Portada del relato Luces de Piedra y Deseo
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Fragmento:


La ciudad es una herida que nunca acaba de cerrar, una sucesión incesante de calles, pasos y rostros, todos tratando de inventarse un destino en el ruido. En esta urbe que respira promesas caídas e ilusiones emergentes, cada noche parece pedir perdón por la desolación que la luz promete en vano.

Duración: 09:32

Luces de Piedra y Deseo
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Texto de ajuste de pausa.

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La ciudad es una herida que nunca acaba de cerrar, una sucesión incesante de calles, pasos y rostros, todos tratando de inventarse un destino en el ruido. En esta urbe que respira promesas caídas e ilusiones emergentes, cada noche parece pedir perdón por la desolación que la luz promete en vano.

En el corazón de esa vastedad se encuentra Elena, de cabello corto, negro como la ausencia misma, y una piel tostada por los veranos que la ciudad no alcanza realmente a ofrecer. Sus veintinueve años la colocan en la antesala de ciertas resignaciones, pero también de desvelos insistentes. Trabaja hasta tarde en una revista digital, escribiendo sobre tendencias y culturas urbanas, pero perennemente incompleta, como si alguien, en algún lugar, guardara para ella una palabra que le devuelve su sentido.

Todo comienza un jueves, cuando el aire huele a tormenta contenida y las luces de la calle parecen más ávidas de miradas. Elena sale temprano de la redacción y decide perderse a pie entre los barrios nuevos, allí donde el asfalto aún no ha aprendido los nombres de todos los caminantes. Le gusta imaginar historias de otros, analizar las ventanas iluminadas como promesas ajenas.

En una de esas avenidas, junto a un pequeño parque acondicionado entre muros, Elena escucha la risa de un grupo que fuma y comparte cervezas. Son jóvenes todos, pero entre ellos destaca Sofía: piel translúcida, pecas como salpicaduras de vino en la mejilla, ojos de un verde grave y profundo. Sofía acaba de llegar a la ciudad, como atestiguan los modismos suaves de una provincia lejana. Elena se acerca por el magnetismo inexplicable de una voz dulce y segura, y entrecruzan una conversación sobre la lluvia y sus mitologías.

Las palabras saltan, se entrelazan. Hablan de historias, de pérdidas, de canciones que vibran como puentes de neón entre dos desconocidas. Elena descubre el temblor leve en sus manos, el modo en que observa sus labios cuando bebe, como si aprendiera el idioma de su respiración. El resto del grupo desaparece camino a otras promesas de la noche, y ellas quedan solas bajo la luz artificial, danzando en el filo de lo que puede comenzar a latir.

—¿Venías buscando algo? —pregunta Sofía, con una sonrisa que es desafío y refugio a la vez.

—No. Pero a veces lo que encuentras le da sentido a lo que no sabías que te faltaba —responde Elena, notando el pulso acelerado en su cuello.

Caminar bajo la lluvia, sin paraguas, es su primer acto íntimo. El agua las empapa, hace del contacto de sus brazos una urgencia, y en un impulso casi adolescente, Elena toma la mano de Sofía. Es aceptada, y ninguna de las dos suelta el asidero cuando entran empapadas a un bar escurrido de risas y vapor. Allí, entre las mesas pegajosas y las fotos viejas en blanco y negro, la conversación se torna confesión: Sofía acaba de huir de una familia donde los silencios eran cárceles; Elena confiesa su rutina de soledades conscientes.

—¿Sabes lo que es prometer algo en esta ciudad? —pregunta Sofía, con la voz baja, como si conversaran un secreto inmenso.

—Supongo que tan difícil como creer que algo puede durar en ella.

—Yo quisiera prometerte algo, aunque aún no sepa bien qué. Solo que estaré. Mañana. Y luego de la tormenta.

La ciudad afuera es un monstruo que ruge, pero entre ellas los dedos se entrelazan. Esa noche Elena no regresa a su departamento vacío. Caminan juntas, buscando latidos en la memoria, el polvo de luz en rincones que parecen no pertenecer a nadie. El primer beso llega junto a un mural de colores agrios, bajo la sombra de un edificio monumental. Asumido, rabiosamente dulce, el beso sabe a esperanza y a vértigo.

Los días que transcurren después son un descubrimiento lento, casi clandestino. Se reconocen en el vaivén diario entre el trabajo y las promesas no dichas. Cada noche busca alargar el encuentro, gravitando en bares donde el ruido no logra ensordecer el diálogo entre sus cuerpos.

La relación progresa insegura, pero vital, tejida por pequeños rituales: cafés humeantes en la ventana de Elena, largas caminatas bordeando el río artificial, mensajes rápidos como oraciones. La ciudad proyecta sobre ellas su sombra de infinitas posibilidades y miedos. De vez en cuando, alguna pareja las mira demasiado largo, alguna vecina murmura o un taxista les arroja una frase insolente. Pero en un rincón, en la protección breve del abrazo nocturno, Sofía susurra:

—Si permanecemos juntas, prometo reinventar esta ciudad para las dos.

