Fragmento:
Mara habría querido preguntar por el sentido de ese "contigo". Pero entre Mara y Yoritomo aún flotaban las convenciones de lo efímero. Abrió la boca, pero en vez de palabras otra cosa, vieja y poderosa, se instauró entre ambos: el silencio de los cuerpos que no se han tocado todavía pero ya se buscan con el pensamiento.
Duración: 09:08
La ciudad de Nereida flotaba en los vapores ambarinos de la atmósfera superior de Titán, sus estructuras hechas de compuestos traslúcidos que capturaban como joyas hilos de luz solar. Al atardecer, cuando el hidrometano se tornaba carmesí y la escarcha de nitrógeno cubría los domos, Mara recorría el paseo elevado que circundaba el módulo central, contemplando los recortes de las nubes sobre la negrura del espacio. Desde que los humanos llegaron a Saturno, hacía ya generaciones, los poetas buscaban palabras nuevas para la nostalgia: en Titán era distinto. Había una gravedad menor pero una pesadumbre mayor.
Mara, computista en la estación bioquímica, había conocido la soledad desde mucho antes de la colonización, en la Tierra que ya era sólo una palabra nostálgica inscrita en los archivos. Sin embargo, entre restos de códigos y cultivos genéticos, encontró una compañía inesperada en la forma de Yoritomo, un técnico de inteligencia artificial llegado en la última rotación de personal desde la órbita de Encelado.
Yoritomo no traía consigo historias románticas ni sueños épicos; cargaba un pasado lleno de ausencias y un presente hecho de rutinas precisas. A Mara le atrajo, no por lo que decía, sino por los silencios que navegaban entre ambos cuando compartían el turno nocturno manipulando enzimas y rastreando mutaciones insólitas en los biorreactores. Yoritomo, de apariencia avejentada más por la gravedad artificial que por los años, poseía una serenidad autónoma, casi inhumana; y fue ésa, paradójicamente, la razón de su cercanía.
Encuentros casuales se transformaron, sin que ninguno percibiese el instante, en citas programadas: la visita al observatorio del gran domo, las tardes de simulación de navegación sobre el lago Kraken, ensayos curiosos de gastronomía terrestre con ingredientes sintéticos. Habitaban la frontera invisible entre el cariño y la necesidad, entre la simple costumbre y el inicio de un amor marcado por la provisionalidad: en Titán, poco era permanente excepto la distancia y la espera.
Había una liturgia temprana que Mara nunca dejó de observar. Sabía cuándo Yoritomo recorrería los corredores con sus rodilleras metálicas y cuándo su voz, baja y a veces opaca, rompería el murmullo del generador central. Sabía, sobre todo, cuándo los ojos de Yoritomo la buscarían en el cristal, reflejados en las lentejuelas del hidrometano condensado.
Una noche, mientras calibraban sensores sobre un organismo experimental —mutación programada de un liquen fabricado para “respirar” metano— Yoritomo habló:
—Mara, ¿alguna vez soñaste regresar a la Tierra?
Ella no supo responder de inmediato. Esa pregunta le era ajena, como si la Tierra hubiera pertenecido a otros, a sus antepasados, como un mito exiliado de la realidad.
—No sé —dijo—. ¿Tú sí?
—Siempre soñé eso —repuso—. Pero desde que llegué aquí, no me atrevo ni a soñar con volver. Como si la distancia ya no admitiera retorno. Y, sin embargo, contigo... siento que puedo imaginarlo otra vez.
Mara habría querido preguntar por el sentido de ese "contigo". Pero entre Mara y Yoritomo aún flotaban las convenciones de lo efímero. Abrió la boca, pero en vez de palabras otra cosa, vieja y poderosa, se instauró entre ambos: el silencio de los cuerpos que no se han tocado todavía pero ya se buscan con el pensamiento.
Días después, la estación entró en alerta: una tormenta geomagnética sobrecargaba las defensas, los sensores y las plantas de energía. El personal quedó confinado durante jornadas eternas en los módulos internos. En ese encierro, todo lo prohibido emergía con fuerza. El corredor que los separaba era tan irreal como la vieja Tierra.
Aquella noche de emergencia, la ciudad parecía suspendida en la nada. Las luces tenues apenas delineaban los contornos, y la vibración grave del generador, perturbada por la tormenta, se asemejaba a una respiración alterada. Con la excusa de repasar los datos del catalizador, Mara citó a Yoritomo en un laboratorio lateral. El corazón, acelerado como nunca, dictaba el ritmo de sus palabras.
Se miraron, al fin. Entre los dos, ningún cristal; apenas la distancia de un suspiro.
—Dime qué ves cuando me miras —susurró Mara.
—Veo todas las rutas posibles —respondió Yoritomo, y su voz tembló con algo que no era el frío del nitrógeno.
