Fragmento:
Según supo después, Eliseo solía pedir café con leche sin azúcar y abría siempre un libro de poemas, uno distinto cada vez. Aquella tarde, sin embargo, solo miró por la ventana y de vez en cuando se quedaba ensimismado con los carteles de horarios de trenes, como si adivinara en ellos la fecha secreta de una cita.
Duración: 09:09
El reloj de la estación tenía sus manecillas ancladas en las seis y quince. Fuera cierto el rumor o no, muchos decían que nadie lograba recordar cuándo había funcionado ese reloj por última vez. El vapor gris del tren se enredaba en la tarde, y en la terraza de la cafetería—el lugar donde los forasteros encallaban con sus tazas a medio vaciar—se iniciaba la breve historia de Vera y Eliseo.
Vera sentía la temporada rozarle la espalda, el viento otoñal revolviéndole los cabellos con evidente descortesía y las manos congeladas apretando el cuaderno donde intentaba escribir su primera novela. Sus dedos apretaban el bolígrafo como si más que palpar las palabras, debiera exprimirlas de algún lado oscuro y húmedo. Cada tanto miraba por la ventana, siguiendo con la mirada el andar de las pocas personas que, como ella, no sabían muy bien si esperaban a alguien o simplemente el paso del tiempo.
Eliseo llegó con la llanura estampada en los ojos, la bufanda caída de lado y un abrigo que olía, imaginaba ella, a bosque lluvioso y a algo dulce, como nueces tostadas. A Vera le llamó la atención su modo de avanzar: no apurado pero tampoco ajeno, como si creyera en la bondad de las rutas y en la posibilidad de coincidir con el mundo. Tomó asiento justo en la mesa frente a ella, separada apenas por el pasillo angosto de la cafetería.
Según supo después, Eliseo solía pedir café con leche sin azúcar y abría siempre un libro de poemas, uno distinto cada vez. Aquella tarde, sin embargo, solo miró por la ventana y de vez en cuando se quedaba ensimismado con los carteles de horarios de trenes, como si adivinara en ellos la fecha secreta de una cita.
Vera quiso volver a su cuaderno, pero el filo de la inquietud la cortó. No era exactamente que esperara algo de aquel desconocido, ni correspondía a un deseo claro por conocerle, sino la certeza de que, si permitía que esa franja de tiempo se deslizara humedeciendo los adoquines, se quedaría sin algo que aún no podía definir.
Se preguntó, mientras esbozaba un verso ilegible, si no sería todo una trampa de su imaginación. La última decepción—Salvador, que había acompañado su invierno con promesas y después, con un silencio que olía a abandono—todavía tenía la sombra grande y fría en su memoria. Quizá por eso, cuando Eliseo pidió un segundo café, la palabra “compañía” le atravesó el pecho como una aguja invisible.
Cerca de las siete, la cafetería se quedó en penumbra. Las luces tenues agregaban matices dorados a las tazas blancas y las hojas secas apiladas en los alféizares. Sin decidirlo racionalmente, Vera recogió su cuaderno, lo cerró con suavidad y, respirando hondo, rozó la mesa de Eliseo. Él la miró con unos ojos marinos y claros, pero no de transparencia sino de profundidad.
—¿Te molesta si…?
—Por favor, toma asiento —dijo él antes de que terminara la pregunta.
Hablaron primero de cosas anodinas; el clima, las lluvias de los últimos días, dos recomendaciones de pasteles y la rareza de ciertas canciones que sonaban, mecánicamente, en el fondo. Vera casi se sentía a salvo así, como si su cercanía pudiera adoptar la tranquila forma de una camaradería pasajera. Pero la conversación tomó deriva cuando Eliseo, por accidente o por intuición, preguntó:
—¿Y tú, por qué escribes?
Vera titubeó. Nadie le hacía esa pregunta así, con la seriedad triste de quien sabe la respuesta de antemano.
—No lo sé bien. Creo que a veces es para entender el dolor. O para no olvidarlo.
Él asintió lentamente, como si masticara un recuerdo propio.
—Uno se vuelve adicto, ¿verdad? A eso de intentar entenderse en la palabra de otro.
Horas después, cuando la cafetería casi había vaciado su aire, Vera percibió una plenitud rara, una saciedad que nada tenía que ver con la comida. Quizá fuera aquel hilo invisible, esa posibilidad de descubrirse en la mirada del otro sin desnudez forzada. Se despidieron sin intercambiar teléfonos; apenas un “quizás nos veamos mañana, si el tren y el azar lo quieren”.
Aquella noche, Vera soñó con una escalera interminable y ventanas que daban a un mar imposible. Se vio a sí misma cruzando grandes salones repletos de relojes parados. Y frente a uno de ellos, Eliseo sostenía un libro cuyas páginas estaban en blanco.
Regresaron a la cafetería al día siguiente, y después el otro, y otro más. Nunca se dieron cita formal, pero sus rutinas se compusieron a base de encuentros votados por la casualidad. Vera no preguntaba mucho y él tampoco. Compartían fragmentos de vidas, ideas y anécdotas que parecían parte de un teatro al que ambos llegaban sin saber el guion.
