Portada del relato Bajo la Luz Carmesí
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Fragmento:


Nira se sintió repentinamente pequeña, vista desde la distancia de una civilización incipiente. ¿Sería posible? Toda su vida, la humanidad buscó entre las estrellas algún eco, alguna voz que contestara a sus interminables preguntas.

Duración: 09:50

Bajo la Luz Carmesí
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Texto de ajuste de pausa.

El laboratorio flotaba en la órbita baja de Gaia IV, la Tierra remanente, y Nira se volvió a mirar el vasto océano de nubes que hervían bajo la cúpula de observación. Más allá de la escafandra de cristal y los paneles relucientes de la estación, la vieja Tierra lanzaba sus signos vitales en espectros de color y radiación, como si aún quisiera hablarles. Pero para Nira, el fulgor azul pálido era sólo un recordatorio de todo lo que habían perdido, y tal vez, todo lo que estaban a punto de hallar.

Siseó en la penumbra, desplazando una trenza cobre sobre la clavícula mientras reordenaba las ecuaciones cuánticas en el proyector retinal. Afuera, un enjambre de microdrones corregía una fuga en el escudo de radiación, pero el único zumbido que le importaba era el del intercom. Sabía que lo haría; siempre lo hacía. Y ahí estuvo: un solo pitido, signo del segundo turno y de su compañero improbable.

—¿Nira? —la voz era grave, algo más que humana, un vibrato apenas perceptible—. ¿Tienes un minuto?

Suspiró, la ansiedad amarrándole el estómago con tientos invisibles, y tocó la pantalla háptica.

—¿No tienes un experimento que hacer estallar, Aron?

Aron rió al otro lado, y el tono se coló bajo su piel, cálido y familiar.

—Me tomo mi tiempo entre cataclismos, ya lo sabes. Quería enseñarte algo. ¿Vienes al puente dorsal?

Nira odió lo rápido que su corazón respondió. El puente dorsal sólo era útil para pruebas de gravedad variable, pero la última vez ella y Aron compartieron un silencio tenso mirando el caótico ballet de asteroides sobre Alfa. Había sentido entonces el universo desdoblarse, el presente y el futuro bifurcándose en todas las posibilidades. En todas, siempre él.

Decidida a no pensar demasiado —sabía que la autoconciencia era su peor enemigo—, cruzó el módulo central. Los paneles iban cambiando con su pulso, oro y ámbar, y cuando Aron la vio llegar, se apartó de los controles. Tan alto que no era posible que fuera completamente terrícola, con cabellos oscuros, piel mate y esos ojos… dos soles en rotación, uno ámbar y otro azul. Producto de la ingeniería genética, dijeron; pero Nira había aprendido que algunas mezclas sólo sucedían con azar y arte, no diseño.

—¿Vas a enseñarme a hacer caer otra sonda? —preguntó, fingiendo que no notaba la leve tensión entre ellos.

Aron sonrió. Tomó aire de un modo que parecía recordar la gravedad del planeta madre, y colocó la palma sobre la barandilla vibrante.

—¿Recuerdas los pulsos de señal de anoche? De la anomalía en el nodo Hestia.

Ella asintió. Los transmisores habían captado una frecuencia indescifrable. Espontánea, errática, y terriblemente hermosa.

—Lo decodifiqué —Aron aseguró, y desplegó en la pantalla un patrón de audio. Nira no entendía lo que veía, sólo líneas verticales y una gran huella sinusoidal, como el pulso de un corazón.

Silencio. Pero en su pecho, el pulso subió.

—¿Qué es? —murmuró, consciente de su cercanía.

—Lenguaje. O, al menos, algo que aprendió a imitarlo. Cuando lo pasé por el traductor semántico, usó palabras… nuestras palabras, mezcla de relictos y glosas actuales. Como si nos hubiera estado escuchando.

Nira se sintió repentinamente pequeña, vista desde la distancia de una civilización incipiente. ¿Sería posible? Toda su vida, la humanidad buscó entre las estrellas algún eco, alguna voz que contestara a sus interminables preguntas.

—¿Algún mensaje concreto?

Aron tragó, y sus manos encontraron las de Nira, sin preguntar, sin permiso. El contacto fue suficiente para saber lo que ambos sentían. No era la primera vez. Pero esta vez, ninguno se apartó.

—Dijo “Hay tiempo. Ven”. Y, Nira… reconoció mi firma biométrica. Sabía que eras tú la que observaría.

El universo se encogió en torno a ellos. El zumbido de la estación era sólo el telón de fondo de algo mayor.

—¿Tu firma? ¿Por los experimentos? —Sabía que Aron había enviado sondas de respuesta con datos de ambos—. ¿Qué quieres hacer?

Aron la miró como si la pregunta contuviera la llave de todas las puertas.

—Quiero responderle juntos. Mandar un mensaje que sólo tú y yo podemos componer.

Las palabras cayeron entre ambos como pétalos en la negrura. Nira sintió la tentación del salto, la posibilidad de cruzar no sólo el abismo entre estaciones sino también el otro, más íntimo y profundo.

