Portada del relato Ecos del Horizonte
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Fragmento:


—Porque es más seguro así —dijo ella, sin apartar la vista de la planta que acariciaba. Aileen parecía sopesar las palabras por su peso más que por su sentido.

Duración: 09:00

Ecos del Horizonte
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Texto de ajuste de pausa.

La primera vez que él sintió la vibración en el aire, no buscó explicaciones tecnológicas ni anomalías temporales. No pensó en los protocolos de la base Alfa-7 ni en la red de satélites que cubrían el firmamento de Toparus, el lejano y helado planeta donde la humanidad depositaba sus últimas esperanzas. Sentir esa vibración era—simplemente—saber que ella se hallaba cerca. Y eso bastaba.

Aileen no encajaba del todo en la colonia. Hijo de terraformadores, con las líneas de sus botas manchadas de los polvos azulados del yermo, Ethan la había visto por primera vez en la estación de comunicaciones. Demasiado humana para mezclarse con las IAs, demasiado distinta para perderse entre hombres. De hecho, todos conocían la historia; había llegado en una nave de rescate hacía tres ciclos, perdida entre coordenadas borrosas, pidiendo asilo y retirándose detrás de sonrisas que escondían mapas galácticos dibujados en la cabeza.

Sin embargo, aquella noche, mientras la aurora exótica refulgía fuera de los ventanales—un espectáculo de azules y rojos, partículas suspendidas en danza gravitatoria—, Ethan la encontró donde sabía que lo haría: en el Mirador, sola, envuelta en esa extraña quietud.

—¿Sabes cuánto tiempo demorará el viento polar en limpiar el sector tres? —preguntó él, intentando iniciar una conversación como tantas otras veces.

Aileen ni siquiera giró el rostro.

—Trece ciclos terrestres, seis horas y cuarenta y un minutos. Pero la microfauna resistirá—susurró, con aquella voz que parecía calibrada para sus oídos.

Una pausa. Silencio. El chillido lejano de algún dron descompuesto.

—¿Cómo sabes esas cosas? —quiso saber Ethan, sintiendo en sus palabras una mezcla de fascinación e incertidumbre.

Ella sonrió, pero era una sombra esa sonrisa.

—Porque conozco el viento, Ethan. Porque he visto esta tormenta antes, en otro sitio... otro tiempo.

* * *

Durante los días siguientes, la curiosidad del hombre gravitó inevitablemente en torno a su figura. Su aspecto no era distinto al de cualquier humana, salvo tal vez por la intensidad de sus ojos, un matiz amatista imposible entre la genética terrícola. Se cruzaron en la galería, en los pasillos de hidroponía, en la sala principal donde los colonos se reunían a escuchar los informes diarios. Siempre hablando por lo bajo, siempre una advertencia velada, una broma críptica, como si su lengua recordara cosas que los demás no podían comprender.

Él sintió que debía conocerla, aun a riesgo de perderse en ese misterio. Así fue como, una tarde, tras verificar los impactos de microasteroides en el domo agrícola, la buscó en el invernadero, entre lianas bioluminiscentes y hojas que palpitaban al ritmo de la luz artificial.

—¿Por qué evitas a los demás? —preguntó Ethan sin rodeos, acercándose.

—Porque es más seguro así —dijo ella, sin apartar la vista de la planta que acariciaba. Aileen parecía sopesar las palabras por su peso más que por su sentido.

—Para ti... o para ellos? —La miró de cerca; su piel reflejaba los verdes eléctricos y su cabello pendía como filamentos de carbono.

Aileen se giró por fin para verle.

—Para todos. Existo en los márgenes, Ethan. Aquí cada existencia está medida y cada peligro tiene un nombre. Pero yo traigo riesgos que nadie quiere nombrar.

—No temo a los riesgos —replicó él, casi con rudeza.

Ella le estudió unos segundos, buscando quizás alguna grieta en su entereza. Después susurró, casi con cariño:

—Eso es porque aún no sabes hasta dónde puedo arrastrarte.

* * *

Nueve días después, Ethan descubrió el secreto de Aileen. No fue intencional; el destino parece jugar con los hilos de quienes buscan lo inexplorado.

Había recibido un reporte de un incremento súbito en las emisiones de neutrinos en el sector donde su nave había quedado enterrada. El protocolo indicaba peligro, posible brecha espaciotemporal o —más sencillo— una detonación extraña de la atmósfera. Pero, mientras descendía hacia la zona con su traje presurizado, la vio de pie sobre el esqueleto metálico de la nave. El viento la hacía parecer la única presencia real en toda la extensión helada.

—No deberías estar aquí —le gritó sobre el estrépito de las ráfagas.

Aileen levantó la vista y algo cálido se encendió en su rostro.

—Tú tampoco—dijo—. Pero aquí estamos.

