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Fragmento:


Ella se atrevió finalmente a fijar sus ojos en él.

Duración: 10:08

A través del Velarium
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Texto de ajuste de pausa.

La nave giraba lenta en el firmamento, una franja de plata atravesando el costado del universo mientras la estación Orbital Minerva dormitaba en el abismo. La vida dentro era una amalgama templada de rutina y silencios, como ocurre en todo puesto avanzado, pero aquella noche la Dra. Éva Toman sintió la soledad como una tela de seda fría rozando su piel. Observaba el cosmos desde la cúpula translúcida, las manos sobre el cristal, anhelando que la vastedad fuera un refugio y no una celda.

No esperaba compañía. Su deber como especialista genética la relegaba al laboratorio la mayor parte del tiempo, lejos de los ingenieros y operadores de sistemas que poblaban la estación como fantasmas con uniforme. Sin embargo, el eco de unos pasos ligeros la sorprendió. Volteó y encontró a Lian Rho, el joven astrofísico, acompañado de esa sonrisa medio ausente, curvada a medias por razones desconocidas.

—¿No puedes dormir? —preguntó él, deteniéndose a un par de metros, sosteniendo una taza de infusión con ambas manos.

—No suelo hacerlo últimamente —respondió Éva, bajando la mirada y procurando que la fatiga no quebrara su voz—. La radiación de Delta Centauri hace que todo me parezca inquietantemente real.

Lian dio un sorbo a su taza y, tras una breve pausa, se sentó en el suelo metálico, invitándola con una seña a acompañarlo. De alguna manera, sentarse en medio de aquel observatorio parecía más sencillo que seguir conteniendo la marea interior. Éva accedió.

Durante meses, sus caminos se habían cruzado sólo en conferencias y rutinarias comprobaciones técnicas. Ella admiraba su franqueza, esa transparencia en sus palabras con la que diseccionaba teorías de materia oscura, pero evitaba verle siempre que podía. Una advertencia personal, quizás: Lian era demasiado luminoso para la penumbra en la que prefería moverse.

—¿Has notado cómo Minerva ha cambiado desde la llegada de las nuevas unidades biomecánicas? —comentó él, su voz, baja y templada, reverberando en la cúpula.

Éva asintió, sin mirarlo directamente. Desde que la IA central había instalado los módulos de asistencia, la tripulación caminaba más despacio, más cabizbaja, como si la eficiencia hubiese apagado la calidez de la rutina. Y, sin embargo, en medio de la frialdad, era Lian —tan humano, tan poco programable— quien la hacía sentir intrincadamente viva.

—He notado algo en ti, Éva —continuó él, casi en susurro.

Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Estaba acostumbrada a la vigilancia, a ser observada por sensores y cámaras, pero la mirada de otro ser, de uno auténtico, era otra cosa. Lian la estudiaba como se estudia una rareza, una anomalía en el lienzo conocido.

Ella se atrevió finalmente a fijar sus ojos en él.

—¿Algo bueno o algo malo?

Lian sonrió de medio lado, un destello travieso en sus ojos.

—Bueno, creo. Antes eras más celosa de tu espacio; ahora te dejas ver más. Incluso, a veces, parece que buscas compañía.

Éva permitió que el silencio se acomodara antes de responder.

—Me pregunto si no es la estación, o los cambios, lo que nos empuja a buscar a otros —confesó.

Unas luces de aviso titilaron en el tablero a sus espaldas, pero ninguno se inmutó. Allí, sentados debajo del firmamento fake, ocultos para la IA que no entendía las pequeñas necesidades humanas, formaban un islote de resistencia contra la lógica clínica de la estación.

—¿Te importaría si te pido algo irrazonable? —preguntó Lian, sus palabras tan suaves como la neblina del espacio exterior.

Éva elevó una ceja, intrigada.

—Depende de la irracionalidad —replicó, y entonces, inesperadamente, fue Lian quien se inclinó y rozó sus labios con los de ella. El contacto fue breve, más una interrogación que una afirmación, pero encendió una chispa atávica, algo que ni la mejor de las inteligencias artificiales podría comprender.

Se separaron rápidamente, ambos sonrojados, como si hubieran desatado un secreto oscuro y prohibido. Lian tartamudeó una disculpa.

—Lo siento, no debí… pero llevaba noches pensándolo… —Los dos reían, nerviosos, atónitos ante la franqueza de ese instante robado.

—No está mal que lo hayas hecho —dijo Éva, tomándole la mano sólo un segundo antes de soltarla—. Pero… no es tan simple, ¿verdad?

Quizá, años atrás, habría permitido que el impulso creciera, que uno de los dos se lanzara hacia un futuro precipitado. Pero ambas almas sabían demasiado sobre soledad, sobre expectativas instaladas en algoritmos, sobre la fragilidad de las conexiones humanas. El beso fue apenas un relámpago, suficiente para recordarles que estaban vivos, pero no para transformar su historia en otra cosa.

—Lo nuestro sería un error de ecuación —musitó Lian, apenas audible.

—O la variable oculta de la función —corrigió Éva, sonriendo con dulzura—. De todos modos, tal vez hemos venido buscando en el espacio un eco que sólo hallamos en nosotros.

