La cúpula de observación temblaba suavemente, una caricia desprendida del motor de curvatura reiniciándose tras el salto. Odile sostuvo la respiración al mirar el universo desplegándose tras el cristal blindado, consciente de la presencia de un silencio tan vasto que ningún grito lo rompería. El resplandor azul de Neptuno flotaba muy lejos, una joya fría prometiendo respuestas o tumbas para los que se atrevieran a acercarse demasiado. Pero la nave Revenant era más que un carguero de flete; era una promesa y una trampa, y solo una persona lo sabía tan bien como ella.
Una sombra se movió junto al arco de la puerta automática. Odile giró la cabeza con lentitud, sintiendo los nervios arder en la base de su cuello. Sabía quién era; reconocía aquel andar, esa calma estudiada solo posible después de dos décadas de servicio entre las peores colonias.
—¿No puedes dormir? —La voz de Zarek era grave, casi ronca por la fatiga, aunque sus ojos dorados destilaban inteligencia despierta. El resplandor de los indicadores le daba un aire sobrenatural, casi etéreo.
Odile soltó el aire en una risa baja y quebrada, cruzando los brazos sobre el pecho. —No puedo dejar de pensar en el contrato. Y tú tampoco, si estás aquí.
Zarek se aproximó en silencio, tan cerca que Odile pudo oler la mezcla dulce y metálica de su piel mejorada. —¿Dudas que cumpliremos? —preguntó él, inclinando la cabeza con esa manera suya de analizar cada matiz de su rostro.
Ella apartó la vista, posándola en el reflejo turbio de las estrellas. —Dudo de los motivos. Y dudo de los que nos enviaron.
No era una confesión amable; pero las palabras flotaron entre ellos, cargadas de la electricidad de los secretos y la necesidad.
—No habría prometido protegerte si dudara de ti —dijo Zarek, como si cada sílaba fuera una llave en la cerradura de otro misterio.
Un calor subió por la garganta de Odile, tan súbito que la hizo morderse el labio por el gusto. Miró la palma de su mano derecha. Allí, donde la piel se encontraba con la placa de datos implantada, una fina vibración empezó a latir. Era la señal. El código de activación para su misión. El recordatorio de que nada era tan simple como dos figuras aisladas en una nave, flotando entre la sombra de un planeta muerto y la traición de sus propios corazones.
—Tenemos una hora antes de la entrada a la órbita, —dijo ella, girándose por fin hacia él—. ¿Por qué no me dices lo que realmente sabes sobre el “contrato de Neptuno”?
Dudó, pero el destello de desafío en su mirada cobró fuerza. Zarek era un hombre más acostumbrado al acero de las armas que al filo de las preguntas. Sin embargo, algo en Odile abría grietas en su fortaleza.
—No es solo un cargamento, —admitió, bajando la voz hasta hacerla casi un susurro—. Hay algo en el sector de cascadas de Neptuno, algo que no debería haber despertado. Han perdido a tres equipos. Los envían para limpiar sus huellas.
Afuera, la curva azul de Neptuno giraba en la quietud majestuosa del espacio. Adentro, Odile sintió cómo el vértigo del miedo se mezclaba con otro más tentador: la proximidad de Zarek, la promesa de una noche que tal vez sería la última.
—Entonces, ¿somos carne de cañón? —preguntó, consciente del temblor en su voz.
Él cerró los pocos centímetros que los separaban y apoyó la frente en la suya, piel contra piel, respiración entrelazada.
—Puede ser. Pero serás la última que muera, te lo prometo.
Odile cerró los ojos y se dejó llevar, por un instante, por la posibilidad de confiar; sus labios se rozaron, y sintió la descarga eléctrica saltar de él a su boca, de su boca a su núcleo. Con cada beso, un archivo perdido de su pasado parecía borrarse, y cada caricia era un nuevo dato reescribiendo su código.
Pero las alarmas internas de la nave destellaron en rojo sobre el panel, y la magia del momento se quebró en mil retazos.
Zarek se apartó al instante, la máscara profesional calzando de nuevo su rostro. —A posiciones —ordenó con voz baja, no de superior sino de cómplice.
Odile tomó el fusil de plasma del gabinete de emergencia, la frialdad marcando el retorno a la realidad. Navegaron los pasillos a oscuras, en modo de sigilo. Solo sus respiraciones y el zumbido de su placa de datos les recordaban que aún estaban vivos.
En el laboratorio de popa, el cargamento se desplegaba dentro de una matriz de suspensión isotópica. Parecía un ataúd blindado, aunque el constructor del módulo aseguraba que era solo una cápsula científica.
—El escáner dice que está inerte —musitó Odile, enfocando su pulso en la pantalla—. Pero el regulador señala actividad psiónica intermitente.
