Portada del relato Entre las Sombras de Londres
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Fragmento:


—¿Te gustan estas fotografías? —me preguntó, con voz de terciopelo crispado.

Duración: 08:45

Entre las Sombras de Londres
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Texto de ajuste de pausa.

En esta ciudad que nunca duerme salvo en desilusiones, imaginaba a menudo el destino como una telaraña tibia que latía invisible sobre nuestras cabezas, enlazándonos a la deriva. Nombre, edad, dirección, todos datos menores si los labios pueden temblar de otro modo cuando alguien nos mira demasiado tiempo, o si el aire entre dos personas se vuelve una cuerda sutil y desafiante, sujeta a romperse al menor movimiento. Londres, en su invierno interminable, era el telón perfecto para el teatro de mis deseos y mis derrotas. Así comenzó mi historia con Clara.

La conocí un martes de enero, bajo luces de neón empañadas por la llovizna, cuando el corazón ya me parecía un objeto inservible. Tuve que entregar un paquete urgente en la galería donde ella trabajaba y la arena de lo cotidiano cedió, solo por mirarla. Todo en ella parecía pensativo, incluso sus gestos más anodinos: el modo en que cruzaba las piernas detrás del mostrador, la delicadeza con la que corregía el marco torcida de un cuadro. No era hermosa, pero era... otra cosa, algo tan difícil de expresar que solo podía sentirse al respirar cerca de ella.

¿Le hablé? No, no al principio. Saqué mi móvil y fingí leer mensajes mientras la observaba firmar el comprobante. Mis manos tiritaban, aunque juraría que Londres era culpable y no ella. Cuando regresé a casa percibía su perfume, falso y real como la imagen de uno mismo antes de dormirse. Aquella noche me descubrí espiándola en internet, buscando sus fotografías, rastreando cada página asociada a su nombre.

Obsesión, diría cualquiera, pero yo sentía vértigo, una caída en espiral sin opción de sostenerme a nada que no fuesen sus imágenes. Sus sonrisas digitales, los comentarios que dejaba en redes, y especialmente su blog anónimo en el que narraba sueños pequeños, días lluviosos y anécdotas de la galería. Cada palabra era una ventana abierta a su mente, y yo, sin quererlo, me convertí en su huésped.

El azar (¿o el destino?) dispuso que nuestros caminos se cruzaran una y otra vez. Un jueves la reconocí leyendo en un vagón de metro, las rodillas alzadas, los labios apretados alrededor de un café barato. No me atreví a hablarle entonces, pero nuestros ojos se encontraron. Ella sostuvo la mirada un instante y, en ese brevísimo capítulo sin palabras, todas mis fantasías adquirieron carne. ¿Sería posible reconocer también la obsesión en los ojos de otro? Quise pensar que sí, aunque la razón parecía una cuerda floja cada vez más delgada.

Los días pasaron y yo, ya sin esperanza de sacarla de mi pensamiento, me atreví a entrar de nuevo a la galería bajo el pretexto de visitar una exposición de fotografía. Fui varias veces hasta que, una tarde, me encontré solo con ella, bajo la luz de los focos que hacían de cada sombra un protagonista.

—¿Te gustan estas fotografías? —me preguntó, con voz de terciopelo crispado.

No sabía si mentir. Asentí, aunque en realidad no había visto un solo cuadro.

—Es difícil separar el arte de la vida —dijo, como pensando en voz alta—. Lo que amamos a menudo se convierte en obsesión, ¿no lo crees?

Esa casualidad verbal me dejó helado. ¿Había leído mi mente, o todos teníamos secretos idénticos cuando nadie miraba?

—Quizá el amor es una obsesión bien gestionada —respondí, sin comprender cómo esas palabras habían llegado a mi boca.

Me sonrió, aquella sonrisa breve que no alivia la tensión sino que la alimenta.

Así empezamos a vernos fuera del marco estrictamente laboral. Cafés, paseos, conversaciones sobre arte, cine, literatura. Si había un espacio donde podía ser sincero, era a su lado. Pero mi amor era también una prisión: nunca conseguía decirle cuánto la deseaba, cuánto la buscaba en los resquicios de mi día, en el sabor de mi comida, en la canción gastada que siempre sonaba a la misma hora.

Mi obsesión era un animal nocturno, un zorro interior que salía a buscarla aunque ella durmiera dos calles más allá. A veces, confesaba partes de mis sentimientos en los correos que nos intercambiábamos, disfrazando la pasión bajo citas célebres, como quien se disculpa por sentir demasiado.

Pero un día, Clara faltó a su promesa de encontrarnos en el parque. Esperé bajo un roble viejo, fumando y dejando que la fría niebla me envolviera, preguntándome si había leído mi devoción desmesurada entre líneas.

