Fragmento:
Sandra asentó despacio, suficiente para que la onda vibrara suavemente sobre el vaso. Allegra se arrimó a ella con el sigilo y la temeridad de los gestos aprendidos: despacio, midiendo la distancia entre cuerpos, como si ese pequeño universo pudiera protegerlas del estruendo exterior. Cuando Allegra tocó su antebrazo, la piel estaba fría, próxima al azul de las venas, pero la suavidad era la misma.
Duración: 09:37
La ventana vibraba con la cadencia sostenida de los bombardeos, como si las detonaciones fueran el retumbar de un corazón enfermo bajo la piel de la ciudad. Afuera, la noche se dividía en haces de faros intermitentes, destellos rojos en el horizonte, botas chapoteando barro antiguo sobre adoquines. Adentro, la casa de Allegra se encogía tras las cortinas oscurecidas, hecha solo de susurros y de la ternura invisible de las manos que buscan otra mano en la penumbra.
Eran poco más de las dos de la madrugada cuando el timbre repiqueteó débilmente, cortando la hilera de pensamientos inconclusos de Allegra. Guardó la carta que estaba escribiendo —una confesión nunca enviada, un clavo ardiente dirigido a un nombre y un rostro que ya debía estar en otro frente, en algún mapa desdibujado por la guerra— y se acercó, procurando no pisar la tabla suelta del vestíbulo.
Sandra era lluvia y noche cuando entró, retorciéndose el impermeable empapado. Sus ojos azules parecían más claros en la oscuridad. Arrastraba el peso de dos bultos en el pecho, uno colgando del hombro del uniforme y otro atesorado por dentro, más profundo, más incorpóreo.
—¿Puedes cerrar la puerta, Allegra? —su voz era una exhalación—. Prométeme que aún tienes aguardiente.
Cumplió ambas peticiones y una tercera, que fue la más silenciosa: quedarse. Sirvió el licor en dos vasos que vibraron ligeramente en la mesilla, no se atrevió todavía a sentarse junto a ella, aunque la prisa era ávida por tocar la tela mojada y rozar el brazo desnudo. Sandra no solía venir tan tarde; la última vez que lo había hecho, tardó media hora sólo en dejar de temblar. Pero entonces ni la ciudad ni ellas mismas eran lo mismo.
—Me han trasladado —dijo Sandra, entre trago y trago. No la miraba, el cabello rubio le caía como barro en la frente—. Mañana al alba. Frontera Norte.
Allegra apretó los puños sobre las rodillas, dejando que las uñas dejaran presión en la piel. No preguntó por qué había venido, ni por qué había esperado hasta el último minuto para despedirse. Entendía la lógica sorda de aquel miedo. Entendía, a fuerza de soledad, todos los lenguajes que crecen cuando la muerte acecha: el de los besos robados, las cartas quemadas, las palabras imposibles.
La ciudad había cambiado para ellas desde el estallido de los primeros disparos: la represión ya no venía sólo de los labios apretados de los viejos comerciantes en la plaza, sino también del ruido de los cañones, de la sospecha, de la mirada de los vecinos que se aprendían los nombres y los amores furtivos para entregarlos, si llegaba el caso, por un mendrugo más, un favor, una promesa de seguridad. Y la seguridad, en ese año, era una utopía.
—¿Volverás? —preguntó Allegra al aire, más para escuchar el sabor de la palabra que por esperanza real.
Sandra asentó despacio, suficiente para que la onda vibrara suavemente sobre el vaso. Allegra se arrimó a ella con el sigilo y la temeridad de los gestos aprendidos: despacio, midiendo la distancia entre cuerpos, como si ese pequeño universo pudiera protegerlas del estruendo exterior. Cuando Allegra tocó su antebrazo, la piel estaba fría, próxima al azul de las venas, pero la suavidad era la misma.
—¿Tienes miedo? —la voz de Allegra flotaba en los límites temblorosos del deseo.
Sandra asintió; la boca se le crispó como el ala de un animal herido, pero aún así se atrevió a levantar la mirada y buscar la de la otra.
—Sí. Pero no de la guerra. De no volver a verte.
Las palabras brotaron, tensas, entrecortadas, y se tendieron sobre ellas como un manto. Ninguna necesitó hablar más. Allegra se inclinó, acortó la distancia que quedaba, y apoyó la frente en la de Sandra. Olían a lluvia y a ansias viejas. Los labios se rozaron, al principio apenas un suspiro, luego más firmemente, con la urgencia de las manos tímidas que buscan, de los cuerpos que, al fin, recuerdan.
Aferradas una a la otra, con la ciudad rugiendo a lo lejos, la noche fue un tránsito febril de palabras apenas dichas, exploraciones cuidadosas, caricias sin promesas pero llenas de verdad, como si cada una supiera la posibilidad de ese último contacto, la ausencia de todo lo que les fue negado hasta entonces. Fue un amor desesperado, como sólo lo es el amor bajo el asedio: breve, consciente de la muerte, de la hoja del mañana que puede no llegar nunca, y no por ello menos luminoso.
Cuando el amanecer empezó a manchar las baldosas, Sandra ya estaba uniformada; el pelo apretado bajo la gorra, la bolsa colgando bajo el brazo. Allegra la ayudó a abrocharse el correaje, los dedos resbalando como mariposas sobre la textura áspera del tejido militar. La miró, tratando de memorizar los pliegues de la boca, la curva de las cejas, el aroma de la noche persistiendo en la piel.
