Las luces de la estación Kepler-14 eran demasiado frías para llamarse hogar. Cada mañana, Isla se despertaba al zumbido sin alma del generador central iluminando su cubículo diminuto. Había habido otros lugares, otras habitaciones, hace tanto tiempo en la Tierra, antes de la evacuación y el eco doloroso del “Ahora o nunca” que la había lanzado, junto a un puñado de extraños, a esta caja flotante entre estaciones heladas.
El exilio, pensaba Isla mientras se enfundaba el traje de polímero ajustado, no sólo era una distancia física. Había algo en su pecho, una mezcla espesa de nostalgia y rabia, que era más cárcel que cualquier compuerta de presión.
El ciclo diurno en Kepler-14 estaba programado para simular los días terrestres, pero nadie se engañaba realmente. Nada olía, sonaba o sentía a Tierra. Ni el aséptico aroma a ozono del purificador ni la perpetua neblina azulada de las ventanas inteligentes. En algún lugar de la estación, Isla oía los acordes de una guitarra eléctrica flotando por los tubos de aire reciclado; alguien echaba de menos la música. A ella, en cambio, sólo la consolaba el silencio y ese dolor punzante al recordar el olor acerado de la lluvia y el revoloteo de hojas secas bajo sus zapatos.
Su jornada de nueve horas en Botánica comenzó con el repaso de las viñas-luz. Era una broma entre el equipo: ¿Podríamos sobrevivir a base de uvas que solo conocen de estrellas muertas? Isla rozó los tallos, notando la falta de respuesta vital. Todo aquí era así: lo bastante vivo para mantenerlos, nunca lo suficiente para dar placer.
Fue entonces, entre las líneas de sensor, cuando el comunicador de su muñeca vibró con el código privado que sólo compartía con Soren. Mimó la respuesta con los dedos: “20 minutos, Oculta 3.” Nada más. Ni siquiera urgía explicaciones. No él.
El laboratorio auxiliar 3 se hallaba tras compartimentos sellados y pasadizos de mantenimiento, evitados por el resto por su constante olor a ácido y la evidencia de experimentos fallidos. Isla se deslizó dentro y lo encontró aferrado a un panel, la luz de la consola bañando su rostro anguloso. Soren siempre había parecido un animal a punto de saltar: piel pálida bajo la luz fría, ojos grises que no reflejaban nada.
Isla cruzó los brazos, esperando. Soren era meticuloso, la clase de hombre que pesaba cada palabra. “Voy a hacerlo,” murmuró finalmente.
“¿Qué exactamente?” Isla palpó el borde de su propia paciencia.
Él no alzó la vista. “He descifrado la salida.” Desplegó un plano holográfico de la estación, rutas y puntos ciegos parpadeando en rojo. “Mañana, durante la revisión de propulsores exteriores. Si quiero, puedo forzar la esclusa y—salir.”
El término tenía un significado ambiguo en su contexto. No era libertad, no era regreso. Solo “salir”, hacia la órbita, a la nada. Isla tragó saliva. “No tienes a dónde ir.”
Soren la miró entonces. Un destello acerado, un retazo de emoción desgarrada. Esa fue su confesión. “Aquí estoy muerto. Allí fuera, al menos, elijo mi muerte.”
Isla sintió la presión en las costillas, un pulso adictivo de miedo y deseo. Lo entendía. El exilio era más letal que el vacío del espacio. Pero cuando la muerte era lo único que podías llamar tuya, tentaba de maneras perversas.
Ella no preguntó si Soren la invitaba. No hacía falta. Durante semanas, se habían orbitado, intercambiando restos de historias y miradas famélicas. Había aprendido las marcas de su dolor: una cicatriz vieja que la manga derecha apenas cubría, decadencia en las manos hábiles, el retorcido sentido del humor que sólo florecía cuando estaban a solas.
Soren cerró la consola. El laboratorio quedó en penumbra, azulados por el resplandor residual de las pantallas. “¿Vendrías?”
El aire entre ellos vibró de peligro y ternura. Isla respondió sin pensar. “No me quedaré aquí para pudrirme.”
Sus manos se buscaron. No un gesto romántico en la forma tradicional, sino dos náufragos aferrándose a un tablón.
La noche antes del intento, no durmieron. Isla repasó los códigos y rutas en la memoria, Soren ajustó los trajes y reconfiguró los nanosellados portátiles. Cuando todo estuvo listo, en ese lapso entre el turno mayor y la inspección de centinelas, se reunieron en el umbral de la compuerta técnica.
Soren dictó la secuencia de apertura. Isla lo observó: la silueta tensa, los labios apretados, el temblor apenas oculto en los dedos. No era sólo miedo. Había otra cosa. “¿Qué te trajo aquí?” preguntó por fin, la voz tamizada de disimulo.
