Portada del relato Un asunto perfectamente escandaloso
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Fragmento:


Aquella noche, la irreverente Lady Greville se acercó más aún, apenas la sombra de un espacio entre sus hombros.

Duración: 10:07

Un asunto perfectamente escandaloso
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Texto de ajuste de pausa.

Lady Cassandra Fairfax sostenía el abanico con una delicada tensión, apenas perceptible para los ojos menos observadores. Sin embargo, cualquier alma sensible advertiría que algo, alguna intranquilidad pulsaba bajo su fachada de aplomo. El salón de los Marchmont bullía con la animada conversación propia de las noches de verano en la campiña, en ese tiempo dorado donde la nobleza londinense huía del calor humeante de la ciudad para esconder sus secretos y pasiones lejos de miradas indiscretas.

Quizá fuera el efecto de la nueva temporada, tal vez el vapor de promesas mezclado con el aroma de los pasteles de melocotón, pero Cassandra sentía que cada gesto suyo atraía una atención particular. O tal vez solo era el escrutinio de Lady Eleanor Greville, quien, como su vecina en la soirée, la miraba a veces con el mohín travieso de quien conoce secretos inapropiados y está impaciente por compartirlos.

–Lady Cassandra, ¿me permite ser tan audaz como para arrancarle de su letargo? –preguntó Lady Eleanor en un susurro astuto, inclinando su sombrero un tin más de lo reglamentario.

-La audacia es la sal de la vida, Lady Eleanor –respondió Cassandra, procurando no ruborizarse al sentir la cercanía de su interlocutora. Sentada a su lado, la figura esbelta de Eleanor desprendía un calor, una presencia singular, que hacía vibrar cada fibra de su ser, si bien no podía admitirlo ni en la soledad de su habitación.

Se conocían desde hacía un año, tras coincidir en una velada organizada por el conde de Rowle. Primero habían cruzado frases ingeniosas, después paseos, luego confidencias en un jardín a la llegada del crepúsculo. Pero siempre, siempre en los márgenes, limitándose a lo que se permitía entre damas que sabían bien las reglas y cómo simular que las seguían.

Aquella noche, la irreverente Lady Greville se acercó más aún, apenas la sombra de un espacio entre sus hombros.

–¿Bailará conmigo esta noche, Lady Cassandra? –preguntó, apenas rozando la comisura de su oreja con su aliento de jazmín.

Cassandra se volvió, sorprendida no tanto por la pregunta sino por el hecho de que el atrevimiento pocas veces la turbaba. Sin embargo, la voz de Eleanor la desarmaba como ninguna otra.

–Eso causaría rumores –dijo por costumbre, intentando ignorar la repentina aceleración de su pulso. Inclinó el rostro hacia el abanico, fingiendo examinar la pintura.

–De todos modos los causará cualquier cosa que hagamos, aunque sólo charlemos en el jardín. –La sonrisa de Eleanor era un desafío suave, una flor fosforescente en el terciopelo de la noche.

No habían dejado de mirarse. En la penumbra entre la conversación y la música, algo vibraba, un lazo sutil del que ambas tiraban con cuidado y, a la vez, con desesperación.

***

La noche avanzaba, y entre vals y contradanzas Cassandra sentía la respiración de una nueva vida llamándola desde la penumbra. Durante el segundo intermezzo, Eleanor la consiguió arrastrar lejos del bullicio hacia un rincón dondelos ecos de la orquesta llegaban como murmullo lejanísimo.

–¿Cree usted en la intuición, Cassandra? –preguntó Eleanor, prefiriendo de pronto su nombre de pila, que cruzó el aire como una caricia privada.

–En ocasiones, sí –susurró. ¿Qué intuía de ella en ese instante? ¿Por qué le costaba tanto mantener la compostura?

Eleanor se atrevió: extendió la mano cubierta por su guante nacarado, palmando con gentileza el dorso de la mano de Cassandra, apenas un roce, pero suficiente. Un estremecimiento ligero corrió por la piel de Cassandra, tan eléctrico como si la chispa misma de una tormenta hubiera anidado entre sus venas.

–Esta temporada he presenciado la mayor necedad y también la mayor valentía. A veces, van de la mano –dijo Eleanor, entrecerrando los ojos–. ¿Sería impensable pedirle que dé un paseo en el jardín conmigo, a pesar de la hora y las habladurías?

Cassandra dudó, tensando la espalda, antes de soltar un suspiro. Su resolución se acomodó con la firmeza de quien se asoma al borde de un acantilado.

–Esta noche, la luna está esperando ser testigo de algo más memorable que los cotilleos del salón –afirmó.

Se escabulleron, lanzando a la noche la risa nerviosa de quien sabe que las peores locuras son las mejores historias. La vereda de guijarros crujió bajo sus pasos. El jardín se presentaba como un escenario aún no reclamado; una brisa leve agitaba las bugambilias. Eleanor la condujo hacia la rosaleda y se detuvieron al abrigo de un parterre descuidado, cubierto de jazmín que, a esas horas, despedía una fragancia penosamente promiscua.

-¿Por qué yo, Eleanor? Hay tantas damas que sueñan con su atención –preguntó Cassandra, el viento despeinando una hebra de su oscuro cabello.

Eleanor la miró, perfectamente seria ahora.

-Porque tú no eres como ellas. Por cómo ríes de mis disparates, por cómo sabes cuándo callar. Porque tus ojos buscan lo mismo que los míos y sólo a tu lado siento que podría existir tal como soy.

