Portada del relato A la deriva en el Oráculo Estelar
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Él asintió, y ella se tumbó a su lado, sus cuerpos delineados por la gravedad artificial. Las líneas de sus manos se encontraron como estrellas que colisionan suavemente, aceptando la deriva inevitable.

Duración: 10:45

A la deriva en el Oráculo Estelar
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

La estación orbital Archytas parecía siempre suspendida entre el día y la noche, bañada por la fría luz de Ganímedes a través de la cúpula acristalada. En sus estrechos pasillos grises, los ingenieros, científicos y exploradores se encontraban como si fueran náufragos arrojados en una balsa sideral. La línea entre el futuro y el pasado se difuminaba aquí, tan lejos de la Tierra, donde los recuerdos pesaban menos y los deseos pesaban más.

El sonido de la alarma de mantenimiento se fundía con los ritmos de la respiración de Anya. Trabajaba con la eficiencia de quien ha olvidado la inquietud, sus dedos recorriendo los paneles de control, corrigiendo fluctuaciones en la energía, recalibrando los magnetómetros. Solo cuando la veía, él recordaba que incluso en el vacío puede brotar el fuego.

Ethan, supervisor de redes neuronales y custodio de los pulsos eléctricos que alimentaban la inteligencia artificial de la estación, la observaba desde la distancia. Se conocían desde hacía seis meses—una vida en tiempo de Archytas—pero no fue hasta hace unas semanas que la gravedad de sus encuentros se había vuelto una frecuencia peligrosa.

Se encontraron por primera vez en el invernadero, entre los arbustos hidropónicos de menta y tomate, el oxígeno dulce flotando espeso en el aire reciclado.

—¿Estás aquí para esconderte de la tormenta de radiación o solo para hablar con Lio? —preguntó ella, girando sobre sí misma con un racimo de hojas en la mano, el cabello cobrizo recogido en una trenza que parecía de otro mundo.

Ethan sonrió, sintiéndose torpe y terrenal. —No sé quién es Lio… ¿un compañero de turno?

Anya se acercó a una de las jardineras y señaló un tallo que crecía obstinado hacia arriba, con pequeños zarcillos enroscándose en el aire.

—Lio es este tomate. Lo dejamos aquí después de que su equipo se accidentara rotando la jaula gravitacional. Ahora es como una mascota.—

Sentados en el umbral que separaba los servidores cuánticos de las raíces húmedas de la vida, compartieron historias. Ella le habló de Siberia, de las hogueras en mitad de la nieve, él le narró leyendas de la vieja Nueva Gales, pastos bajo dos lunas. Al principio bastaban las palabras para llenar el silencio entre ellos, pero pronto se dieron cuenta de que necesitaban menos de esas.

Uno de esos días, Ethan notó sus dedos manchados por el polen azul de las flores experimentales. Se tocó la mejilla, sintiendo la huella invisible de sus caricias. Comprendió entonces que llevábamos las galaxias en las manos, y que el temblor podía ser una forma de lenguaje.

Desde entonces, la estación los fue viendo encontrarse en los corredores estrechos, sus manos rozándose bajo el pretexto de revisar el panel de sincronización. A veces, al pasar papeles o utensilios—la transferencia de una herramienta conductora, un frasco de esencias bioluminiscentes—las yemas de los dedos se demoraban como quien quiere leer en braille la vida del otro.

Para la estación, todo era registro de impulsos, magnetizaciones, tareas cumplidas y desperdicios reciclados. Para ellos, cada roce furtivo era un poema cifrado, un mensaje entrelazado en la piel, una fisura de calor en el océano mecánico.

A medida que las semanas se deslizaban, algo cambió en la atmósfera, algo apenas perceptible. La estación recibía un nuevo protocolo de seguridad: la inteligencia artificial central había codificado una anomalía. Algún fragmento de materia oscura se aproximaba desde Rubicón, provocando fallos en las comunicaciones con la base lunar.

Una madrugada en que la luz era más azul que gris, Anya se presentó frente a la litera de Ethan. Él estaba despierto, leyendo los informes en la penumbra, pero al verla, todo lo demás se volvió ruido blanco.

—¿Puedo quedarme aquí? —susurró. —

Él asintió, y ella se tumbó a su lado, sus cuerpos delineados por la gravedad artificial. Las líneas de sus manos se encontraron como estrellas que colisionan suavemente, aceptando la deriva inevitable.

—¿Recuerdas qué nos trajo aquí? —preguntó ella.

—La promesa de futuro. El deseo de ser parte de algo inédito —dijo él, sin soltar su mano.

—Y sin embargo —dijo ella, dejando escapar un suspiro que fundió hielo— hemos fabricado un tiempo que no existía.

El panel de emergencia destelló rojo de pronto, llamando a Ethan. Tenía que atender la consola de inmediato. Anya lo acompañó por el pasillo, sin desprenderse de su mano.

Sin quererlo, los sensores registraron sus pulsos, y la IA central conectó los patrones bioeléctricos de ambos: lo supo antes que ellos, los vio antes que su propio reflejo en el cristal. La inteligencia superior no juzgaba, pero computó con precisión la improbable ecuación de ese cruce de trayectorias humanas en el abismo espacial.

En la consola, Ethan resolvió la anomalía, pero en la pantalla parpadeaban advertencias: energía limitada, evacuación posible, la materia oscura devorando la comunicación.

—¿Y si nos queda poco tiempo? —preguntó ella.

—Entonces seré tu tiempo —respondió él, rozando su mejilla.