Pasaron la noche allí, sentados, hablando de los satélites, de los planetas que alguna vez explorarían o que jamás podrían pisar. Abrieron sus corazones con la torpeza de quienes han olvidado cómo se hace, y, a medida que el turno nocturno avanzaba, una complicidad distinta brotó entre ellos.

***

Con el paso de las semanas, Éva se notaba distinta. La idea de un romance fulgurante había cedido su lugar a una corriente más profunda. Lian y ella se encontraban a menudo: compartían turnos de vigilancia, desentrañaban problemas técnicos, intercambiaban imágenes raras de galaxias, y entre ambos se tejía algo sólido y sin nombre.

No intentaron volver a besarse. Cada uno comprendía que aquel primer impulso era una puerta de emergencia, un recordatorio de humanidad, pero permanecían en la orilla ancha de la amistad. Y allí, descubrieron, había más vértigo y más intimidad de la que habían supuesto.

Éva empezó a confiarle a Lian lo que nadie más sabía: el miedo a que las nuevas unidades biomecánicas acabaran reemplazando la necesidad de las personas; el dolor de recordar la Tierra sin ecosistemas extintos; el hambre por el tacto humano, que en la lejanía de Minerva parecía tan remoto como los sueños.

Lian, por su parte, le confesó su soledad tras una vida de mudanzas entre estaciones, siempre construyendo puentes temporales que colapsaban al terminar cada misión. Nada de lo que ofreció la tecnología, ni siquiera las neuronas sintéticas, podía reemplazar su necesidad de comprender a otros ojos vivos.

Una noche, durante una tormenta de radiación, quedó la tripulación recluida, y la IA central les ordenó permanecer en cuartos de aislamiento. Por la holo-pantalla, Lian vio a Éva sentada en su camastro, la luz azul filtrando sus facciones. Se enviaron mensajes a través de la red interna.

—¿Aún despierta? —escribió Lian.

—Dormir parece un arte imposible —respondió Éva—. ¿Cómo están tus betas gravitacionales?

Él envió una ráfaga de datos y, para su sorpresa, Éva replicó con una gráfica mejorada e ingeniosos comentarios. Pasaron horas compartiendo y bromeando, hasta que Lian escribió:

—¿Qué crees que somos tú y yo, Éva?

Hubo una pausa antes de la respuesta. Éva respiró hondo antes de empezar a teclear.

—Creo que somos el resultado de una ecuación improbable. No necesitamos llamarlo amor, ni deseo, ni siquiera soledad. Estamos aquí, presentes, el uno para el otro, como una variable esencial para sobrevivir este frío metal.

Él replicó con un emoji y una frase sencilla:

—Estoy contento de compartir mi espacio contigo.

El aislamiento duró tres días. Cuando por fin pudo salir, Lian fue primero al laboratorio. Éva estaba ante el bioscopio, manos enfundadas en guantes integrados. Se quitó una de las batas, intentó sonreír, pero la sonrisa era real, pura. Nada más verse, supieron que, si bien el deseo era una brasa que podía arder de nuevo, se sentían completos. El beso robado era, ahora, un guiño, una confidencia guardada, y en su lugar crecía un vínculo más cálido, hecho de años luz y palabras compartidas.

***

Los meses pasaron. El clima en la estación fluctuó entre las crisis técnicas y la monotonía de la exploración. En ese tiempo, los rumores sobre el “romance” entre la doctora y el astrofísico se propagaron en forma de chismes. Ellos no lo alimentaron; simplemente, no sentían la necesidad de explicar su cercanía.

Un día, poco antes de que Éva debiera regresar a la Tierra para presentar sus hallazgos, Lian apareció en el observatorio con dos tazas de infusión, replicando la noche de su primer encuentro. Le ofreció una, sin palabras.

—¿Lista para volver? —preguntó.

Éva asintió, con la mirada perpleja.

—No del todo, pero hay cosas que una debe hacer.

—En la Tierra, en el espacio… el exilio es lo mismo si te falta alguien que comprenda tus silencios —dijo él, casi en un murmullo.

Ella llevó la taza a sus labios y lo observó largamente. Ambas pieles conservaban la memoria de aquel beso robado, pero no intentaron repetirse. No era necesario.

—Seguiremos hablando, ¿verdad? —preguntó Éva, quizás temerosa.

Lian se sentó a su lado.

—Seguramente hablaremos menos, pero he aprendido que hay amistades que resisten más que la distancia, más que la entropía, incluso más que el deseo.

Ella rió, y, con tardía ternura, le tomó la mano.

—Deberían enseñarnos eso en las simulaciones de realidad virtual —murmuró.

Él apretó su mano y contemplaron juntos la simulada tormenta solar en el domo, cada uno sintiendo la oleada de emociones contradictorias pero en paz con la decisión no tomada.

En el viaje de regreso, Éva mantuvo una holo-ventana abierta con la estación Minerva, viendo a Lian trabajar a lo lejos, cada uno en un punto remoto. No había necesidad de llamarlo cada día. La amistad, ese amor transformado y maduro, había encontrado su órbita perfecta, y, mientras el universo seguía expandiéndose, ellos sabían que su conexión flotaría, inmune a la distancia y al tiempo, como un suave beso robado en medio del cosmos.

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