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El viento azulado de Sideris, siempre impasible, soplaba áspero y frío, trayendo consigo esquirlas de una escarcha distorsionada. El sonido que hacía al filtrarse por los desfiladeros artificiales era un lamento, una sinfonía para quienes, como Arlan, tenían el alma demasiado cansada para dormir. Miraba a través del cristal intelivegetativo, su respiración dejando delicados halos que la interfaz absorbía con calma. Más allá, la ciudad flotante temblaba sobre su eje, brillando entre la bruma azul con miles de luces lejanas. “La distancia”, pensó, “no debería doler tanto cuando ya nieva dentro”.
Detrás, los monitores pulsaban con su vida propia: pequeños pulsos verdes corriendo sobre líneas lilas; gráficos, números, ecuaciones médicas, como si la gran promesa de los inviernos curativos de Sideris fuese algo más que propaganda para exiliados terminales. El reporte se iniciaba y él habría preferido no mirar. Pero Zira lo haría, y Zira preguntaba siempre, incluso desde una órbita que ninguno de los dos había elegido.
“¿Cuánto tiempo hoy?”, preguntó una voz serena, vibrante, que llegaba a través del enlace bio-cognitivo. Suavizaba las palabras, como quien acaricia una herida.
Arlan escudriñó el análisis renal que centelleaba en su terminal. “Cuarenta y dos minutos antes del primer mareo — respondió, esbozando una mueca—. Se diría que mejoro, pero sabemos que no.”
Zira calló, quizá porque el consuelo, a años luz de distancia, era una versión degradada de la ternura real. Nadie entendía mejor que ella la brutal honestidad de una enfermedad sin cura, ni el peso de la esperanza entregada a laboratorios errantes y terapias experimentales.
Conocerse había sido una casualidad cósmica. Ambos, seleccionados para un programa de investigación que mezclaba telemedicina y pruebas con nuevos virus modulares, se encontraron en el canal privado de los pacientes: “Busco con quién hablar antes de dormir”, había escrito Arlan la noche que los temblores no le permitieron sostener el pequeño vaso de agua. Ni siquiera recordaba qué respondió ella. Solo que la conversación fluía, aún a través de la sinética imprecisión de los enlaces cerebrales. Compartían un anhelo voraz, casi doloroso en su intensidad, de lo perdido y lo imposible: Zira, destinada a la flotilla de laboratorios en la aurora de la órbita; él, a la ciudad nevada que jamás dormía.
Se veían cada noche, a la hora que Sideris dormía bajo sus luces violetas y los que no podían dormir vigilaban sus propias pesadillas con disimulo. Compartían secretos y miedos, pero sobre todo, compartían la certeza absoluta de una conexión más real que cualquier otra, porque la distancia, cuando duele de verdad, convierte cada palabra recibida en caricia sublime.
“Hoy los análisis arrojan mejoras en la absorción de oxígeno. Dicen que debería sentirme más fuerte”, informó Arlan, sin demasiado entusiasmo.
“¿Y lo sientes?”, preguntó Zira con suavidad profesional, pero también con la vulnerabilidad de quien teme la respuesta.
Él negó, dejándose caer sobre el asiento gravitacional, sintiendo cómo los músculos fallaban un poco menos que ayer. “Siento... que te extraño más cada día. Que estar aquí no es vivir, sino aplazar la muerte un rato para que duela menos.”
Zira guardó silencio, y en ese silencio, Arlan sentía su respiración a través del enjambre de datos, como si el amor (si lo era) se pudiera traducir en impulsos eléctricos, destellos en una sinapsis compartida. Recordaba el timbre de su risa la primera vez que bromeó sobre los protocolos de aislamiento: “De chica creía que los astronautas estaban solos, ahora sé que lo más solitario es un paciente en una cabina hermética”.
Las llamadas secretas se transformaron en cartas virtuales. Arlan le leía poemas antiguos, modificados en su idioma, y ella respondía enviándole melodías grabadas en claves biológicas insospechadas. Si la distancia física se seguía alargando, ellos crecían hacia dentro, creando un refugio paralelo solo suyo.
