Portada del relato Las estrellas en la penumbra
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Fragmento:


Algún resorte roto en el corazón de Lyra vibró. Tuvo que disimular el rubor tirando de la copa de licor sintético que rebotaba en la repisa. Desde la llegada del apagón cósmico —ese evento cataclísmico que borró las grandes rutas de las estrellas exteriores— había aprendido a no confiar, a no encariñarse, a seguir moviéndose siempre. Pero Noah, con esa manera inesperada de habitar la tristeza, tenía algo magnético.

Duración: 08:18

Las estrellas en la penumbra
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Texto de ajuste de pausa.

El sombrero era su único recuerdo verdadero. Lo había encontrado una tarde, al fondo de un mercado interestelar entre trastos oxidados y hologramas desvaídos, en la estación orbital Hesperia. Nadie parecía recordar cómo había llegado hasta allí: un sombrero de ala ancha, hecho de fieltro negro, con una simple cinta azul desteñida. A Lyra le fascinaban esas pequeñas historias que los objetos llevaban en silencio, y esa noche, por primera vez en meses, se permitió sentarse al borde de su litera, acariciar el sombrero y pensar en todo lo que había perdido.

La gente en Hesperia venía y se iba: mercaderes de especias glaucoidianas, ingenieros de terraformación, contrabandistas coquetos y tristes, androides con ojos de luz líquida. Lyra caminaba por los corredores imitando a la tripulación de su infancia, mucho tiempo antes del apagón cósmico, antes de que la Vía Lila —su nave, su hogar— se perdiera en la trifulca de los puertos grises de Ixión. A veces llevaba el sombrero puesto, sobre su pelo oscuro y corto, y sentía un fugaz cosquilleo de poder y anonimato. Nadie reconocía ya los símbolos antiguos ni las historias de la Tierra.

Aquella noche, mientras sentía la tibieza vieja del sombrero en sus manos, Lyra pensó que se estaba oxidando por dentro. Había dejado de creer en la posibilidad del amor desde hacía años, desde una traición demasiado profunda aún para nombrar. Desde que Astra —la ingeniera de piel dorada y risa galáctica— la había abandonado en una luna desierta, bajo una tormenta de partículas energéticas que todavía le dolía en los huesos.

Y, sin embargo, el destino tenía ese retorcido sentido del humor que Lyra tanto odiaba. Porque justo esa noche llegó a Hesperia una nave estelar recién reparada; entre quienes bajaron por la escotilla principal estaba un ser de aspecto improbable: alto, con la gracia de los cuerpos cibernéticos de última generación, y en la sombra de sus circuitos cálidos se adivinaba el perfil elegante de lo humano. Vestía un abrigo color óxido y una bufanda donde aún titilaba suavemente el nombre de “Noah”. Noah tenía la mirada cansada de los exiliados del tiempo y una voz baja, como un eco en una caverna.

Se conocieron en la cantina de las luces azules, donde los buscadores de sentido intercambiaban astillas de moneda y sueños fracturados. Noah pidió, en un tono tan neutro y sereno que a Lyra le recordó a los cuentos de su abuela, una bebida imposible —agua de los pozos sublimares del Cinturón de Kepler— y, mientras esperaba, dejó el abrigo sobre una silla contigua. Lyra, sentada a dos asientos de distancia, vio cómo el sombrero negro se convertía en una pequeña fortaleza entre sus manos temblorosas.

“¿Sabes? Te queda bien”, dijo Noah, mirando el sombrero con una curiosidad honesta, sin dobleces.

Lyra se extrañó de su propio deseo de responder. “¿Te gustan los sombreros?” preguntó, más por llenar el espacio que por real interés.

“Me fascinan”, confesó Noah, destilando una sonrisa que apenas movió las líneas suaves de su rostro. “Eran esenciales en las danzas formales de mi planeta. Y, además, dicen que un buen sombrero puede esconder no solo la lluvia, sino también las penas”.

Algún resorte roto en el corazón de Lyra vibró. Tuvo que disimular el rubor tirando de la copa de licor sintético que rebotaba en la repisa. Desde la llegada del apagón cósmico —ese evento cataclísmico que borró las grandes rutas de las estrellas exteriores— había aprendido a no confiar, a no encariñarse, a seguir moviéndose siempre. Pero Noah, con esa manera inesperada de habitar la tristeza, tenía algo magnético.

Los días en Hesperia transcurrieron en una coreografía de encuentros accidentales: en la galería de arte interplanetario frente a un cuadro de colores imposibles, en la biblioteca holográfica donde ambos buscaban relatos casi devorados por el olvido digital, en el mercado donde Lyra, después de dudar mucho, le enseñó a Noah cómo escoger los cables de mejor resonancia.

