Portada del relato Entre mis brazos
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Fragmento:


La clase finalmente terminó a las ocho. Emilia agradeció a los pocos alumnos que quedaban y se dirigió al vestuario, donde el silencio era tan transparente como las gotas en su ventana. Quería evitar la calle un poco más, eso de enfrentarse al mundo después de una jornada de trabajo siempre había sido su punto débil. Quizá fue por eso que sintió que el tiempo se detenía cuando, al recoger su bolsa sobre el banco, escuchó el golpe sutil de la puerta abrirse y los pasos entrando con decisión.

Duración: 08:14

Entre mis brazos
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Texto de ajuste de pausa.

La lluvia caía con insistencia sobre la ciudad de San Francisco, empañando los ventanales del pequeño estudio de danza donde Emilia se refugiaba cada jueves por la tarde. Afuera, los coches se detenían en medio del tráfico, sus luces rojas y blancas distorsionadas por las gotas resbalando por el vidrio. Detrás, el sonido amortiguado de la música clásica llenaba el aire, mientras los cuerpos sudorosos de los bailarines se mecían siguiendo los movimientos que ella marcaba, recta y firme frente al espejo.

La clase finalmente terminó a las ocho. Emilia agradeció a los pocos alumnos que quedaban y se dirigió al vestuario, donde el silencio era tan transparente como las gotas en su ventana. Quería evitar la calle un poco más, eso de enfrentarse al mundo después de una jornada de trabajo siempre había sido su punto débil. Quizá fue por eso que sintió que el tiempo se detenía cuando, al recoger su bolsa sobre el banco, escuchó el golpe sutil de la puerta abrirse y los pasos entrando con decisión.

Aquella certeza en el andar, como si todo el espacio del mundo esperase siempre su llegada, le resultó tan familiar como perturbadora. Parpadeó antes de girarse, y allí estaba: Gabriel, la última persona que hubiese esperado ver bajo las fluorescentes luces del vestuario. Sostenía un paraguas goteando y su abrigo, a medio abotonar, dejaba entrever el azul desvaído de una camisa que recordaba de sus días en la Facultad de Derecho. Emilia sintió un nudo en el estómago; en ese preciso instante deseó que la puerta hubiese estado cerrada.

—¿Puedo pasar? —preguntó él, esa voz que parecía romper el aire con cada palabra, cargada de una gravedad que pesaba más que las gotas de la lluvia.

—Ya lo has hecho —respondió Emilia, intentando sonar indiferente. Dejó que sus dedos juguetearan con la correa del bolso, necesitando una excusa para no mirarlo a los ojos.

Gabriel sonrió con el cansancio propio de quien lleva demasiado tiempo tomando decisiones equivocadas. Se apoyó junto al banco, dejando el paraguas cuidadosamente en el suelo. Hubo un momento, un segundo apenas, donde ambos se miraron directo, sin intermediarios.

—No te veía desde la boda de Ana —comentó él en voz baja.

Emilia asintió, recordando la noche clara en la que ambos habían bailado bajo lágrimas ajenas y copas de champán. Un destello de aquel pasado prohibido, escondido entre sombras de algo que nunca debió haber comenzado.

—No sé por qué estás aquí —dijo Emilia, y su voz sonó más quebrada de lo que pretendía.

—Hay demasiadas cosas que no sé desde entonces —admitió él.

Esa sola frase abrió la caja de Pandora entre ellos. Hacía tres años que se habían mantenido apartados. Tres años desde aquella semana en Cambria cuando, en medio de un retiro de la firma, Emilia y Gabriel cedieron a una atracción brutal y desbordante, a pesar de todo lo que los separaba. Gabriel, prometido de Ana —la mejor y más antigua amiga de Emilia—, compartía con ella más que una historia universitaria de rivalidad y complicidad. Compartían el odio mutuo a la soledad, una ambición feroz y la certeza de nunca sentirse realmente comprendidos.

La culpa de aquel torrente incontrolable había caído sobre Emilia como la peor resaca. Desde entonces, cortaron todo contacto, salvo los saludos formales y las miradas fugaces en actos donde el protocolo los mezclaba por obligación. No obstante, el recuerdo de la piel de Gabriel, de su olor a café temprano, de ese silencio compartido entre dos cuerpos exhaustos, había permanecido como una herida sin cerrar.

—Han cambiado muchas cosas —continuó Gabriel, ausente, jugueteando con una hebilla suelta de la bolsa de gimnasio—. Ana y yo ya no estamos juntos.

Emilia sintió que el aire se volvía más denso, que el mundo entero retrocedía tres años solo para lanzarse de nuevo a ese borde.

—Eso no borra nada —susurró.

—No, pero lo cambia todo.

