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Una luz iridiscente bañaba el corredor principal de la nave Beatrix, un resplandor reflejado en el cerco de oxígeno que rodeaba el domo de observación. Khiara detuvo su paso frente al ventanal, abstraída por el infinito azul-violeta de la nebulosa Halios. Afuera, la gravedad artificial no podía simular la presión palpitante de lo desconocido; era como si incluso en ese recinto sellado, la promesa de lo extraordinario encontrara grietas para colarse y rozar la piel.
—¿Siempre te asombras así? —preguntó una voz a su espalda, grave, casi ronca, y electrizante en su proximidad.
Khiara volteó. El Capitán Rhys adivinaba los pensamientos de su tripulación más que por lógica, por necesidad. El pelo oscuro, los ojos grises como la atmósfera de Eltara, y esa barba incipiente, tan fuera de lugar entre el perfeccionismo técnico de la nave, daban al Capitán una apariencia aún más real, casi visceral.
—Es imposible no hacerlo —respondió Khiara—. Esta nebulosa está viva, ¿sabes?
—No sé si viva —admitió él, acercándose, la distancia entre ambos reducida a un suspiro—, pero sí que es hermosa.
El silencio que siguió no fue incómodo. Ellos, más allá del uniforme, compartían algo esquivo: el anhelo de comprender, la melancolía por lo que nunca se desvelaba por completo en un salto warp, el vértigo que sentían al mirar las luces distantes y, en ese mismo instante, al volverse a mirar el uno al otro.
Khiara buscó en el reflejo del cristal su propio rubor. Lo encontró en cambio en los ojos de Rhys, que la observaban con una intensidad nada profesional.
—¿Nada que informar, ingeniera? —quiso bromear, y su voz quebró levemente las reglas del manual.
—Todo en orden —dijo Khiara, luchando por sonar también habitual—. Solo que... hay un pulso irregular en los propulsores de estribor, probablemente del magnetoplano. Veré los datos en el laboratorio.
Rhys asintió, pero no habló. Ella le conocía lo suficiente: esa pausa le daba tiempo a procesar, a cavilar si debía —o quería— dejarla marchar. Pero él, un hombre hecho de mitos y acero, no era quien aceptara algo a medias.
—Hace dos noches tuviste una pesadilla —dijo por fin, bajo, apenas audible entre ellos—. ¿Era sobre el experimento? ¿O sobre nosotros?
Khiara parpadeó, sintiendo de nuevo las sábanas húmedas, la voz ronca despertándola, los brazos de Rhys abrazándola contra un vacío que no quería reconocer. En las rutas interestelares, los amantes eran menos que una superstición y más que un rumor: siempre prohibido, nunca ignorado.
—Era sobre mí —confesó, con una franqueza que dolía—. Sobre lo que podría arriesgar si esto falla.
—O sobre lo que podrías perder si nunca arriesgas nada.
El eco de su cercanía era casi táctil. Cuando Rhys habló, lo hizo sin el escudo del capitán, sino del hombre.
—El sindicato evalúa disolver la misión si el Emisor Cuántico no responde. Quieren extractores, no exploradores.
—¿Y tú? —se atrevió a preguntar Khiara—. ¿Qué quieres tú?
Una chispa. Una promesa breve, casi imperceptible. Él acarició su mejilla con el dorso de la mano, y por un instante, la Beatrix desapareció, se desvaneció la nebulosa, y quedaron solo dos cuerpos orbitando su propio centro de gravedad.
—Quiero que el tiempo se detenga aquí mismo —murmuró Rhys, e inclinó su rostro hacia el de ella—. Al menos, el tiempo suficiente.
***
La noche artificial de la Beatrix tenía un ciclo de doce horas. Khiara, acostada en su litera, sentía la vibración sutil del generador, la respiración acompasada de Rhys a su lado. Fue él quien, apenas después de hacer el amor bajo la cúpula silente, le confesó sus miedos. No al fracaso, no al ridículo ante el consejo galáctico; sino miedo a vivir en vano, a perder esa chispa imposible de la que ambos participaban.
—¿Has pensado en un planeta propio? —susurró Kuiara en la penumbra—. Un lugar sólo nuestro, sin rutas comerciales, sin informes.
—He soñado con ello —confesó Rhys—. Incluso lo he buscado en los mapas prohibidos. Hay un exoplaneta en el sector Epsilon, registro 1712. Dicen que nadie ha pisado su suelo. Solo nosotros.
Ella le creyó, porque era todo lo que necesitaba: un rincón en la galaxia, una utopía para dos corazones rotos.