Temblorosa, Cassandra alzó la mano hacia la mejilla de Eleanor, que se rindió a su ternura, apoyando los labios contra la palma de la otra. El impulso fue mutuo: en un instante, se besaron con la energía contenida de mil danzas. El beso fue suave y lento, tan cargado de anhelo que ambas supieron que los días de mirar en silencio habían terminado.

***

A la mañana siguiente Cassandra despertó en su lecho, incapaz de discernir si la experiencia de la noche pasada pertenecía a la materia de los sueños o de lo vivido. Podía sentir aún la impresión de unos labios suaves, el latido de dos almas bailando alrededor del peligro. La rutina de la casa, con las doncellas y la institutriz rondando los pasillos, le pareció de una trivialidad grotesca.

La irrupción de su hermana menor, Arabella, fue la chispa que devolvió a Cassandra al presente.

–¿Sabías que Lady Greville partirá mañana a Bath? –le contó la muchacha, trajinando entre los vestidos con alegría infantil. Cassandra intentó recomponerse. La inquietud la recorrió como agua fría.

–¿Por qué tan de pronto?

–Una tía enferma, según dicen. O simplemente es que la copa de la señora Marchmont ha sido rellenada una vez de más y se apresuró a preguntar de más sobre la vacunación de las vacas –se rió Arabella, sin sospechar nada.

Cassandra se sentó ante el tocador y contempló largo rato su reflejo. Tal vez Eleanor no regresaría ese verano. O tal vez era la invitación de una gesta más peligrosa: la de amar sin disfraz. Repasó mentalmente cada palabra, cada gesto. El rubor fue reemplazado poco a poco por una creciente determinación.

Aquella tarde, encontró a Eleanor paseando, a solas, cerca de la fuente de mármol. La encontró menos enérgica, absorbida en una indecisión que luchaba por ocultar.

–Me vas a dejar sin despedida –dijo Cassandra, jugueteando con los botones de su guante.

Eleanor sonrió con cansancio.

–Pensé que sería lo más sensato. Me han dicho que Bath es muy apacible en esta época. Agua para el cuerpo, olvido para el alma.

–El olvido está sobrevalorado. Prefiero el recuerdo al conformismo.

La seriedad se instaló entre ambas. Eleanor tomó aire, levantando la barbilla con un gesto que usualmente reservaba para la mesa de juego.

–El mundo no está preparado para nosotras –susurró.

–No. ¿Y cuándo lo estará, sino cuando nosotras mismas lo desafíemos? –replicó Cassandra, sorprendida por la rabia vibrante en su pecho–. ¿Acaso crees que resistí esto para luego olvidarlo junto al aquel arrullo de la fuente?

El gris en los ojos de Eleanor se iluminó.

–¿Resististe mucho?

–Demasiado –admitió, avanzando un paso–. Llevo contando tus anécdotas y tus cartas con un fervor que hubiera escandalizado a mi abuela. Y sí, me asustan los rumores. Me aterrorizan. Pero me asusta más perderte o negarme a lo que soy.

La reacción de Eleanor fue inmediata. Le tomó la mano y la llevó a su pecho.

–Ven conmigo a Bath –dijo de pronto, susurrando apenas, y Cassandra sintió cómo su corazón galopaba bajo su palma.

–No puedo. No puedo marcharme sin más.

Eleanor parecía comprender y aceptar a la vez el rechazo y el miedo en su voz. Soltó la mano, pero las mantuvo entrelazadas.

–Entonces escríbeme. No dejes que la distancia se vuelva olvido. Haz de tus palabras un puente para la próxima vez que la luna se atreva a ser testigo.

Se miraron largamente, enviándose las promesas mudas que solo los verdaderos amantes saben leer entre los gestos.

***

Los días se alargaron más allá del verano. Cassandra cumplió con la rigidez de las costumbres, asistiendo a bailes, veladas y partidas de caza, pero ya nada parecía tan vívido como las cartas que llegaban de Bath, envueltas en el aroma de hortensias y selladas con cera azul. Eleanor le narraba los cotilleos y desventuras, pero sobre todo le enviaba preguntas –esas preguntas que sólo tienen respuesta en los suspiros y silencios.

Tres meses después, Cassandra supo que debía actuar. Esperó a la llegada del equinoccio, con la excusa peregrina de acudir a una cita médica. Partió sola, solo acompañada por el temor y la esperanza, y llegó a Bath envuelta en un temporal de fina llovizna y frío anticipado.

Eleanor abrió la puerta de la pensión en la que residía, con los cabellos más cortos y el ánimo más resuelto que nunca. Allí, en la penumbra de una estancia pequeña y bien perfumada, Cassandra volvió a descubrir el sentido de la palabra hogar.

–¿Lo has hecho por ti o por mí? –preguntó Eleanor.

–Por las dos. Porque es imposible para mí fingir cualquier otra vida.

Eleanor la atrajo hacia sí y, esa vez, la distancia no fue nunca más un obstáculo.

***

La estancia en Bath se prolongó. Miraban pasar las estaciones, alternando largas caminatas con tazas de té, lecturas empañadas por las risas y confidencias cada vez más audaces. Conocieron a otros como ellas, ocultos pero insistentes en su derecho a la felicidad.

Al volver finalmente a la campiña, en un carruaje compartido bajo las estrellas, Cassandra y Eleanor sabían ya que el escándalo era un precio ínfimo frente al lujo innegociable del amor, brillante y vibrante en el centro mismo de sus vidas.

El futuro estaba poblado de dificultades, sí, pero también de promesas. La luna, sin embargo, ya no era solo testigo. Era cómplice y guardiana de un amor nacido en la sombra y florecido, finalmente, a la luz impúdica del día.

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