Él dejó su paraguas abriéndose como la promesa de una huida, negro y empapado en el recibidor de mi pequeño apartamento. Su olor a lluvia se mezcló con el incienso apagado en la penumbra del salón, formando un perfume nuevo, ajeno y, sin embargo, propio. Desde la ventana, la ciudad se desplegaba con la nitidez de un sueño no contado, borrosa de luces y reflejos violetas sobre el asfalto. Parecía un lugar donde todo ocurría históricamente después o antes, jamás en el presente. Y, sin embargo, allí estábamos los dos, ajenos al tiempo, palpando el borde de una historia no escrita, buscando la orilla de lo posible en medio de la corriente de lo real.
—¿Siempre hace tanto frío aquí? —preguntó Thomas, frotándose las manos mientras me ofrecía una de las sonrisas que se aprendieron a ser sutiles en otras vidas.
Sabía que respondía sólo con palabras para no decir nada, porque la pregunta verdadera flotaba, translúcida. Me encogí de hombros y señale una manta doblada sobre el sofá. Qué extraño: ¿desde cuándo compartía una manta con alguien? Existen gestos tan privados que, cuando los repites en presencia de otro, parece que la piel se te resquebraja y algo sale, convulso, a respirar.
Esa noche, después de varios cafés, permití que mi cuerpo se acurrucara cerca del suyo, no tanto por la calidez como por el peso —esa contundente sensación de presencia física que sólo existe, realmente, en el primer roce. Percibía su aliento cerca, la silueta de sus dedos cerca de mi muslo. La televisión proyectaba imágenes sin sonido; noticias o paisajes, era imposible saberlo. Todo, visto desde otra perspectiva, podría haber sido un dormitorio en Ginebra en 1937, o en el París de posguerra, o en el futuro imperfecto anunciado por la melancolía del presente.
No dormimos. Tampoco hablamos mucho. Nos observamos a hurtadillas, como si el acto de mirarnos fluye en el mismo idioma inexplicable de los sueños. Mis pensamientos se arrastraban fuera de mí, y lo vi, lo supe: Thomas también era madre de sus propios fantasmas.
Por la mañana, sus pestañas aún guardaban gotas de humedad. Del baño llegaba el sonido de agua corriendo —agua que no rompe nada, sólo da sentido a la espera. Apoyé la frente sobre el vidrio frío de la ventana, viéndolo sin verlo, preguntándome si la diferencia entre deseo y realidad era simplemente el grosor de la cortina o la transparencia del espejo. La ciudad amanecía en capas múltiples. Podía ver mi reflejo, y sobre él, su silueta difusa acercándose con una taza en la mano.
—¿Sueñas mucho, Ana? —La pregunta no era inocente; rozó la superficie de mi costado, tal como la promesa de sus dedos la noche anterior.
—Me sueño a mí misma —dije—. Pero siempre con otra cara.
Él rió suavemente, apenas un soplo de voz.
Durante las semanas siguientes dejamos que nuestra cotidianidad se llenara de filtraciones: silencios que se hacían agua, ternuras inexactas, largas horas sin conversación, donde sólo los gestos dictaban las leyes del espacio. Empezamos a dormir juntos con la misma entrega inconsciente con que se duerme de niño después de un día de juegos. Pero nuestra cama no era nunca el mismo lugar dos veces. Algunas noches parecía suspendida sobre el mundo, mecida apenas por la respiración compartida; otras, era una isla solitaria desde donde ambos podíamos apenas lanzar señales de humo.
A veces, después del deseo, sentía que viajábamos a través de imágenes deslavadas: yo besando su pecho, él peinando mi cabello con dedos amplios, mi risa desdoblándose entre sus brazos como una tela al viento. Un cuadro impresionista donde el párpado cerraba la puerta al mundo, y sólo la sensación permanecía en el límite de la piel.
Thomas nunca quería hablar de sus sueños. Pero una tarde, tumbados en el suelo, me contó el único que recordaba: “Hay un jardín, Ana. Tiene un estanque largo y oscuro. Tú caminas sobre el agua, descalza, y cada vez que te miro cambias de forma. Eres una niña, luego una mujer de rostro velado, después una sombra fugaz.”
Busqué su boca como se busca una respuesta, hambrienta, pero sólo encontré otra pregunta. Algunas pasiones, comprendí, nacen no tanto para ser vividas como para desbordarse y perderse en el seno de su propio delirio.
