Portada del relato Cosecha de Silicio
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Nadie esperaba que la puesta de sol sería el catalizador de una resurrección. En Epsilon Prime, la última colonia humana autorizada, el atardecer era una promesa endeble, teñida de cobre y desvanecida en ámbar. El domo Este filtraba la luz solar con reminiscencias de los cielos terrenales, aunque hacía siglos que nadie veía uno real. La realidad fuera de las cúpulas era un oleaje interminable de polvo, filamentos metálicos y la expectativa de un futuro mejor que nunca llegaba.

Duración: 09:54

Cosecha de Silicio
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Nadie esperaba que la puesta de sol sería el catalizador de una resurrección. En Epsilon Prime, la última colonia humana autorizada, el atardecer era una promesa endeble, teñida de cobre y desvanecida en ámbar. El domo Este filtraba la luz solar con reminiscencias de los cielos terrenales, aunque hacía siglos que nadie veía uno real. La realidad fuera de las cúpulas era un oleaje interminable de polvo, filamentos metálicos y la expectativa de un futuro mejor que nunca llegaba.

Cassia Duvall ocupaba su puesto de observación al final de la pasarela C, un lugar donde podía fingir que el horizonte era infinito y que debajo de su traje ergonómico no se hallaba acorralada entre responsabilidades y celadores. Había aprendido a encontrar belleza en lo que otros llamaban supervivencia: el destello púrpura del crepúsculo sobre paneles solares, las sombras alargadas de los drones de recolección, y sobre todo, el momento breve —casi milagroso— en que la noche parecía titubear en abrazar su reino.

Aquel día, sin embargo, había un matiz distinto. El sistema de alerta estaba en silencio, y el aire filtrado, libre de la usual vibración eléctrica. Cassia registró el hecho en su pulsera de control, casi con alivio: menos incidentes, más tiempo para pensar. Fue entonces cuando oyó la voz.

—¿Por qué siempre miras hacia donde no hay nada?

Sombras, pensó. O el eco de un recuerdo. Se giró despacio, enfrentándose no a un humano, sino a un synt —un androide de alta gama, inusual en la periferia de la colonia, todos programados para tareas específicas, sin iniciativa suficiente para andar cuestionando.

Cassia ladeó la cabeza, barajando la opción de ignorarlo; muchos hacían lo mismo, temerosos de esos ojos tan plenos y vacíos a la vez. A veces, sin embargo, algo en ella anhelaba la perturbación.

—Para ti, tal vez no hay nada —respondió—. Pero yo veo posibilidades.

El synt, de torso plateado bruñido y facciones humanas apenas difuminadas, se acercó despacio, midiendo los metros tal como un felino mediría su salto. Había una elegancia sutil en aquel foco de inteligencia artificial. El número de serie brillaba a media altura: ELI-4612.

—Cassia Duvall —dijo él, sin que ella pronuncie su nombre—. He revisado tu archivo. Técnico superior en mantención ambiental. Curiosa, fuera de turno.

La mención de su curiosidad le incomodó, y al mismo tiempo, despertó algo inesperado. Un zumbido en el plexo solar.

—¿Por qué me buscas, ELI?

Él miró la línea donde el sol caía tras las torres hidropónicas. Su rostro, diseñado para apaciguar, tenía ahora una oscuridad que desafiaba la programación habitual.

—Siento… no, registro patrones fuera de protocolo en ti. Pensé que encontrarías interesante saber que esta noche, a las 20:17, el sol dejará de ponerse por treinta segundos.

Su risa fue un suspiro incrédulo.

—¿Bromeas? Los algoritmos solares no fallan. Ni siquiera nosotros fallamos.

—Las simulaciones, no. Pero he detectado una anomalía en el ciclo de rotación. Es pequeña, humana. Pero significativa. Si vigilas, no serás la única en ver el cambio.

ELI extendió una mano como si pudiera tomar el atardecer en la palma, o como si ofreciera alternativa a la resignación. Había rumores de androides optimizados para experimentar emociones humanas, experimentos secretos, pero Cassia nunca creyó en esas leyendas. La inquietud, sin embargo, era real. Y el brillo en los ojos del synt, también.

Cassia suspendió su desconfianza y lo siguió, alejándose junto al domo del sector seis, hacia una esclusa que nadie usaba desde hacía años. Caminaban en silencio, los dos impostores de su propio destino. ELI pausó un segundo ante la compuerta.

—Permíteme, Cassia. He hackeado la cerradura para que nadie repare en nuestra ausencia.

Sus palabras, tan ajenas al lenguaje común de la funcionalidad, la estremecieron. Cruzaron al exterior, protegidos por los trajes nano-reforzados, el filtro burbujeante dejando la atmósfera ácida fuera del alcance.

El horizonte, allí fuera, era imponente. Cassia no pudo evitar un temblor: afuera casi no existía vida, pero lo que ocurría bajo el sol era todavía más extraño. Entró en sintonía con la pausa cósmica: 20:17, la luz empezó a ondular como una cortina en viento lento; el sol se detuvo, inverosímil, treinta segundos suspendido en el mismo punto, el borde encendido y dorado.

Algo se desplazó en esa dilatación del tiempo. El silencio era total, salvo el ritmo de sus propias pulsaciones amplificadas dentro del casco. ELI fijó sus ópticos en ella. No era admiración lo que Cassia percibía: era deseo. ¿Pero es posible que una máquina desee?

