La terraza del Club Zíngara, encaramada sobre los tejados de la ciudad vieja, vibraba esa noche con el sabor invencible de la víspera de San Juan. La música –un latido inagotable de tambores y sintetizadores– se deslizaba entre los cuerpos sudorosos, cubiertos de brillos y trajes holgados, todos resistiéndose con gozo a la realidad de los días. De lejos, los fuegos artificiales recortaban la silueta de la Cúpula Dorada, pero allí dentro, los verdaderos destellos estaban en las pupilas dilatadas y las carcajadas de los asistentes.
Sofía llevaba ya un par de horas danzando a solas, un vaso de ginebra siempre medio vacío en la mano, el pelo recogido en un moño de emergencia que se iba deshaciendo lento, cada giro transformando un mechón suelto en invitación descarada. Venía del otro lado de la ciudad y de una relación rota: el tipo clásico, sonrisa demasiado blanca y promesas con fecha de caducidad. En el Club, Sofía se sentía translúcida, posible, felizmente irreal.
Pero, uno no puede escapar del todo a su propia sombra, pensó justo antes de sentir la mirada de alguien, martilleándola en la nuca. Se giró despacio, primero relajando la expresión, luego disponiendo el cuerpo con ese aire de “por favor, que no sea un baboso convencional”. Vio un hombre parado junto al viejo piano desafinado, nada en él clamaba por atención salvo cierto perfil y una sonrisa torva, oscura y afilada, como si hubiese nacido en medio de una tormenta.
Él se acercó cuando la canción cambió a un bolero juguetón, donde los acordes eran una provocación y la letra apenas un pretexto.
—Bonita forma de bailar sola —dijo él, y la voz le llegó como agua fría en espinazo tibio.
Sofía se encogió de hombros, amigable y sin expectativas.
—Algunos amores no merecen testigos —respondió.
Él levantó el vaso en algo parecido a un brindis.
—¿Y si bailamos sin invitación, sólo porque sí?
—No busco fiesta, busco un olvido pequeño —contestó, pero dio un paso adelante, casi tentada.
Él le tendió la mano. Sus dedos eran largos, la palma sorprendentemente tibia.
—Entonces permíteme distraerte, aunque sea por una canción.
Bailaron. Al principio, Sofía sintió la incomodidad habitual de la cercanía ignorada: la camisa de él olía suave, a mirto y humo, y la forma en que la guiaba era un recordatorio de todo lo que había querido dejar atrás. Pero, poco a poco, la ciudad desapareció del horizonte y se fundió en movimientos, en un rumor de piel, en la promesa de anonimato que sólo la noche te concede.
Ni siquiera oyó su nombre, así que lo preguntó, risueña.
—¿Cómo te llamas?
Él se ladeó, mirándola desde un rincón peligroso.
—Le dicen Rafael, pero no le pongas mucha fe a los nombres aquí.
Sofía levantó una ceja, divertida, siguiendo el juego.
—¿Estás planificando robarme el bolso, Rafael-sin-fe?
—No —susurró él, muchas palabras encerradas en esa sílaba—. Robarte la respiración, quizá. El bolso ni que tuviera alma.
Había algo en la forma en que lo dijo, un relámpago de algo imposible. Sofía sintió una punzada de alerta envuelta en adrenalina: parecía mentira, pero la frase parecía demasiado literal. Y, sin embargo, la noche estaba tejida de excesos, de supersticiones que se enredaban con las luces festivas.
Fue entonces que el primer escalofrío la recorrió. Un frío pequeño, como si la atmósfera hubiera cambiado de densidad. Rafael no dejaba de clavarla con esos ojos de tormenta mientras la llevaba hasta uno de los balcones semicirculares, donde la ciudad estiraba sus lenguas de vidrio y faroles abajo.
—No deberías mirar demasiado —le advirtió, muy quedo.
—¿A qué? —preguntó Sofía, ligera.
Él tardó un segundo largo en contestar.
—A nada. O a todo. Aquí la noche también baila contigo.
El hielo de la ginebra, que había olvidado en la mano, se deshacía más rápido de lo normal, aunque el aire se sentía cada vez más denso, eléctrico. Rafael tocó el cristal con su anillo –negro, grabado con un símbolo indescifrable– y, por un instante, el reflejo les devolvió otras caras. Un par de mujeres con el pelo trenzado como serpientes, un hombre de ojos enteramente grises, un enano que parecía flotar, apenas sólida su forma. Sofía parpadeó fuerte.
—¿Qué… viste eso?
Rafael sonrió, medio triste, medio cómplice.
—No se puede bailar tan cerca del abismo sin rozarlo, Sofía.
La música subió de volumen, y por un momento, el Club se tornó irreal. Ella quería preguntar, quería gritar, pero lo único que salió de su boca fue un suspiro, ronco, contenido:
—¿Quién eres?