Esa noche, ya en la cama, Elena siente que el cuerpo y el deseo descansan por fin. Exploran sus límites sin timidez, descubriendo mapas táctiles y zonas de ternura insospechada. Durante horas se entregan a una devoción casi pagana, donde las palabras se sustituyen por gestos, y la respiración se convierte en la métrica última de la comprensión.

Pero la ciudad, con su inercia inquisidora, pronto pone trabas. Las rutinas laborales se vuelven más demandantes; los desplazamientos cada vez más largos, el cansancio muerde. Sofía tiene una entrevista de trabajo crucial en otro distrito, y Elena debe cubrir una exposición que la llevará durante una semana a una ciudad vecina. Se prometen reencuentros, pero la distancia es una bestia constante. Los mensajes son menos frecuentes, las llamadas más urgentes.

Hasta que llega la noche del accidente: el teléfono de Sofía cae y se apaga, justo cuando debía encontrarse con Elena en la plaza de los murales. Elena espera una hora bajo la lluvia, temblando, sintiéndose poco a poco invadida por el pánico. Pide a gritos en su silencio que Sofía recuerde la promesa, que regrese, que el destino no le robe la única magia encontrada entre el concreto.

Tres días más tarde, Sofía llama desde un teléfono público. Su voz es un relámpago contenido:

—Perdóname. Te juro que, por un momento, creí que la ciudad me había tragado para siempre. Caminé kilómetros, rompí casi todos los mapas internos que tenía. Pero vuelvo, Elena.

El reencuentro es una herida que se cura con besos lentos y una confesión muda. Deciden que nada debe quedar en manos del azar o del calendario. Se mudan juntas, primero en un cuarto pequeño, luego en un departamento con ventanas que dan justo a la avenida, a la fiesta de luces y motores incessantes. Construyen hogar de pedazos ajenos: lámparas de ferias, libros rescatados, mantas heredadas.

El amor adulto tiene las virtudes y los miedos del compromiso real. Dudan constantemente si la decisión fue correcta, si la ciudad no terminará por devorarlas igual. Pero cada noche, antes de dormir, vuelven a formular su promesa:

—Pase lo que pase, te buscaré en cada ventana iluminada. Y si la ciudad crece, creceré contigo. Si falla la luz, encenderé una donde estés.

Los años traen desafíos: despidos, mudanzas, la presión de familias renuentes, la necesidad constante de explicar a propios y extraños que sí, que su amor existe y necesita ser nombrado en voz alta. Participan juntas en las marchas de orgullo, asisten como consuelo y grito a quienes aún no pueden vivir su deseo libremente. Juntas, alguna vez, cuidan a la sobrina enferma de Elena, y en otra ocasión acompañan al padre de Sofía en su última hospitalización, cerquita para protegerse del dolor.

La ciudad, a su modo, va cambiando. Algunas miradas hostiles se transforman en respeto o indiferencia. Una vecina anciana les regala flores cada tanto; en la panadería ya no preguntan “¿y para el novio?”, sino “¿cómo está Sofía?”. Se encuentran reconstruyendo la urbe desde el afecto, desbordando prejuicios con sus silencios y su permanencia terca.

Pero nada es definitivo. Una noche de invierno, después de una discusión dura —los desacuerdos a veces arden, incluso entre quienes se aman sinceramente—, Sofía sale a caminar sin despedirse. Elena no logra dormir; la ciudad se le hace un abismo de pasos perdidos. Entra al baño y encuentra una nota breve, garabateada dentro del espejo empañado: “Te prometo volver para construir otra vez lo que sea necesario”.

Las horas son inmensas, y cada bocinazo, cada grito lejano, parecen confirmar la amenaza de pérdida. Elena no sabe si llamar, si buscar, o si solo esperar su regreso, como tantas otras veces ha esperado promesas incumplidas en una urbe de fantasmas.

Cuando la puerta suena, ya ha amanecido. Sofía entra, tiritando de frío y de miedo. Se abrazan fuertes, sin hablar, sabiendo que la promesa no es nunca garantía sino antorcha que se vuelve a encender, cada día, en el temblor de un cuerpo junto al otro.

Y así transcurre el tiempo. Navidad tras navidad, mudanza tras mudanza, protesta tras protesta. Son parte de una ciudad que nunca deja de moverse, pero en el fondo, entre dos, la ciudad es una promesa: reinvéntame, hazme tuya, dame el nombre que nos una.

Elena y Sofía envejecen rodeadas de ruido, luces, cambios, pero siempre, en lo secreto de su cuarto, vuelven al principio:

—En un mundo de distancias infinitas, la mayor promesa es la cercanía. —susurra Sofía, ya cansada, pero firme.

—Y bajo la luz de esta ciudad que nunca duerme —responde Elena, besándole la frente—, nunca dejaré de buscarte en cada ventana iluminada.

Allí, mientras el mundo avanza y la urbe sigue creciendo más allá de lo imaginable, ellas cumplen su promesa, tejida entre rascacielos, en el único lugar donde las promesas no mueren: en el amor persistente de quienes, a pesar de todo, se vuelven refugio la una para la otra.

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