Portada del relato Lunas de Marte
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Fragmento:


La exploración del terreno fue asignada a un equipo de tres: Elian, Cassandra y Mara. Supuso, Mara, que el mando pensaba en términos de eficacia. Ella en cambio sintió la decisión como un destello de crueldad, aunque la aceptó sin protestar.

Duración: 09:51

Lunas de Marte
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Texto de ajuste de pausa.

La nave de prospección IGR-11 había sido diseñada para soportar tormentas de polvo galácticas, pulsos solares e incluso pasajeros con pasados que preferían olvidar. No obstante, nunca habría estado preparada para contener la maraña de sentimientos de sus ocupantes, mucho menos la complejidad emocional de Mara Qin.

Mara ocupaba su tiempo libre caminando los funerales corredores de la nave, allí donde la luz de los sistemas de soporte dibujaba líneas azules sobre las paredes de fibra urania. Era la jefa de comunicaciones, pero por dentro saboreaba la soledad como un cóctel que se mezcla despacio y arde en el estómago. Repetía cada día la misma rutina: enviaba informes de misión a la base central de la Alianza Solar, revisaba las lecturas del espectrómetro y apagaba cualquier intento de conversación que superara el umbral de la cortesía.

La separación —real y ficticia— la protegía, aunque sólo ella lo sabía. A bordo viajaba también Elian Drake, jefe de navegación, y la cercana presencia del hombre la estrujaba de una forma que no podía, ni quería, comprender.

La misión tenía una duración prevista de siete años y, al cumplirse el cuarto, incluso la ilusión de individualidad empezaba a resquebrajarse. Nadie puede sostener todas sus defensas tanto tiempo. Especialmente cuando Elian sonreía durante las sobremesas o cuando buscaba excusas para ayudarla durante los pasos delicados del jardín hidropónico central, con esa mezcla de torpeza y calidez que exudaba como una segunda piel.

No era un flechazo juvenil ni una obsesión desesperada. Era un amor con raíces profundas y silenciosas, germinado a la sombra de una admiración creciente. Elian era todas las cosas que Mara había jurado no necesitar: paciente, alentador, una chispa que encendía risas incluso en la sala de reciclado, donde el aire olía a acero y soledad.

Pero Elian amaba a otro, aunque quizá él no lo supiera aún, en ese modo inconsciente que tienen algunos de repartirse poco a poco sin darse cuenta. Se llamaba Cassandra, oficial de sistemas, alta y broncínea, con una voz hecha para dar órdenes y un andar capaz de quebrar la gravedad del más lejano de los satélites. Elian y Cassandra se encontraban juntos, trabajando lado a lado en la reparación de módulos averiados, y Mara los observaba a veces en la semi-penumbra, sintiendo que algo viejo —un sueño, un deseo— se deshacía por dentro.

Elian nunca dejó de hablarle a Mara con gentileza. Nunca la apartó, pero tampoco la eligió. A veces Mara pensaba que todo sería más fácil si Elian se volviera frío, como algunos tripulantes de otras misiones, esos que sabían marcar fronteras como líneas láser en el suelo. Pero no. Elian era todo calidez, todo ternura y buenos gestos, y eso era, precisamente, lo insoportable.

Un ciclo marciano después, la IGR-11 descendió por fin en el destino: la luna Aurora, satélite aún no colonizado cuyos mantos de hielo ocultaban metales raros y, según las nuevas investigaciones, microorganismos con propiedades bioquímicas desconocidas. Era el primer descenso tripulado, y toda la tripulación estaba tensa.

La exploración del terreno fue asignada a un equipo de tres: Elian, Cassandra y Mara. Supuso, Mara, que el mando pensaba en términos de eficacia. Ella en cambio sintió la decisión como un destello de crueldad, aunque la aceptó sin protestar.

El descenso demandó precisión quirúrgica; Aurora tenía bajas temperaturas y la atmósfera era una mezcla letal de helio e hidrocarburos. El exotraje presionaba el cuerpo con la precisión de un abrazo robótico. Fue al tercer día de exploración cuando todo cambió.

Una descarga de radiación desconocida sacudió al equipo. Cassandra cayó primero, los sensores del traje chillando advertencias. Mara vio cómo Elian corría hacia su compañera, la levantaba y la cargaba en brazos hacia la cápsula de emergencia. Mara quiso ayudar, pero su cerebro se llenó de ruido blanco. Avanzó, aturdida, tropezando. Cuando llegó, Elian ya tenía a Cassandra conectada al soporte vital autónomo.

“No podemos quedarnos aquí”, dijo, su voz distorsionada por el comunicador interno. “La exposición puede matarnos.”

Mara asintió, luchando contra el temblor que amenazaba sus rodillas. Se activaron los protocolos de evacuación y durante la ascensión, Mara sintió el calor de la mano de Elian sobre su hombro. Por un instante, fue suficiente. Por un instante, la soledad se redujo a una mota, una sombra que acechaba desde la esquina más oscura de su consciencia.

La cápsula de emergencia tardó quince horas en regresar a la nave nodriza. Mara apenas dormía, ocupada en revisar los datos de la exposición, intentando hallar una explicación científica a lo sucedido. Elian no se apartaba del lado de Cassandra. Vigilaba las constantes, ajustando parámetros, murmurando cosas en voz baja para tranquilizarla mientras ella fluctuaba entre la consciencia y el delirio.