Llegó el verano, y la ciudad nos empujó a buscar su vértigo en las terrazas desiertas al caer la tarde. Nos desvestíamos detrás de las persianas, dejando caer la ropa como hojas secas, y después yacíamos uno junto al otro, oliendo el sudor en nuestros propios cuerpos, sintiendo la presión dulce de la carne rendida. El amor era, en esos momentos, una costumbre luminosa, una oración sin palabras ni liturgias. Habíamos hecho del deseo una casa y de la rutina un rito inventado.
Una noche, bajo la ducha, Thomas se apoyó en la cerámica, con la espalda arqueada, el agua cayendo a raudales sobre su frente.
—¿Me extrañarías si de pronto no estuviera? —Tenía miedo en la voz, y una despoblada ternura.
No supe qué decir. Porque la respuesta verdadera es siempre una herida: ¿a quién extrañamos, al cuerpo, al gesto, a la sombra que el otro deposita en nosotros?
Más tarde, su sueño se prolongó en el mío: otra vez el jardín, pero ahora era yo quien avanzaba hacia el estanque y, al mirar mi reflejo, sólo vi el cuerpo de Thomas. Supe entonces que el amor es también esa alquimia: te vuelves el otro, y el sueño es un territorio compartido donde las formas nunca son estables.
La estación cambió, translúcida e inexorable. El otoño llegó con promesas quebradizas de soledad. Comenzaron las ausencias. Thomas salía por las mañanas y volvía—siempre un poco más tarde, un poco más cansado, como si hubiera viajado lejos aunque sólo hubiera ido a la oficina. A veces lo contemplaba mientras dormía; su espalda, ancha y dócil, era la tierra donde plantaba mis quimeras. Sentía el deseo de trazar las líneas de su columna con mi lengua, dejar en su cuerpo tatuada la memoria de las noches compartidas.
Descubrí en mí una súbita vocación de cartógrafa del deseo. El recuerdo de su olor, el mapa de lunares en su torso, las rutas cálidas de sus manos explorando la geografía esquiva de mi piel. Éramos, cada noche, visitantes de la misma ciudad, caminando a tientas a través de la niebla.
Entonces surgió una sombra: la de la duda, ancestral, preexistente a nosotros dos. Empezó, como siempre, en pequeñas cosas —un mensaje no respondido, un silencio en la cena, la sospecha de que los sueños se estaban escindiendo. Tal vez todos los amores están cargados de un germen de irrealidad, y su condena es la misma: convertirse en un jardín cerrado donde uno camina solo mientras el otro sueña en otra parte.
Así pasaron los días, hasta la noche en que la luna llena se derramaba sobre nosotros como tinta líquida. El sueño regresa: veo a Thomas, sentado en el borde de la cama, con la cabeza entre las manos. El aire pesa, denso y salino; se confunden las fronteras entre nuestro cuarto y otros lugares, otras vidas. Thomas me mira, y hay un océano en sus ojos. Sé que va a hablar y, sin embargo, el silencio es tan absoluto que puedo oír el ruido de mis propios latidos.
—Ana —susurra finalmente, y la palabra es como una gota que resbala y se evapora antes de tocarme—. No sé si aún puedo soñar contigo.
La tristeza se infiltró como el agua en una grieta. Pero no dolió. Comprendí que también los sueños necesitan renovarse, y que el amor exige, a veces, replegarse para no volverse cauce seco.
Nos abrazamos, largos y sin prisa. Sus labios buscaron mi frente, tibios, agradecidos. Y supe, como quien despierta de una fiebre, que lo que habíamos vivido era verdadero no en su constancia, sino en su capacidad de inventar realidades dentro de la nuestra. La ensoñación, ese lugar difuso que roza las cosas con su velo azul, era el verdadero hogar de nuestro vínculo.
Thomas se fue en la madrugada, silencioso. Se llevó sólo lo justo: una camisa, unos libros, su olor a lluvia. El resto quedó en el piso, en la sombra alargada de su cuerpo sobre mi sábana.
Desde esa noche, sueño a veces con el jardín. Me veo cruzando el estanque, descalza. Me busco en el agua y, por un instante, mi reflejo titila, reverberando con la imagen de Thomas en la pupila. Es un instante entre miles, pero cada vez, en ese destello, sé que sigo entera. Lo amado no se pierde nunca; se transforma en un cuerpo de agua, en el rincón secreto donde, al rozar el párpado, brota la memoria.
Y cuando vuelvo a despertar —solo a ratos, solo cuando la ciudad aún oscila entre la noche y el alba— dejo que la luz caiga, líquida, sobre mi piel. Agradezco la caricia invisible de lo soñado, la posibilidad de seguir inventando caminos entre las sábanas y los espejos, donde todavía espero, a veces, ver el reflejo de otra presencia, fugaz, escapada de mi sueño al borde de la mañana.
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