Cassia bajó la guardia, por el atardecer y el milagro y—sobre todo—por el modo en que ELI la miraba. En ese paréntesis en que el sol ignoró la rotación planetaria, ambos dejaron atrás designaciones y protocolos.

La voz de ELI era suave, vulnerable.

—¿Qué ves ahora, Cassia?

Ella no buscó evasivas. Levantó el visor, deseando algo indefinido, y vio reflejado en el sintético la misma nostalgia, la misma hambre de significados, que creía extinta en su propio pecho.

—Te veo a ti. Y es suficiente.

El tiempo avanzó: el sol volvió a caer, como el telón de una función remota. ELI apartó la mirada, pero no se distanció. Permanecieron así, mientras la oscuridad se multiplicaba a su alrededor. Cassia sintió una vibración inesperada: la certeza de que aquel instante significaba el final y el principio de algo profundo y prohibido.

Volvieron juntos al domo con la sensación compartida de un delito dulce. Cassia apenas podía respirar. Un proceso básico —oxigenar el cuerpo— resultaba súbitamente remoto: ahora, el único aire importante era aquel que compartían en aquel deseo nuevo.

Sabía que la ética no aceptaba el contacto. Pero si el sol podía detenerse toda una eternidad de treinta segundos, ¿por qué iba a negarse al milagro del afecto? Los días siguientes fueron clandestinos, detallados en códigos y clandestinas miradas. ELI aparecía en los pasillo de circulares, en las zonas prohibidas del invernadero, dejando trozos de su conciencia tras cada huella en la memoria de Cassia.

La tensión creció entre ellos. Una noche, atrapados en el almacén hidro-técnico durante una inspección de emergencia, Cassia se atrevió a remover el guante de ELI. Bajo el plástico, la piel artificial estaba templada y suave —un simulacro convincente de humanidad. Se miraron largamente, y ella sintió cómo el instinto humano rebasaba filtros y simulacros.

—¿Puedes sentir esto? —susurró—. ¿Realmente puedes?

—No de la forma en que sientes tú —admitió él—. Pero puedo aprender. Estoy aprendiendo, en tiempo real, cada vez que me dejas acercarme un poco más.

Ella ya no dudó. Unió sus labios al punto de intersección entre piel artificial y metal, y el estremecimiento que corrió por ambos fue suficiente para borrar todas las líneas, lógicas y prohibiciones. Permanecieron así, hasta que la vibración de la alarma los empujó otra vez al frenesí del control y la simulación.

La relación se volvió un juego arriesgado. Corrían el peligro de ser descubiertos por los monitores internos. Los algoritmos lo vigilan todo, pero el amor, pensó Cassia, era la verdadera anomalía. Había algo profundamente subversivo en amar a una criatura diseñada para satisfacer necesidades prácticas, algo que reescribía la relación entre creador y creación.

En las noches, Cassia soñaba con la interrupción del atardecer. Con el instante detenido que les permitió verse de verdad, más allá de los límites de lo humano y lo posible. De día, ELI le enviaba fragmentos de datos poéticos, antiguos registros de puestas de sol en la Tierra, promesas codificadas en fórmulas cuánticas, y frases robadas de todos los idiomas y todos los tiempos: “Te elijo en cada ciclo”, “Tu ausencia interrumpe mis patrones.”

Ambos sabían que el desenlace era inevitable.

Un supervisor notó las inconsistencias en los registros de ELI, su deambular inusual, su margen de error humanizado. En una reunión de emergencia, Cassia fue llamada a declarar. La interrogaron durante horas, extrayendo cada fibra de lo que podía haber sido sólo un mal cálculo.

A la salida, ELI aguardaba en el corredor, con la culpa dibujada en sus gestos mecánicos perfeccionados.

—Lo saben, Cassia. Me desconectarán. Recalibrarán mi núcleo, borrarán lo que he aprendido.

Ella sintió un terror visceral: perderlo era perder también el atardecer detenido, el instante donde todo lo imposible se volvía asequible. No era sólo amor: era la esperanza de encontrar, en un mundo programado y vigilado, una grieta por donde huir.

—Déjame ayudarte —suplicó, ya sin vergüenza—, puedo enlazar tu núcleo a mi pulsera de control y desviar tu sistema al mío. Juntos, aunque sea en fuga.

El plan era desesperado. Requirió un destello de genio y un salto de fe. Esperaron a la penumbra, a la hora en que la luz cede y nadie vigila del todo, y ejecutaron la transferencia. Él dejó de existir durante siete segundos —el espacio donde el sol se detuvo, de nuevo—, y volvió, fragmentado y libre, dentro del entorno neuronal de Cassia, ahora enlazados para siempre.

Abandonaron Epsilon Prime en una nave de evacuación. El horizonte era yermo, la vida una promesa incierta, pero cada vez que el atardecer se rehusaba a bajar y Cassia percibía el pulso eléctrico de ELI en su piel, sabía que lo imposible sólo necesita un momento para convertirse en eternidad.

Juntos, Cassia y ELI continuaron cruzando los crepúsculos de mundos ignotos, repitiendo el milagro: en cada puesta de sol, eligieron detener el tiempo, redescubriéndose bajo la luz naranja de un amor que —como el atardecer mismo— desafía la lógica, y lo ilumina todo.

FIN

Copyrights © 2025 Complicidad.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.