Portada del relato Cielos entre nosotros
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Fragmento:


—¿Has venido a compartir la ilusión? —preguntó ella. Su voz estaba modulada, como si un filtro de nostalgia la envolviera—. O prefieres mirar desde fuera.

Duración: 07:32

Cielos entre nosotros
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Texto de ajuste de pausa.

La primera vez que la vio, Lira estaba encaramada a la raíz flotante de un ailanthus virtual, sus pies descalzos colgando sobre una masa de tierra que levitaba con despreocupación artificial en el centro del salón comunal de la nave. Parecía absorta, los grandes auriculares atrapando su aurícula pequeña, los ojos perdidos en un punto del espacio donde se proyectaba el holograma de una lluvia de luciérnagas cristalinas. Alrededor, rostros virtuales cruzaban la superficie como peces dorados, demasiado bellos para sentirse reales; y sin embargo, la única irrealidad que interesó a Myrr estaba incrustada en aquella figura que, sólo por una ecuación improbable de los destinos, era tan humana como él.

Las rutinas sociales en una nave generacional varían según la generación; en la de Myrr, nacida entre rotaciones suaves y promesas de aterrizaje lejanas, la ilusión era moneda corriente. Uno podía seguir una rutina programada para los sentidos y vivir décadas sin ver el mismo atardecer dos veces. Sin embargo, aquella mujer—Lira, como supo más tarde—parecía elegir lo intangible como quien selecciona una flor real en un campo digital.

Se acercó sin sobresaltos. Aprendió a no sorprender a nadie en el ambiente de flotación controlada. Los zuecos blandos de sus pies no resonaron; la gravedad parcial apenas marcó su andar. Su saludo fue suave, un "Hola", lanzado como una nave de papel al viento. Lira se quitó uno de los auriculares y lo miró, midiendo su realidad.

—¿Has venido a compartir la ilusión? —preguntó ella. Su voz estaba modulada, como si un filtro de nostalgia la envolviera—. O prefieres mirar desde fuera.

Myrr sonrió, cauto. Lo ilusorio era tan frecuente que sus coetáneos a menudo lo consideraban vulgar. Pero él había soñado, esa noche, con un planeta azul que nunca había pisado. Y se encontró diciendo, —Prefiero las fronteras difusas entre el adentro y el afuera. ¿Puedo sentarme?

Ella asintió. Se deslizó a su lado en la raíz flotante. La proyección desapareció durante un latido, como si el sistema hubiera titubeado ante su presencia. Luego, la lluvia de luciérnagas se reinició, chispeando alrededor de sus cabezas, tan cerca que Myrr sintió cosquilleos eléctricos en la mejilla. Lira los tocaba con la mirada de quien ha amado pequeños milagros toda la vida.

—Eres nuevo —dijo ella, sin mirar—. O simplemente has cambiado de ilusión.

—Ambas cosas. Y tú, ¿te dejas encontrar aquí a menudo?

Lira rio, una cascada suave y levemente triste. —Yo busco… Cosas no programadas. Alguien tiene que intentarlo. ¿No te parece?

Así comenzó, en un banco imposible suspendido entre dos campos gravitacionales, con la promesa de lluvias que nunca serían reales pero sí memorables.

Las semanas en la nave pasaban en ciclos que Myrr encontraba cada vez más orientados hacia ella. Compartieron holosueños y conversaciones a mitad de cuarto oscuro, entre espectáculos de tormentas que nunca mojaban la piel y simulaciones de ciudades con olores reproducidos a media perfección. Si la vida era ilusión, ellos la recomponían a su antojo.

A veces, Lira buscaba los límites. Un día, modificó el algoritmo de gravedad en el jardín central, e invitó a Myrr a bailar sobre las fachadas verticales de la biblioteca. Sus cuerpos dieron vueltas lentas, las manos enlazadas, flotando apenas sobre miles de palabras almacenadas. A los observadores, parecían fantasmas recortados contra el azul sintético. Nadie se atrevió a imitarlos.

—Esto es imposible —susurró Myrr, con el pulgar acariciando el dorso de su mano.

