Portada del relato Sombras en la terraza
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Fragmento:


Martín se sentó junto a ella, colocándose el sombrero ahora sobre las rodillas.

Duración: 08:54

Sombras en la terraza
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Texto de ajuste de pausa.

El café de la esquina tenía fama de preparar el mejor capuccino en todo Distrito Federal. Era un lugar pequeño, de ladrillos oscuros y mesas de madera tan gastadas que contaban miles de historias de amores ya pasados, de charlas interminables. Si hubiera que buscar el motivo por el cual Claudia regresaba cada viernes al mismo sitio, ésa sería la sensación de veracidad, de que allí el tiempo no corría, sino que se detenía, al menos por un instante. Y, sin embargo, aquella tarde de comienzos de otoño, mientras el crepúsculo pintaba con naranjas y rosados los balcones, su vida giró inesperadamente, como si el destino hubiera decidido revolver las cartas de su propio mazo y tendérselas, boca arriba.

Llegó puntual, como siempre; tenía la costumbre de colocarse junto a la ventana que daba a la calle por donde él solía aparecer. Martín. El nombre flotaba en su mente con ese brillo casi culpable de los recuerdos prohibidos. No era nada aún, se repetía. Un par de charlas, uno que otro intercambio de miradas, apenas la promesa de algo que podría ser y que aún estaba por construirse. Martín había ido al café una tarde lluviosa hacía dos meses, con un sombrero panamá desproporcionado para el clima, o eso le pareció a ella; pero fue justamente ese detalle, ese aire de quien no encaja en la prisa de la ciudad, lo que enredó sus pensamientos como hiedra en la verja.

Su mesa favorita estaba libre. Pidió su café y un trozo de pan de plátano. Había algo de ritual en el modo de desmenuzarlo, despacio, mientras se distraía contando autos y preguntándose si esa vez él sí llegaría. La campanilla colgada en la puerta tintineó ligerísimamente. Ella lo supo antes de girar la cabeza: Martín sabía llegar sin anunciarse, como si el mundo estuviera esperando su entrada. El sombrero era el mismo, la sonrisa también. Una sonrisa que era menos un gesto que una promesa; sugería algo indecible, una ternura con filo, como el cuchillo que parte el pan en la mesa de alguien que amas después de la guerra.

—¿Me dejas acompañarte? —preguntó, tocándose el ala del sombrero con gesto distraído.

—Si no lo hiciera, ¿te irías? —respondió Claudia, saboreando la coquetería en su propia voz, disfrutando cómo el juego se deslizaba por los bordes de lo permitido.

Martín rió bajo. Era el tipo de hombre que sabía escuchar, y eso, en Claudia, era un detonante. Compartieron palabras salpicadas por silencios cómodos. Hablaban de novelas, de películas, de la ciudad y sus contradicciones. Las manos de Martín, grandes y cálidas, a veces se apoyaban sobre la mesa como para ofrecerse, y ella no podía evitar observarlas mientras hablaba, preguntándose cómo sería sentir que la rozaban. Un roce real, no accidental.

Transcurrieron así casi dos horas, hasta que Claudia notó que la tarde caía y que las mesas de la terraza se iban quedando vacías. Ella se recostó en el respaldo y jugó con su cabello, tensa ahora, porque intuía que tendrían que despedirse. Había esperado ese momento, y ahora la realidad amenazaba: volver a la cotidianidad, a los mensajes sin respuesta inmediata, a la ilusión suspendida hasta el siguiente viernes.

—¿No te gustaría cambiar de escenario? —sugirió Martín, sombrero en mano, mientras los últimos rayos de sol rebotaban en el ala de paja.

Claudia, sin pensarlo demasiado, asintió. Se despidieron de los camareros, cruzaron la calle y caminaron hacia el parquecito que se abría al costado del café, un rincón poco transitado que parecía ajeno a la ciudad. Allí, entre los primeros aromas del césped mojado y los gritos distantes de los niños, encontraron una banca de hierro forjado.

Martín se sentó junto a ella, colocándose el sombrero ahora sobre las rodillas.

—¿Puedo hacerte una pregunta indiscreta?

Claudia lo miró de reojo, fingiendo desinterés.

—Eso depende del nivel de indiscreción. Estoy dispuesta a tolerar hasta un seis.

Martín se rio. Los pájaros hacían un alboroto en las ramas, aliviando la tensión. Él la miró con la profundidad de quién busca algo más allá de la superficie.

—¿Alguna vez has robado un beso? —preguntó al fin.

Ella, sorprendida, desvió la mirada y mordió su labio inferior. Sabía que el rubor le subía por el cuello.

—Creo que sólo he permitido que me los roben. La culpa siempre es del otro —respondió al cabo de un momento.

