Fragmento:
En la sala de baile orbital de la estación Celestia, las paredes transparentes ofrecían vistas vertiginosas a los anillos azules del gigante gaseoso que giraba perezosamente debajo. Las luces flotaban en bandas etéreas, casi líquidas, dejando que la gravedad sintética y la melodía, una sinfonía de instrumentos del siglo XXI entretejida con arpegios ultrasonidos, marcaran los pasos de los cuerpos sudorosos y vestidos de escándalo. La estación era un refugio de excesos, y como cada temporada, la aristocracia científica del cuadrante Beta se reunía allí para festejar una nueva esperanza, o sepultar un fracaso en vasos de licor ancestral.
Duración: 09:52
En la sala de baile orbital de la estación Celestia, las paredes transparentes ofrecían vistas vertiginosas a los anillos azules del gigante gaseoso que giraba perezosamente debajo. Las luces flotaban en bandas etéreas, casi líquidas, dejando que la gravedad sintética y la melodía, una sinfonía de instrumentos del siglo XXI entretejida con arpegios ultrasonidos, marcaran los pasos de los cuerpos sudorosos y vestidos de escándalo. La estación era un refugio de excesos, y como cada temporada, la aristocracia científica del cuadrante Beta se reunía allí para festejar una nueva esperanza, o sepultar un fracaso en vasos de licor ancestral.
Teo estaba junto al ventanal, con un vaso de Absinthe 7 y la mirada firme sobre el centro de la pista. Podía fingir que los giros y saltos de los demás no lo alcanzaban, pero la vibración de los altavoces –integrados incluso en el suelo y el aire– le estremecía la médula. No bailaba, no lo haría. Había prometido no dejarse arrastrar más por Selene, la ingeniera jefe del laboratorio principal, dueña de la mente más brillante de Celestia y de un magnetismo peligroso. Pero ahí estaba ella, en el mismo centro, vestida con un impalpable traje de neón que pulsaba con la música. Pequeños bytes de nanoplasma flotaban en torno a sus muñecas, tejiendo letras en código binario que sólo Teo comprendía: Ven.
No sabía cómo había terminado otra vez allí. Su corazón, alguna vez regulado por disciplina y circuitos medidos, ahora latía únicamente de acuerdo a la lógica de Selene.
- ¿No piensas bailar, núcleo de carbono? –dijo ella al acercarse, enviando ondas moradas de perfume sintético y azahar.
Teo tomó un trago largo y se obligó a mirar el vaso, pero la visión periférica le traicionó. Selene. Su sonrisa era como un eclipse solar: tan hermosa que dolía, tan peligrosa que cegaba.
- No bailo más. ¿Recuerdas la última vez?
La amargura se le pegó a la lengua. Baile y Selene siempre significaban caos; química transformada en guerra biológica, física convertida en deseo irrefrenable. La última vez habían terminado sobre la consola principal, interrumpiendo transmisiones, sus cuerpos entrelazados mientras la estación saltaba al espacio subcuántico de forma prematura.
Ella, sin embargo, sólo sonrió, con esa expresión vencedora de quien nunca cede terreno.
- Aquello fue memorable –susurró, cerca de su oreja, mientras sus dedos danzaban por la superficie de vidrio y nanopolímero del vaso, robándole una gota de lágrimas verdes al licor-. Esta noche promete más.
Teo sabía que debía irse. Que debía regresar a su estrecho cubículo, dormirse mirando viejos hologramas de la Tierra y fingir que Selene era sólo una historia de juventud, no la supernova que devoraba sus órbitas.
Pero los sentidos no obedecen, ni siquiera cuando entra en juego la lógica.
La sala cambió el ritmo. Ahora una pieza lenta, envolvente, creada para que las parejas se fundieran como galaxias. Selene tomó la mano de Teo, guiándole hasta el epicentro de las luces y los cuerpos. Él dejó el vaso atrás, junto a los restos de su determinación.
No tenía defensa contra ella.
El contacto de su piel era frío, casi mecánico, como si tan sólo estuviera simulando el calor humano. Esa era la otra parte de Selene. Biotecnología de última generación reemplazaba partes de su columna y sus manos, desde aquel accidente en la misión a Procyon. La perfección artificial contrastaba con su fragilidad real, y Teo caía, una y otra vez, en la trampa de querer salvarla y, quizás, ser consumido en el intento.
Bailaron. Cuerpos demasiado cerca, las fronteras distorsionadas por la música y la gravedad variable. Sus movimientos no buscaban la armonía, sino la colisión inevitable, como dos asteroides abandonados. Alrededor, las parejas les miraban, algunos con envidia, otros con recelo. Nadie chocaba como ellos; nadie sabía desearse y destruirse con tanta elegancia.
- Vamos a lanzar la sonda en una semana –susurró Selene, siguiendo el compás del bajo, pegando el pecho a su pecho-. Podrías venir conmigo.
- No me necesitas, Selene. Nadie me necesita en realidad –replicó Teo, apretando los dientes.
- Eres mejor ingeniero de hibernación de todo el sector. Y mis algoritmos no duermen bien sin ti.
Le dolió. Porque no era amor lo que lo mantenía junto a ella; era un encantamiento, la certidumbre de que alguna parte esencial de sí mismo había quedado grabada en el circuito de Selene, y no podría recuperarla jamás. Ella era capaz de esculpir belleza en las matemáticas, de crear arte con silicio, de salvar la estación con una ecuación y destruirle con una sola palabra.
