Portada del relato Plenilunio en Lichtenberg
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Fragmento:


El ruido de la bicicleta aún resonaba en las piernas de Nora cuando detuvo su avance junto al canal. Era un martes con sabor a viernes, de esos donde el aire todavía conserva tibio el olor de los mercados y los paseantes insisten en no dejarse vencer por la caída temprana de la luz. Berlín tenía una forma particular de abrazar a los solitarios: con un bullicio imperfecto e intercambios furtivos de miradas bajo la arquitectura oscura de los plátanos.

Duración: 10:33

Plenilunio en Lichtenberg
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Texto de ajuste de pausa.

El ruido de la bicicleta aún resonaba en las piernas de Nora cuando detuvo su avance junto al canal. Era un martes con sabor a viernes, de esos donde el aire todavía conserva tibio el olor de los mercados y los paseantes insisten en no dejarse vencer por la caída temprana de la luz. Berlín tenía una forma particular de abrazar a los solitarios: con un bullicio imperfecto e intercambios furtivos de miradas bajo la arquitectura oscura de los plátanos.

Nora aseguraba la bici a la baranda negra, el agua corría impasible varios metros más abajo, y sobre ella las farolas iban encendiendo sus primeras luces. Pensó vagamente en la cita: Bastian, un nombre común, pero la foto de su aplicación sugería esa clase de sonrisa orgullosa y vulnerable que ella encontraba irresistible en los hombres. Claro, una parte de Nora aún dudaba de las virtudes de verse en persona con desconocidos, pero hacía semanas que sentía la soledad como un tedio sólido, pegajoso en la espalda; al menos la promesa de un encuentro servía como desenlace a esa angustia gris.

Bastian ya estaba en la mesa junto a la ventana del café, jugando con el cuello de una taza. A través de los cristales empañados, Nora lo observó unos segundos antes de entrar: la barba pulida, la camisa arremangada, los dedos largos pulsando el smartphone en un acto casi coreográfico. Cuando ella empujó la vidriera, él miró levantando apenas la cabeza, sonrió deliberadamente, y la invitó a sentarse con un gesto.

—Perdón el atraso. El tráfico en Karl-Marx-Allee me odia.

—Tranquila —dijo él, y la calidez de la voz le sacudió un escalofrío inesperado—. Apenas llegué yo mismo hace un rato. ¿Café?

Ella asintió y Bastian pidió otra taza. Sus movimientos, eficaces y tranquilos, eran casi hipnóticos. Nora necesitó recordarse no observarlo con tanto descaro. Había algo complicado en su manera de mirarla, directo, sin el titubeo ansioso de los hombres en las primeras citas virtuales. Así que cedió a la conversación: libros, política, el proceso absurdo de alquilar un departamento en Friedrichshain, las delicias y miserias de la traducción literaria.

A la hora y media, la tensión mutua era como una cuerda fina, al borde de romperse o de tensarse hasta el infinito. Nora bebía café y estudiaba las manos de Bastian, como si las palabras flotaran encima de ese lienzo de venas delicadas. Él hablaba de sus padres divorciados, del bar en Prenzlauer Berg donde tocaba los sábados, de la soledad profunda que experimentó tras dejar la relación más larga de su vida. Ella quería tocarle la mejilla, probar la solidez de ese control. Pero se contuvo, jugando con la cucharita, clavando las uñas en el dorso de su mano. El deseo coincidía, pero ambos temían precipitar el desencanto.

Cuando al fin salieron, los faroles desdibujaban las líneas de las sombras. Bastian la llevó hasta su bicicleta.

—Si quieres, damos una vuelta a pie por el canal… Hace buena noche.

Nora lo miró con una sonrisa incipiente.

—Por supuesto —dijo, y no preguntó nada más.

La caminata al borde del agua fue oscura y calmada. A mitad de puente, Nora sintió que deseaba esa proximidad: la forma en que sus hombros se rozaban, las frases breves, cada silencio regodeándose en el rumor de la ciudad. Al final del canal, cuando la luna ya ocupaba todo el cielo, Bastian se detuvo.

—¿Te puedo besar? —murmuró él, la voz quebrada.

Nora asintió apenas y sus bocas se encontraron sin brutalidad, primero medrosa, luego creciente, como quien reconoce un territorio añorado y temido. Se besaron con la voracidad de los que recuerdan que la vida es corta, y luego se abrazaron medio a ciegas bajo el aluvión de los tranvías lejanos.

Cruzaron el puente sin palabras, las manos trenzadas, perdidos en una intimidad que ya pendía del vértigo. Pronto, ella supo que lo seguiría. Porque algo en la suavidad de ese beso le hizo comprender que aquel hombre arrastraba sus propios fantasmas, tan espesos y ocultos como los suyos.

***

Bastian vivía en un tercer piso sin ascensor, en Schlesisches Tor. Su departamento era pequeño y ordenado, con tinglados de libros en el suelo y una alfombra despintada guardando las huellas de otras noches. Ella apenas notó los detalles; sólo la invitación tácita de la penumbra y la necesidad urgente de perderse.

Se besaron de pie, entre la cama sin hacer y el ventanal abierto. Ella le tocó el cuello, familiarizándose con la textura de la piel y la brusquedad de su respiración. Bastian le quitó el abrigo y lo arrojó sin mirar al montículo de ropa; los cuerpos se buscaron como si resolvieran una ecuación postergada durante meses.

Fue un sexo impaciente, casi brutales si no fuera por la ternura con que cada uno parecía proteger al otro del mundo exterior. Las manos exploraron, los labios se deslizaron con ansias: los jadeos, los nombres en la boca del otro, la música lejana de la calle gritando que afuera llovía. Nora pensó en París, pensó en el rostro de Bastian, pensó en la vida perdida en sus rutinas y en la repentina, fulgurante convicción de que cada deseo era único precisamente porque era pasajero.