Pasaron los días sin noticias. Fui a la galería y me dijeron que estaba enferma. Inventé excusas para llamar, mensajes para enviar, pero ella respondía con monosílabos formales. La ciudad, antes escenario de mis sueños, se convirtió en un laberinto de calles vacías. Iba a su edificio y contemplaba su ventana iluminada, preguntándome quién leía junto a ella, si me recordaba o si mi obsesión la había ahuyentado.

Me sumí en una tristeza densa, una soledad que solo su sombra lograba romper. Hasta que un día, Clara apareció frente a mi puerta, empapada de lluvia y titiritando de miedo y deseo en igual medida.

—Necesito hablar contigo —dijo, sin calidez, pero con una urgencia que me recorrió la piel—. No sé si puedo explicar lo que me sucede.

Sirviéndole una taza de té la vi desmoronarse. Sus ojos encendidos por días sin sueño, las manos frágiles apretando la tela de su abrigo.

—No eres el único, ¿sabes? —sollozó—. Yo también busco tus señales, leo tus mensajes una y otra vez, hasta la locura. Temo que lo que sentimos no pueda sostenerse sin hacernos daño, ni crecer sin devorarnos.

Era un latido sordo en el pecho. ¿Acaso el verdadero amor no era siempre la sombra de una obsesión? Ambas cosas se tocaban, como los extremos de un círculo vicioso. Le tomé la mano, temblando igual que la primera vez.

Lloramos juntos, en silencio. Juro que sentí el paso de los minutos como golpes de mar. Aquella tarde nos confesamos todo: los sueños febriles, las búsquedas virtuales, los mensajes no enviados, las palabras dichas solo al espejo. En algún momento, mientras la noche invadía la habitación, nuestras bocas se encontraron.

No hay nada más real, ni más peligroso, que compartir una obsesión. Hicimos el amor como quien busca agua en el desierto, bebiendo cada gota con la certeza de que no habría otra igual. No fue suave ni romántico, sino precipitado, casi violento, con la premura que sólo tienen los enamorados que temen perderse a sí mismos en el otro.

El invierno pasó a nuestro alrededor, imparable. Había días luminosos, de risas, sexo y miradas secretas, y días en los que el abismo entre nuestras ansias se ensanchaba hasta volverse casi intolerable. Tanto amor a veces nos enfurecía, como si la presencia del otro fuera demasiado densa para sobrellevarla. Discutimos, nos herimos con palabras crueles, y después nos abrazamos hasta el amanecer, exhaustos, jurando no dejar que los fantasmas nos separaran.

A veces la obsesión se disfrazaba de miedo. Miedo de perder, miedo de no ser suficiente, miedo de que el otro descubriera todos nuestros pliegues y defectos. Pero con el tiempo entendimos que el amor verdadero no consiste en evitar la obsesión, sino en habitarla juntos, transformando el deseo en confianza, la incertidumbre en promesa.

El verano llegó y, con él, una claridad nueva. Clara decidió dejar la galería y comenzar su propio proyecto artístico. Me pidió ayuda. Nos convertimos en socios y amantes, aprendiendo que el trabajo compartido también podía ser un lecho de complicidades y de desencuentros, pero era nuestro, inviolable para el resto del mundo.

No digo que la obsesión nos abandone jamás. A veces, al mirar su rostro dormido, reconozco en mí la misma sed de su ausencia que me consumía al principio; pero esa sed ahora es dulce, porque sé que mañana, al despertar, ella estará a mi lado.

Quizá todas las historias de amor son así, espejos cruzados de necesidades y delirios. En nuestra voracidad aprendimos a reírnos de la vigilancia constante, de la necesidad de saberlo todo sobre el otro, a dejar espacio a los secretos pequeños que nos mantienen vivos y deseantes.

Londres cambió a nuestro alrededor. La ciudad es distinta si se recorre de la mano, si las sombras son sólo el reverso de la felicidad posible. Comprendimos que amar en exceso no era un castigo, sino un privilegio reservado a quienes no temen mirarse al espejo y admitirlo todo, incluso lo inaceptable.

En los días actuales, en que el arte de amar se disfraza de intercambio rápido y promesas fugaces, nosotros elegimos lo difícil: amar sin medida, y aceptar que solo a través de esa obsesión compartida podemos hallar la libertad verdadera.

Y así, bajo las luces amarillas de la ciudad interminable, seguimos buscándonos —no para poseernos, sino para encontrarnos una y otra vez— respirando juntos la mezcla inevitable de amor y deseo, el único idioma que nos pertenece ahora y siempre.

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