Portada del relato Desvelo en la marea
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Fragmento:


Julia niega. Miente, porque todo él la molesta de una forma invasiva y deliciosa.

Duración: 10:23

Desvelo en la marea
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Texto de ajuste de pausa.

El mar brilla como una lengua viva bajo el lomo del crepúsculo. El verano acaba de empezar pero Julia ya se siente exiliada a su propio país secreto, ese que se redibuja cada vez en la frontera movediza entre el agua y la arena: la playa de Padua. Nunca trae sombrilla ni libro, sólo una lona gastada sobre la que se tiende, inmóvil, esperando que alguien —cualquiera— la levante del letargo del aislamiento. La ciudad duerme detrás de los montículos de duna, pero Julia ha aprendido que el deseo tiene voz de espuma y su constancia.

El día se repite: madrugadas con pájaros marinos, café fuerte, el rumor secreto del teléfono junto a la almohada, y la fantasía, diaria, que la consuela y la envenena a partes iguales. Julia nunca espera que esta tarde ocurra algo distinto, menos aún que una tarde como esa vaya a descoserse el velo del mundo y mostrar su verdadera textura.

Siente primero el crujido leve de unos pasos en la arena húmeda. Hay apenas unas pocas personas: la anciana del sombrero de flores, los niños que construyen fortalezas, una pareja tatuada que bosteza de desinterés. Sin embargo, esos pasos son diferentes. No busca, pero lo encuentra: él carga una tabla de surf y camina hacia el agua con el porte de alguien que no ha dudado jamás, no en cosas importantes. Julia observa de reojo, como quien espía un presagio.

Cuando él emerge del mar —ropa pegada al cuerpo, la sal haciendo astillas su negro cabello— Julia siente que se ha cruzado una línea invisible. No sabe poner palabra a lo que la invade: ansía que él la mire, pero teme ser notada. La inquietud en su vientre es deliciosa y mezquina; se avergüenza pero también exige, como el dedo indolente sobre una herida.

Es la marea lo que los une la primera vez. Él se acerca, arrastrando la tabla, lágrimas de agua salada en sus pestañas. El sol le marca la mandíbula y le presta gravedad al surco de su boca. Se sienta a tres metros, ni cerca ni lejos, y la observa con una intensidad ávida que la desequilibra.

—¿Te molesta si fumo aquí? —pregunta.

Julia niega. Miente, porque todo él la molesta de una forma invasiva y deliciosa.

—Adelante —responde, y es como si hubiera abierto las compuertas de un dique.

Él se llama Andrés. Tiene la voz grave y los silencios rotundos de quienes han amado más veces de las que quisieran, y aún así regresan al escenario con la esperanza rota pero brillante. Fuma despacio. Julia imagina el sabor a tabaco y sal en su lengua. Sin apenas hablar, comparten la tarde. El tacto invisible de la atención de Andrés la roza incluso cuando mira al mar. Al despedirse, ella siente la orfandad abrupta de quien tiene algo precioso y lo pierde al instante. Al llegar a su apartamento, desconoce el sosiego. Quiere la atención de él como una droga primera. No puede pensar en nada más.

Esa noche, antes de dormir —la televisión encendida, la brisa que apenas agita las cortinas— busca el nombre “Andrés surf Padua” en todas las redes sociales posibles. Encuentra fotos viejas, bastones de luz desvaída en una carpeta digital, gente que comenta bromas privadas de hace años. Se masturba con la imagen de él saliendo del agua, y siente, al terminar, que acaba de comerse a sí misma una parte irrecuperable.

Los días siguientes concibe su vida en función de él: va a la playa a la misma hora, finge leer, pero sólo desea que él la vea, que la habite. Desea ser el motivo de su conversación, de su turbación íntima, de la sonrisa torcida que descansa en un secreto. Cuando por fin él vuelve a sentarse cerca, el diálogo fluye, tenso y cargado como la piel antes del estallido de un calambre:

—¿Vienes sola siempre?

—Siempre.

—¿Esperas a alguien? —El tono de Andrés es ambiguo, ¿celoso, inquisitivo, protector?

—Sólo al verano.

Andrés ríe, pero no es amable— es voraz. Julia siente el zarpazo de algo inminente. Hay palabras que laten, no pronunciadas: “Mírame sólo a mí. No veas a nadie más”.

El sol baja y los invita a marcharse juntos. Andan descalzos. La ciudad es un ruido de fondo; sólo existe la promesa de llegar al apartamento de Julia, que es puro pulso y promesa. No se besan todavía; la tensión es un hilo tensado hasta casi romperse. Se rozan accidentalmente, y ambos tiemblan bajo la ropa estival. Dudan, se miran a los ojos, y el mundo se reduce al óvalo de sus rostros iluminados por los faroles.

En la puerta, él la toma del brazo. No hay súplica, sólo un deseo articulado sin miedo. Julia le abre la puerta y el umbral deja de ser una frontera: la acorrala contra la pared y al fin, la besa.

El sabor es un idioma antiguo y urgente: tabaco, saliva, la sal persistentemente adherida al dorso de la lengua. Se besan como si se reconocieran de otras vidas y el mero contacto fuera una reanudación de lo inevitable. Andrés la desnuda con vehemencia y un mimo inesperado. Julia se deja hacer, pero al mismo tiempo le hiere la obsesión: quiere más, siempre más, hasta que la ocupación de Andrés en su piel sea absoluta.