La pieza terminó y, en el centro de la sala, se quedaron solos unos segundos eternos. Nadie se atrevía a interrumpirlos. Nadie lo haría.
Pero ese instante de vulnerabilidad fue interrumpido por la alarma roja que resonó en lo alto, cortando la música en un súbito golpe de realidad. Un temblor sacudió la estación. En la ventana, los anillos del planeta parecieron girar más deprisa.
Selene no soltó su mano. Algo en sus ojos metálicos –resultado de la última modificación genética– parecía brillar aún más.
- ¿Sabes lo que es? –preguntó.
Él asintió. Ataque. Piratas o, peor aún, una grieta en el espacio-tiempo, el tipo de avería que podría devorarlos.
Los bailarines corrieron a las salidas de emergencia. El eco de sus pisadas quedó dando vueltas en la pista mientras los dos seguían en pie, desafíandose con la mirada. Nadie los necesitaba coordinando evacuaciones; su danza tenía otro destino.
- Ven conmigo –dijo Selene, apretando su mano con una fuerza que dolía más allá de lo físico.
Teo sabía qué sucedería: bajarían juntos al núcleo de la estación. Ella desbloquearía el acceso sólo permitido a su código genético. Él recalibraría los campos de contención. En el proceso, uno acabaría implorando un poco de ternura y el otro fingiendo que, esta vez, sería diferente.
El amor puede ser salvaje, fulgurante, y también tóxico. Como el plasma que da vida a una estrella y lo destruye todo a su paso.
Avanzaron por los pasillos iluminados con luz azul, la alarma sonando cada vez más fuerte. Su respiración se acompasaba como el bajo de la canción, como la gravedad fluctuante de sus deseos.
- No puedes seguir haciendo esto, Selene –susurró él, cuando la puerta del núcleo se deslizó a un lado.
Ella lo miró, sin expresión.
- No puedo dejar de hacerlo –replicó-. Necesito tenerte cerca. Sólo contigo la estación está completa. Sólo contigo YO estoy completa.
Teo sintió la vieja desesperación. Porque había aprendido, a golpe de sucesos catastróficos, que el amor obsesivo no se sacia: crece, se devora a sí mismo, reclama más.
Con un gesto automático, activó la consola y reprogramó los protocolos de emergencia. Selene, detrás de él, se acercó tanto que pudo sentir la vibración de su circuito central; tal vez ya no tenía corazón convencional, pero la intensidad era la misma.
- Si morimos aquí, ¿lo lamentarías? –preguntó ella, voz de holograma.
Teo vaciló. Cada vez que prometía escapar, terminaba ahí, en ese núcleo, en esa batalla. Así era el baile: avanzar, retirarse, girar, caer. Una coreografía perfecta de autodestrucción.
- No. Pero si seguimos así, ni siquiera lograremos morir juntos.
Las luces titilaron, una onda expansiva sacudió el piso. Selene apretó el enclavamiento de la puerta y se volvió hacia él, pegando su cuerpo al suyo, besándolo con la misma urgencia con la que codificaba la salvación en los sistemas de la estación.
- No sé cómo existir fuera de este ciclo –confesó por primera vez, la máscara de control resquebrajada-. Tú eres el ritmo, yo el paso. Volvamos a bailar cuando esto acabe. Volvamos… por última vez.
Él tragó saliva, perdido, asustado y Extrañamente feliz. Porque, aunque supiera que ese amor era una ecuación sin solución, aunque supiera que las estrellas ceden ante la gravedad de un agujero negro, la tentación de continuar bailando con ella lo sobrepasaba todo.
— Voy a sincronizar el controlador de energía. Pero si salimos de esta, tienes que dejarme ir, Selene. Jura que me dejarás salir del ciclo.
Selene asintió, pero Teo sabía lo que significaba su asentimiento. Era una promesa derramada en el vacío.
***
Sellaron la grieta y, durante ese último baile de código y tensión, sintieron el peligro tan real como el deseo. Afuera, la estación volvió a la calma; los anillos del planeta giraban, impasibles. En su interior, nada había cambiado.
De regreso en la pista vacía, Selene extrajo un pequeño dispositivo de su muñeca e insertó el chip sobre la palma de Teo.
— Mi última secuencia, por si quieres intentar bailar solo alguna vez —suspiró, como pidiendo perdón por no poder dejar de amarle.
Él se apartó, rompiendo un círculo invisible, una órbita demasiado cerrada. Sabía que era adicto a ella, a su genio, a la promesa de un amor imposible. Pero al menos, en ese instante final, fueron verdaderos. Y el eco de su último baile resonaría en las estrellas, tan violento e inabarcable como el amor que nunca pudieron nombrar.
En la estación Celestia, a la deriva sobre la nada, las parejas volvieron a bailar, fingiendo que el peligro había pasado. Nadie sabía que, en aquel pequeño núcleo, dos almas habían colisionado, creando una singularidad de deseo y ruina.
Teo miró su reflejo distorsionado en el ventanal y, por primera vez, se preguntó si algún día lograría bailar solo. No supo responderse.
La pista quedó iluminada, sin música por ahora, pero con promesa de volver a llenarse de vida. Quizá el amor sea siempre un accidente orbital, el punto crítico entre creación y destrucción; el arte supremo de bailar en la frontera de la autodestrucción, sin dejar de buscar, incluso en la soledad, el eco de aquel paso perdido.
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