Martín jugueteó con el sombrero, girándolo entre sus dedos.

—¿Y si te dijera que este sombrero es el culpable de que desee hacerlo?

Claudia rió, desafiante.

—¿El sombrero? Vaya, ésa es una excusa que no había escuchado.

Él se le acercó, acortando la distancia. No había nadie alrededor. Los sonidos de la ciudad eran un eco distante, un pretexto más. Se inclinó apenas, no lo suficiente para ser invasivo, pero sí para dejar claro a qué jugaban.

—Dicen que quien roba con sombrero, después no regresa el corazón.

Quiso responder, pero la frase se posó, blanda, en el aire. Claudia supo que en ese momento no importaba nada salvo la inminencia del beso: la tensión eléctrica, el suspiro contenido, el cálido temblor del deseo. Martín, entonces, la besó. No fue un beso casual: fue el tipo de beso que uno recuerda en las mañanas solitarias, el que arranca el hilo de la realidad y lo cose en la carne. Los labios se descubrieron, y ella se encontró respondiendo con avidez, como si aquel beso hubiera estado aguardando desde mucho antes de conocerse.

El sombrero cayó al suelo, rodó hasta topar con la banca. El beso se alargó, creciendo, llenando el parque de ese silencio expectante, como si el universo se detuviera en respeto por ese instante robado.

Cuando se separaron, Claudia se llevó una mano a la mejilla. Ni una palabra; sólo miradas y risas bajas. El sombrero, a sus pies, le pareció de pronto una reliquia sagrada.

—Creo que tienes razón —susurró ella—. Es peligroso enamorarse de alguien que usa sombrero.

Martín alzó el sombrero, lo sostuvo suavemente entre ambos, y luego se lo encasquetó en la cabeza de Claudia, ladeándolo con gesto galante.

—Entonces, deja que el riesgo sea mutuo.

Después caminaron sin rumbo por las calles tranquilas. Había pequeñas sorpresas en cada esquina: grafitis coloridos, puertas antiguas, una panadería que, pese a la hora tardía, aún olía a bolillos recién hechos. Martín hablaba de sus viajes, de cómo había terminado en una ciudad tan compleja y a la vez tan llena de posibilidades. Claudia escuchaba, pensando en que todo era irreal, en que alguien debería fotografiar la escena, dejar constancia de que, al menos para dos personas, la vida podía suspenderse en un viernes cualquiera.

Se detuvieron frente a una librería iluminada, una rareza a esas horas. Tras los cristales empañados, los libros parecían prometer otros universos.

—¿Entramos? —propuso él.

Claudia lo miró de soslayo, aún sintiendo el calor del beso.

—Solo si prometes que no volverás a robarme nada… bueno, a menos que sea mi tiempo —rió.

Martín hizo una reverencia, con ese humor que la desarmaba, y entraron. Dentro, el aroma a papel y café rancio era casi tan embriagador como el beso robado minutos antes. Recorrieron los estantes, señalando títulos, inventando historias sobre los personajes de las portadas.

En un momento, Martín desapareció tras un anaquel. Cuando volvió, en la mano tenía un libro de cuentos, clásico de la literatura romántica.

—Toma —dijo, ofreciéndoselo—. Para que recuerdes que los besos robados son los que dan mejor material de lectura...

Claudia sonrió, aceptando el libro. Pero antes de que pudiera decir nada, él, con una rapidez juguetona, le levantó el sombrero de la cabeza y volvió a besarlo, como si fuera una copa brindando por su nueva alianza. Se lo devolvió con ceremonia exagerada, y ambos se echaron a reír, ignorando las miradas sorprendidas de la dependienta.

Al salir, la noche había caído por completo. Claudia, con el libro abrazado al pecho y el sombrero ligeramente torcido en la cabeza, sintió un vértigo cálido. Sabía que el juego apenas comenzaba, que la sal de los encuentros prohibidos suele perdurar mucho más que el azúcar de los amores planeados.

Él se despidió en la siguiente esquina, no sin antes deslizar entre las páginas del libro un papel doblado.

Más tarde, ya en su departamento y todavía sonriendo a solas frente al espejo, Claudia encontró la nota. Era una dirección, la promesa de una nueva cita, y una posdata:

“Te robé un beso y el sombrero; la próxima vez, quizás me lleve tu corazón.”

Claudia, todavía con el aroma de la tarde en la piel, supo que la aventura no había hecho sino empezar. Y, al pensarlo, no pudo evitar reír. En algún lugar del Distrito Federal, otra tarde esperaría para repetirse, tal vez con un nuevo beso robado, tal vez con un sombrero distinto; pero siempre, siempre, con la promesa inquieta de lo que sólo descubren quienes son capaces de apostar, aunque sea por una sola vez, todo lo que son.

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