Hacen el amor en la penumbra que sólo interrumpe la luz líquida desde la ventana. Cada gesto es un intento de borrarse dentro del otro. Andrés se mueve con la brusquedad de un deseo que no sabe esconderse. Julia lo surca con las uñas, se aferra, anhela que los cuerpos sean fractales: que en cada poro él deje su marca indeleble.

Después, conversan poco. Andrés fuma en la ventana, desnudo, todo líneas y sombras. Julia lo observa, siente cómo lo quiere poseer —completo—, no sólo por una noche. Se asusta de su propia necesidad: ha dejado entrar a alguien en su vida, y ahora, los pensamientos se espesan, se concentran en ese único punto de gravedad en el que se ha convertido él.

Las semanas pasan, y su relación se transforma en un pulso febril. Se buscan como religiões singulares: el teléfono arde con mensajes, el tacto se ha vuelto sagrado. Julia se vuelve cuidadosa, comienza a temer que él algún día no conteste; examina los silencios, busca señales de enfriamiento. Deja de salir con amigas, apaga el móvil en reuniones, sólo para estar disponible cuando Andrés quiera. Cada minuto que no lo siente cerca es un castigo lento.

Andrés propone escapadas: otras playas, una cabaña. Imágenes de otros veranos, otras aguas, con Julia siempre en el centro del cuadro. Una noche, mientras caminan por la arena después de un día de surf, le dice, casi como una confidencia febril:

—Eres una locura. Estás en todo lo que hago. No sé si esto está bien…

Julia siente pánico y placer. Quiere contestar: “No hay nada fuera de nosotros”, pero teme espantarlo, teme asfixiarlo.

—No quiero estar en ninguna parte más que aquí. —Su voz tiembla un poco.

En la cabaña, hacen el amor hasta el extremo del dolor; Julia busca su olor en todas las camas, en ropa desordenada sobre la silla, en la surfista inercia de los días compartidos. Quiere verle dormir, vigilarle el sueño, descubrir el misterio de sus sombras. Le pregunta detalles nimios, como si poseer datos equivale a poseer a la persona:

—¿De qué color fue tu primera tabla?

—¿Recuerdas el nombre de tu primer amor?

Andrés ríe, la besa. Ella absorbe todas las respuestas, no por curiosidad, sino como una horda de talismanes. Cada dato es una hebra más de esa red invisible que teje entre los dos.

Siente celos de su pasado, de sus amistades, de la forma casual en que conversa con las camareras de la playa o saluda, con ese aire antiguo de don de gentes, a cualquier desconocido. No le dice nada, pero la ansiedad se instala como música de fondo. Cuida sus palabras, indaga con el sigilo de un náufrago. Sabe que esos celos la desgastan, la vuelven menos ella y más la sombra de este amor que, en su desborde, amenaza con devorarla.

Las primeras discusiones surgen como grietas de marea: pronto, la cosa crece. Una mañana de agosto, él llega tarde y huele a sal y a licor barato. Julia lo interroga, no puede evitarlo. Él evade, se enoja, la acusa de asfixiarle.

—No soy tuyo —dice, con un filo de violencia que apaga el aire del cuarto—. No me puedes controlar.

Julia llora apenas; el dolor es punzante, casi físico. Pero no puede soltarle, no sabe cómo. La pasión se ha convertido en arena movediza. Hablan, vuelven a amarse. Cada reconciliación es más intensa, más animal. Julia empieza a buscar su olor en otras cosas: en el viento, en el mar, en las prendas abandonadas en la casa y en los recuerdos clandestinos.

Las llamadas nocturnas se multiplican: él le dice que no puede dormir, que siente su cuerpo como un tatuaje. Es Julia la que teme y se lanza a querer aún más. Planea sorpresas y vigilias suaves, pero también se esconde bajo la inseguridad. Revisa dos veces el móvil, busca pistas en fotos, en comentarios ajenos, ansía que él solo tenga ojos para ella.

Hay noches que Andrés desaparece, y ella camina la playa desierta, buscándole en el eco de las olas, en las sombras que proyectan los faroles sobre la espuma. Siente que está perdiendo la batalla, y es entonces cuando una noche, bajo la lluvia densa de septiembre, lo encuentra sentado al borde del espigón.

—¿Qué haces aquí?

Él la mira con la verdad desprovista de maquillaje: es un hombre cansado, alguien que ha luchado con monstruos invisibles. Julia se sienta a su lado.

—Me asusta esto, Julia. Lo que me haces sentir.

—A mí también me asusta. Pero no puedo parar.

Se buscan con la mirada, con un anhelo desesperado y dulce. El mar es un rumor antiguo a sus espaldas, la lluvia golpea la madera. Julia se apoya en él, lo abraza, y la frontera entre ambos se vuelve porosa.

Entienden —ese es el amor verdadero, el obsesivo— que amarse es también hacerse daño, arañar en la carne lo que no cabe en la piel, pedir más de lo que el cuerpo soporta. Se miran largo rato. En el silencio, pierden el miedo. Julia sabe que ha cruzado una línea de la que nunca podrá volver.

El verano termina, y la playa se vacía. Pero ellos —en el filo del deseo y el exceso, en la cuerda tensa de la necesidad— se quedan, embriagados, el uno del otro. No tienen garantías ni presentes. Sólo la certeza de que, cuando la marea suba y borre las huellas en la arena, hay una pasión capaz de devastarlo todo, y aun así, ambos elegirán saltar de nuevo.

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