Luego clavó sus dedos en el casco de la nave, con la certeza de quien traza rutas sobre memoria y metal. Los símbolos comenzaron a brillar, ondas antiguas, como tatuajes vivos. Ethan sintió un dolor agudo entre las sienes, un vértigo que no era físico. El suelo giró y, de pronto, vio.

No Toparus, no el blanco y frágil suelo, sino estrellas recortadas en abanico, un vórtice donde las imágenes se doblaban y los recuerdos fluían como un río sin tiempo. Vio la destrucción de un mundo; vio naves huyendo bajo un sol moribundo. Y vio a Aileen, fugaz, atrapando el último pulso de un corazón galáctico moribundo entre sus manos.

Retornó al presente jadeando.

—¿Qué demonios… eres? —preguntó, con miedo y asombro en la garganta.

Ella temblaba, pero no retrocedió.

—Alguien marcada por la anomalía —dijo—. Una portadora. Cuando mi planeta terminó, absorbí demasiado dolor, demasiada energía. Ahora sé cosas que me destruyen y también pueden destruir a otros. Por eso pedí asilo aquí. Pero la tormenta que creíamos lejana está llegando.

Ethan cayó de rodillas. No hubo lógica en su siguiente gesto; simplemente la abrazó. Todo el terrible abismo en la mirada de Aileen se hizo íntimo y cálido.

* * *

Esa noche, ambos cruzaron la frontera del temor. Solos, entre las instalaciones dormidas, Ethan sintió de nuevo el zumbido en el aire. Esta vez, era el eco de la piel de Aileen bajo sus manos, el pulso acelerado de dos personas aferradas en medio de la vastedad del espacio y la amenaza de una muerte total.

La besó porque así se silenciaban los gritos de un universo destruido. Aileen abrió las compuertas de su dolor y fue placer compartido en el hueco de la cabaña donde se refugiaron. Sus cuerpos se buscaron con hambre y respeto, y el calor fue un pacto secreto contra la nada que acechaba afuera.

Sus dedos recorrieron la constelación de cicatrices invisibles en el alma de ella. Él aprendió a leerlas, a descifrar los terrores anidados bajo su piel. Ella, por un momento, olvidó que era un faro para la devastación, permitiéndose sentir el milagro de algo tan simple como amar a otro ser.

Cuando sus respiraciones se tornaban lentas y mezcladas, Ethan susurró:

—Quédate. Pase lo que pase… quédate.

Aileen le besó la frente, con el pesar de quien conoce finales ajenos.

—Nunca pude quedarme, Ethan. Soy un tránsito… Pero si este es el final, quiero que sea contigo.

* * *

La anomalía llegó al alba. Nadie sabía cómo dar forma a ese fenómeno: la estación crujía, todos los sensores gritaban datos inconexos y la luz del sol se doblaba en la atmósfera como una herida abierta.

Aileen tomó la mano de Ethan y lo condujo al exterior, desafiando cualquier instrucción de seguridad.

—Debo intentar contenerla. Es mi última oportunidad.

El viento les cortaba el rostro. Ethan sentía miedo, sí, pero también una rendición total a ese instante donde todo era posible.

—No lo hagas sola —le rogó.

Aileen sonrió con ternura.

—Me encontraste, Ethan. Eso altera la ecuación. Cuando dos anhelos convergen, los universos, a veces, se curan.

Le pidió que cerrara los ojos, que confiara. Así, juntos, al borde del abismo que rugía sobre Toparus, dejaron que la anomalía los devorara.

El tiempo se fragmentó. Ambos cayeron a través de recuerdos que no eran propios: infancia en mundos quemados, adiós a hermanos perdidos entre galaxias, paraísos terraformados y destruidos. Y, entre todo eso, la certeza del otro. Cuando por fin emergieron, el viento había amainado, la base estaba intacta. La anomalía retrocedía.

* * *

Los técnicos no entendieron nunca qué pasó. No hubo muertes. La anomalía se desvaneció y la estación se mantuvo. Pero Ethan supo: había pagado un precio. A partir de entonces, él también sintió las vibraciones, como si parte de la memoria galáctica de Aileen hubiera tejido sus venas.

Ella se quedó. No porque por fin pudiera, sino porque ahora ambos tenían cicatrices y mapas secretos. Algunos días, se amanecerían abrazados en la cabaña, murmurando sueños enredados en tránsitos estelares. Otros, simplemente, contemplarían juntos la aurora, sabiendo que el romance era sobrevivientes que se encontraban al filo del colapso.

Aileen reía más, ahora, y Ethan soñaba con planetas que nunca existieron. La ciencia y el amor, juntas, seguían buscando respuesta en el horizonte helado de Toparus, sabiendo que el mayor milagro posible era lo que habían salvado juntos: un instante de paz, un mundo, o simplemente, el uno al otro.

FIN

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