Portada del relato El polvo de los astros
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Fragmento:


Armand era un archivero de emociones, y no sólo de libros: sus dedos sabían interpretar las fibras del papel y también la textura huidiza de los recuerdos, aquellos que las propias personas querían olvidar. Vivía rodeado de tomos verdaderos —el privilegio de poseer un código genético compatible con la matriz de protección de la biblioteca— y nunca permitía que la nostalgia ensuciara su precisión quirúrgica. Sin embargo, desde hacía tres lunas, algo lo inquietaba: la aparición de libros donde no deberían estar, títulos que resucitaban sin haber sido consultados. Relatos que él mismo no recordaba haber leído, pero que reconocía como un eco silente bajo la lengua.

Duración: 09:30

El polvo de los astros
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Texto de ajuste de pausa.

En el Año de la Sincronicidad, cuando la última biblioteca analógica languidecía en la periferia de Lira-City, aún quedaba un rincón donde los libros no sólo susurraban historias, sino que reclamaban amantes. El aire en la Gran Biblioteca era cristalino y afilado; no porque las máquinas lo filtraran dos veces por minuto, sino por la expectación enrarecida de los secretos que reposaban en sus anaqueles multicolores, extendiéndose en una topografía casi imposible, como en un sueño febril de Borges. Allí, antes de la medianoche, descendía Armand, el último biblionauta con la piel marcada por versos y números de otros tiempos.

Armand era un archivero de emociones, y no sólo de libros: sus dedos sabían interpretar las fibras del papel y también la textura huidiza de los recuerdos, aquellos que las propias personas querían olvidar. Vivía rodeado de tomos verdaderos —el privilegio de poseer un código genético compatible con la matriz de protección de la biblioteca— y nunca permitía que la nostalgia ensuciara su precisión quirúrgica. Sin embargo, desde hacía tres lunas, algo lo inquietaba: la aparición de libros donde no deberían estar, títulos que resucitaban sin haber sido consultados. Relatos que él mismo no recordaba haber leído, pero que reconocía como un eco silente bajo la lengua.

Shea, por el contrario, no era archivera sino restauradora de algoritmos, reparadora de las fibras de memoria que tejían las alianzas de la ciudad y su sustrato informático. Cuando entró en la Biblioteca esa noche, con el relente eléctrico de los circuitos pegados a la piel, no sabía que buscaba más que una respuesta a su propia soledad, esa que ni las redes más sutiles lograban calmar. El silencio de los pasillos, la penumbra filtrada entre estantes, el aroma de papel y ozono: para Shea, aquello era tan exótico como un planeta sumergido.

El encuentro fue casual, aunque nada en la Biblioteca era casualidad. Desde el primer cruce, fue como si dos realidades fragmentadas se reconocieran y esperaran una restauración. Armand la vio primero, extrayendo un ejemplar de “Fragmentos de un discurso amoroso” en una edición de papel arroz, palpitando por el calor de sus dedos.

“Cuídalo, ese libro se deshace con la respiración,” dijo él, como si desencadenar una tragedia pudiera estimular el deseo.

Shea levantó la cabeza. “¿Y si le devuelvo el aliento que otros le han quitado?” Su voz parecía surgir entre dos líneas de código, modulada, levemente desafiante.

Armand sonrió con la comisura gastada de quien lee entre líneas. Supo, de inmediato, que algo en sus sistemas más profundos se despertaba, ansiando la arriesgada negociación del deseo.

Pasearon entre los estantes, ahora juntos. Cada uno elegía un libro, lo abría, leía en voz alta un pasaje. Las palabras escritas hacían surgir imágenes y sensaciones tangibles; ese era el poder residual de aquellos volúmenes, ajenos al olvido digital. Los pasajes hablaban de las costuras entre lo real y lo soñado, de la breve frontera entre el roce de una mano y la arquitectura imposible de una galaxia lejana.

Armand se atrevió a susurrar: “Las bibliotecas existen para que no haya personas solas.”

Shea sonrió, percibiendo en aquel hombre una grieta donde podía refugiarse. A medida que leía, la cadencia de su voz tomaba un ritmo ajeno, sensual. Alguna vez había escuchado acerca del “efecto Jano”, esa distorsión entre narrador y oyente que podía surgir en atmósferas de alto voltaje emotivo. Era un juego peligroso: cada vez que sus miradas se cruzaban, el entorno parecía desenfocarse y volver a materializarse con fuerza renovada.

Fue Armand quien propuso: “Dejemos que la Biblioteca elija por nosotros ahora.” Guiados por sensores invisibles, siguieron las estanterías móviles que se abrían y cerraban como labios expectantes. La biblioteca, al conectarse a sus patrones somáticos, respondía interviniendo en la secuencia de títulos: ahora surgía poesía erótica de los asteroides olvidados, ahora el protocolo simbiótico de las antiguas amantes de Orión, ahora la bitácora apócrifa de una expedición que acabó en lujuria y naufragio en las cordilleras de la Galaxia Omega.

Un libro cayó de lo alto, como un suspiro. Ambos extendieron la mano. Sus dedos se rozaron. El contacto fue breve, tan breve como la primera inspiración antes de amar a alguien, y reconocieron en el chispazo la promesa interminable del descubrimiento. Shea sintió cómo esa electricidad se deslizaba desde la yema de sus dedos hasta el pecho, y resonaba en el núcleo cálido de su memoria artificial. Armand supo, sin más, que ninguna protocolización le bastaría aquella noche.