—Todo lo es —respondió Lira—. Hasta que se ama.

Cuando las alarmas técnicas sonaron esa tarde—una fuga menor en el generador de energía—la nave entera volvió a la costumbre de salvarse unos a otros. Myrr desapareció al instante, recordando su entrenamiento de campo. Lira, por el contrario, se quedó atrás. Observó las luces titilando, como si cada advertencia fuera una luciérnaga que se resistía a extinguirse.

Tres turnos pasaron sin encontrarse. Myrr soñó con verla entre cada ecuación, cada informe de daños, cada línea del monitoreo de sistemas vitales. La nave, tan viva y tan distante, parecía cómplice. No hay sistema inmune al amor, pensó él.

La encontró finalmente en el compartimento de observación, abrazada a la curvatura transparente que miraba hacia el abismo estelar. Tenía el cabello recogido y la piel moteada por destellos errantes; pero sus ojos eran la constante, dos luminarias que lo hicieron sentir—por primera vez—igual a sí mismo y a nadie en absoluto.

—Me escondí —dijo Lira, los labios formando un pálido arco—. No por la alarma. Quería pensar en el final.

Myrr no preguntó de qué final hablaba. Sabía, como los nacidos entre estrellas, que el viaje tenía siempre una meta, pero el amor raramente viajaba con ella.

—¿Vendrías conmigo, a la zona prohibida? —ella extendió una mano que vibraba con ansiedad—. Allí, las ilusiones no funcionan. Solo hay silencio. Solo lo real.

Acudió como quien atraviesa el espacio sin protección, despojándose de sus rutinas y certezas. La zona prohibida era un corredor oscuro, sin sensores ni hologramas. Allí, hasta la gravedad parecía tambalearse; solo el latido de sus corazones marcaba la distancia con el universo.

Se detuvieron frente a una escotilla sellada por generaciones. Lira alzó la mano, temblorosa, y la apoyó en el frío metal.

—Mis padres… soñaban con la superficie de un planeta. Me lo contaban en historias, cada noche. Decían que el amor era como la lluvia: te encontraba desnudo, desprevenido, y te llenaba de vida. Pero aquí, uno elige las lluvias. El amor también se elige, Myrr.

La miró en la penumbra, sin proyecciones; la piel, por fin, era solo piel. Myrr sintió el vértigo de lo real hundiéndose en él como un meteoro de oxígeno puro.

—Pero el amor también puede encontrarse —repuso, tomándole la mano—. Como las fugas. Como los milagros.

Lira alzó la cabeza, los ojos brillando secos. —Si cruzamos ese umbral, no habrá simulaciones. No habrá susurros de otro tiempo.

—Habrá nosotros —dijo Myrr.

El tiempo, en el corredor silencioso, perdió su contexto. Myrr no supo quién se inclinó primero, solo que sus bocas encontraron el camino sin hologramas, sin guiones, sin variables. Se besaron en el umbral de lo prohibido; el beso supo a vértigo y a origen. Allí, el amor que crece entre mitades y ficciones se transformó en una verdad tan tangible como la piel, tan imposible como la raíz de un ailanthus flotando entre dos gravedades.

***

Semanas después, el comandante de la nave solicitó voluntarios para una actividad nunca antes registrada: la plantación real de semillas en la bodega sellada durante cinco generaciones. Lira fue una de los primeros en inscribirse. Myrr la siguió, sin pedir explicaciones.

Las manos hundidas en tierra verdadera les recordaron lo que era la ilusión… y lo que era crecer. Les acompañó el eco de todos los que alguna vez imaginaron una superficie azul, la promesa de una lluvia genuina, el deseo de sentir—al fin—que el amor es el único sistema capaz de generar mundos a partir de la nada.

La nave continuó su ruta silenciosa, pero dentro, en una bodega donde la tierra olía a promesas recién abiertas, dos corazones le enseñaron al metal a soñar con raíces propias.

Porque si la ilusión es la costumbre del espacio, el amor siempre será una excepción capaz de doblar las leyes y sembrar jardines aún en la gravedad más improbable.

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