Portada del relato La distancia de tu perfume
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Fragmento:


Recordó el primer mensaje, después de la exposición. “¿Te acordarás de mí el miércoles por la noche?” Clara había añadido un guiño, pero ya Lucía la recordaba cada noche desde entonces. Aquella mujer parecía deslizarse entre las sombras, como batiendo alas de murciélago entre los cuadros, riéndose bajo la piel. Había algo en ella que era imposible de ignorar, una energía que iba más allá del cuero negro o los tacones finos. Era la forma en que decía el nombre de Lucía, subrayando apenas la “a” final, como si la saboreara.

Duración: 10:04

La distancia de tu perfume
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

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El viento de la tarde entraba por la ventana, medio abierta, trayendo consigo el aroma tenue de la ciudad. Desde su escritorio, Lucía podía oír el rumor del tráfico abajo, la pulsación débil de una vida secreta mientras el sol iba perdiendo altura detrás de los edificios. Se levantó, dejó el dossier sobre la mesa y, sin encender la luz, se acercó al ventanal. El cristal estaba frío. Apoyó la frente, cerró los ojos un instante. Pensó en el mensaje que había recibido hacía apenas quince minutos: “Llego en media hora. ¿Te espera el vino, Lucía?”

En el reflejo, la penumbra moldeaba su figura. A contraluz, se desentendía de sus propias líneas: el cabello oscuro caía en cascada de hombro a ciénaga, la blusa de seda pegaba humedades sutiles en la clavícula, el pantalón la ceñía pero le permitía moverse. Volvió a leer el mensaje, tres simples frases que, sin embargo, reverberaban con cierta carga eléctrica. Encendió la luz de la cocina, una lámpara baja, dorada, y fue hasta la pequeña cava junto a la nevera. Eligió, casi por azar, un vino tinto de Burdeos. Al tocar el corcho, su memoria fue directo a la sensación que bastaba unas horas para llenar el aire: el perfume de Clara.

Lo había conocido en una exposición de arte. La galería vibraba con cuadros de azules profundos y ciertas notas doradas, pero Lucía apenas recordaba ningún cuadro. Solo recordaba a Clara: sentada en el borde de un banco de madera, la mirada tangencial, la sonrisa que no era sonrisa sino una insinuación, una caída de párpado. Recordaba el roce inicial, accidental, los brazos rozándose al mirar una escultura. “¿Te gusta?” preguntó ella, y lo que Lucía quiso decir era: ¿me gustas tú?, pero dijo solamente: “Tiene algo… inquietante.”

El vino se liberó en la copa con un sonido denso. Lucía se sentó en el sillón de terciopelo, rodillas recogidas, esperando. Podía sentir el leve pulso de la ansiedad debajo de la piel, las yemas de los dedos ligeramente entumecidas, un humillo cálido en la boca del estómago. Desde la terraza podía ver algunos balcones vecinos, luces amarillas floreciendo tras cortinas, alguna silueta moviéndose sola. En cambio, su sala rebosaba de una especie de vacío pulsante, justo antes del encuentro, justo antes de la electricidad.

Recordó el primer mensaje, después de la exposición. “¿Te acordarás de mí el miércoles por la noche?” Clara había añadido un guiño, pero ya Lucía la recordaba cada noche desde entonces. Aquella mujer parecía deslizarse entre las sombras, como batiendo alas de murciélago entre los cuadros, riéndose bajo la piel. Había algo en ella que era imposible de ignorar, una energía que iba más allá del cuero negro o los tacones finos. Era la forma en que decía el nombre de Lucía, subrayando apenas la “a” final, como si la saboreara.

Sonó el timbre. Lucía se irguió, un bote leve en el corazón. No fue inmediato; fue el trayecto a la puerta, el eco de sus pasos descalzos en la duela, la forma en que ajustó la apertura del escote, como si pudiera camuflar la vibración que ascendía desde el vientre al pecho. Abrió.

Clara estaba allí. No llevaba puesto nada especial, pero en ella cada prenda parecía un vestigio de un secreto a punto de desvelarse: un abrigo claro que atrapaba la luz, los labios pintados de un color oscuro, los ojos delineados en grafito. Sonrió con un lado de la boca. Lucía percibió el destello del perfume —jazmín y un toque seco, incierto, como si acabara de pisar una biblioteca antigua.

“¿Me dejas pasar?” preguntó Clara. Su voz era sorda, como un lazo de terciopelo anudándose en la garganta.

Lucía se apartó; la miró despojarse del abrigo y, mientras se dirigía a la sala, el olor fresco y cálido a la vez se le quedó adherido a la piel. Clara se sentó con una confianza que parecía desafiar la solidez misma del sillón. Cogió la copa de Lucía y se la acercó a los labios—los dedos manchados de esmalte rojo sangre.

“He traído algo también.” Clara dejó caer sobre la mesa una pequeña caja envuelta en papel dorado. “Para ti”.

Lucía sonrió, se apoyó en el respaldo, cruzó las piernas despacio. “¿No temes que termine acostumbrándome a que me sorprendas?”

“Eso sería una fortuna”, musitó Clara, y sus ojos eran tan brillantes, tan llenos de intenciones no confesadas que Lucía sintió un escalofrío.

El resto del apartamento desapareció en una pequeña selva de detalles: la botella resudando, el midi lejano de una playlist de jazz, la reverberación de los silencios. Clara desató el lazo de la caja, extrajo una fruta ciruela y la ofreció. Lucía mordió. Su boca se llenó de un jugo áspero, dulce; Clara lamió una gota del pulgar de Lucía, apenas un roce fugaz, y eso encendió un rastro inesperado, de venas y deseos nunca verbalizados.