Zarek gruñó entre dientes —Los registros de los anteriores equipos lo indicaban. Fueron a investigar, nunca volvieron, y la corporación los declaró “perdidos por accidente de laboratorio”.
—¿Qué hacemos?
Zarek se quedó mirándola; no a la ingeniera jefe, sino a la mujer que había visto sangrar y resistir a su lado desde los astilleros de Ganímedes.
—Sobrevivir, —fue su respuesta simple.
Odile activó el protocolo de contención. La capsula emitió una vibración sutil, como si algo dentro se removiera en sueños intranquilos. A través del panel, una sombra chisporroteó, y el visor marcó fluctuaciones en las ondas cerebrales del “specimen”. La cápsula era una trampa tanto como un cómplice; y ahora, en el borde de la órbita neptuniana, debían decidir si obedecer las órdenes o desobedecerlas.
Incapaz de aceptar el destino ciego, Odile miró a Zarek. —¿Estarías dispuesto a desertar, si yo te pido… sobrevivir a mi manera?
Su aliento le llegó cálido mientras se aproximaba lo suficiente para rozar la comisura de su boca. —¿Hasta dónde llegarías tú?
La respuesta quedó grabada en el intercambio ácido de miradas, en la promesa de que cualquier cosa, hasta el mismo fin del universo, sería posible si los dos estaban juntos.
Las alarmas cambiaron al registro de intrusión. Algo —alguien— irrumpía en las puertas de esclusa.
—Muévete, —dijo Zarek, apretando el pulsador magnético del blindaje.
Se acoplaron a la estación de control, el sudor perlando la piel inyectada de nanocitos que le brindaba a Odile su vitalidad artificial. El primer enemigo fue un drone de asalto, letal y silencioso, enviado no por el espacio desconocido sino por la propia compañía que los empleaba. Fue fácil desmontarlo entre los dos, los movimientos sincronizados por meses de entrenamiento y una confianza sellada en noches en vela, en risas escapadas tras el peligro.
Otros siguieron. No todos fueron drones. Un par de cuerpos humanos, armados y despiadados, irrumpieron como ángeles caídos en la sala de control.
Una ráfaga cortó el aire. Zarek protegió con su cuerpo a Odile, que devolvió el fuego sin titubear. Los gritos humanos murieron ahogados en el oxígeno reciclado.
—¡La cápsula está liberando presión! —avisó ella, y en la pantalla hicieron erupción líneas y curvas que no correspondían a ningún fractal conocido.
Se miraron, inmóviles por un latido de terror.
—Si abrimos, puede matarnos. Si seguimos, igual —dijo Zarek, la voz más suave que nunca.
—¿Por quién eliges morir? —preguntó Odile. Era la pregunta final, la única que importaba.
Se aproximó a ella, bajó la cabeza y la besó, esta vez de verdad, con la embestida de quien no guarda más futuro que el próximo segundo. La unión fue feroz, ruda; el roce de sus cuerpos, la presión de las manos y bocas buscándose y encontrándose sin reservas, como si la guerra en el exterior les hubiera entregado un permiso breve para la locura. La nave podía explotar, el universo podía colapsar. Todo eso importó menos que el latido compartido y el rugido interno que pedía vida, placer y redención.
Envolviéndose en el calor del otro, olvidaron durante aquel momento el frío de Neptuno, los contratos sellados con muerte, las compañías que se alimentaban de sangre y secretos. Solo estaban ellos, Odile y Zarek, una célula diminuta de amor y obstinación resistiendo al vacío más inhumano.
El rugido de compresores los devolvió a la realidad. Limpiaron la sangre juntos, se vistieron sin hablar. El contrato seguía pulsando en la muñeca de Odile; el identi-chip delator brillaba en la sien de Zarek. Eran fugitivos de todo menos del deseo, y una vida juntos sería corta pero ardiente.
Con las armas a la espalda, la decisión era irrevocable: desertar, buscar el último rincón de la galaxia donde los ecos de las grandes corporaciones no los alcanzaran, y hacer del exilio una causa —y del amor, su bandera.
La nave despegó en modo manual, al margen de las rutas trazadas. Bajo la cúpula de observación, abrazados y empapados aún de sudor compartido y adrenalina, Odile y Zarek miraron Neptuno alejarse entre las estrellas. El peligro aún vibraba en los circuitos, la promesa de una caza que nunca terminaría, pero nada importaba más que la certeza feroz renaciendo entre sus brazos.
—Si morimos —susurró Odile—, que sea juntos.
—Y que nos busquen en cada línea de código de la galaxia, —añadió Zarek, sellando la promesa en su piel—. Pero que nunca nos reescriban.
En el azul lejano de un mundo sin sol, dos fugitivos se hicieron eternos, no por lo que robaron, sino por lo que se atrevieron a amar. Y en su abrazo, la galaxia entera fue, durante ese instante, un poco menos fría.
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