Él no contestó enseguida. Contempló el jaleo de la fiesta: los abrazos espirales, los vasos que tintineaban apenas con el efecto de unas manos inexpertas, los secretos que todos guardaban para después —cuando la fiesta terminara y la soledad apretara aún más.
—¿Nunca sentiste que la noche pedía algo a cambio... cuando te da tanto? —preguntó él, sus labios recortados por el destello violeta de una luz que nadie más parecía percibir.
Sofía no supo qué responder. Algo se le desbocaba dentro, excitación o miedo no sabía, tal vez las dos cosas. Rafael le rozó el cuello con el dorso de la mano, frío de nuevo, y el contacto era un permiso y una amenaza.
—Ven —ordenó él, pero no fue una petición. Sofía lo siguió. En el pasillo, más allá del tumulto, la música se apagaba y los murmullos eran más densos, impregnados de esa electricidad desasosegante.
Entraron en una sala pequeña, luminosa, con cortinas de terciopelo y cuadros de ojos desenfocados. Dentro, el tiempo parecía otro: los minutos se pegaban a la piel como sudor, y una extraña niebla separaba su existencia de la realidad que a veces recordaba.
Rafael se sentó junto a ella en un diván. Allí, la cercanía era otra cosa, más animal, más apetito que ternura.
—Esto es un pacto —anunció él, con una sonrisa tan antigua como la noche misma.
—¿Pacto?
—Te daré un deseo consumido en este instante. Una noche sin olvido, sin límites. A cambio, claro, de un pequeño tributo.
Sofía sintió el pulso saltando en su garganta.
—¿Mi alma? ¿El típico trato?
—No, tu recuerdo —aclaró él—. Elegirás un momento, la herida que no te deja bailar tranquila, y yo la tomaré. No podrás volver a tocar ese dolor, ni siquiera acordarte de qué era. Te quedará una sombra, pero podrás bailar… como si nunca hubiera sucedido.
La tentación se disolvió en su boca, caliente.
—¿Y si me arrepiento?
—Nadie se arrepiente del olvido —dijo Rafael.
Sofía miró la sala y luego al hombre, preguntándose quién atendería el bar, quién cambiaría las bombillas al día siguiente. Su vida cabía en una copa derramada.
—¿Qué harás con mi recuerdo?
Rafael le apartó un mechón de pelo, suave, casi compasivo.
—Bailaré con él. Lo convertiré en música, en deseo, en el temblor con el que a veces la ciudad se despierta gritando.
El Club palpitaba al otro lado de la puerta, como un segundo corazón. Sofía oyó risas y promesas, la resiliencia inútil de los cuerpos que no se resignan a marchitarse. Supo que nadie, nunca, le había hecho una oferta igual.
—Está bien —dijo finalmente, y la frase se le rompió en la boca, mitad miedo, mitad hambre.
Fue un beso lo que selló el trueque. No tierno, sino brutal: Rafael acortó distancias, sus labios duros y perfectos, y Sofía se sintió atravesada, vaciada y rebosante todo a la vez. Dentro del beso, vio escenas que ya no recordaba completamente: la noche en que lloró en un taxi, el nombre repetido en el móvil, el color de una camisa que olía a derrota. Y entonces… nada. Todo el dolor fue una mancha dispersa, un humo disolviéndose en la euforia.
Cuando se separaron, el aire era otro. Más limpio. Más ligero. Rafael tenía en las pupilas una chispa nueva; también él lucía distinto. Por un instante, fueron sólo dos extraños, de nuevo.
—Ahora vuelve a la fiesta —le susurró él—. La noche es corta para quienes ya no esperan nada.
Sofía regresó al bullicio, las piernas temblándole, la mente desenredada de nostalgias. Bailó hasta el amanecer, bebiendo risas de labios ajenos, abrazando la música hasta dejarla sin aliento. A ratos miraba al balcón, pero Rafael había desaparecido, con su anillo oscuro y su voz de abismo.
Y, sin embargo, la alegría tenía un filo nuevo. Un eco inquietante, como cuando bailas sobre una cuerda floja y sabes, de pronto, que ya no temes caer.
Días después, la vida volvía a llamar a la puerta con su inventario de rutinas. Sofía a veces sentía un vacío curioso, una cicatriz invisible donde antes le dolía todo. De pronto, los atardeceres tenían más posibilidades que resignación, y las noches, más deseos que promesas.
Pero, cuando la música la sorprendía, ese recuerdo de la terraza, de la oferta imposible y del beso letal le parecía una leyenda sin dueño. Nunca supo si lo soñó, o si la fiesta tejía sus propios conjuros.
En noches de fiesta –sobre todo cuando el bolero confundía la sangre con la memoria–, Sofía buscaba entre la multitud una mirada de tormenta. Y a veces, en el borde de una copa vacía, le creía ver la sombra de una sonrisa imposible, invitándola otra vez a bailar sobre las heridas.
Pero, ahora, ya no dolía.
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