“Siempre he pensado —dijo Clara— que las primeras veces deberían saborearse así, despacio.” Su voz llegó tibia y grave. El reflejo de sus dedos en la piel de Lucía era casi hipnótico, como si leyera un texto secreto.

“No es la primera vez que compartimos fruta”, replicó Lucía, pero la frase se le deshizo en la boca. Porque era la primera vez que la intimidad era como una tela que, si la rozaba con más fuerza, se desgarraría del todo, y Lucía quería, secretamente, que así fuera.

Los minutos siguientes se deslizaron densos, llenos de silencios voluptuosos. La conversación danzaba entre anécdotas vagas, quejas triviales del trabajo, referencias a la exposición, pero el lenguaje de los gestos crecía soterrado: los dedos acariciando la copa en lentos círculos, el cruce de miradas prolongadas. El peso de lo que no se decía llenaba la estancia de una humedad invisible.

En un momento, Clara se levantó. “¿Tienes ganas de bailar?” preguntó. No esperó respuesta; buscó en el teléfono un ritmo de bossa nova, improvisó una pista de baile frente al ventanal. Lucía titubeó, tentada por el vértigo. El silk de su blusa apenas rozó el antebrazo de Clara y sintió un estremecimiento en la raíz de la espalda. Porque el centro de la seducción, pensó Lucía, no es el roce sino el instante antes.

Clara la guió. Maniobraba con la soltura de quien conoce el arte de la insinuación como una segunda piel: la mano en la cintura, la presión minúscula en la palma, el giro final que acercó el perfil de Lucía a sus labios. “Me gusta bailar porque obliga a escuchar el cuerpo del otro”, murmuró Clara, el aliento cálido cerca de la mejilla.

Lucía dejó de resistirse. Robó la distancia: sus cuerpos encajaron uno contra el otro, apenas separados por el pulso. El perfume de Clara invadió todos los pliegues, los dedos se hallaron solos, amasando la tela, bajando despacio, rozando el borde de la piel desnuda. No había palabras para el clímax lento, para la sauna húmeda de un beso apenas explorado. Se introdujeron en la penumbra del dormitorio sin ceremonias; la luz del pasillo se filtró sobre ambas, cuarteando las sombras y los temblores.

La primera caricia fue torpe, eléctrica. Los dedos de Lucía se encontraron con los botones de la camisa de Clara, luchando contra la ansiedad de sus propios deseos. Clara sonrió, movió las manos hasta la nuca de Lucía, la atrajo hacia sí hasta que el olor de ambos cuerpos se volvió tangible, casi comestible.

“Déjame descubrir cómo sueñas”, dijo Clara al oído, como quien ofrece un conjuro.

“Déjame soñar contigo despierta”, replicó Lucía.

Las ropas fueron cediendo obstáculos, paulatinas, como si eliminar cada prenda supusiera abrir una puerta más a un territorio clandestino, tibio. La piel de Clara estaba salpicada de pequeños lunares; Lucía los siguió con la lengua, con los labios, bajando despacio por su esternón. El sabor era preciso, indefinible: ni salado ni dulce, como el recuerdo de un postre de infancia. Clara gimió bajo la caricia, se arqueó, estiró los brazos por encima de la cabeza.

“¿Te da miedo esto?”, preguntó, respirando entrecortada.

“Me da miedo que termine”, susurró Lucía.

Por un momento largo, solo hubo jadeos y sonidos sutiles, el roce de piel contra piel, la expansión de la humedad compartida. Lucía mordió el lóbulo de Clara, la mano arrastrándose hasta donde la respiración se volvía más densa, explorando cada apartado, cada centímetro, hasta que la otra se estremeció entera, entre un grito y un susurro.

Permanecieron abrazadas, sudorosas, escuchando cómo la ciudad seguía más allá de sus fronteras. Clara trazó dibujos en la espalda de Lucía, letras que se borraban al contacto. “Eres como un poema sin terminar”, dijo finalmente, la voz apenas audible.

“Quedarme incompleta siempre fue mi especialidad”, dijo Lucía, girándose para morderle la mandíbula, risueña.

La noche se alargó en repeticiones cíclicas: conversación envuelta en mantas, otra copa, dedos enmarañados en el pelo, fricciones que ya no podían llamarse casuales. En cada pausa, las miradas regresaban hambrientas al contacto, y el vino en la lengua era la excusa última para perder el juicio.

Al amanecer, Lucía se despertó envuelta en el calor de Clara, sintiendo el leve temblor del cuerpo ajeno. Fuera, el mundo persistía, pero adentro todo parecía transcurrir flotando, silencioso y sagrado. Clara entreabrió los ojos, le pasó una pierna por encima. “¿Crees que las noches así son pequeñas eternidades?”, preguntó.

Lucía asintió. Miró el techo, el leve parpadeo de las cortinas al viento matutino. Sabía que el día exigiría explicaciones, transformaría la magia en cotidianidad, pero no entonces, no mientras el perfume aún suspiraba en el aire, un vestigio de ciruela y deseo. Clara le besó el hombro, mordió la clavícula, y el mundo volvió a detenerse en el silencio de ese recinto íntimo.

Y supo, mientras recorría la piel que ya consideraba un mapa, que no quería recordar esa noche como una excepción, sino como el principio de un territorio donde la seducción no era un arte menor, sino la única manera verdadera de permanecer vivas.

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