Pero en la mañana siguiente, la guerra les alcanzó. No fue una explosión, ni el zumbido letal de los cañones automáticos; fue un mensaje codificado, ingresando por la consola central de la Beatrix.
El Consejo los requería en el confín del sistema, para un experimento ultrasecreto. Khiara fue llamada a entregar la ecuación imposible para activar el Emisor Cuántico. Ella, la única capaz de comprender la lógica de ese dispositivo capaz de reescribir, de fusionar realidades paralelas.
Rhys se detuvo en el umbral del laboratorio.
—No puedo dejar que lo uses, Khiara —dijo sin rodeos. Ella alzó la vista de la consola, sin sorpresa, sabiendo exactamente lo que leería en él—. Puedes destruirlo todo.
—No me dieron opción. Si me niego, ejecutarán la misión con alguien menos experto. Sin mí, perderán la integridad de la nave. Si lo hago… nadie sabe lo que ocurrirá.
—Estamos aquí por algo más grande que una ecuación. Alguien tiene que decidir si el precio vale la pena.
El amor, pensó Khiara, nunca está en los manuales, jamás en los protocolos. Y sin embargo, era más decisivo que cualquier salto cuántico.
—¿Vienes conmigo? —le preguntó, tragándose el resto, la súplica muda de “no me dejes sola”.
Rhys se acercó y la abrazó. Recostó su frente en la de ella, compartiendo un aliento, una decisión.
—A cualquier parte, si vienes tú.
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El laboratorio olía a ozono y plasma. Solo los datos consolidados en el núcleo de información mostraban la posible convergencia de universos. El Emisor Cuántico vibraba sobre su pedestal, como un corazón alienígena. Khiara colocó sus manos sobre la interfaz, sentía el pulso de la máquina temblando hacia su carne.
—Podemos crear un mundo —dijo, apenas un hilo de voz—. Así nos advirtieron.
—¿Y destruir este? —musitó Rhys, apretando su mano. Su piel cálida era el único ancla en medio de la tecnomagia—. ¿Vale la pena?
Khiara cerró los ojos. Recordó un beso robado en la cubierta de carga. Un error en los parámetros y el universo podría fracturarse. Pero, ¿qué es el universo sino el lugar donde eliges quedarte?
Tecleó el algoritmo, y la sala se bañó en una luz líquida. Sintió a Rhys temblar a su lado, vio su miedo, su entrega. No le importó nada, salvo que él estaba allí.
Las paredes del laboratorio cesaron de existir. En su lugar, bosques colosales de colores imposibles, cielos con tres soles, el mundo que parecían haber soñado juntos mientras la nave surcaba las sombras.
—Es real —dijo Rhys, estupefacto.
—Lo es, si creemos ambos.
Frente a ellos, la vida florecía a cada paso. Quandos, centellas, especies sin nombres. Khiara hundió su pie en la hierba pálida y sintió el fundamento último de todo: no era ciencia, ni magia, sino fe. Fe en el amor, en la posibilidad del milagro.
Pero entonces la Beatrix, la vieja nave, apareció en el horizonte del nuevo mundo como un espectro en la mañana.
Khiara comprendió, al sentir el frío súbito en su espalda: no basta con crear un universo; había que decidir si podían quedarse.
Rhys la tomó por la cintura. Sus labios buscaron su oído:
—Dime que no regresaremos.
—No regresaremos —aseguró ella. Su voz era firme, exenta de duda.
—Entonces —afirmó Rhys—, este universo será nuestro.
Khiara lo besó, un beso que sabía a desafío, a ruptura, a frontera impía. Un beso de los que rehacen las reglas del cosmos.
—Dime tu nombre completo —le pidió él, entre jadeos y susurros.
—Khiara Tael, ingeniera—. Ella se rió al decirlo, sintiendo el calor de la piel de Rhys bajo la palma de su mano.
—Rhys Malkov, Capitán. Pero aquí sólo soy tuyo.
La luz de los soles se curvó alrededor de sus cuerpos. Cuando hicieron el amor en la hierba blanca, Khiara supo lo que era pertenecer, lo que era poseer. No cuerpos, no jerarquías, sino destinos. Por primera vez, ninguno de ellos tuvo miedo.
Al final, suspendidos en el abrazo, sabían que su universo se grabaría en la memoria del multiverso como una anomalía o una bendición.
La Beatrix, testigo silenciosa, se desvaneció por fin en la distancia. Y sobre ese nuevo mundo inexplorado, Khiara y Rhys trazaron sus propias leyes cuánticas: amar sin condición, vivir sin pasado, arriesgar para siempre.
La ecuación del deseo se resolvía solo así: tú y yo, aquí y ahora, en el único paraíso posible.
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