En ciertos momentos, Vera sentía una urgencia por conocerlo todo sobre él: sus miedos más hondos, la razón por la que parecía mirar siempre el exterior cuando, en verdad, todo lo relevante estaba ahí, en ese instante entre ellos. Pero no preguntaba. Temía que las preguntas, como hilos tensos, deshicieran aquello indefinido que latía con ternura.
Así, compartían el silencio mejor que las palabras. Si alguno se demoraba, el otro aguardaba con suavidad, sin exigencias. De vez en cuando, Vera anotaba estados de ánimo en su cuaderno, frases sueltas, nombres de ciudades que nunca visitaría. Eliseo a veces leía en voz baja, se reía de algún punto y coma mal puesto o de un adjetivo disonante. Él le prestó un libro amarillento de cartas; Vera le trajo un paquete de semillas para que, según dijo, “llevara árboles en los bolsillos”.
A veces, Vera pensaba en la naturaleza de ese lazo. ¿Era amor? Si lo era, no se parecía al calor abrasador que había sentido otras veces. Era más bien una marea tibia que subía, tan apacible, que la hacía preguntarse si en algún momento la inundaría por completo.
La llegada del invierno comenzó a insinuarse en las mañanas. Un día, cuando la nieve ensayaba su primer trazo, Vera sintió que necesitaba colocar un nombre a lo que sentía. De modo torpe redactó una carta que nunca entregó, donde ensayaba confesiones, preguntas, hasta ruegos encubiertos. “¿Por qué el cuerpo espera tanto del otro, si basta con saber que existe?” escribió en un margen. La guardó en un bolsillo, segura de que jamás escaparía del lado de su pecho.
Eliseo parecía igualmente atrapado en una bruma; algunas tardes miraba el techo, abstraído, dejando entrever que había asuntos personales flotando sobre él, cosas que no necesitaban ser verbalizadas para que dolieran. Por días, Vera creyó estar atrapada en una versión tímida de la felicidad, esa que no se muestra, apenas se asoma.
Hasta que una tarde llegó a la cafetería y él no estaba. Ni ese día, ni el siguiente ni el después. Al principio fue la incomodidad; luego, una zozobra pegajosa. Vera sentía la confusión crecer: ¿había existido algo real más allá de la rutina compartida? ¿Se podía perder lo que nunca se llegó a nombrar? Por las noches repasaba en la mente cada conversación, cada cruce de miradas, intentando dilucidar si hubo señales de despedida.
Casi dos semanas después, Eliseo apareció. Llevaba la barba crecida, los ojos cansados.
—Mi padre estuvo enfermo. Tuve que viajar a otra ciudad. No quise llamar, ni escribir… no quise dar pie a la costumbre del consuelo por compromiso.
Vera soltó el aire contenido, pero no preguntó nada más. Sólo asintió y él dibujó la sombra de una sonrisa.
Esa tarde llovía, la cafetería olía a lana mojada y galletas de jengibre. Eliseo habló, por fin, de su pasado: un amor ausente, una traición nunca digerida, el miedo de volver a sentir demasiado. Vera escuchó como se escucha el mar: sabiendo que cada oleaje es prueba de un abismo oculto.
Escucharse los llenó de una delicada nostalgia.
Pronto comprendieron que allí, en ese recoveco de tiempo detenido, ambos se encontraban entre la orilla del deseo y el mar de la confusión. No podían avanzar, pero tampoco deseaban retroceder. Había en ese vínculo la extraña belleza de lo no consumado, la poesía del casi, la perfección de lo inabarcable.
Pasaron los meses en esa danza plácida. Toda mirada era una invitación. Toda sonrisa un refugio. Pero ambas partes sabían, cada uno en la frontera de su propio desasosiego, que el encuentro nunca pasaría de ese lugar. No podrían ser amantes, no serían sólo amigos. ¿O acaso ya lo eran, pero de un modo que nadie antes les había enseñado a comprender?
El día que Eliseo se marchó definitivamente, dejaron el adiós en suspenso. Él le entregó un sobre sellado y ella lo sostuvo durante horas antes de abrirlo. Adentro sólo había una frase recortada de un libro: “No es el instante lo que recordamos, sino el temblor que deja en el alma”.
Vera regresó una vez más a la cafetería semanas después y, al sentarse, comprendió que algunas historias son perfectas porque nunca se realizan del todo.
Siguió acudiendo cada tarde sin esperar ni temer nada. El reloj de la estación continuó inmóvil y su pequeño cuaderno se llenó de palabras que celebraban lo que había sido posible y, sobre todo, lo que no.
En el fondo de la taza, Vera encontró el reflejo preciso: la belleza de lo incompleto, la paz inquietante de amar y confundir, a veces en el mismo gesto, buscando siempre el nombre secreto de lo que jamás se nombra.
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