Portada del relato Atracción entre dos lluvias
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Fragmento:


—¿Trabajando o pensando en trabajar? —dijo, con un guiño apenas perceptible a la pantalla de Clara.

Duración: 10:30

Atracción entre dos lluvias
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Texto de ajuste de pausa.

La tarde se deslizaba por las ventanas del café con la lentitud indecisa de la primavera en la ciudad, esa estación traicionera que a veces se disfraza de invierno y otras de verano sin pedir disculpas. Clara no lo notaba; tenía la costumbre de abstraerse en sus auriculares, el portátil abierto, el mundo encajonado en la pantalla y ese café americano tibio a su derecha, a la espera de una inspiración que parecía esquivarla. Era martes, lo que para ella era sinónimo de listas de tareas, reuniones remotas y la promesa crónica de que el miércoles sería mejor.

El Café Aurora era su refugio. No el de los románticos, sino el de los trabajadores solitarios: cada uno con su mesa, su tumba improvisada de papeles, teclados, agendas coloridas. El olor a café y el murmullo de fondo ofrecían la ilusión de compañía, suficiente para que la soledad pareciera opción y no castigo.

Pero aquél martes, algo en el ambiente se apartó del guion habitual. Fue la puerta la que marcó el inicio: un tintinear más insistente, como si el metal sintiera la llegada de algo diferente. Entró un hombre con un paraguas azul eléctrico, gotas resbalando por la tela que colgaba de la barra de metal, y una sonrisa cansada, pero amable. Lo siguieron dos mujeres, probablemente colegas, entrecruzaban chismes entre risas ahogadas bajo la luz tenue. Él las acompañó a la barra, descolgando el abrigo con la torpeza amable de quien no está destino a la ciudad.

Clara lo vio de reojo y volvió a su pantalla. Un personaje secundario en un día como tantos. Pero bastó que él pidiera el café —“cortado con leche de avena, por favor, sin azúcar”— con aquella voz suave y grave, para que algo en la atmósfera vibrara. Fue apenas una palabra, un murmullo; sin embargo, de algún modo, llenó el espacio como una promesa no dicha, casi incómoda por lo inesperada.

Él escogió una mesa junto a la ventana, apenas dos mesas más allá de Clara, y sacó un libro —no un portátil—, un libro grueso, de portada mate y esquinas gastadas: “Middlesex”, de Jeffrey Eugenides. Suele decirse que las afinidades literarias son puentes para los desconocidos, pero para Clara, escritora a sueldo de artículos y listas interminables de contenido, era casi un gesto revolucionario ver a alguien con un libro real.

La tarde siguió. Clara evitó mirarlo; él, absorto en la lectura, pasaba la mano por el cabello cada pocos minutos, como midiendo el paso del tiempo en caricias distraídas. El café se llenó, y las mesas comenzaron a juntarse más. Cuando una pareja pidió compartir el espacio, Clara se vio desplazada, de pronto, a la mesa contigua a la de él, forzada a encajonarse entre cables y tazas y la presencia del extraño.

—¿Te molesta si ocupo este rinconcito? —preguntó él, y por primera vez sus ojos se encontraron, azules con briznas de gris oscuro en las pupilas.

—Claro que no. Está libre, —dijo Clara, y forzó una sonrisa rápida, esa que usaba para no parecer demasiado accesible, ni demasiado fría.

Él le devolvió la sonrisa. No era perfecto: tenía el cabello alborotado, el nudo de la corbata quedado de lado, y la camisa con una pequeña mancha de café en la manga. Pero había algo tranquilizador en su forma de ocupar el espacio: no lo reclamaba, lo compartía.

—¿Trabajando o pensando en trabajar? —dijo, con un guiño apenas perceptible a la pantalla de Clara.

—Le llamo "hacer que trabajo". Mi verdadera vocación es procrastinar.

Él rió, y el sonido fue cálido, casi contagioso.

—Me llamo Javier —dijo, extendiendo la mano con reserva—, y también soy miembro del club de los que "hacen que trabajan".

Clara aceptó el apretón de manos y por dentro se sorprendió de lo natural que era, lo fácil.

—Clara. Especialista en café frío y listas sin acabar.

La conversación discurrió sin rumbo fijado. Se preguntaron de dónde eran, qué hacían. Él enseñaba historia en una escuela secundaria, llevaba solo tres meses en la ciudad tras un traslado forzoso. Clara compartió que escribía columnas para blogs y revistas, que amaba los viejos diccionarios y detestaba las reuniones de Zoom.

No hablaron de amores pasados, ni de aspiraciones heroicas. Era demasiado pronto para eso. Pero entre los chistes sobre correctores automáticos y las quejas sobre el transporte público, creció una chispa apenas perceptible: la idea de que algo en ese encuentro podría ser diferente.

Un mensaje interrumpió el flujo: la jefa de Clara asignándole de improvisto un artículo sobre “El Café como espacio de trabajo en la era digital”. Ella soltó una risita irónica.

—¿Necesitas cita de algún “usuario frecuente”? —preguntó Javier, con una mueca simpática.

—Solo si no cobras derechos de autor.

—Para ti, tarifa especial.

Clara se animó a incluirlo en su reportaje improvisado. Le tomó una foto con el móvil —con su consentimiento, claro— y bromeó sobre cómo sería “la imagen del empleado modelo”. En esa mini sesión, entre risas y tomas borrosas, la distancia entre ambos se evaporó.