Una vez, Arlan buscó la forma de verla, aunque fuera a riesgo de la sanción médica. Ensayó mil maneras de burlar el escáner cuántico bajo su ventana climática, pero siempre se detenía en el paso final: si Zira descendía, el protocolo emisario la recluiría catorce días en aislamiento preventivo. La enfermedad que los había unido era también, irónicamente, una plaga temperamental y caprichosa: mientras sus cuerpos luchaban, los protocolos los alejaban con mayor fiereza. Lo más cercano a un roce era dejar conectado el terminal mientras ambos dormían, simulando compañía entre el ruido blanco y el débil latido del vórtice atmosférico.
Solo tenían el consuelo de las rutinas. Una noche, dos, veinte más, hasta que la esperanza comienza a pesar, y las cartas se vuelven preguntas apenas disimuladas sobre el futuro. Arlan sabía que, incluso si una cura llegara, el hábito de extrañarse sería difícil de reparar.
Aquel día, el viento volvió a arremeter contra la ciudad, y el análisis renal fue peor de lo esperado. Zira apareció al fin de tarde, proyectando en la pantalla una aurora simulada desde el laboratorio flotante: verdes, azules, y reflejos ámbar ondulando como si fuesen las caricias que no podían darse.
“He soñado contigo”, musitó Arlan. “Era en la Tierra, y nevaba también. Caminábamos y tú reías porque la nieve tenía gusto a caramelo. El aire no dolía. Solo reíamos.”
“Me aferro a tus sueños como si fueran vida”, respondió Zira. Al decirlo, tenía esa voz baja que usaba en las noches más solas. “Quiero decirte algo, aunque sé que quizás no deba.”
Arlan sintió un nudo en el pecho que no era del todo físico. “Dímelo.”
“Detendrán el programa piloto en la órbita. Dicen que no es rentable mantener la flota para menos de cien pacientes. Vuelvo a la Tierra... Vuelvo a donde ni tú ni yo podremos seguir con esto. Los protocolos de cuarentena planetaria impedirán un lazo como este. Puede que ni siquiera puedas escribirme del todo.”
La noticia cayó sobre él como un manto de plomo tibio. Por un instante no fue el dolor lo que sintió, sino una furia antigua, como si el universo entero fuese una máquina para castigar la alegría de quienes más la necesitaban.
“No podemos permitir que nos borren — murmuró—. No puedes dejarme solo, Zira. No con este silencio.”
Ella asintió, el gesto apenas perceptible a través del canal. “Tengo guardados tus poemas, tus grabaciones, todos los mensajes incluso los que nunca te atreviste a enviar. Los llevaré conmigo. Buscaré una forma, siempre hay alguna. Y si no... te prometo que nunca olvidaré cómo nos sostuvimos uno al otro, aún desde la distancia.”
Las últimas noches fueron un pulso constante de despedidas. Arlan, en una cabina cada vez más pequeña, leyendo en voz alta fragmentos de novelas antiguas, para que Zira pudiera grabarlos. Ella respondía describiendo la Tierra vista desde la ventana estelar: “Es una esfera azul y verde, vibrante. Cuando la mire, pensaré en ti. Imagina que cada tormenta, cada chispa de aurora, lleva tu nombre.”
El último encuentro no tuvo grandes gestos. Solo un silencio largo, como un abrazo detenido en el tiempo.
“Si alguna vez te curan”, murmuró Zira, “si alguna vez tú dejas esta ciudad... prometo buscarte. Donde sea.”
Y así quedó. Las transmisiones se silenciaron con la misma discreción con la que todo inició. La ciudad continuó su pulso silencioso, mientras la vida de Arlan menguaba, pero sin perder del todo el calor de aquello que, alguna vez, fue más real que la nieve sobre la piel.
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Con los años, los archivos de la nave laboratorio terminaron en un repositorio obsoleto. Nadie recordaba ya la historia de aquel pequeño piloto, ni el nombre de Zira o Arlan. Pero a veces, cuando la aurora artificial en Sideris tiembla de manera especial, hay quienes afirman que pueden oír una voz muy baja recitando versos, o una melodía olvidada iluminando el viento. Y entonces, por un momento, la distancia se convierte en un sueño compartido, donde la enfermedad no es frontera sino puente, y el amor, aún vencido, resiste la erosión de la memoria y el paso del tiempo.
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