Afuera de la estación, el frío era absoluto, pero dentro, sobre la plataforma de observación, la atmósfera imitaba la primavera húmeda de Nueva Inglaterra, tal como la había recordado. Había toldos cargados de plantas, una corriente artificial de aire tibio, y la melodía de los calefactores replicando a los grillos del mundo antiguo, un sonido que resultaba extrañamente reconfortante entre los frescos recintos metálicos de la órbita joviana.
Cassia giró el anillo de protección, ese pequeño circuito dorado clavado a la base de su cuello, mientras contemplaba la neblina de amoníaco en la atmósfera inferior del gigante gaseoso, tan remoto bajo su mundo seguro de hierro y polímero. Sabía que había alguien más al pie de la pasarela: un par de botas resplandeciendo bajo los focos débiles, pasos medidos y vacilantes, como quien teme estropear algo frágil.
Gael tenía esa peculiaridad en su andar. Siempre parecía intentar no molestar al entorno, y menos aún a los que lo rodeaban, aunque su simple presencia bastaba para alterar la órbita de los pensamientos de Cassia. Hasta entonces, ninguna emisión de datos había capturado su pulso, ninguna simulación había predicho cómo ella se sentiría cuando él estaba cerca. En el silencio de la estación, donde las horas podían recitarse por la frecuencia de los mantenimientos, cada conversación con él era un sobrecogimiento, un ir y venir de gratitud y expectación ansiosa.
“¿Te molesto?” preguntó Gael, la voz casi un susurro, como si temiera que Júpiter en persona, gigante y temible, lo escuchase y lo aplastara con una borrasca infinita.
Cassia se giró apenas, todavía agarrada a la barandilla traslúcida. Podía ver el reflejo distorsionado de ambos en la superficie, como si fueran ya apenas recuerdos, imágenes que la estación, en su vasta memoria cristalina, decidiera preservar o borrar según un capricho electrónico.
“Nunca lo haces,” respondió. Y era cierto. Nunca era él. Por el contrario, ella misma era la tormenta que temía desplegar en palabras.
“Vengo del laboratorio de síntesis,” prosiguió Gael. “La colonia Minerva envió una petición urgente. Quieren más entactógenos de tipo 3. Les preocupa el ánimo, dicen que los espacios compartidos empiezan a volverse... opresivos.”
Cassia asintió, aunque no miraba a Gael directamente. Sintió el eco de esa opresión. El encierro podía disolverse sólo un poco a través del vidrio y las rutinas, pero nunca por completo. Y aún así, prefería mil veces el encierro físico al de sus propios temores.
“¿Y tú? ¿Cómo estás hoy?” preguntó Gael, y el temblor en su voz era casi imperceptible, salvo para alguien que hubiera acumulado en su propia piel tantas dudas.
Cassia forzó una sonrisa, aunque sabía que era inútil fingir. “Estaba leyendo los viejos archivos de la Tierra. Cartas entre amantes separados por las guerras. La distancia ha cambiado de nombre, pero no de naturaleza.”
Gael se recargó contra la baranda a su lado, a la distancia justa para respetar sus espacios tan marcados, pero lo suficientemente cerca para compartir parte de su gravitación.
“Dicen que el amor a distancia existe para inventar un lugar común dentro del anhelo,” musitó Gael. “Aquí hasta el oxígeno tiene que inventarse.”
La risa de Cassia fue breve, pero real. “¿Por qué me hablas siempre en metáforas?”
La pregunta retumbó entre ambos, no sólo por el eco físico, sino por el significado. Un peso suave, pero indiscutible.
Gael vaciló. Su lengua tanteó palabras, pero sus ojos, suaves y marrones, eran la verdadera respuesta. “Porque temí... porque temo decirlo de otro modo y perder lo poco que hay.”
La frase quedó en suspenso. En la estación, no había noche ni día, sólo horas de luz artificial interrumpidas por el tintineo distante de sistemas en chequeo. Pero el peso de la verdad o del deseo, ese existía en todos los husos, magnificado por la distancia de millones de kilómetros de la Tierra, por la escasez de miradas cómplices.
Cassia cerró los ojos. Podía oír su propio pulso en la garganta, el tic del anillo de protección cada vez que giraba el cuello. ¿Qué pasaría si respondía en igual medida? ¿Si permitía que las palabras cruzaran esa delgada línea hacia la confesión? Todo en la estación estaba monitoreado, grabado, archivado. Nada escapaba al protocolo. Y sin embargo, ese temor, ese miedo a la mirada, era lo que la detenía, más que cualquier amenaza de exposición digital. El miedo a decepcionar, a no corresponder o, peor aún, a mostrarse y hallar solo vacío.
Gael no insistió. Se limitó a estirar una mano, con la palma vuelta hacia arriba, una invitación muda.
Entre los habitantes de la estación, los gestos valían más que cien discursos. Decidir tomar la mano era renunciar al viejo miedo, a la probabilidad estadística del rechazo.