Gabriel se acercó, y la distancia se acortó hasta que pudo oler el perfume fresco que usaba, ese que Emilia había elegido para él en su cumpleaños. De pronto era 2021 de nuevo, y estaban sentados en la habitación pequeña del hotel, solos, con el mundo observado a través de una cortina de posibilidades imposibles.

—No deberías haber venido —murmuró ella, retrocediendo un paso que no era suficiente para poner a salvo su corazón.

—Lo sé, pero no podía evitarlo. Te vi en la puerta hace unos días cuando pasé en el coche —confesó él, con la urgencia de quien no tiene ya nada que perder—. Y he pensado en ti cada día, Emilia. En lo jodido que fue alejarme así, dejarte con culpa y silencio.

Un nudo se le formó en la garganta. No era justo, pensó. No lo fue nunca. Gabriel y Ana lo habían terminado después de meses de discusiones y distancias, pero nadie sabía el verdadero motivo: la invisible, peligrosa atracción entre Gabriel y una mujer que jamás debió ser más que la mejor amiga de su novia.

—No puedes arreglar lo que rompimos —dijo Emilia.

—No lo sé —musitó él, cada vez más cerca—. Pero sé que no puedo vivir atormentado por el pasado.

—¿Y Ana? ¿Ella...?

—Está bien. Se marchó a Boston, encontró a alguien más, te juro que no vine a removerle el dolor a nadie. Solo quería hablar contigo. Saber si lo que sentí aún es real.

—No cambias —rió Emilia sin gracia—. Siempre intentando resolver el mundo a tu manera.

El silencio volvió, pesado. El reloj en la pared marcó el paso lento del tiempo, y Emilia quiso recoger sus cosas, salir corriendo bajo la lluvia y dejar el pasado detrás. Pero era inútil: cuando Gabriel la tomó de la mano, una electricidad familiar recorrió su piel, y ella se permitió cerrar los ojos porque, por ese momento, la vergüenza era una sombra lejana.

—Ven a mi casa —propuso Gabriel, tan suavemente que la invitación pareció estar hecha solo para ambos, aislados del mundo real—. Solo esta noche, sin promesas, sin lastres viejos.

Aquel "solo esta noche" fue la pequeña mentira dulce de la que ambos se aferraron. Emilia asintió; su corazón repiqueteando con fuerza mientras Gabriel la conducía hasta su coche, cuidándola del agua que seguía cayendo. El trayecto transcurrió en silencio, salvo por el rumor de la tormenta y el golpeteo del limpiaparabrisas. Ella se perdió contemplando las manos de Gabriel al volante, el perfil tan conocido, la firmeza en esos labios apretados, tan cerca y tan lejos de los suyos. No hacía falta hablar: todo el deseo, añejo y renovado, llenaba el auto.

Subieron rápidamente por las escaleras de su pequeño departamento. La luz era tenue; las sombras bailaban sobre las paredes mientras Emilia dejaba su abrigo y Gabriel arrojaba las llaves sobre la mesa. El primer beso fue torpe, hambriento, ansioso después de años construyendo murallas imposibles. Emilia lloró, pero no supo si era de rabia, de culpa vieja o pura felicidad. Gabriel la acarició con una ternura casi desesperada, como si rezara con cada movimiento la promesa de que la herida finalmente cicatrizaría.

La ropa cayó al suelo, el cuerpo de Gabriel cubriendo el suyo con una necesidad que dolía y sanaba a la vez. Hicieron el amor sin palabras, solos con sus sombras, con la respiración entrecortada y la piel ardiendo, como si el mundo entero hubiese esperado ese momento para empezar de nuevo.

Luego, tendidos entre sábanas, Emilia se atrevió a mirarlo a los ojos.

—¿Y ahora qué? —preguntó, sabiendo que quizás no habría ninguna respuesta capaz de borrar el pasado.

Gabriel la besó en la frente.

—Ahora... solo quiero pensar en el ahora. En que estamos vivos, en que estamos juntos, aunque sea por esta noche.

Emilia sonrió con tristeza. El amor prohibido había marcado su piel, su historia, y quizás siempre sería así. Pero, envuelta en los brazos de Gabriel, sintiendo que todo lo imposible era posible sólo por un instante, decidió no arrepentirse más. El futuro era tan incierto como la tormenta afuera, pero esa noche se la permitiría a sí misma, como una última danza tras el espejo empañado de su vida.

Al amanecer, mientras la primera luz se colaba entre las nubes y el murmullo de la ciudad despertaba, Emilia supo que nunca dejaría de amar a Gabriel a contraluz, siempre en esa franja invisible donde el deseo y la culpa conviven, donde el amor aún osa desafiar—si sólo por una noche—al juicio del mundo entero.

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