Durante uno de esos turnos agotadores, Mara entró a la enfermería. Elian levantó la cabeza y la miró.

“¿Cómo está?” preguntó Mara, el tono casi plano.

“Mejor”, respondió. “El sistema autoinmune está respondiendo bien al tratamiento con nanofibras. Pero no sé. Hay una parte de mí que teme… perderla.”

Mara asintió. No era el tipo de respuesta que necesitaba oír, pero tampoco esperaba otra. Bajó la vista a las pantallas, revisando los gráficos. Se obligó a ver sólo los datos, no el temblor en los dedos de Elian cuando le recorrían la frente a Cassandra, ni el modo en que le susurraba canciones viejas pensando que Mara no lo oía.

Los días pasaron. Cassandra empezó a recuperarse. Elian, agotado, por fin permitió que Mara lo sustituyera un turno. Apenas hablaron, pero ella notó la gratitud en sus ojos, la sombra de una deuda infinita que no podía ni quería cobrar.

Fue entonces, durante aquellas noches solas junto a la litera de la enfermería, cuando Mara permitió que sus emociones le quebraran la piel. Confesó en voz baja —a la cápsula estéril y a sí misma— todo lo que había callado. Que había aprendido a leer el latido de Elian en el reflejo de los monitores, que su nombre era una música muda en el pecho, que incluso ahora, sabiendo todo lo que sabía, la esperanza aún sobrevivía como los microbios bajo el hielo de Aurora: tozuda, improbable, hermosa de un modo extraño.

La despresurización emocional le sirvió de catarsis. Al día siguiente se forzó a ser la profesional estoica de siempre. Atendía a Cassandra casi sin mirarla, porque la amaba —en algún sentido horriblemente retorcido— también por ser la dueña de la devoción de Elian. No le guardaba rencor. Era simplemente un hecho, tan frío y real como el vacío espacial.

Cuando Cassandra despertó por completo y fue dada de alta, Elian organizó una pequeña celebración en la sala de reuniones, con el mejor racionamiento de algas aromatizadas y la música terráquea que todos añoraban. Reían, contaban anécdotas, y por un momento Mara se sintió parte de ese círculo, de ese calor humano entre placas de metal y plasma.

Luego, todo el mundo fue retirándose, como siempre pasa tras los momentos de alegría extrema. Elian ayudaba a Cassandra a caminar de vuelta a los módulos de hibernación, y Mara contempló la escena desde el umbral.

Le dolía, sí, pero era un dolor tranquilo, pulido a fuerza de repetirse. Daba más miedo reconocer el otro fuego, el latido renovado; una invitación a sentir, aunque fuera un amor imposible.

Aquella noche, Mara paseó hasta la escotilla de observación. Afuera, Aurora brillaba en el vacío, anaranjada y frágil, como el núcleo solar de un recuerdo imposible de tocar. Bajo su luz, Mara dejó descansar todas las promesas, todos los deseos. Pensó, por primera vez en años, que tal vez no estar en el centro de la vida de Elian no significaba necesariamente quedarse al margen de la propia.

El siguiente ciclo trajo nuevos retos. Trabajaron en equipo, reanudando la exploración con métodos mejorados. El contacto con los microorganismos extraídos de la luna generó descubrimientos que abrirían puertas científicas durante generaciones. Cassandra asumió el liderazgo del proyecto bioquímico y Elian, con su lealtad sencilla, siguió a su lado.

Y Mara, por su parte, se redefinió. Aprendió a mirar de frente, a acoger la falta de correspondencia no como una condena, sino como una forma de supervivencia. Agradeció los momentos compartidos, los sollozos a solas y los silencios.

Un día, durante una tormenta de rayos cósmicos, Elian se acercó a Mara en el laboratorio. No era inusual, pero esa vez su voz parecía más baja, teñida de una gravedad que la alarmó.

“Mara”, murmuró. “Nunca te lo dije lo suficiente, pero… no habríamos salido adelante sin ti.”

Ella lo miró, en silencio. Elian parecía buscar algo más en su rostro.

“Sé que a veces parezco… ciego. Pero confío en ti más que en nadie.”

Mara sintió cómo el reconocimiento —de ella, de su valor, de su humanidad— caía sobre ella como la tibieza de una llama robada a las estrellas. Escuchó esas palabras y supo que no necesitaba más.

El amor puede arder a oscuras, alimentarse de ausencias y renacer en la continuidad. El amor, a veces, es simplemente permanecer: trabajar codo a codo, sostener al otro cuando hace falta y, finalmente, comprender que el vacío del espacio no significa el vacío del alma.

La misión siguió, y Mara continuó adelante. Durante los días más largos, aún soñaba con lo imposible, pero esos sueños la impulsaban, en vez de consumirla. Sonrió, tras el visor de su exotraje, mientras Aurora giraba despacio ante sus ojos. Sabía que, en algún lugar perdido entre la esperanza y la resignación, había hallado un modo de amar: ser quien era, en los márgenes de la historia, con dignidad.

Y esa, pensó, era una forma suficiente de conquista.

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