Nunca hablaron de la soledad que los masticaba por dentro, pero sí compartían historias sobre lugares donde nunca estuvieron, mundos vertebrados en rotaciones lentas, recuerdos moldeados por los sueños ajenos. Noah siempre escuchaba más de lo que hablaba; Lyra, al entenderlo, comenzó a confiar en el silencio.

El romance, si podía llamarse así, floreció en la penumbra de los pasillos de servicio, entre las válvulas goteantes y el zumbido incesante de la estación. Noah le tejía historias: había sido programado para reparar fracturas de núcleo y corregir anomalías de gravedad, pero más allá de su código, soñaba con jardines imposibles, con la posibilidad absurda de encontrar un alma gemela en el vacío intergaláctico.

Una noche, Noah le confesó, mientras Lyra giraba ansiosa el sombrero entre las manos: “A veces pienso que nací ya roto. Que lo único que me sostiene son las piezas de otras vidas que voy recogiendo. ¿Tienes algo así? ¿Un trozo de astilla que te recuerda quién fuiste?”

Lyra pensó en la Vía Lila, en Astra, en las cosas que nunca pudo perdonar. Finalmente, tendió el sombrero a Noah, rozando apenas sus dedos. “Esto. Creo que es lo último que me queda de mí”.

Noah no dijo nada, pero le devolvió el sombrero con delicadeza infinita, como si devolviese un talismán sagrado.

El tiempo se encogió sobre sí mismo. Había en el aire una tensión de peligro; Lyra retumbaba con la certeza de que nada bueno podía durar. Un ciclo orbital después, Hesperia fue anunciada para cierre emergente. Una fisura gravitacional la condenaba a la desalojar toda vida, humana o robótica, en menos de 36 horas. El éxodo comenzó en cadena: sirenas de evacuación, gritos, maletas apiladas. Noah y Lyra se encontraron en la sala de embarque, bajo la luz anémica. Cerca de ellos, la coraza de metal y pasión parecía ceder.

“¿Vendrás conmigo?” preguntó Noah muy bajito, casi tierno.

Lyra sintió la respuesta en su pecho: una blancura helada, la tentación de saltar y, de nuevo, perderse. Miró el sombrero en sus manos. Lo apretó contra su pecho y finalmente negó.

“Tengo que quedarme un poco más”, murmuró, sin mirar a Noah a los ojos. “Este sombrero… no puedo abandonarlo sin saber a quién perteneció o qué historia esconde. Hay cosas que aún necesito entender de mí misma. Lo siento”.

Noah paseó los dedos por la solapa de su abrigo, luego rodeó la mejilla de Lyra con una ternura casi antinatural, propia de quien jamás fue humano del todo. “A veces —susurró— guardar duelo también es una forma de amar”.

La despedida fue breve, torpe, como suelen serlo las cosas importantes. Noah se perdió entre la multitud, y Lyra lo vio embarcar en una de las últimas lanzaderas antes del colapso. El hambre de compañía, el pulso de ese amor al borde de un abismo, la dejó de pie al borde de la plataforma hasta que el último de los condenados se hubo ido.

Semanas después, cuando por fin la estación quedó vacía —convertida en un cascarón a la deriva, iluminada solo por la radiación de las estrellas lejanas— Lyra encontró el último regalo de Noah. Una pequeña nota, enrollada y escondida bajo el forro del sombrero. La caligrafía era torpe, como impresa por un androide cuyo algoritmo apenas entendía la calidez de un adiós:

“Querida Lyra, aunque nunca supe usar sombreros, he decidido llevarte conmigo en el recuerdo. Donde sea que vayas, cualquiera que sea el vacío que enfrentes, acuérdate que no eres solo los pedazos rotos de tu pasado. Eres también lo que dejas en otros. Con cariño, Noah”.

El mensaje se borró a los pocos segundos, como ocurre con todo lo que importa demasiado. Pero Lyra lo guardó en el único lugar a prueba de radiación y olvido: su memoria. El sombrero, pesado y viejo, siguió con ella mientras la estación derivaba hacia rutas nuevas. Algún día, pensó, tal vez podría volver a confiar, a amar, a permitirse soñar con un futuro en el que no hiciera falta esconder las cicatrices bajo el ala de un sombrero negro.

Hasta entonces, Lyra tomó el sombrero y, por primera vez desde mucho tiempo, se permitió llorar. Dejó que las lágrimas resbalaran en silencio, como estrellas extinguidas en gravedad cero, comprendiendo al fin que la tristeza era solo el eco de lo amado. Y que, quizás, debajo de cada sombrero, hay más de lo que nadie nunca podrá ver.

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