La lluvia azotaba los cristales y, durante un par de minutos, el murmullo del agua superó al de las voces. Clara se atrevió a preguntar, bajando la voz, como si compartiera un secreto:

—¿Te molesta la lluvia?

—Al contrario —respondió él—. Me recuerda los veranos en el pueblo. De pequeño me encantaba correr entre los charcos.

—¿Quieres compartir paraguas después? —dijo Clara, sorprendida por su propia audacia.

Él dudó apenas, pero sonrió, y asintió.

Siguieron hablando, el tiempo rendido ante la novedad del otro. Compartieron anécdotas absurdas: él confesó su adicción a los podcasts de crímenes reales y una torpeza culinaria solo superada por su amor a la comida mexicana. Clara reveló su afición a los juegos de palabras, su frustración con los libros de autoayuda, y ese sueño secreto de ganar un premio literario aunque fuera inventado.

La tarde se rendía en azul y gris cuando por fin, la lluvia cesó, dejando las calles brillantes bajo los faroles. Recogieron sus cosas sin prisa, como si el mundo no tuviera urgencias. Cuando salieron juntos al umbral, compartieron el paraguas como en una escena torpe de película romántica: apenas alcanzaba para cubrir a ambos, lo que los obligó a acercarse, hombro con hombro, la risa escapándose entre los dos.

—¿Hacia dónde vas? —preguntó Javier.

Clara señaló hacia el metro, pero por alguna razón, justo esa noche le apetecía caminar.

—¿Te importa si damos una vuelta por el parque? —propuso.

—Me gustaría —respondió él, sin reservas.

El parque estaba casi desierto, los caminos perfumados de tierra mojada. Había una calma flotante, un rumor en el aire como si la ciudad entera estuviera en pausa. Caminaron en silencio un tramo, cada uno sintiendo el peso feliz de la proximidad del otro. Cuando por fin hablaron, lo hicieron sobre temas absurdos: las mejores películas malas para ver en invierno, la cantidad exacta de azúcar que arruina un café, lo poco que necesitaban para sentirse, en ese instante, contentos.

De pronto, Javier se detuvo frente a uno de los bancos empapados bajo un quiosco.

—Nunca he entendido a la gente que se sienta en los bancos mojados —dijo, sonriendo.

—Quizás solo quieren sentir que están en control de algo —replicó Clara.

Se rieron y siguieron caminando. No dijeron lo importante; no era aún el tiempo. El aire entre ellos era denso pero dulce, la electricidad de lo no dicho.

Llegaron a la entrada del metro. Clara sintió el impulso de alargar el momento.

—¿Nos vemos aquí el jueves? Prometo no trabajar, solo café y libros.

Javier asintió, y en el breve instante de despedida, rozó su mejilla con timidez. Un beso apenas sugerido, un gesto entre juego y esperanza.

Esa noche, Clara no trabajó más. Se sorprendió revisando mentalmente cada frase, cada pausa, como quien acaricia una flama nueva. Pensó en la sonrisa de Javier, en las historias pendientes, en el consuelo del café compartido. Pensó en cómo la vida puede ser, a veces, un salto entre charcos después de la lluvia.

Al jueves siguiente, al café, volvieron a encontrarse. Sin preámbulos, sin promesas más allá de otro café juntos. Javier trajo un libro esta vez para regalarle: “Rayuela”, subrayado en las partes que, según él, “debía descubrir alguien con vocación de azar”. Clara sonrió, y la sonrisa fue distinta: plena, expectante.

Les sobrevino una rutina —no la de los horarios, sino la de los ritos silenciosos. Un café juntos cada dos o tres días; mensajes compartidos a horas insólitas: memes tontos y versos robados de canciones. Descubrieron la ciudad en domingos lluviosos y ferias de libros, en terrazas secretas, en cenas improvisadas. La intimidad fue creciendo a golpe de momentos reales, sin la urgencia de lo ideal.

En la primera noche que compartieron, Clara notó las pequeñas cosas que nunca se destacan en historias románticas: el miedo sutil de perder la magia, la torpeza de los cuerpos que se buscan por primera vez, el alivio de descubrir que el deseo también puede ser tierno. No hubo promesas de amor eterno, solo la confesión sincera de querer volver a verse al día siguiente.

Las semanas distorsionaron el tiempo. A veces discutían —por una película, por un desencuentro en los planes—, pero incluso las discusiones les servían para conocerse mejor. Javier confesó sus miedos: la soledad real, el temor de “dar demasiado” y perder. Clara compartió sus heridas: la presión autoimpuesta por ser “exitosa”, el miedo al rechazo, la añoranza de un hogar que no sabía dónde buscar.

El verano los encontró juntos en un jardín de azotea, rodeados de macetas improvisadas y luciérnagas urbanas. Ese día, Clara supo que algo importante había cambiado.

—He dejado de mirar las notificaciones cada rato —dijo ella. Fue su declaración de amor.

Javier la abrazó. No dijeron grandes palabras. No pactaron futuros infinitos. Solo se quedaron allí, el uno en brazos del otro, bajo ese cielo tan ridículamente posible.

En el futuro, habría días de duda, de distancia, de temores pequeños y grandes; pero también días de nuevos comienzos. Porque el verdadero romance, pensó Clara, no consiste en hallar la perfección, sino en escoger, cada día, al mismo imperfecto compañero para caminar bajo los mismos charcos.

Y el café, por supuesto, nunca faltó. Porque en el fondo, toda historia de amor adulta empieza con una mesa compartida, una lluvia de fondo, y el milagro sencillo de encontrarse y quedarse.

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