Se acercaron. El beso —ese hecho tan anticuado para una colonia de exiliados entre lunas— llegó torpe, como el de adolescentes distraídos, pero fue también irrevocable. El roce entre sus labios, tan breve y total, sellaba un tratado no de pasión inmediata sino de fragilidad: en ese contacto, ambas soledades reconocieron, quizá por primera vez, la sustancia real de la compañía. Titán dejó de girar durante un instante.
Pero en Titán, tiempo y materia tienen otros dictados. El fragor de la tormenta cortó las comunicaciones exteriores. Mientras la colonia funcionaba en modo seguro, apareció la amenaza: uno de los organismos mutados comenzó a desestabilizarse, liberando un gas que podía, de no ser controlado, desencadenar una reacción en cadena en los sistemas de soporte vital. Mara y Yoritomo quedaron encargados de contener el incidente.
El proceso resultó complejo y sumamente peligroso. Exigía que uno de los dos manipulara, manualmente, la válvula de contención en un sector externo y sin escudos, mientras el otro observaba los niveles desde el interior. Había margen para un error. Yoritomo se ofreció.
—Tienes que quedarte y dirigir la operación. Yo trabajaré afuera.
Ella intentó disuadirlo, pero su decisión fue absoluta. Yoritomo cruzó la esclusa, sellada tras de sí, y activó el visor externo. La imagen de su figura borrosa por la visera empañada parpadeó en la consola de Mara, enmarcada por la tempestad eléctrica de Titán.
—Escúchame —dijo él por el comunicador—. Si no regreso, quiero que recuerdes una cosa: tú eres la Tierra a la que regreso cada día, sin importar el planeta.
Ella se mordió el labio, las manos convertidas en garras sobre la consola.
Yoritomo logró, con una pericia digna de leyenda, contener la fuga. El gas residual filtrado, las alarmas cerradas. Cuando volvió, las baterías auxiliares estaban casi agotadas. Mara corrió hacia la esclusa, temiendo una desgracia. Se encontraron, exhaustos. No hubo palabras, sólo un segundo beso: desesperado, hambriento, genuinamente humano.
Durante semanas, la vida retornó a la normalidad aparente. La colonia, aun bajo el cielo negro de Titán, celebró la hazaña. Pero algo invisible trabajaba debajo de la piel: una alteración microscópica en la sangre de Yoritomo, expuesto sin querer al gas temprano, que no detectaron las pruebas iniciales.
Pasaron apenas cuatro ciclos hasta que los síntomas se hicieron innegables. Médicos, biólogos y microbiólogos buscaron una cura, pero la mutación era inédita, rápida e implacable. El organismo experimental, diseñado para alterar la tolerancia humana al ambiente de Titán, había descompuesto una cadena esencial en las células de Yoritomo. La muerte, dijeron, sería indolora, pero inexorable.
Él lo afrontó con la misma serenidad que el día en que llegó. Pero ella, Mara, sentía el rumor de mil tempestades comprimido sobre su nave personal. Por vez primera, la presión de Saturno no era nada ante el peso de la despedida.
En los últimos días que compartieron, Yoritomo se volvió más callado. Observaba, con la mirada vuelta hacia ese infinito gasoso tras los domos, paños de nubes que no prometían futuro.
—No hay redención en la epopeya de los exiliados —susurró una vez—. Tan sólo amor, o la ilusión de que lo hubo.
Mara pasaba largas horas registrando su voz, grabando los fragmentos de conversaciones, los relatos breves que el técnico concedía en su lecho sintético. Finalmente, cuando los enfermeros apagaron los monitores y la estación reinicializó su rutina, ella se permitió llorar. No tanto por la muerte de Yoritomo, sino por el hueco desmesurado que su ausencia abría entre los pasillos y catalizadores, en los paseos circulares, en los sueños.
Años después, Mara siguió en Titán. Vio llegar nuevas generaciones, nuevas tormentas. Por rutina, acudía cada anochecer a la hidropista oeste, donde las luces caían oblicuas y los archivos brincaban con reflejos de hidrometano. Allí, a veces, cuando la atmósfera casi rozaba la transparencia imposible, pensaba en el beso inaugural y en el postrero, aquel beso final que sólo vive en la memoria de los exiliados.
En Nereida, algunos hablaban de Mara como la última testigo de una efímera historia de amor. No sabían que el verdadero romance no era la pasión, sino la determinación diaria de abrazar el vacío y sin embargo atreverse a recordar, siempre, la textura de unos labios en el espacio, la gravedad extraña del último beso.
Así Titán giraba, con su paciente letargo, y Mara —gravitando aún entre dos soles— guardaba en sí la ecuación inacabada de aquello que se fue, y que siempre, entre la escarcha de los domos y el temblor de la vida, estaría al borde de regresar desde el umbral de la ausencia.
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