zumbido grave que nadie más oía. Recuerda sueños en los que flotaba en agua líquida sin ahogarse jamás, en los que otro corazón latía junto al suyo, cálido, extrañamente familiar.
Él alarga la mano. La piel resplandece con trazos de luz azul. Daria duda, pero algo más fuerte que el miedo la impulsa. Cuando sus dedos se tocan, una corriente eléctrica la recorre y de pronto ve: ciudades suspendidas sobre lagos de plasma, cuerpos danzando bajo cielos radiantes, el amor antiguo y libre de temores y de palabras.
La nave tiembla con su unión. Arpis murmura, inquieta.
—Daria, se detecta una inestabilidad en el núcleo gravitacional. Advierte… presencia no humana.
Pero ella no escucha. Está sumergida en la visión de su origen, en la comunión de su sangre con el visitante extraño. Es un horror y una maravilla.
—¿Cuál es tu nombre? —pregunta al fin, la voz temblorosa.
—No tengo uno que puedas pronunciar —dice él—, pero tu corazón me conoce. Si quieres, puedes llamarme Stern.
Stern. Daria lo repite y siente que algo se acomoda en su pecho. Como si fuera la palabra que su mente ha estado esperando tantas vidas.
—¿Por qué buscabas a tu guía en mí?
Él baja la cabeza, sus ojos en los suyos.
—No podemos existir separados mucho más. El horizonte de mi gente colapsa. Perdemos nuestra esencia, nuestro brillo. Pero tú… tú eres el vínculo que une nuestras especies. Si me dejas, si me permites… podemos fusionarnos de nuevo.
No sabe si quiere. El miedo a perderse en otro universo; el deseo indómito de pertenecer finalmente a un Todo. Daria cierra los ojos y, por primera vez en muchas galaxias, se permite sentir.
Stern la conduce, despacio, hacia la sala de gravedad cero. Flotan juntos, sus cuerpos adaptándose al vaivén de la ingravidez. Sus manos se confunden y el espacio entre ambos palpita.
—¿Confías en mí?
No lo sabe. Pero decide abrir los dedos, entregarse. Sus bocas se rozan, y la descarga es eléctrica, brutal. Las partículas de sus pieles se mezclan y Daria percibe los recuerdos de Stern: el primer contacto con los humanos, la vergüenza, el exilio, el valor de esperar.
—No tengo miedo —dice ella, aunque la voz tiembla—. Pero no quiero desaparecer.
—No vas a desaparecer. Vamos a renacer los dos.
Las paredes alrededor vibran. La IA lanza advertencias, pero Daria solo oye el pulso de Stern. Sabe, en lo más hondo, que está entregándose a algo mayor que sí misma, algo predestinado desde la creación silenciosa de las estrellas.
La fusión es un proceso más mental que físico. De pronto, Daria puede habitar la mente de Stern. Se ve a sí misma a través de sus ojos: luminosa, valiente, perdida y esperanzada. Siente el dolor de la soledad de él, el anhelo estirado a lo largo de siglos, la rabia y el deseo y la dulzura invencible. Siente la pasión más allá de toda carne, como una melodía que vibra entre dos galaxias a punto de encontrarse.
Se hacen el amor en el nodo gravitacional de la nave, sin palabras. Stern se funde en su piel, en sus nervios, en sus células aumentadas. Daria siente que su cuerpo se expande, se ilumina, y en ese destello infinito entiende el propósito de su viaje, la razón última de su soledad ancestral.
Cuando despierta, la nave gira suavemente alrededor de Akka. Daria siente las manos de Stern enredadas en su cabello, su pecho apoyado en su espalda. Ya no sabe hasta dónde llega uno y comienza el otro.
—He visto tu universo —susurra ella—. Supe lo que era vivir sin miedo.
—Y yo he probado tu fuego —contesta Stern—. Por fin entiendo que la soledad no es un castigo, sino una promesa, una antesala. Que todo ese vacío era necesario para abrirme a ti.
Daria se gira. Sus cuerpos, humanos y de horizonte, se buscan y se abrazan. La gravedad vuelve, poco a poco. No saben qué habrá más allá. Akka late azul, cerca y distante, esperando. En el rostro de Stern, iluminado por el fulgor galáctico, reconoce lo imposible y la esperanza de vivirlo.
—¿Vendrás conmigo a mi mundo? —pregunta él.
—Solo si te quedas esta noche en el mío —responde ella, sonriendo.
Y esa noche, en las entrañas lumínicas de la nave sin rumbo, se funden de nuevo, una y otra vez, entre el miedo y el éxtasis, entre el vértigo y el asombro. Ya no importa de dónde vienen; han encontrado juntos una nueva galaxia. Una donde el amor es posible, incluso entre las estrellas.
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