Portada del relato El último umbral
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Fragmento:


Sera sostuvo su mirada. Era cierto. La niebla del acantilado no solo era un fenómeno atmosférico; albergaba anomalías temporales, microflujos de tiempo alterado que, aunque apenas perceptibles, podían influir en la memoria y el presente. Y algo en Rayn, o en la forma en que él miraba, activaba en ella los viejos deseos y temores. Los científicos, después de todo, no estaban exentos de buscar respuestas fuera de las ecuaciones.

Duración: 09:02

El último umbral
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Texto de ajuste de pausa.

***

Había en Tarsil, última colonia habitable en el planeta Kuros, una extraña niebla azul que en las tardes caía directamente sobre los acantilados que rodeaban Enclave Rhiannon, la ciudad vertical donde Sera Cardell vivía desde hacía cinco años. La niebla fluía desde el abismo como un ser vivo, trepando por las paredes de roca negra y envolviéndolo todo en una humedad fría, que a veces llevaba consigo ecos de risas infantiles o algo aún menos explicable: los recuerdos de quienes habían mirado demasiado tiempo hacia abajo.

A Sera nada de esto le resultaba misterioso. Era una científica: jefa de biorrestauración en los laboratorios Piercy, los responsables del reverdecer artificial de la zona, y había estado presente en más experimentos fallidos e incidencias extrañas de niebla que la mayoría de la población de Tarsil. Sabía cómo medir la radiación residual en las capas de lodo, cómo filtrar el oxígeno contaminado y cómo ignorar las leyendas locales. Hasta que llegó Rayn Wyermark, y hasta la física de las nubes pareció cambiar.

Rayn no era del tipo que podía pasar desapercibido mucho tiempo. Tenía la piel olivácea y unos ojos demasiado pálidos, casi alienígenas; cuando hablaba, su voz parecía acariciar y arañar a la vez. Era el nuevo director de Observación Atmosférica, supuestamente un puesto burocrático, pero desde que puso un pie en el laboratorio, nada sucedió igual.

Esa tarde, mientras se acercaba la niebla y los sensores del acantilado chisporroteaban con ligeros picos de electricidad, Sera lo encontró inclinado sobre el enorme ventanal de la sala de control, observando el fondo del abismo donde la niebla giraba como una galaxia azul en miniatura.

—¿Esperas ver algo moverse ahí abajo? —preguntó, usando su tono más profesional.

Él se giró, sonriendo de esa manera que parecía burlarse hasta de la propia ironía.

—Dicen que si miras el tiempo suficiente, puedes ver el futuro. —Rayn tocó el cristal con la palma—. ¿Qué crees tú que hay ahí abajo, Sera?

—Capa de estratificación, gases pesados, sedimentos brillando por actividad iónica residual. Nada más.

—Y, sin embargo, cada año te asomas. No eres supersticiosa, pero tienes curiosidad.

Sera sostuvo su mirada. Era cierto. La niebla del acantilado no solo era un fenómeno atmosférico; albergaba anomalías temporales, microflujos de tiempo alterado que, aunque apenas perceptibles, podían influir en la memoria y el presente. Y algo en Rayn, o en la forma en que él miraba, activaba en ella los viejos deseos y temores. Los científicos, después de todo, no estaban exentos de buscar respuestas fuera de las ecuaciones.

El día transcurrió con normalidad aparente. Rayn revisó las matrices de sensores, Sera ordenó las muestras de lodo ionizado, ambos fingieron no observarse demasiado a menudo. Pero cuando la niebla cayó finalmente, precipitándose como un manto líquido sobre Enclave Rhiannon, el edificio tembló con un sobresalto apenas perceptible.

A nadie le pareció extraño, pero Rayn desapareció un momento después de la sacudida. Sera, con el ceño fruncido, fue tras él, bajando por el pasadizo secundario que llevaba a las terrazas exteriores cerca del cortante.

La atmósfera aquí era diferente: el viento olía a ozono y algo más dulce y espeso; bajo ella, el abismo azul zumbaba como un enjambre de recuerdos. Rayn estaba en el extremo del terraplén, justo donde algunas piedras se desmoronaban ya hacia la caída infinita. La bruma le lamía los tobillos.

—¿Es esto parte del protocolo de observación? —preguntó Sera, arrepintiéndose al instante de la ironía cuando él se giró y vio la gravedad en su cara.

—Nada en el protocolo te prepara para el vértigo, ¿verdad?

No contestó. Se acercó, sintiendo el tirón en el estómago, la irrealidad de estar tan cerca del borde y de él al mismo tiempo.

Rayn señaló las ondas azuladas que reptaban hacia ellos.

—La niebla ha aumentado sus fluctuaciones temporales. Las grabaciones anómalas de las últimas noches… no eran fallos de los equipos, Sera. Hay algo que se repite.

—¿Repite qué?

Él le alargó una pequeña tableta con el último registro visual. Sera lo miró, y su propio rostro, pálido y ansioso, apareció entre las oscilaciones fantasmales del acantilado, junto junto a Rayn. Caminaban juntos, se cogían de la mano, y luego sus cuerpos se disolvían en una llamarada azul.