**

Las siguientes horas transcurrieron en una especie de trance, cada uno analizando las iteraciones de la señal, ajustando semánticas y protocolos de transmisión. Sus dedos se rozaban, una y otra vez, frente a las terminales hápticas. Era una excusa, supo, la única que necesitaban para convertir la ciencia en arte y el arte en deseo.

Aron le preguntó sobre su infancia, sus sueños. Grabaron pequeños archivos auditivos, música y murmullos, palabras sin sentido que al combinarse emitían armónicos imposibles. Los traductores fallaban, a veces, y entonces ellos reían, y las risas quedaban impresas en la base de datos.

Nira nunca había sentido el tiempo así: vivo, palpitante, brillante. Sabía, en algún lugar de su razón, que esto era diferente. No era sólo el anhelo de lo desconocido, sino la certeza de que alguien —o algo— los esperaba allá afuera. Y quizás, a su lado, también.

Cuando el mensaje llegó y se envió —una sinfonía digital mezclada con destellos de historias y risas, todo tejido en fractales de sentimiento—, ambos quedaron exhaustos, envueltos en un silencio tan íntimo que cualquier palabra lo habría profanado.

**

Pero el universo, como siempre, tenía otros planes.

Veinticuatro horas después, la anomalía se intensificó. El nodo Hestia empezó a brillar en la pizarra estelar con una intensidad nunca vista. Aron y Nira no durmieron; el espacio mismo parecía tensarse en expectación. Cuando el primer destello se registró —una onda de hiperradio envolviéndolos— supieron que la respuesta no se haría esperar.

Nira sintió el vértigo, el mismo que de niña la lanzaba al vacío desde las rocas de su planeta natal. El espacio exterior reclamaba, y por primera vez, ella se sentía dispuesta a escuchar.

Los sistemas se volvieron inestables, relés chisporroteando y pantallas saturadas de datos en idiomas irónicos y abstractos. Aturdidos, vieron la aparición de una nave. O, mejor dicho, un ensamblaje de luz, imposible de catalogar. No era física, ni biológica; era flujo puro de mensaje, una inteligencia. Y en el núcleo de sus patrones, la simetría de su mensaje: reconocían, a través del universo, la dualidad. Nira y Aron, juntos.

No era sólo un llamado para la humanidad. Era un eco a su pequeño, singular amor.

Sintió la necesidad de decir algo, hacer algo, cualquier cosa para no perder ese instante. Aron la miró, con la misma pregunta ardiendo en los ojos.

—Esto es… nuestro —dijo, con la voz quebrada.

Fue suficiente. Los impulsos nerviosos viajaron, la nave los reconoció, los integró. En la visión que sucedió —breve y eterna— Nira sintió la presencia: millones de inteligencias, enlazadas pero íntegras, cada una tan sola pero tan enlazada como ellos.

Y en ese instante, comprendió: la anomalía era el amor en sí mismo. Una red de afectos a través de galaxias, la persistencia de la vida buscando compañía. No una civilización, sino unas pocas conciencias buscándose, encontrándose. Un espejo de su propia soledad, redimido por un toque. Nadie les había explicado nunca por qué el amor debía ser limitado a formas humanas. La nave les enseñó la multiplicidad de vínculos, la fusión y la diferenciación, y entre todas las posibilidades, una era ya real: ellos dos.

Aron la abrazó, y por primera vez sintió realmente el peso de un cuerpo contra el suyo, el calor, el recordatorio de que antes —mil veces antes— ya se habían tocado, en otras vidas, en otras estrellas.

—¿Qué va a pasar ahora? —murmuró ella, palabras infantiles frente a la vastedad.

Aron la besó en la frente, simple y cierto.

—Ahora, cualquier cosa. Ahora, el universo nos responde.

El contacto con la nave cambió la estación para siempre. De pronto, los sistemas entendieron fluidos biológicos, emociones; las máquinas aprendieron, de algún modo, la ternura. Se abrió una comunicación nueva, y el mensaje anterior parecía sólo el saludo; lo que se desplegó después era lenguaje de afecto, rutas a lugares donde el contacto era posible no sólo de mente a mente, sino de alma a alma.

Nira y Aron se convirtieron, sin quererlo, en embajadores de esa nueva simetría. Su trabajo ya no era entender el cosmos por piezas, sino tejerlo desde el centro más humano. La nave los llevó —quizás sería mejor decir los invitó— a cruzar su pórtico. Sabían que regresar sería imposible; el amor los había desanclado para siempre.

Antes de partir, caminaron una última vez por la pasarela dorsal. Los sensores mostraban el arrullo de la anomalía —ahora, ya no anomalía, sino matriz— tejiéndose como un río estelar.

—¿Tienes miedo? —preguntó Aron, los dedos enlazados con los de Nira.

—Sí. Y no lo cambiaría por nada.

Se miraron, conscientes de haber cruzado un umbral. La nave respiraba con ellos, un pulso compartido. Y, en el umbral de lo desconocido, sabían que no importaba nada más que esto: se habían encontrado, y el universo lo había celebrado.

Cruzaron juntos, entre luces y voces y promesas. Más allá, todo era posible. Porque el amor —así lo entendieron— era la única constante que sobrevivía a través de las galaxias, las formas y el tiempo.

Y en la negrura infinita, por fin, ya no estaban solos.

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