Sandra dijo adiós sin despegar los labios de los de Allegra, sólo se apartó cuando el reloj en la pared marcó la hora fatídica. Allegra la vio salir al vestíbulo, una sombra entre sombras, y sólo después de oír la puerta cerrarse se permitió volver a llorar.
No sabía si la volvería a ver. No sabía si existía un “volver” en aquellas circunstancias.
Las semanas siguieron marcadas por la misma monotonía cruel de la guerra: noticias mínimas, cartas a medias, la supervisión constante de los vecinos. Una vez, Allegra recibió un papel doblado entre las páginas de un libro en la biblioteca, donde trabajaba de archivista. Era una nota en clave: una imagen recortada, dos flores entrelazadas, y debajo, la frase “Donde el rosal se curva bajo la farola”.
Fue suficiente. Allegra se dedicó a buscar entre las ruinas, rastreando entre los escombros el lugar al que esa frase hacía referencia. Lo halló a la semana, en una esquina perdida de la callejón del mercado: un rosal medio muerto bajo una farola derretida por el calor de una bomba. Allí, en una grieta de la pared, encontró otra carta, esta vez escrita de puño y letra:
“A veces, cuando el fuego cae, pienso en tu cuerpo, y en la manera en que el miedo desaparece. En las líneas de tu espalda, que son mis trincheras, mis refugios y mis fronteras. Prometo volver, Allegra. Prometo no olvidarme de cómo se pronuncia tu nombre en voz baja.”
La carta olía a tierra y a pólvora. Allegra la guardó en el corpiño, junto al corazón, y volvió cada semana, arriesgando la exposición, esperando siempre otra señal.
Pasó un mes antes de que el rumor llegara al barrio: graves combates en el Norte. Tropas diezmadas. Nombres en listas nunca publicadas oficialmente. Allegra vivía entre el miedo de la espera y la terca resistencia de quien ya ha sido marcada por el deseo. Recordaba a Sandra entre sueños, en las noches largas donde las sirenas ahogaban el insomnio, y en cada rincón veía duplicadas aquellas manos, el perfil en la ventana, la sombra bajo el uniforme.
Una tarde, mientras recogía papeles entre los anaqueles de la biblioteca, se acercó un joven soldado. Tenía el uniforme cubierto de polvo, y el rostro pálido de quien ha visto demasiado. Se quitó la gorra al hablar:
—¿Allegra?
Ella asintió, el corazón tamborileando inútil en las costillas. El joven buscó algo en el bolsillo lateral, y extrajo, con los dedos temblorosos, un sobre arrugado.
—Sandra me pidió que te lo entregara si… —dudó—, si yo lograba regresar.
Los dedos de Allegra se cerraron sobre el papel. Dentro del sobre halló tres floripondios secos y una nota aún perfumada de humedad.
“Si lees esto, es que la noche ha sido larga, pero los pájaros siempre encuentran el alba. No tengo miedo. Hoy te sigo amando. Mañana también. Si el muro cae, recuérdame; si sobrevivo, nos encontraremos donde el fuego se vuelve tímido y no quema. Donde solo nos amamos.”
Apretando la carta contra el pecho, Allegra permaneció anclada en aquel momento. No lloró; no podía, no debía. La guerra le había enseñado que en la espera hay un tipo de ternura feroz, y que incluso la distancia, a veces, se disuelve bajo la tenacidad del amor.
No supo más de Sandra durante los dos meses siguientes. La ciudad se desmoronaba en fragmentos: familias enteras huían, la resistencia se extendía en pasadizos y murallas improvisadas, la escasez se sentía en la piel y en los huesos. Un día, tras un bombardeo particularmente feroz, Allegra halló la casa parcialmente destruida: el tejado colapsado, la ventana por la que Sandra había entrado aquella noche colgando, rota, en los goznes.
Durante días vagó entre los escombros, ayudando a quien podía, preguntando, mendigando noticias. Fue entonces cuando ocurrió lo imposible: en uno de los puestos de infermería, bajo la lona sucia y el olor penetrante a antisépticos, encontró a Sandra.
No fue un reencuentro limpio ni romántico; fue una confluencia de cuerpos magullados, de miradas al borde, de manos enlazadas a pesar del fango y la sangre. Sandra, herida pero viva, le sonrió —esa sonrisa que sólo se permite a quien ya ha perdido casi todo— y la abrazó con la fuerza de los náufragos.
—He vuelto, Allegra.
El mundo, por un instante, se hizo pequeño: sólo fueron ellas, los jirones de la guerra y la certeza de un amor que resistía. El futuro seguía incierto, las bombas continuaban cayendo, pero en ese fragmento de tregua, Allegra supo que, aunque viniera de nuevo la noche y la distancia, lo importante ya había sucedido: volver a amar, volver a encontrar la piel deseada a pesar del miedo, del exterminio y de la Historia.
Quizá nunca contarían su historia. Quizá el mundo jamás les concedería un lugar limpio, sin recelos. Pero la guerra, que todo lo había mutilado, no pudo arrebatarles la memoria compartida: el eco tierno de una promesa, entre las líneas del muro, donde incluso el fuego cae suave.
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