Sintió escalofríos.

—Esto puede ser una resonancia —dijo, intentando que su voz sonara firme—. Reflexión de imágenes. Como los ecos en una cueva.

—¿Y si no lo es? —La voz de Rayn era baja, sugerente, como prolongada en otra frecuencia—. ¿Y si la niebla es una membrana? ¿Y si lo que vemos es una posibilidad de nuestro futuro?

El concepto era tentador. Sera, científica hasta la médula, sintió en ese momento la antigua fascinación de salto al vacío: la posibilidad de que lo imposible pudiera tocarse, de que la ciencia fuera también, a veces, un acto de fe.

—¿Quieres… comprobarlo? —preguntó, y la pregunta era tan científica como íntima.

Rayn se giró hacia ella, y la niebla parecía iluminarle por dentro.

—Pensé que nunca lo propondrías.

Había escuchado, como todos en Tarsil, historias de amor y pérdida asociadas al acantilado: parejas que bajaban, enloquecían o se encontraban en versiones de sí mismos invertidas, viejos que decían haber visto a sus nietos aún no nacidos entre las perlas de la bruma. Pero hasta ahora jamás se había planteado intentar provocar el fenómeno.

El experimento fue sencillo. Al día siguiente, programaron un recorrido nocturno por la franja del acantilado, portando los sensores portátiles de salto temporal. Caminaban uno junto al otro, a metros del abismo, trazando una coreografía casi ritual bajo la cúpula violeta del cielo extranjero.

Pero era Rayn quien deshacía la distancia entre ellos: un roce de sus dedos al ajustar las bandas electromagnéticas, la complicidad en los silencios súbitos, los ojos que brillaban de deseo y miedo en la penumbra. Para Sera, la frontera entre ciencia y pasión se diluía en cada latido.

Cuando la niebla alcanzó su punto máximo, la realidad se aflojó como un botón mal abrochado. Los colores, el olor a jazmín y metal, la sensación de que múltiples versiones de sí mismos se deslizaban cerca, a escasos centímetros, pero en líneas temporales que solo la niebla podía revelar.

Sera sintió la presencia de su doble, caminando junto a Rayn, más segura, feliz, entrelazando sus manos. Una chispa de celos y anhelo le destelló en el corazón.

—¿Ves? —susurró Rayn.

—Me veo —respondió ella—. Vemos lo que podríamos ser.

Rayn se volvió hacia ella, tan cerca que el calor de su piel espantó el frío del abismo.

—Tal vez deberíamos dejar de mirar y… saltar —dijo, y aunque era metafórico, también sonaba muy literal.

Y Sera, por primera vez, olvidó resistirse. Lo besó.

La niebla los envolvió entonces con un zumbido tan intenso que por un momento no reconoció ni la forma de su propio cuerpo. Para Sera, todo era Rayn: sabor a electricidad, olas de calor bajo la piel, un deseo antiguo como los planetas. Todo el miedo, la lógica, la historia se reducía a esa caricia desbordada.

Lo que sucedió después fue tan real como imposible: una imagen idéntica a ella misma y a Rayn —pero con cicatrices distintas, sonrisas nuevas— los observaba desde la otra orilla. Sera sintió que una parte de sí misma se desplazaba en el tiempo: el acantilado era un pliegue, y ya no sabía si caminaba hacia adelante o hacia atrás.

Al volver de la niebla, jadeando, Sera y Rayn estaban tendidos sobre la roca helada, sus ropas húmedas y el corazón acelerado hasta rozar el colapso.

—¿Crees… que somos los mismos que salimos hace un rato? —preguntó él, tocándole la mejilla como si dudara de su materialidad.

—No lo sé, Rayn. Pero no quiero mirar atrás.

En los días siguientes, la ciudad susurró, como siempre, historias de amor y fatalidad en el acantilado. Sera y Rayn siguieron viéndose: a la luz agrietada del laboratorio, en las madrugadas desveladas por la posibilidad de haber cruzado algún umbral sin retorno.

Había noches en que la niebla brillaba especialmente fuerte, dibujando siluetas entrelazadas al borde, repitiendo el gesto de aquel beso primero, de la caricia que había alterado el flujo de sus historias. La ciencia les diría que todo era reflexión, error de aparatos o sugestión electromagnética. Pero Sera dormía ahora, cada noche, con la sensación de que su cuerpo viajaba entre múltiples realidades, de que el amor —tan físico, tan urgente, tan improbable— era el verdadero experimento, del que nadie podía volver igual.

Y aunque el Enclave Rhiannon envejecía bajo las tormentas violetas del planeta Kuros, y los abismos seguían tragando la niebla azul, Sera y Rayn, juntos, se asomaban cada tarde a la frontera donde solo el deseo y la memoria pueden sostenernos.

Donde el precipicio no es solo una caída, sino el salto hacia la única verdad que importa: en algún pliegue imposible del tiempo y del espacio, somos, al fin, uno.

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