Cassia tardó una eternidad—unos tres segundos, en realidad, según el contador de su implante neuronal—pero cuando la yema de sus dedos rozó la de Gael, atravesó, sin querer, su propia simulación de seguridad.
Él apretó suavemente, como quien sujeta la pieza más preciada de un laboratorio: con esperanza y terror en igual medida.
“¿Tú no tienes miedo?” preguntó Cassia. “¿A que haga esto sólo porque estamos lejos de todo, porque todos aquí buscamos un punto de anclaje?”
La pregunta le supo a confesión, a súplica y amenaza.
Gael negó con la cabeza. “No podría culparte si así fuera. Los vínculos surgen por necesidad, pero también por autenticidad. He esperado mucho para—” Se interrumpió. “—Para saber si tú sentías algo parecido.”
La estación vibró. Un microterremoto inducido por el ajuste de los propulsores externos. Ambos se quedaron callados, aferrados uno al otro, a la barandilla y a los propios miedos.
“En casa, en la Tierra,” dijo Cassia al fin, “no me atrevía a hablar de esto. Siempre fui la observadora, la que analizaba las emociones. Aquí, tan lejos, siento que cualquier error se amplifica.”
“El error sería callar,” replicó Gael. “Estos lugares... hay soledad, hay silencio. Si no llenamos estos vacíos con algún tipo de esperanza, sólo nos consume el frío.”
Cassia observó cómo Gael la miraba, no con ansia, sino con una ternura inusitada. Era ese tipo de mirada que sólo existe cuando el otro ha contemplado mil veces la posibilidad del rechazo, y aún así decide ofrecerse.
“Siempre pienso en cuántas veces podría perderte, aquí...” Su confesión fue repentina, casi dolorosa. “Cada vez que hay un aviso de fuga, cada vez que una nave no responde a tiempo... Tengo miedo de querer demasiado.”
Gael asintió, bajando la vista. “Me di cuenta el día del apagón. Cuando creí que algo te había pasado, sentí terror. Pero también gratitud, porque al menos tenía algo que perder, alguien que quería demasiado.”
La estación no tenía techos altos, pero Cassia sintió el vértigo de lo sublime, esa sensación de asomarse a un vacío y preguntarse si esa caída sería el final o el inicio.
“Podríamos intentar,” susurró, apenas audible. Y antes de que el temor la detuviera, se inclinó y posó sus labios sobre los de Gael—un contacto tibio, volátil, pero suficiente para sellar la promesa.
El beso fue breve, seco de nerviosismo, pero cargado de electricidad. Cassia se aferró a esa chispa, consciente de lo extraño que era sentirlo tan remoto y a la vez tan indispensable. Se separaron sin mirarse directamente, como quien teme que la magia muera si se confronta con la lógica.
“Supongo que también estoy aterrada,” admitió Cassia. “Pero estoy más cansada de esperar el momento perfecto.”
Gael sonrió. No se necesitaban más pruebas.
“Entonces, ¿puedo suponer que pasarás la noche observando el turno de la hidroponía conmigo?” preguntó, casi como broma, pero en verdad era un pacto: compartir la rutina, integrar el miedo en la costumbre.
Cassia asintió. “Si me prometes que, pase lo que pase, lo intentaremos. Aunque la estación nos devuelva a la soledad.”
La promesa era irrisoria y, sin embargo, necesaria. Porque incluso entre las estrellas, el miedo a ser rechazado no desaparece; sólo cambia de forma, se disfraza de protocolos y distancias orbitales. Pero bajo esa pared de cristal, cerca de Júpiter y tan lejos del resto del universo, Cassia y Gael encontraron, en un gesto simple, la derrota momentánea de la soledad.
El turno de hidroponía avanzó entre palabras deshilachadas y miradas que no necesitaban traducción. Cuando la alarma del amanecer artificial tintineó, ambos supieron que algo se había asentado entre ellos: no la certeza absoluta, tampoco la seguridad. Era algo más humano, más incierto, pero indestructible en su fragilidad. Y en medio de los circuitos, las plantas y el eco distante del planeta colosal, esa promesa silenciosa valía más que cualquier simulación.
A la mañana siguiente, Cassia revisó sus mensajes. Entre los reportes estériles, el saludo de la colonia Minerva, y las alertas de rutina, una sola línea almacenada en su terminal personal, sin firma ni rúbrica, apareció:
“Gracias por atreverte a sentir.”
Ella supo de inmediato que era él. Guardó el mensaje como quien preserva una carta del pasado, consciente de que cada día traería nuevos miedos, nuevas oportunidades de perderse o encontrarse. Pero por primera vez en años, el futuro parecía no ser sólo una sucesión de protocolos y tareas repetidas, sino algo donde existía un poco de esperanza: un espacio de oxígeno inventado solo para dos.
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