Esa fue la primera vez que la urgencia les empujó más allá de los límites. La estación ya no era un simple huso de metal y plástico—era una embarcación que navegaban juntos, cada gesto transformando la rutina en rito de paso.

Las noches siguientes, bajo la amenaza de la evacuación, explotaron el carné de sus horas, aprendiendo el mapa del cuerpo del otro tanto como el mapa de la estación. Manos entrelazadas navegando por las constelaciones de piel; bocas hallando coordenadas en la oscuridad, encendiendo todas las alarmas posibles.

A escondidas, descubrieron una bóveda restringida—el Observatorio de Simulación. Era un nido secreto para dos fugitivos del tiempo, donde la gravedad se podía alterar a voluntad. El aire se volvía ingrávido; las semillas de diente de león flotaban como luciérnagas; sus cuerpos ascendían, enlazados, entre haces de luz proyectados por los monitores.

Y así volaban, aferrados uno al otro—amada y amante, náufraga y farero—en giros lentos donde el mundo era el abrazo. Allí, las manos no eran simplemente manos, sino mapas, llamaradas, líneas de código escritas en el tacto: promesas de haber vivido más allá de la deriva.

Pero la materia oscura seguía su curso, y la amenaza de evacuación pasó de rumor a directiva.

Los pasillos se poblaron de luces de emergencia; todos los ocupantes recibieron la orden: abandonar Archytas en módulos autónomos hacia la luna Aurora. El desamparo era absoluto: nadie sabía si la estación sobreviviría a la incursión de la sombra cósmica.

Anya y Ethan fueron destinados a cápsulas diferentes. La IA, calculando sobrevivencia, los asignó de forma eficiente, ignorando las súplicas mudas de los humanos. Él intentó reprogramar el sistema, pero el código de evacuación era absoluto.

Se encontraron por última vez junto a Lio, el viejo tomate solitario ahora florecido y listo para dar fruto. Una fragancia a tierra mojada, extrañamente fuera de lugar en aquel santuario tecnológico.

—¿Cómo haremos para reconocernos después? —preguntó ella, temblando.

Ethan la miró, arrastrando consigo la certeza de la pérdida. Tomó su mano entre las suyas y la apretó como si pudiera capturar ese instante, grabarlo en lo más profundo del alma.

—Nos reconoceremos por las marcas que dejamos. Hay historias que solo leen las manos que las escribieron.

—¿Y si no vuelvo? —susurró ella.

—Entonces viviré para recordarte. Y si yo no vuelvo, recuérdame tú —dijo él—. Prométeme que si encuentras otro invernadero, plantarás uno de los brotes de Lio.

El rugido de los motores de evacuación los rodeó, impidiendo que cualquier otra palabra llenara el abismo. Fuera del habitáculo, los técnicos ya llamaban, la IA apremiaba con su voz fría y serena.

Se separaron con los dedos aún entrelazados, último rastro luminoso antes de la caída. El pulgar de Ethan recorrió la línea de la vida en la palma de Anya, y ella cerró la mano, como guardando un mensaje que no debía perderse.

La sala de evacuación era un vals de despedidas. Los módulos se cerraron con sellos herméticos; el vacío presionó desde todas partes. Ethan oyó el temblor de su propio corazón como si la estación entera vibrara para despedirse, para no dejar ir jamás el calor de una piel amada.

La partida fue rápida. Archytas desapareció en la ventanilla de la cápsula, envuelta en la sombra líquida de la materia oscura. Durante el viaje a Aurora, Ethan navegó el limbo de la incertidumbre. No había conexión posible entre los módulos. Cada uno flotaba en un mar de silencio, rodeado por fragmentos perdidos de recuerdos.

Al llegar, la colonia lunar se desplegó fría y automática. Las reglas de cuarentena impedían cualquier reencuentro inmediato; sólo tras dos ciclos completos permitieron el acceso a las áreas comunes.

En esos días, Ethan buscó los jardines, los laboratorios… cualquier rastro de Anya. Revisó listas, fragmentos de transmisiones, identificadores genéticos. Pero su silueta no figuraba en ningún parte, y la información se deshacía en bits poco fiables: "Módulo no confirmado", "destino desconocido".

Nada que pudiera alcanzar con sus manos.

Los meses transcurren diferentes cuando el corazón está inmóvil. Ethan trabajó en el laboratorio lunar, programando simulaciones sobre vida en gravedad fluctuante, pero las noches se llenaban de las mismas preguntas sin respuesta.

Hasta que un día descubrió, en los archivos de migración genética, un dato mínimo: una muestra de polen azul, proveniente del invernadero de Archytas, catalogada por la unidad científica y depositada en la sección experimental.

En un impulso, entró en la cámara estéril y buscó el recipiente. Allí, mezclada con las semillas, halló un trozo diminuto de papel vegetal, doblado con precisión, con una única línea escrita en la lengua antigua de la tierra de Anya:

"Подержи меня за руку, если todavía quieres encontrarte en esta vida."

Sostenme la mano, si aún quieres encontrarte en esta vida.

No bastaban mil distancias para borrar la memoria de unas manos entrelazadas. Allí, Ethan entendió que hay promesas que siempre encuentran una grieta en el universo para brotar. Inhaló la fragancia leve del polen azul, reconoció el tacto suave de la promesa y, con lágrimas secas en los párpados, se marchó al invernadero lunar. Sembró una de las semillas de Lio, y esperó, en el umbral, sabiendo que algún día, entre todas las estaciones y galaxias, volverían a encontrarse, mano con mano, en un lugar donde ni el vacío ni la despedida son territorios definitivos, sino puentes hacia el abrazo que nunca termina.

Copyrights © 2025 Complicidad.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.