Él no contestó enseguida. Parecía reunir los fragmentos de su pasado, como si temiera contaminarlos con la realidad. “Sabotaje,” dijo al fin. “O eso dijeron. Nunca hubo pruebas. Solo la necesidad… de un culpable. Y yo… tengo demasiada práctica perdiéndolo todo.”
Ella asintió. No había sitio para consolarse mutuamente con palabras. Pero Isla recordó, con una llamarada de cólera y deseo, todos sus propios exilios: el padre que nunca volvió de la huelga mineraria, la ciudad despoblada, el amor adolescente convertido en polvo bajo las botas de las tropas al mando. Eran recuerdos como veneno y, aún así, formaban el telón de fondo de su vida.
Ambos se sellaron los cascos. Al pasar a la exclusa de mantenimiento, Isla sintió el aire espeso, la proximidad de un abandono definitivo. El cosquilleo en la base de la columna era pura adrenalina.
“Nadie va a venir a buscarnos,” dijo Soren, y no era pregunta.
“Nadie,” murmuró ella.
El último umbral se abrió. Soren avanzó primero y, en la gravedad artificial levemente disminuida, flotó como un ángel de alas rotas por la senda exterior. Isla lo siguió. Bajo sus pies, el universo era un vacío absoluto, salpicado de estrellas antiguas, cada una tan distante como cualquier idea de futuro. El exilio, entendió Isla, era no sólo el destierro del cuerpo, sino la mutilación de cualquier promesa.
Ya en la sección de los propulsores, Soren manipuló un panel secundario y forzó el acceso exterior de emergencia. Saltaron entre acoples, sus movimientos planificados hasta el éxtasis. Al último salto, Isla percibió su voz en el comunicador: “…allí, la nave de relevo nunca llegó. Pero hay cápsulas de las viejas misiones. Si logramos el enlace…”
Había un plan, sí, pero lo esencial era la compañía. Isla podía haberlo intentado sola y tal vez habría sobrevivido unas horas más, menos. Pero con él, era el temblor de la incertidumbre, del posible final y del posible ultraje a su propia condena lo que la excitaba más. Era la vida, en su forma más descarnada.
Encontraron la pequeña cabina de rescate, oxidada y oscura, casi una reliquia de la primera oleada de colonos. Soren reventó el acceso auxiliar. Rayo cortante, chisporroteos, el crepitar familiar de una brecha ilegal. Isla, febril, revisó los controles manuales. Nada funcionaba bien, pero también estaba viva. Viva, por primera vez en meses.
Cuando la escotilla finalmente se cerró tras ellos, Isla cayó de rodillas, agotada. Soren se desplomó a su lado, riendo con una especie de demencia. La cabina era tan estrecha que podían sentir el calor mutuo a través de las capas del traje.
El silencio posterior era abrumador. No existía el tiempo, sólo latidos compartidos, respiraciones aceleradas.
Soren le retiró el casco con manos temblorosas. Isla también se descubrió. Los cabellos sudados, la piel macilenta, casi fantasmal bajo la luz de emergencia. Pero sus ojos se encontraron y algo ardió entre ellos, impúdico, poderoso.
No necesitaban palabras ni justificaciones. El beso brotó como chispa: ansioso, desafiante, crudo. Isla mordió el labio de Soren con una necesidad primitiva. Él la apretó contra sí, sus cuerpos buscando la presión, el anclaje, la confirmación de que existían y que, en ese margen entre el exilio y la nada, podían todavía arder.
No hubo ternura ni promesas; entrelazados en la cabina, despojados del peso del exilio, hicieron el amor como dos sobrevivientes: con hambre, con rabia, con la fiebre de quienes saben que cualquier instante puede ser el último. Las manos de Soren recorrieron la columna de Isla como si pudiera memorizarla a través del tacto, y los dedos de ella se aferraron a su cintura como asideros contra la aniquilación.
Cuando acabaron, seguían temblando. Isla se curvó sobre el pecho de Soren, los latidos de él retumbando en su oído como un eco de la Tierra perdida. “No sé cuánto tiempo nos queda,” murmuró.
“No importa,” respondió él, las palabras oprimidas por la intensidad del momento. La cabina, el espacio, el exilio: todo era frontera y ninguna poseía poder sobre lo que acababan de crear.
Aferrados bajo la mirada muerta de una consola intermitente, Isla y Soren aguardaron el amanecer de cualquier planeta, sin certezas y, por primera vez, sin miedo. Porque incluso el exilio puede ser menos cruel cuando dos corazones se niegan a morir solos.
Aferrados en su cápsula, flotando entre las estrellas, no eran prisioneros de ninguna estación ni de ningún pasado. Eran sólo dos desterrados, conquistando juntos un último espacio de intimidad en medio de la inmensidad.
Y así, en la cáscara abandonada, Isla finalmente supo que un trozo de hogar podía arder aún en la más inalcanzable de las lejanías.
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