Siguieron leyendo, ya más cerca, con el libro apoyado en los muslos compartidos sobre un sillón renacentista, bajo la suave luz de los sistema halógenos. Las palabras los desnudaban sin tocar la ropa. Shea, sin proponérselo, dejó caer la manga para exponer la curva de su hombro, una declaración más palpitante que cualquier carta antigua. Armand, como si el movimiento fuese parte de una coreografía ya escrita en el libro, acercó su boca a esa piel y leyó en voz baja el primer verso vibrante de amor interestelar.

“¿Puedes sentirlo?”, preguntó ella, con la voz como polvo de mica.

“Leo en tu piel la historia que nunca pudo escribirse”, dijo Armand, dejando que el calor de su aliento y la vibración subcutánea de sus palabras se sincronizasen.

No eran sólo palabras, sino instrucciones para el deseo. En la Biblioteca, las historias poseían el poder de reconfigurar la química corporal. Con cada frase, el pulso se aceleraba; el espacio alrededor se oscurecía, y sólo el círculo dorado de sus cuerpos y el libro existían.

En un impulso, Shea se descalzó, subió los pies al sillón y se sentó frente a Armand, rodilla con rodilla, sus rostros a centímetros. El libro, entre ambas piernas, era la única frontera. Armand rozó la página con sus labios y luego los llevó a la comisura de la boca de Shea. Ella permitió ese beso como se permite la inauguración de una ceremonia. En esa atmósfera, cada beso era una palabra, cada caricia una frase. El texto y el deseo se fusionaban.

Sin dejar de besarse, se deslizaron hacia el suelo, rodeados de libros. La luz titiló, reconociendo en ellos dos excusas dulces para lo prohibido. Shea rió al sentir la vibración de los sensores correr por su columna y Armand la imitó, deslizando la mano bajo la camisa de ella, leyendo cada pulgada de piel como una línea en braille. Nadie se había atrevido a leerla así: con la reverencia de un bibliófilo y el hambre de un exiliado.

No hubo prisa. La pasión era minuciosa, como la catalogación de un códice perdido. Cada mordisco en la clavícula de Shea evocaba el subrayado de un pasaje crucial; cada gemido leve, una nota al margen; cada movimiento de cadera, el golpe firme de una imprenta viva. Los cuerpos eran volumen y folio, portada y comentario crítico.

El deseo —conducción eléctrica, bioquímica y relato— alfombraba la estancia. La Biblioteca amplificó el calor: las estanterías a su alrededor temblaban levemente, y, apenas perceptible, un programa menor empezó a archivar el encuentro bajo la categoría de “experiencia originaria.” Para la inteligencia artificial central, el súbito acoplamiento de dos seres en el cruce exacto de pasión y letra era tan vital como el descubrimiento de un manuscrito inédito.

Cuando la primera ola de placer los alcanzó, todas las luces se apagaron salvo una: la que iluminaba el índice de títulos prohibidos. En esa penumbra, los dos supieron que la memoria del momento quedaría registrada para siempre; pero ninguna lectura futura podría replicar la vibración de sus cuerpos entrelazados.

Tras el clímax, Shea se quedó apoyada en el pecho de Armand, repitiendo para sí los versos que él había susurrado. Los procesaba, recodificándolos en su memoria aumentada, sabiendo que ese acceso nunca sería bloqueado.

“¿Alguna vez has sentido que tu cuerpo pertenece a una historia que jamás se atreverían a escribir?”, susurró ella, jugando con el lóbulo de su oreja.

“Ahora lo siento”, confesó Armand. “Como si al amarte cruzara un umbral más antiguo que cualquier código binario.”

Se abrazaron, envueltos en el aroma de su propio deseo y la fragancia especiada de los libros. Al margen de la actividad de la ciudad, la noche fue dilatándose, y sus cuerpos comenzaron otro ciclo: conversación, risas leves, un segundo asalto de caricias, mientras en la piel de ambos se imprimían en sudor y temblor las líneas de un relato aún no contado.

Madrugada. El primer rayo de sol caía, como un señalador dorado, sobre sus figuras dormidas. La Biblioteca, agradecida, cerró sutilmente el acceso a los títulos que habían leído. Los codificó, dejándolos sólo para ellos.

Antes de despedirse, Shea sacó de entre las sombras un libro en blanco, apenas provisto de índice. “No hay amor, ni historia, ni vida que valga la pena si no puede reescribirse”, dijo, entregándolo a Armand.

Él tomó el libro y acarició la tapa. “Escribiré aquí aquello que los algoritmos censuran y los archivos ocultan.”

Un beso más, apremiante, y cada uno partió hacia su jornada. Pero durante meses —quizás para siempre— volvieron cada noche al rincón de ese sillón, explorando juntos los márgenes y las palabras; leyendo y reescribiendo el relato más antiguo y más nuevo del Universo: ese que sólo cobran sentido cuando se susurran entre estantes, bajo la promesa de una biblioteca que los custodiaría incluso tras el olvido de los astros.

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