Después, compartieron cigarrillos y risas desordenadas, y una charla indefinible sobre la certeza y el miedo. Nora dormía a ratos, despertaba con las palabras de Bastian desplegadas encima, sentía la necesidad de quedarse y el pavor de no poder marcharse.

***

Los días siguientes, la normalidad se presentó como una amenaza. Esas primeras jornadas se escribieron en plural: paseos nocturnos, desayunos eternos, libros compartidos. Ella lo veía ensayar en el local vacío antes de la apertura, la camisa sucia de tiza, la frente perlada. A veces, sin anunciarse, él pasaba por la casa de Nora y la encontraba leyendo en el ventanal. Con el paso de las semanas, sin embargo, un frío nuevo irrumpió.

Nora era especialista en huidas. Había saltado de ciudad en ciudad, cambiando trabajos, idiomas, amores. Al principio pensó en Bastian como una estación más en el viaje, pero el vínculo, obstinado, no se diluía. Cuando Bastian le confesó que los martes los pasaba de niño solo en casa, aguardando el regreso de sus padres, Nora notó una fisura: ese miedo antiguo nacía también en ella, en la irresuelta ansiedad por no quedarse sola de nuevo.

Un domingo, cuando la ciudad parecía descansar al borde de la primavera, Bastian planteó una hipótesis:

—¿Te quedarías conmigo? —preguntó, las palabras flotando sucias y dulces.

Nora se perdió en la pregunta y buscó su reflejo en el ventanal.

—¿Qué es “quedarse”? —susurró.

—No lo sé —respondió él, y la mitad de su boca era risa y la otra mitad, temor—. Quedarse puede ser sólo mirar juntos la lluvia, o dejarse envejecer juntos, no sé.

Ella rió, una risa temblorosa, y por un instante se sintió ridícula, vulnerable como hacía años no lo hacía.

—Podríamos probar —añadió, y la frase se les quedó flotando como un perfume.

Pero probar era fácil: el verdadero desafío surgió en la rutina. Bastian tenía una ligera tendencia al caos, Nora una obsesión por el orden; él dejaba ropa en el suelo, ella ocultaba ese desorden tras puertas y cajones. Las discusiones afloraron entre los restos del desayuno, los cambios de horario, las llamadas truncas. Y entre pelea y reconciliación, hacían el amor con una violencia renovada.

Al mes, Nora comenzó a advertir pequeñas señales de desgaste; sin embargo, en lugar de desandar el camino, se aferró con las uñas a ese trecho compartido. La idea del compromiso la asustaba, pero la alternativa —la soledad irremediablemente tranquila— le parecía mucho peor.

Una tarde, Bastian no regresó a tiempo para la cena. El teléfono quedó mudo. Nora comió sola, mirando la mesa y recordando esos encuentros primeros en el café, la promesa implícita en cada caricia. Bastaba una noche de incertidumbre, y todos los viejos temores reaparecían: el miedo a la traición, la vergüenza del abandono, el desconcierto de saberse vulnerable en brazos de otro.

Cuando él al fin entró a la madrugada, cansado, borracho, solo balbuceó disculpas entrecortadas. Nora lo observó con una frialdad extraña. En silencio lavó los platos de la mañana, y sólo cuando los dedos le sangraban por el calor del agua lo escuchó decir:

—No quería herirte. No es que…

—¿No es qué?

—No es que quiera irme. Pero a veces… Todo esto me asusta. Nunca tuve nada parecido antes.

Bastian se arrojó al sofá, cubriéndose la cara.

—Tengo miedo de ser igual a mi padre. De decepcionarte. A veces, ni siquiera sé por qué te quiero tanto.

Ella lo miró por largo rato, reconociendo el mismo vértigo que la habitaba a ella.

—¿Y si lo intentamos? —murmuró—. ¿Y si no lo pensamos tanto y solo…?

—¿Nos dejamos vivir? —la interrumpió, y desde la fatiga, la sonrisa volvió a fundirse en una promesa torpe y hermosa.

Nora se le acercó. Se abrazaron largamente, compartiendo el silencio cómplice del que supo perder y por una noche decide ganar. No hablaron más esa noche. La ciudad votó por la calma, regalando un instante de quietud en medio del estrépito habitual.

Quedaron dormidos, Nora con el rostro pegado al cuello de Bastian y él con la mano sujetando la cintura de ella. La lluvia repiqueteaba, y por vez primera, el futuro no parecía un territorio imposible sino una habitación cálida donde ambos se ofrecían, rotos y enteros, a la esperanza.

***

Los meses no hicieron sino confirmar que el amor es también una construcción diaria, una renuncia compartida y flexible. Discutieron, rieron, cambiaron de barrio, de trabajo y de sueños. De vez en cuando, Nora aún temía el abandono; Bastian aún cometía torpezas y se flagelaba por no ser perfecto. Pero, con el tiempo, aprendieron que el deseo no era suficiente si no era acompañado de la voluntad terca de quedarse, de reparar los daños hechos sin querer.

A veces, regresaban al café donde todo empezó. Pedían dos tazas, se miraban sin necesidad de palabras. Algo en la mundanidad de ese sitio les recordaba que el amor real está hecho de pactos frágiles, de derrotas y redenciones mínimas, de una apuesta diaria contra el miedo a estar solos.

Bajo la luna —siempre redonda, siempre cambiante—, sabían que seguían eligiéndose, por puro empeño, por pura obstinación. Amanecía en Berlín y, en aquella pequeña mesa, entre el olor del café y la promesa de los cuerpos, el amor reiniciaba el ciclo: incompleto, desordenado, inmejorable.

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